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Los intelectuales y el país de hoy

La Nación
 

Juan Manuel Palacio: "Debemos entenderlo, no somos europeos"

El historiador y su visión latinoamericana
 

 
“Nuestra pertenencia a América latina es una realidad, una necesidad estratégica y un destino inexorable”, afirma el historiador Juan Manuel Palacio.

“Para muchos argentinos, esta aceptación de que somos latinoamericanos es poco menos que un descenso a los infiernos”, agrega, y explica que la ilusión de creernos un país excepcional se originó durante el breve período de prosperidad de las primeras décadas del siglo XX. Dice que hubo un agravamiento de esa ilusión durante “el régimen menemista”.

Palacio es licenciado en Historia por la UBA y doctor en Historia por la Universidad de California. Colabora en diversas revistas de historia y ciencias sociales del país y del exterior y es profesor de Historia Latinoamericana en la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) y en la Universidad Torcuato Di Tella. Desde 2003, dirige el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Humanidades de la Unsam y, desde 2005, el posgrado en Estudios Latinoamericanos.

–¿Se ve a sí misma la Argentina como un país latinoamericano?

–Yo diría que la Argentina se ha dado cuenta recientemente, y a los golpes, de que es un país latinoamericano. Esta toma de conciencia se venía anticipando con el ocaso del régimen menemista, a fines de los años 90, cuando la ilusión de una Argentina del Primer Mundo se desvaneció y quedó en evidencia que el nuestro era un país con los problemas típicos del segundo o del tercero. Los episodios de desborde social y político de diciembre de 2001 y la debacle económica, política e institucional consecuente confirmaron esa sospecha: la Argentina no se comportaba como un país del Primer Mundo. Antes bien, había defraudado a ese mundo declarando un default y, por añadidura, tenía todas las características típicas de un país latinoamericano, con su cóctel de desigualdad social, inestabilidad política, dependencia económica, pobreza institucional, marginalidad, inseguridad y otros muchos "etcétera".

-¿Esto significa que América latina se define por sus aspectos negativos?

-Bueno, el cóctel que acabo de describir no es precisamente para alegrarse. Pero yo no quiero decir que pertenecer a América latina sea algo negativo: todo lo contrario, pero los argentinos lo vivimos como una calamidad. Para alguien que se ha creído mejor de lo que era -en el supuesto de que "europeo" sea mejor que "latinoamericano"- reconocerse latinoamericano viene a ser como un descenso a los infiernos.

-¿Hay, entonces, incapacidad para reconocer la propia identidad en un nivel regional o continental? ¿A qué se debe esto?

-La explicación del fenómeno es compleja. Por un lado, atañe a nuestra experiencia histórica. Más tarde, la experiencia de prosperidad, de haber sido la niña mimada del mercado internacional, de la mano de sus exportaciones de productos primarios, fue lo suficientemente intensa y duradera como para marcar a fuego la imagen de nación elegida. Nuestra negación de lo latinoamericano se relaciona con nuestros mitos fundacionales. Desde el tiempo de nuestros padres fundadores, la Argentina se soñó como un país a imagen y semejanza de las naciones más progresistas de Europa y Norteamérica. Allí empezó a construirse el mito del país excepcional, que sólo por un error geográfico pertenece a un subcontinente con el que tiene pocos puntos en común.

-¿Cuál es la responsabilidad de los intelectuales argentinos en la construcción de este mito de la excepcionalidad?

-Este paradigma de la excepcionalidad es de larga data. Se transmitió de generación en generación entre nuestros intelectuales. Hasta ayer nomás, por ejemplo, muchos de nuestros científicos sociales, ya sea como expresión de deseos o por sincera convicción, preferían como espejos de nuestra experiencia histórica la de otros países "nuevos" -Australia, Nueva Zelanda, Canadá- a las trayectorias más modestas de los países vecinos.

-¿Esta idea errónea de considerar a la Argentina un país distinto se relaciona con el desprecio por el resto de los países latinoamericanos?

-Sí, pero la visión negativa sobre América latina es mucho más marcada en Buenos Aires que en el resto del país. Es sobre todo el porteño el que crea los estereotipos despectivos y habla de "chilotas", "bolitas", "sudacas" y demás.

-En un mundo que se globaliza a pasos agigantados, ¿le conviene a la Argentina madurar en su identidad latinoamericana o debería, más bien, cultivar una identidad de tipo universalista, aprovechando su condición de país multirracial?

-El problema es que uno es lo que es y no lo que quiere ser. En esto es fundamental la mirada del otro. Por más que la Argentina se piense a sí misma como un país europeo o distinto de los de América latina, no hay nadie en el mundo que la vea así. Ni Estados Unidos, ni Europa, ni China. La pertenencia a América latina es, primero, una realidad, luego una necesidad estratégica y, si se quiere, un destino inexorable. Yo diría que estamos a medio camino en la maduración de este sentido de pertenencia, al igual que otros países hermanos. Que hoy no se sepa en qué va a derivar esa construcción, si en el ALCA o en el Mercosur, por ejemplo, o en una combinación de ambos, no quiere decir que el desenlace inevitable no sea una regionalización -en el sentido de conformación de bloques regionales- de las relaciones globales. Muchas veces el discurso de la unidad es pura retórica latinoamericanista, y está por verse cómo se va a concretar. Pero esto no significa que la Argentina no tenga que trabajar por su lugar en el ámbito regional, sin dejar, claro está, de mirar hacia Europa, Asia y Estados Unidos, que es, de hecho, lo que hacen Uruguay y Chile.

-¿Cree que el viejo sueño bolivariano de la unión latinoamericana es una aspiración digna de ser alentada?

-La idea de la unificación ha tenido tradicionalmente -y me temo que todavía tiene- mucho de utópico, romántico y literario y poco de contenido práctico. La unión latinoamericana ha sido un proyecto varias veces reeditado en la historia desde fines de la época colonial.

-¿Cuáles fueron los intentos más recientes?

-Ha habido proyectos inspirados por Estados Unidos, como las conferencias panamericanas en las primeras décadas del siglo XX, y, claramente, hubo un proyecto político elaborado por la izquierda latinoamericana en los años sesenta y setenta, con un marcado componente latinoamericanista. En estos proyectos siempre hubo fuertes dosis de pensamiento utópico. Pero lo distinto que veo en el escenario actual es que la unión de América latina es por primera vez, una necesidad. Es, por lo tanto, urgente que la retórica latinoamericanista se complete con contenidos prácticos y actualizados.

-Hugo Chávez, que dice querer la unidad latinoamericana, ¿favorece esa añorada unidad o más bien la obstaculiza?

-Discursos como el de Chávez están un poco pasados de moda. Ahora bien: si perjudica o favorece la unidad, creo que un poco y un poco, porque aunque el discurso de Chávez sea algo brutal contribuye, al menos, a instalar la problemática de la unidad latinoamericana.

-¿Cómo se pasa de la retórica a la práctica y de la visión superficial a una mirada más profunda y comprensiva de lo que es ser latinoamericano?

-Para pasar a lo práctico es necesario superar la retórica, la declamación, y ponerse a trabajar. Para esto, sin embargo, hace falta información y formación. Esto es un problema grave y profundo, ya que no tiene solución rápida. Si se revisan los programas de las carreras universitarias en ciencias sociales del país (ciencia política, sociología, historia, economía, etcétera), se ve que las materias sobre América latina son escasas y sus contenidos, pobres o pasados de moda. El resultado es que nuestros egresados salen de la universidad sabiendo muy poco de América latina, de su historia, el sistema político o los problemas sociales, no ya de República Dominicana o de Honduras, sino de países más cercanos, como Brasil, Uruguay, Chile o Paraguay. La única esperanza de superar las retóricas vacías reside en que dediquemos un tiempo a estudiar al "otro" latinoamericano, en el sentido más literal. Esto incluye tomar en serio la formación de nuestras clases dirigentes en pos de la integración regional que tenemos delante.

Por Sebastián Dozo Moreno
Para LA NACION

 
 
 
 
 
 
 
 

Por David Encina

Periodista

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Trabajador. Asesoría en comunicación social, comercial y política para el desarrollo de campañas. Análisis de servicios al cliente y al público. Aportes para la gestión de redes sociales con planificación estratégica.

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2 respuestas a «Los intelectuales y el país de hoy»

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