¿Quiénes están detrás de Carta Abierta ?

Diez mil palabras para defender al Gobierno

Por Luis Gregorich
Para LA NACION

 

En apoyo al gobierno nacional y como una de las tantas consecuencias de la crisis con el campo, se ha constituido un grupo numeroso de representantes del mundo cultural y académico que se conoce como el "espacio" o movimiento Carta Abierta.

La denominación no es gratuita, porque este grupo ha dado a conocer, hasta ahora, cuatro cartas a la opinión pública, con un total de alrededor de 10.000 palabras (en realidad, la cuarta carta, al momento de escribirse este artículo, ha circulado en forma de borrador, pero parece haber sido aprobada definitivamente).

La adhesión al oficialismo es clara, aunque no incondicional, e incluye algunas críticas respecto de áreas secundarias.

No haremos nombres, porque Carta Abierta ha puesto énfasis en su carácter colectivo. Debe apuntarse, sin embargo, que entre sus integrantes hay un buen número de respetados intelectuales, escritores, editores, actores y profesores universitarios, entre otras disciplinas.

Figuran también allí varios funcionarios públicos, seguramente una cantidad considerable de contratados por el Estado en distintas funciones, y un par de centenares de personas menos o nada conocidas, que probablemente sean militantes del partido oficial, de partidos afines o, tal vez, simpatizantes apartidarios de las políticas gubernativas.

Los miembros de Carta Abierta se reúnen, periódicamente, en auditorios de la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires.

Hace poco ha surgido un movimiento paralelo, con la misma finalidad, en España, que a su vez se reúne en el Colegio Mayor argentino de Madrid.

Aquí surge la primera perplejidad, aunque de índole más bien formal. ¿Es correcto y ético -no digamos legal- que un grupo que manifiestamente representa una parcialidad política, en este caso oficialista, disponga de espacios públicos sufragados por el dinero de todos los ciudadanos, y que, dentro del organigrama del Estado, sirven para otra cosa? ¿Alguien se imagina la Biblioteca del Congreso invadida por aguerridos republicanos para aclamar a Bush y denostar a Obama (aunque sea en forma de carta), o al Museo del Louvre como amable lugar de encuentro de intelectuales sarkozianos que se esmeren en la defensa de los modales y los proyectos de su presidente?

Por supuesto que estamos en la Argentina, y ya nada nos escandaliza, pero es de esperar, por lo menos, que las mismas instalaciones sean cedidas a los intelectuales de la fragmentada oposición, si llega el caso (es improbable) de que resuelvan unirse y redactar sus contracartas abiertas.

La primera carta constituyó una presentación, por parte del grupo, de la situación argentina a la luz del conflicto por las retenciones móviles, y propuso la expresión "clima destituyente", que después se popularizó. Este clima se habría instalado, anexándose a la categoría de "golpismo". La segunda carta profundiza algunos contenidos de la primera y lleva por subtítulo Por una nueva redistribución del espacio de las comunicaciones . La tercera carta va más allá y está encabezada así: La nueva derecha en la Argentina . La cuarta, por último, elige un subtítulo más polifuncional: El laberinto argentino .

Antes de intentar unos apuntes acerca de las ideas que se plantean, vale la pena referirse someramente al estilo de escritura que las apuntala. Aparte de su elegante vocabulario, combativo y a la vez coqueto, que a veces se desliza hasta la autocomplacencia, la técnica usada parece consistir en dos premisas: por qué decir en veinte palabras lo que se puede decir en cien; por qué ser claro y conciso cuando se puede ser gongorino y reiterativo. Así, se persigue la "perseverante pregunta por los modos contemporáneos de la emancipación"; se postula la capacidad de los medios masivos para "recoger, organizar y devolver legitimadas, en especial, las formas más maniqueas, más silvestres y más ansiógenas del propio sentido común de las capas medias y sus elementales fantasmas"; se caracteriza a la "nueva derecha" por su "denuncismo de sabuesos", y su "moralismo de estrechez domiciliaria, víctima de miedos construidos y de oscuros deseos de resarcimiento"; se interpreta la crítica a la excesiva intervención del Estado como "la clave de una psiquiatría obtusa de revista de peluquería, de chistoso de calesita o de pitonisa de boudoir "; se define a los hombres del campo como "persignados fisiócratas", que marchan "con vocablos fuera de su eje"; el "neoconservadurismo" encamina hacia "un nuevo consenso disciplinador y desinformante" a ese "agrarismo y sus aledañas perspectivas", mientras la "izquierda real" está en los "filamentos" del movimiento social.

Una vez sacudido el espeso follaje de esta retórica, quedan dos o tres nudos de debate importantes que deben ser analizados. En primer lugar, la controversia entre Gobierno y campo, que los firmantes de Carta Abierta definen como una batalla épica entre el propósito redistribucionista de nuestros gobernantes y la voracidad de sectores de privilegio, encarnados ahora por las "patronales" del campo, a su vez escudadas en la "construcción" de la realidad por los medios masivos y la adhesión de unas ingratas y descerebradas clases medias urbanas (a las que, sin embargo, la gran mayoría de los firmantes pertenece).

Más allá del maridaje de la teoría de clases marxista y del setentismo "nacional y popular", expresión de la izquierda peronista (perdónese el oxímoron), el enfrentamiento gobierno-agro podría ser evaluado, asimismo, en un marco más prosaico. Se trataría de un escenario en que el Gobierno lanza un zarpazo confiscador, por urgencias recaudatorias y no por afán redistributivo, contra un sector formado no sólo por estancieros privilegiados sino también por cientos de miles de personas que trabajan duramente y que verían, así, evaporada buena parte del fruto de su esfuerzo.

Lejos de reconocer su error, en el que están implicados no más que unos pocos puntos de retenciones (pero que han colmado la medida), el Gobierno reduce al mínimo el diálogo sectorial, se obstina en convertir su error en causa nacional y así se va enajenando a extensas capas de población, ya cansadas de su estilo prepotente y autoritario. El final es la derrota política y, más gravemente, una pérdida de credibilidad, ardua de recuperar. De todos modos, nada que ponga en riesgo el sistema institucional: sólo las idas y vueltas de la democracia.

Otro tema obsesivo para Carta Abierta es la ya citada "construcción de la realidad" (opositora) por parte de los medios masivos. Y es cierto que, a su manera, los medios construyen la realidad, en la Argentina, Francia, China o Cuba, sólo que no se trata de un proceso mecánico, en que los medios son siempre activos y los consumidores siempre pasivos, sino de una interacción mediada por legislaciones, conductas, hábitos.

En materia de políticas de la comunicación, el desempeño de nuestro gobierno, en los últimos cinco años, ha sido menos que mediocre: poca inquietud para legislar, inexistencia de conferencias de prensa y de vocero presidencial, ataques y atribuciones de culpas reiterados al periodismo en general y a periodistas en particular, distribución inequitativa de la publicidad oficial, parcialidad ostensible de la agencia de noticias del Estado. Sólo un punto para elogiar: la creación del imaginativo canal cultural Encuentro , en el Ministerio de Educación.

La bestia negra de Carta Abierta, su enemigo ideológico al que convierten en depositario de perversas astucias finalmente "destituyentes", es la "nueva derecha", disfraz del conservadurismo neoliberal que, en el fondo, pretende volver a los años 90 y destruir toda forma de cambio y transformación social.

¿Quiénes forman parte de esta nueva derecha? Todos, y muchos sin saberlo. Todos los que no son Carta Abierta. Los partidos de la oposición. La Mesa de Enlace del campo. La mayoría "mala" de las clases medias urbanas. Los que no se reconocen en el progresismo kirchnerista. Las organizaciones de izquierda extraviadas. No hay oportunidad, en este grosero esquema, para los que nos consideramos socialdemócratas, de izquierda moderada, ni para el centroderecha liberal y moderno, que tanta falta le hace al país.

Todo es así para Carta Abierta: los nacionales y populares, por un lado, y los cavernícolas y retardatarios, por el otro. Ellos, que piensan, y los otros, los de derecha, que en el mejor de los casos se limitan a gestionar. La historia queda abolida.

No se puede pedir a estas cartas que, en 10.000 palabras, reestructuren toda una sociedad desvencijada, pero sí señalar algunas omisiones que quizá merezcan una reflexión más generosa y compartida. ¿Por qué detenerse en el tema de las retenciones y no construir, entre todos, una auténtica política fiscal, basada, no en el IVA, sino en impuestos progresivos a la renta, aplicables a todos y que, además, puedan y deban ser cobrados? Ahí está la llave genuina de la justicia social, junto con la protección universal a la niñez.

¿Por qué no avanzar en el combate frontal -en ideas y en hechos- contra las estructuras mafiosas que nos oprimen, a las que no son ajenos políticos, empresarios y sindicalistas, y cuya creación maestra es un capitalismo de amigos resistente a todo cambio? ¿Por qué no convertir la educación en primerísima causa nacional, desprendiéndola de todo debate político y otorgándole, en todos los foros, en todos los escenarios materiales y simbólicos, el protagonismo que se merece?

Pese a todos los reparos, hay que celebrar el aporte de Carta Abierta a la discusión intelectual en la Argentina, adormecida por décadas. Entre sus integrantes hay reconocidas figuras de la cultura nacional, maduras y jóvenes; a nadie puede reprocharse por tomar partido. El debate crecería beneficiosamente si también otros grupos, opositores al Gobierno o independientes, fueran capaces de reunirse y transmitir sus propias convicciones. Si no, no hay derecho al pataleo.

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