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FRANCIA: La estación de las más bellas artes

Clarín
 
El Museo d´Orsay, de París, funciona en una antigua terminal ferroviaria. Alberga una valiosa colección de pintura impresionista.
Silvina Quintans.

 

ESPECIAL PARA CLARIN

Alguna vez el escritor Italo Calvino sostuvo que en París «todo está listo para pasar al museo o que el museo está listo para englobar a la calle». Esa sensación de gran calle convertida en museo es la que uno siente mientras pasea por las espaciosas galerías del Museo d’Orsay de París. Como si se tratara de un sofisticado mercado callejero, uno ingresa al museo por una amplia galería de techos tan altos que parecen inexistentes, en la que conviven toda clase de objetos: muebles, esculturas, fotografías, maquetas, bocetos arquitectónicos, y, por supuesto, la valiosísima colección de pinturas que le ha valido el mote —algo injusto— de «Museo de los Impresionistas».

Van Gogh, Gauguin, Degas, Monet, Seurat, entre muchos otros famosos, habitan bajo el techo de vidrio y hierro del edificio que alguna vez fue estación de trenes. Sesenta años es todo, parecieran gritar las paredes del museo, que exhibe obras producidas entre 1848 y 1914. La inspiración por aquel entonces estaba a la orden del día: clasicismo, realismo, simbolismo, divisionismo y, por supuesto, impresionismo, son algunos de los tantos ismos que proliferaron en aquella época. A veinte años de su inauguración, el Museo d’Orsay es el tercero más visitado de París, después del Louvre y de Versalles. La colección retrata el rico período que va desde la revolución que dio lugar a la Segunda. República hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Del tiempo en los museos

El Louvre y el Orsay se enfrentan a uno y otro lado del Sena. Uno, sobre la ribera derecha, conserva su aspecto aristocrático de antiguo palacio convertido en el museo más grande del mundo. El otro, sobre la ribera izquierda, tiene el porte de las estaciones ferroviarias de principios del siglo XX, por la que alguna vez se desplazaron ruidosos trenes y multitudes.

El visitante decide cruzar el río Sena y llegar hasta la remozada estación de trenes. El edificio es lo primero que apabulla. Aquí no existen los estrechos pasillos atiborrados de cuadros, ni las grandes salas con iluminación focalizada en las glorias del pasado.

La luz del sol, colada por los enormes paneles de vidrio que cubren el techo, inunda todo con un tinte blanquecino. Desde el pasillo central el techo parece inalcanzable, una estructura que envuelve el cielo. Al fondo, el antiguo y gigantesco reloj de la estación anuda el paso del tiempo, que ya no es el de los pasajeros apurados en busca del tren, sino aquel tiempo suspendido que se respira en los museos.

El lugar parece un inmenso loft en el que muebles, esculturas, maquetas, fotografías y pinturas encuentran una ubicación predestinada y perfecta.

La curiosidad comienza, entonces, por conocer la historia de este maravilloso edificio de destino atípico. La antigua Estación d’Orsay fue construida para la Exposición Universal de 1900 y fue un prodigio de la época. Durante casi cuarenta años circularon por aquí los trenes, que con la modernización resultaron demasiado largos para sus andenes.

El destino del edificio fue cambiando: recibió a los prisioneros liberados luego de la Segunda Guerra Mundial, sirvió de sede para una compañía teatral, y hasta fue utilizado como escenografía de la película «El Proceso», dirigida por Orson Welles y basada en el libro de Franz Kafka.

Condenado a la demolición, lo salvó una decisión del gobierno francés de convertirlo en museo, finalmente inaugurado en diciembre de 1986.

Se comprende entonces que el afán clasificatorio de los parisinos ha encontrado el edificio adecuado para cada uno de los períodos del arte. En el antiguo Palacio del Louvre, habitado por varias dinastías de reyes, se refugian las corrientes más clásicas y antiguas, hasta el año 1848. La estación de trenes de principios del siglo XX en la que se encuentra el Museo d’Orsay sugiere la popularización del arte y su llegada a las calles. Las vanguardias encontraron su refugio en el Museo de Arte Moderno que se encuentra en el Centro Pompidou.

Sobre los impresionistas

Apenas se comienza a recorrer el edificio se cae en la cuenta de que el Museo d’Orsay abarca mucho más que la escuela de los impresionistas. Junto con ese estilo, en su momento rechazado por la cultura oficial al punto que para exponer sus obras debieron crear el «Salón de los Rechazados», el Orsay expone cuadros de los «bomberos», denominación despectiva que se daba a aquellos pintores que gozaban de los favores de las autoridades y que eran aceptados por los salones.

Con espíritu conciliador, el museo intenta ser lo más abarcativo posible del período que se propone retratar. Por eso, a las pinceladas lluviosas de los impresionistas, se agregan las líneas clásicas de pintores como Jean-Auguste-Dominique Ingres o Alexandre Cabanel, el escandaloso realismo de Gustave Courbet, el simbolismo de Odilon Redon, o las naturalezas muertas casi cubistas de Paul Cezánne.

El visitante especula: si tuviera cien años más, seguramente se hubiera escandalizado por la obscenidad de las obras expuestas en varias de las salas. Recuerda la historia de «La Olimpia», de Manet, que hoy reposa cómodamente frente a la mirada casi indiferente de los visitantes, mientras en el siglo XIX debió ser expuesta fuera del alcance de los furiosos espectadores que consideraban que una prostituta no merecía ser modelo de una obra de arte.

Mientras se pasa frente a la «Danza», del escultor Jean-Baptiste Carpeaux, que alguna vez adornó el frente de la Opera de París, recuerda que el realismo de los desnudos en su momento provocó un certero ataque a la escultura con un frasco de tinta.

Con el correr de los años, este arte casi parece ingenuo, pero no sucede lo mismo con obras como la del realista Gustave Courbet que lleva el sugestivo nombre de «El Origen del Mundo» y que aún turba con su primerísimo primer plano de los genitales femeninos. «El entierro en Ornans», del mismo pintor, también causó escándalo en su momento: «¿Puede alguien pintar gente tan fea?», se preguntaba un crítico frente a los rostros desencajados de los campesinos que asistían a un entierro popular.

Si tuviera cien años más, seguramente el viajero se habría sonreído frente a los familiares rostros de los parlamentarios caricaturizados en pequeñas esculturas por Honoré Daumier. Las figuras están dispuestas de tal modo, que parecen haber sido sorprendidas en plena sesión de la Cámara. Hay que detenerse frente a las suaves pinceladas de Claude Monet destinadas a captar las sutilezas de la luz frente a la Catedral de Rouen. La imagen parece ajena a todo escándalo y, sin embargo, muestra la revolucionaria búsqueda de los impresionistas de aquello que parecía imposible de retener: la impresión, la fugacidad del momento.

La mirada se fija en la expresividad de Van Gogh que no amaina, ni aun cuando se propone retratar la antigua Iglesia de Auvers, casi cortada a cuchillo y desbordante de colores. Los colores del pintor inundan incluso un tema campestre y apacible como «La Siesta», tomada del dulce y melancólico cuadro de Jean Millet que se exhibe en el piso de abajo.

Las tahitianas de Paul Gauguin se ven desde lejos, con sus sensuales espaldas iluminadas por el sol. «Sed misteriosas» y «Enamoraos y seréis felices», ordenan las puertas de la «Casa del Goce», última morada de Gauguin, que también pueden verse en el museo con sus figuras talladas de animales, vegetales y desnudos femeninos.

El paseo continúa ahora entre esculturas. Cerca del Balzac y del Pensador de Rodin, «La Edad Madura», un grupo esculpido por la desgarrada Camille Claudel, impresiona al viajero. La figura suplicante de la escultora se arrastra frente a Auguste Rodin y su amante, Rose Beuret.

Imposible dejar el museo sin haber visto antes las bailarinas de Degas, los afiches de Toulouse Lautrec, las luminosas escenas de Renoir y la inolvidable colección de Art Nouveau que se exhibe en el nivel medio. Tampoco se perderá la fotografía de #Charles Baudelaire tomada por Félix Nadar, o la de #Marcel Proust en su lecho de muerte inmortalizada por Man Ray.

Cuando levante nuevamente la vista y se encuentre con el gigantesco reloj, verá que han pasado más de siete horas, pero el tiempo es la cualidad imperceptible de algunos museos.

Exposición Universal de DubáiDubái|Exposiciones internacionalesConvención relativa a las Exposiciones Internacionales.

Por David Encina

Periodista

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Trabajador. Asesoría en comunicación social, comercial y política para el desarrollo de campañas. Análisis de servicios al cliente y al público. Aportes para la gestión de redes sociales con planificación estratégica.

Contacto: mencin@palermo.edu / david.encina@facebook.com / encina_david@yahoo.com.ar/ m.david.encina@gmail.com

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