Murió Javier Portales, un grande del espectáculo.

Clarín.

TENIA 66 AÑOS Y SUFRIA DIABETES.

En cuatro décadas de trayectoria, frecuentó los más diversos géneros. Hizo unas cien películas, numerosas obras de teatro y dejó un lugar irreemplazable en la TV.

Por Miguel Frías. mfrias@clarin.com

Murió una parte de mí mismo», dijo Javier Portales en 1988, cuando Alberto Olmedo se desplomó desde la cima, desde un balcón en Mar del Plata. Quince años después, la parte de Portales que había sobrevivido a Olmedo terminó de extinguirse de un modo más previsible: por una descompensación diabética, durante una de sus tantas internaciones. Tenía 66 años; estaba postrado, con conflictos económicos, tal vez muy cansado.

«Soy un tipo triste que a veces hace reír», admitió en una nota de 1980, en la que también habló de su carrera versátil, contradictoria para algunos. «Yo no encuentro contradicción: trabajo con Olmedo o Porcel, hago Gogol o Brecht en teatro y escribo La sartén por el mango. Trabajo con la mayor responsabilidad. Si los demás se desorientan es problema de ellos«.

En estas, sus primeras horas en la muerte, las agencias de noticias reproducen datos sobre sus obras teatrales (destacando Divinas palabras, junto a María Casares, o el estreno de La Nona, de Roberto Cossa), las casi cien películas en las que actuó (muchas de ellas bajo la dirección de Enrique Carreras o de Hugo Sofovich) o los ciclos de TV que marcaron a generaciones, como Operación Ja JaPolémica en el bar oNo toca botón. Murió un partenaire de grandes cómicos, repiten los cables. «Para que un jugador haga un gol tiene que haber un compañero que le dé el pase. No me molesta que la gente crea que soy un segundo», aseguraba él.

Portales se llamaba en realidad Miguel Angel Alvarez y había nacido el 21 de abril de 1937 en Tancacha, pueblito cordobés cercano a Río Tercero. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su padre, Aniceto, que era peluquero, y por las decisión de su madre de radicarse en Rosario y trabajar y estudiar hasta recibirse de enfermera. Miguel Angel era pupilo en un colegio religioso, pero ya soñaba con el teatro y la calle.

En sus horas libres trabajaba en un taller de máquinas de escribir. Un día llamó una mujer: él atendió el teléfono y ella se enamoró de su voz. Era la actriz Erika de Boero; le preguntó si no se animaría a trabajar en radioteatros. Aunque era tímido y tenía apenas 13 años, Miguel Angel se presentó a una prueba. Quince días después empezó a trabajar en Que el cielo la juzgue, de LT8 Radio Cerealista. A los 16 viajó a Buenos Aires. Se instaló en una pensión y logró ganarse unos pesos como animador en unaboite, hasta que descubrieron que era menor de edad y lo echaron.

Probó, luego, suerte en Paraguay. Pero, harto de las desdichas y el hambre, volvió a Buenos Aires. «Un día le oí decir a Dringue Farías que en el Maipo necesitaban cubrir un papel. Me acerqué y le dije Señor, yo soy actor. Me contestó: Bueno, pibe, te llamo por teléfono, y yo pensé:Todos dicen lo mismo y después no se acuerdan más«. Pero Dringue Farías lo llamó y le hizo jurar que era actor. Portales juró, se tomó el 259 y tembló cuando tomó Suipacha.

«Dringue me prestó hasta la ropa para actuar y me consiguió un sueldo que para mí era una fortuna». Corría 1955; empezaba una larga, versátil carrera que ahora terminó. «A lo mejor tengo una tristeza que me cuesta manejar y que me traiciona cuando no me doy cuenta», solía decir él. La misma que envuelve a aquellos que lo admiraron, ahora.

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