La cantata, del salón a la iglesia luterna

La Nación
 
 La palabra "cantata", sin intermediarios, remite a Bach y a la Iglesia luterana. Sin embargo, para un culto que planteó desde sus mismos comienzos la utilización del alemán en la liturgia, llama la atención que un término tan itálico sea el que defina el momento musical más relevante del servicio dominical. La razón para explicar este fenómeno es que hubo una "importación" y adaptación de la cantata secular italiana, un proceso que tuvo lugar a comienzos del siglo XVIII, cuando el género ya tenía una larga vida.

Hacia 1600, se instaló el canto solista con acompañamiento instrumental, en reemplazo del canto coral anterior. A lo largo de varias décadas, tuvieron lugar muchos ensayos prácticos para tratar de elaborar una línea de canto lo más efectiva y artística posible hasta que, en Venecia, después de 1650, se establecieron dos tipos de canto: el recitativo, una especie de "decir" cantado, rápido, silábico, de melodía más chata y que albergaba mucho texto en su seno, y el aria, con sus melodías onduladas, atrayentes, expansivas y que concitaban la mayor atención. Uno antecediendo a la otra, conformaron una unidad simbiótica y absolutamente equilibrada. Sobre esta base, apareció la cantata, una obra articulada como una sucesión de recitativos y arias para voz solista con acompañamiento de bajo continuo. Podía extenderse entre diez y veinte minutos, su hábitat fue el salón aristocrático y se transformó en el género más importante de la música vocal de cámara del barroco italiano. Su ascenso conllevó la desaparición del madrigal. Sus textos eran básicamente narrativos, sin perfiles teatrales, y sus temáticas, entre muchas más, se vinculaban con el amor, la vida pastoral o la mitología. Alessandro Scarlatti, el padre de Domenico, escribió más de seiscientas y contribuyó a llevar al género hasta su gran apogeo.

En el norte alemán, hacia 1700, la cantata italiana, con sus cuadros musicales sucesivos, fue el modelo sobre el cual se desarrolló la cantata luterana. Pero este género sacro, también en números independientes y sucesivos, y sus textos, poéticos o de las Escrituras, estaban de acuerdo con las fechas del calendario eclesiástico. En lo musical, en la cantata sacra, el canto solista alternó con el coral y el acompañamiento instrumental se ensanchó hacia orquestas de distinta envergadura.

Después de 1750, la cantata cayó en desuso, en cualquiera de sus dos variantes, la secular o la sagrada. Eventualmente, el género reapareció vinculado a ocasiones o situaciones especiales y con formas diversas. Por nombrar algunas, se puede recordar la "Cantata masónica", de Mozart, la "Cantata profana", de Bartók, o una olvidada "Cantata para la paz", de Milhaud, compuesta en 1937, que tal vez hoy merecería una segunda oportunidad y una mayor frecuentación.

Pablo Kohan

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