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Moconá: los caprichocos saltos del río Uruguay

La Nación
 
Cuento de la selva

 
En el límite entre Brasil y la Argentina, esta hilera de caídas de agua poco conocida, es un paréntesis fresco en la apretada, penumbrosa y verde selva del este misionero

PARAJE LA BONITA, Misiones.- Antes de los Saltos del Moconoá está la selva, que por aquí no es femenina, sino masculina y se llama monte. Para entrar en el monte los locales usan un machete afilado, que cuesta veinte pesos y dura dos o tres años. Al yaguareté le dicen "el tigre del monte" y, aunque él no sea tigre y esto no sea un monte, se le teme mucho. Casi tanto como a las víboras.

Antes de los saltos está la selva. Apretada, penumbrosa, verde de todos los verdes. Húmeda, de suelo colorado, con hambre y arroyos interiores. La selva inquietante. Con presencias que no se ven, pero ahí están. Como las cuatro especies de yarará, además de la coral, única en su especie.

Antes de los saltos está la selva. O bueno, lo que queda de la selva paranaense. Hoy por la tarde hubo una tormenta fuerte que tiró algunos postes de luz y la noche está oscura. Igual se alcanza a ver ese camión medio destartalado y cargado al tope de maderas. Amparado por la oscuridad y el aislamiento de estos caminos vecinales, se lleva guatambú, anchico y también timbó. Con o sin permiso, se lleva maderas de ley, árboles originales de cincuenta o cien años, que después ni siquiera se reemplazan por pino eliotis o paraná , como se ve a lo largo de la ruta nacional 12. Acá se cortan y punto. De a ratos, esta zona del país parece más alejada que la Patagonia. El camión destartalado se va y la selva se sigue achicando.

Desde El Soberbio al paraje La Bonita hay 40 km de ripio picado grueso, con piedras del tamaño de un adoquín. Si no tiene un vehículo doble tracción, mejor contrate el traslado o sufrirá. No tanto por sus riñones, más bien por la suspensión del auto.

Antes de los saltos está la selva argentina, aunque todo esto recuerde demasiado a Brasil. Acá, los colonos apenas hablan español. Son hijos de brasileños de origen alemán, que llegaron después de la Segunda Guerra Mundial. Tienen documento argentino, pero si uno escucha hablar a Waldemar Hirt nunca podría adivinarlo. Al menos, no en tres posibilidades. Acá, los hombres como él saben más del Corinthians que de Boca. Y si uno les pregunta, ahora que viene el Mundial, por quién hinchan, Argentina o Brasil, se ríen y no contestan. Pero al final se sabe: cuando gana Brasil también se tiran cohetes y fuegos artificiales desde acá, que en los mapas está marcado como territorio argentino.

De las ocho estaciones de radio, todas son brasileñas salvo una. Las novelas, de la Globo. La música, samba. Se come feijoada y farofa, y al pájaro carpintero le dicen pica pau .

Antes de los saltos está la selva, donde además de colonos, como se llama a los inmigrantes europeos, viven paisanos. Los paisanos son los guaraníes, que en la zona tienen dos aldeas, Pindó Poty y Její. Ellos también ponen lo suyo para formar esta selva enredada. Por ejemplo, del mono carayá o aullador que se ve en el monte deriva la expresión carayá para las personas solitarias. Ese tipo es un carayá que come abacaxi, un auténtico portuguaraniol, con términos propios como larroble , en referencia a una Land Rover.

Antes de los saltos están, también, los claros. Espacios que alguna vez fueron selva nativa y hoy son plantaciones de tabaco, maíz, mandioca, yerba, esponja y citronela. Esta última planta es originaria de Asia y llegó a El Soberbio con Sergio Fenochio, un pionero, que descubrió que se adaptaba bien al clima de la zona. Su cultivo comenzó en los años 60, y en los 80 se produjeron más de 600.000 kilos, destilados en 1500 alambiques caseros. La citronela se vende como aceite y es un componente básico de la industria del perfume. Se usa para hacer jabones y desodorantes de ambiente. Si bien la producción ya no es la de aquellos años, todavía existe y el olor alimonado de la planta se percibe en el ambiente. Acá se usa para ahuyentar mosquitos y darles brillo a los pisos de madera.

Antes de los saltos está la selva. Calurosa de principio a fin en verano y extrema en invierno, cuando las mañanas y las noches son heladas y los mediodías, para andar en remera.

De repente, el monte llega a un precipicio y aparece la luz y pasa un río, el Uruguay. Ahí están los Saltos del Moconá, después de la selva.

Por Carolina Reymúndez
Enviada especial

La aldea Pindó Poty, presente guaraní

PINDO POTY.- El pobre Julián Acuña tuvo la culpa de la fama momentánea de Pindó Poty. Julián Acuña es el chico de esta comunidad mbya guaraní, cerca de Colonia La Flor, a unos 40 kilómetros de El Soberbio. Después de una larga controversia entre la cultura aborigen y la medicina occidental, Julián Acuña fue operado en el hospital Gutiérrez. En esos días, Pindó Poty tuvo su minuto de fama. Llegó la televisión, lo entrevistaron a Alejandro Benítez, cacique de la aldea, filmaron las casas de adobe y caña. De repente, todos en Buenos Aires sabían la historia de Julián. Después de la operación, no se volvió a hablar del chico, que por cierto no se recuperó y tampoco volvió a la aldea. "Estoy preocupado por Julián. Desde febrero que no sabemos de él. ¿Por qué tarda tanto en volver?", comentó hace unos días el cacique a esta cronista.

La comunidad recibe ayuda de organizaciones no gubernamentales extranjeras. Hace poco se terminó la escuela, donde Juan Jorge Galarza, maestro rural, se las arregla para dar clase. "Es difícil, los chicos no tienen calzado, por eso se enferman y aquí no hay medicamentos básicos. Además, no tenemos un vehículo por si hay alguna urgencia", dice.

En Pindó Poty viven unas 120 personas en 100 hectáreas de bosque. Uno de los pocos ingresos de la comunidad es la venta de artesanías. Son hábiles cesteros y también tallan animales de la selva en maderas blandas. Y reciben visitas de turistas. En una vuelta por el lugar se conocen las trampas de caña que usan para cazar mulitas, aves y chanchos salvajes que comen. También, se conoce al jefe espiritual, que vive alejado. Su única vecina es la mujer más vieja de la aldea, que nadie sabe bien cuántos años tiene.

En lancha, hacia estas mañosas caídas de agua

Antes de los saltos y después de la selva, está el Uruguay, un río de lecho basáltico y agua cristalina que funciona de límite formal con Brasil. Del otro lado, Porto Soberbo es un pueblito donde, según cuentan los misioneros, no se habla una palabra de español.

A la altura de El Soberbio, el río mide unos 300 metros de ancho y siempre hay un caíco -canoa hecha de tronco de timbó, de origen guaraní- cruzándolo, a veces con gente y otras con veinte bolsas de soja. Un pequeño contrabando, a la vista de cualquiera. De los otros, los más grandes, dicen que también hay y se ven, pero se necesita tiempo.

De El Soberbio a los saltos son cerca de dos horas en lancha. Miguel Taszi es el capitán, y cuenta historias sin mirar a los ojos. Los suyo no es mala educación, más bien prudencia. "El río tiene secretos, hay que mantenerse atento", dice sin sacar la vista del infinito. Algunos leen en inglés, él sabe leer el agua. Este río no está balizado, es decir que no tiene boyas guía. Por eso, la licencia de Taszi dice patrón de zonas especiales. "En este río tenés que estar muy seguro o te vas arriba de las piedras", señala Taszi, y Leonor, una pasajera, le pide por favor que no siga contando. Lo cierto es que en varios tramos del recorrido, donde se forman rápidos o correderas, las piedras están a 40 centímetros de la superficie.

Miguel los pasa como avión, pero está pensando en los dorados que podría sacar si se quedara un ratito sobre la corredera, al garete, donde se esconden para pescar su alimento. Si alguno llega a saltar, entenderá que algunos nombres son literales. Después de atravesar la corredera, Taszi no se aguanta más y mira para atrás, como si leyera que abajo del agua los dorados se ríen porque trabaja en lugar de pescar.

Y listo, llegan los saltos, entre los arroyos Yabotí y Pepirí Miní. Si bien no tienen la fama -¡ni los turistas!- de Cataratas, son únicos. Miden tres kilómetros de largo y son mañosos como ninguno. Vamos por partes: son únicos porque el río Uruguay salta de costado, paralelo a sí mismo. Antes de Moconá, el río mide 300 metros.

De repente, por una falla geológica, se angosta hasta los 25 y forma un pliegue sobre sí mismo. Lo de mañosos es así: según el nivel del río, los saltos aparecen y desaparecen. Si llovió mucho es probable que no los vea porque el agua tapa las caídas, como si nunca hubieran existido.

Taszi lleva la lancha ahí nomás de los saltos, y la espuma riega la cara y la ropa. Sólo en la última Semana Santa, el hombre hizo este viaje unas cincuenta veces y, sin embargo, se emociona. El agua revuelta hamaca la lancha. El se siente un capitán en medio de una tormenta, los turistas se concentran en la digital y el agua sigue cayendo.

Datos útiles

Cómo llegar

El vuelo de ida y vuelta de Buenos Aires a Puerto Iguazú cuesta desde 527,26 pesos por LAN, que cuenta con dos frecuencias diarias, y el cada vuelo, el pasajero acumula kilómetros Lanpass. Más información: 0810-999-9Lan (526); www.lan.com

Traslados

Desde Puerto Iguazú son poco más de 300 kilómetros hasta El Soberbio. Calcule que a causa de las serranías no se hacen en tres horas, sino en cinco, disfrutando del paisaje verde, rojo y húmedo.

Los saltos del Moconá están a 75 km de El Soberbio. Hay dos formas de llegar. Por agua son unas dos horas de plácido viaje en lancha. El paseo hasta el Moconá cuesta $ 100 y Miguel Taszi es un buen guía (Yabotí Jungle, Avda. Costanera s/n, El Soberbio; 03755- 495266). Por tierra hay que tomar la RP 2, con 35 km de asfalto y 40 de un ripio que recordará toda su vida.

 

 

 

 

 

 

Por David Encina

Periodista

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Trabajador. Asesoría en comunicación social, comercial y política para el desarrollo de campañas. Análisis de servicios al cliente y al público. Aportes para la gestión de redes sociales con planificación estratégica.

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