MARCELO BRODSKY

Clarín

Cronista del recuerdo

Exiliado y repatriado, se convirtió en el principal representante local del arte vinculado a la memoria, la dictadura y los Derechos Humanos. Su trabajo es admirado en todo el mundo.

                                                                                                                                    Foto: Ary Kaplan Nakamura
Por Cora Cáffaro. De la redacción de Clarín.com.

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El 17 de mayo 1977 intentaron secuestrar a Marcelo Brodsky cerca del sindicato en el que participaba. “Estaba encuadrado de una manera activa dentro de la lucha contra la dictadura: participaba de acciones colectivas de resistencia aunque nunca tuve militancia”, recuerda. Gritó y forcejeó y se ligó un balazo poco importante en una pierna, pero zafó gracias a la intervención de un desconocido. “Salió de entre la gente y tiró unos tiros para que me soltaran. Nunca supe quién era, una especie de ángel de la guarda”. Ese fue el punto de partida para una carrera de periodista, fotógrafo y poeta que convertiría a Brodsky en un cronista de los horrores de la dictadura y sus desapariciones. Un trabajo que se condensa en su reciente libro “Memoria en Construcción. El debate sobre la ESMA”, que incluye fotos de desaparecidos tomadas en la ESMA y rescatadas por el ex detenido Víctor Basterra cuando estaba aún en cautiverio, y las obras de 65 artistas.

En 1997 editó y publicó el ensayo “Buena Memoria” donde la foto con sus compañeros del Colegio Nacional Buenos Aires (de 1967) intervenida con anotaciones que cuentan el destino de cada alumno, incluyendo la desaparición de dos de ellos, recorrió el mundo. Fue publicada en más de ciento cincuenta diarios y revistas, incluyendo “The New York Times”. “Necesité 18 años para hablar del tema a través de mi obra”, se sincera. Su compromiso con el activismo sigue desde la Comisión pro Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, que supervisa la coordinación y ejecución del Parque de la Memoria junto al Río de la Plata, el organismo de derechos humanos Buena Memoria y la presidencia que ejerce en Latin Stock, la primera red latinoamericana independiente de agencias de imágenes.

Su primer contacto con la fotografía fue a instancias de su padre, que le regaló dos cámaras cuando apenas era un chico. “Eran las que se usaban entonces, las primeras 35 milímetros, portátiles. Y me entretuve haciendo fotos de una manera completamente amateur. Acompañaba los viajes con mi cámara y algunas de esas fotos hoy forman parte de mi obra”, cuenta. Después del intento de secuestro, Marcelo se quedó en la Argentina sólo el tiempo que le llevó recuperarse de la herida. Al mes se estaba yendo, primero a Brasil, donde estuvo un año dando clases de inglés mientras tramitaba la documentación para ingresar a España, y luego a Barcelona. Y las malas noticias le llegaron inevitablemente: se enteró por teléfono de la desaparición de su hermano, Fernando, en 1979. “Poníamos una especie de alambre en los teléfonos para tratar de hablar gratis al país, siempre para escuchar malas noticias”, rememora.

Solventándose con la venta de tortas en los bares de la ciudad, ingresó en la universidad para estudiar Economía. Pero al poco andar empezó a aburrirse y se anotó en fotografía. Era 1982 y tenía 28 años. Retomó la actividad sindical y siguió participando en acciones de resistencia contra el régimen militar. Escribió un libro de poesías (Parábola, 1982) e hizo periodismo cultural para la edición catalana de El País y El Viejo Topo (de vuelta en Buenos Aires colaboró en Página 12 y La Razón). Se había integrado de tal manera a la vida catalana que creyó que nunca volvería a la Argentina. “El exilio no fue tan sólo un desgarro: también fue aprovechar el tiempo, conocer otra realidad, aprender a ver el mundo de otra manera y a la Argentina, desde otro lugar. Mi obra no hubiese sido posible sin la experiencia del exilio”, repasa.

Como parte de su investigación artística en el tema de la dictadura “para tratar de contarle a las nuevas generaciones de argentinos lo que pasó de una manera más matizada por la emoción que la mera narratividad de un libro de historia”, en 1999 expuso “El Pañol” en el Centro Cultural Recoleta. Ahí reconstruyó un depósito de la ESMA con objetos robados a los desaparecidos. En la Feria del Libro de 2000 presentó “Los condenados de la tierra”, con los libros enterrados por miedo a la represión durante los ´70. Al año siguiente llegó Nexo, otro ensayo fotográfico sobre la memoria colectiva, donde el crítico de arte de la Universidad de Columbia Andreas Huyssen lo enmarca en el “Arte Mnemónico”. Entre otras obras, hizo una instalación con restos de bloques de granito que fueron parte de la fachada de la AMIA e intervino un monumento nazi en Hannover (Alemania).

“El arte es una forma de comunicación, una manera de expresar un sentimiento, un balance colectivo. Junto a la cultura, es una fuente esencial del conocimiento, del conocimiento de lo hecho y del conocimiento de lo por hacer”, define. Por estos días, Brodsky (casado, tres hijos) divide su tiempo entre la red de agencias Latin Stock, la supervisión del Parque de la Memoria junto al Río de la Plata y la elaboración de series fotográficas que apuntan a la reflexión sobre “la mirada como disciplina y como medio”. Planea exponerlas en marzo en Uruguay, donde mostrará también su obra más personal (la referida a la memoria social). “Hay un diálogo entre dos formas: un trabajo más vinculado a lo colectivo, sobre los libros que desenterramos (‘Los condenados de la tierra’) y estas otras fotos. Las dos cosas son distintas pero guardan una relación: queda al criterio del que ve establecerla”.

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