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Clarín

 EL RODAJE DE "PASE LIBRE. CRONICA DE UNA FUGA", DE ADRIAN CAETANO

Recuerdos de una época de terror

El filme tiene a Rodrigo de la Serna y Pablo Echarri como protagonistas. Cuenta la historia de un grupo que se fugó de un centro clandestino de detención durante la dictadura.

Miguel Frías.

mfrias@clarin.com

El jeep, repleto de militares con capas impermeables y rasgos endurecidos por la tensión, hace crepitar el asfalto húmedo con su lenta marcha. Lo escoltan, en la oscuridad, una Rambler y un 504 con hombres también armados pero sin uniforme. Un poderoso halo de linterna perfora la noche lluviosa: el cono de luz se mueve de un lado a otro en busca de las presas. Cacería humana: cuatro jóvenes se fugaron, desnudos y esposados, de la Mansión Seré, centro clandestino de detención de la dictadura. Usaron un tornillo y colchas entrelazadas. Urge encontrarlos: ellos darán testimonio de los campos de concentración del Proceso y, para colmo, en el segundo aniversario del golpe de Estado, la madrugada del 24 de marzo de 1978.

El jeep frena, con un brusco chirrido, un segundo antes de atropellar a un hombre que está tirado boca abajo sobre el pavimento, empuñando su arma con ambas manos. Corten, ordena, antes de levantarse: es Adrián Caetano, con su cámara, en plena filmación de Pase libre. Crónica de una fuga, basada en el libro Pase libre, de Claudio Tamburrini, ex arquero de Almagro que logró huir de la Mansión Seré aquella madrugada. La calle Chaco, en Valentín Alsina, abandona los 70 y vuelve a convertirse en un set de rodaje. Rodrigo de la Serna, que interpreta a Tamburrini, espera sus tomas —desnudo, en la madrugada— temblando de frío y fiebre. Flaco, ojeroso, de mirada triste, parece que su personaje le doliera en todo el cuerpo.

Ya de pie, ya en diciembre de 2005, Caetano explica cómo nació la idea de filmar esta historia real. "Estaba trabajando en Caudillo, película a la que no le encontraba el guión por falencias mías, cuando Oscar Kramer me propuso lo de la Mansión Seré. Hacía rato que quería hacer algo con marco de los 70. Kramer me pasó el libro de Tamburrini: estaba muy bien; contenía una sólida estructura dramática, una progresión cinematográfica. Así empezamos la adaptación con Julián Loyola y Esteban Student. Guillermo Fernández, otro de los que escapó aquella madrugada, colaboró durante gran parte del rodaje".

Nazareno Casero, que interpreta a Fernández, está sentado en una casa de Chaco y Oliden con Lautaro Delgado y Matías Marmorato, dos jóvenes actores que componen a los otros dos fugados del centro clandestino. El deterioro de todos ellos, y de De la Serna, contrasta con el saludable aspecto de Pablo Echarri, que interpreta a Huguito, jefe de la patota de secuestradores. Y que, además, ha terminado su trabajo en la película: ya pudo afeitarse el bigotito de represor y dejarse crecer el pelo. "Era tan raro; ni mi hija me reconocía", dice, algo aliviado.

Vecinas de todas las edades se empujan para verlo, fotografiarlo o simplemente mirarlo. Un chico con camiseta de Independiente —equipo del que Echarri y Caetano son fanáticos— le pide un autógrafo. Echarri es, sin dudas, la figura más convocante del equipo. "Me moría por laburar con Caetano y por fin se me dio —dice—. El me dio un personaje que otros no me habrían ofrecido. Vio aptitudes en mí que otros no ven. Fue una gran oportunidad de tocar una tecla que no suelo tocar. Ya me aburren los personajes nobles, aunque los voy a seguir haciendo sin problemas. Quería bucear en personalidades como la de Huguito. Mi trabajo en El método, de Marcelo Piñeyro, fue como una antesala a esta nueva búsqueda".

Por su trabajo en El método, Echarri acaba de ser nominado a un Goya al mejor actor revelación. De la Serna, que viene de su impecable composición de Alberto Granados en Diarios de motocicleta, agrega: "Después de interpretar al amigo del Che, recibí muchas propuestas del exterior. Me costó elegir cómo seguir. Estoy orgulloso de haber sido convocado para una película argentina y de Caetano: es un lujo. La historia va desarrollando hechos de acción y, a la vez, ayuda a que se sepa lo que sucedió. Qué difícil es decirnos argentinos, cuando instituciones de este país han provocado genocidios en la Guerra de la Triple Frontera, la Conquista del Desierto y, más recientemente, en la dictadura militar".

Aclara Echarri: "Rodrigo no es el mismo tipo que empezó la película. Está lastimado, cansado, desmejorado: se entrega de lleno, no sale inmune". Su víctima en la ficción, completa: "Estar grabando a las cuatro de la mañana, desnudo, con lluvia y frío, no es agradable. Pero estoy contento con este papel: me ayudó a sentir en el cuerpo situaciones que conocía sólo con la cabeza. Me permitió sentir parte de la infinita impotencia, injusticia, dolor y terror que habrá sentido esta gente en aquellos años. Al pobre Tamburrini lo secuestraron después de un partido de Almagro".

Caetano anuncia que sigue el rodaje. La calle de Valentín Alsina vuelve a ser setentista y siniestra. Entre la parafernalia cinematográfica, los vecinos se agrupan en una esquina, al otro lado de una cinta divisoria. Otros, los privilegiados que viven en la cuadra de la filmación, observan desde sus balcones —como en un encierro de San Fermín— o desde sillitas playeras desplegadas en las veredas. Algunos, incluso, disfrutan del catering ambulante: chicas que pasan ofreciendo pizza y gaseosas. Alguien pide silencio; silencio que es alterado primero por un bocinazo; luego, por el festejo del empate de Boca en México: algún asistente escondía una radio.

Casero aprovecha para hacer un comentario profesional: "Al principio no le encontraba la vuelta a mi personaje: me sentía un pelotudo. Mi problema no era andar en bolas, que me encanta. Mi problema era encontrar el registro. Lo consulté muchas veces a Guillermo Fernández, una especie de guía. El, que es titiritero y vive en Francia, no sólo asesoró; también actuó en Pase libre: interpretó a un juez que lo interpeló durante su cautiverio. Yo hice de él; y él, del tipo que lo juzgó de chico. Algo muy loco".

Un camión cisterna con la inscripción FX moja el asfalto, la superficie de los autos y las fachadas de las casas para provocar el efecto lluvia. Surge un problema. En la esquina que saldrá en el fondo de la toma hay un Fiat 147 azul estacionado. Ese auto no existía en 1978; hay que correrlo. Nadie sabe quién es el conductor; después de una interminable búsqueda, casa por casa, Caetano busca otro plano. Pero el pavimento se secó: hay que volver a mojarlo. Después sí: una asistente ordena el corte momentáneo de las calles laterales y empieza la acción. El jeep, con la inscripción "Fuerza Aérea Argentina", retoma la cacería.

Cuando termina la toma, Caetano explica: "Antes de abordar esta historia, me reuní con Tamburrini y Fernández en Suecia, donde vive Tamburrini. Más que hablar de la coyuntura política de aquellos años, hablamos de sus sensaciones en la Mansión. Tengo un gran respeto por la historia, pero si no perdía solemnidad estaba muerto. Tenía miedo de caer en algo Billiken. Lo que pasó fue terrible, ya se sabe. La película da esa materia por aprobada, no explica de un modo didáctico el horror. Se mete en la habitación—celda de cuatro tipos que luchan por sobrevivir y deciden escaparse. Así, Pase libre empieza a transformarse en una película existencial, más que en una política o social".

Además hay un énfasis importante en las escenas de acción…

Sí, pero no es una película de acción; no es Infierno 17, de Billy Wilder. Tampoco es una historia en la que los tipos se escapan y son felices: no fue una fuga planeada estilo Papillon. Diría que Pase libre es una película épica. Tiene esa épica del tipo común que a mí me atrae tanto.

Desde "Pizza, birra, faso", película bisagra en el cine nacional, cada trabajo tuyo es esperado con mucha expectativa. ¿Te pesa?

Un poco. Pero no quiero meterme en ese lugar ni un poco. Sería una locura. Mejor es no tomar conciencia. Como los tipos de esta película: si hubieran sido concientes del riesgo que corrían, ni habrían intentado fugarse. Eso fue lo que más me atrajo: su inconciencia. Yo también la tengo, en lo mío. Me interesa seguir filmando; no hacerme un nombre.

Mientras sigue esperando para hacer la escena de la fuga, De la Serna recuerda temblando: "Se pensaba que la aeronáutica no había tenido mucho que ver con la represión y la Mansión Seré pertenecía a esa fuerza. Los chicos se escaparon y, muy pronto, tuvieron que demoler el edificio y blanquear a los otros detenidos. Los chicos se salvaron y salvaron a otros. Lo lograron, viejo, lo lograron", repite, antes de emprender su viaje al fin de la noche.

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