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PERSONAJE: A DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE TATO BORES

Clarín

Su hija, su nieto y sus compañeros lo recuerdan destacando la huella que marcó en los medios, de la mano de su fina ironía para el humor político. Retrato de un hombre que hablaba solo y lo escuchaban todos.

Silvina Lamazares.

slamazares@clarin.com

Cuando una ausencia se hace notar, lo que se agiganta es la presencia. La presencia que fue y que ya no es. Y en ese no será, también, se resignifica el paso de un hombre que dejó huella con su andar sobre patines, con su decir sin complacencia, con su estilete de la fina ironía bien afilado. Siempre se supo quién fue Tato Bores. Pero a 10 años de su muerte, su figura se redimensiona. No sólo por lo que desgranó durante cuatro décadas de oficio, sino porque desde el 11 de enero del 96 quedó un espacio (casi) imposible de llenar. Su espacio. El que moldeó a fuerza de una implacable claridad capaz de atravesar el humo de su habano y de unas cuantas tinieblas nacionales.
Dueño de un espíritu crítico valiente y categórico, Mauricio Borensztein no pudo ganarle la batalla final a un cáncer que lo hizo entrar de prepo en el pasado, aunque casi 300 tapes —algo así como el 10 por ciento del material que logró salvarse de incendios y robos— insistan en hacerle un jaque al tiempo. Y uno, entonces, lo ve, lo escucha y no sólo parece que fue ayer. Podría ser mañana: sus monólogos despliegan una actualidad que, más allá de asombrar, reconforta. Reconforta saber que el talento no tiene fecha de vencimiento.
Y ahí nomás uno cae en la tentación de imaginar qué festival se hubiera hecho el autodenominado Actor cómico de la nación con la huída de Fernando de la Rúa, o la semana de múltiples presidentes, o el casamiento de Carlos Menem y Cecilia Bolocco. O su homenaje, seguramente, al cacerolazo. Siempre supo qué tela cortar para hacer de su incomparable humor político un estilo en la tele. Y en la vida.

Nacido el 27 de abril de 1927, debutó en la pantalla chica 30 años después, en Caras y caretas (Canal 7). Desde ahí, con alguna letra propia y mucha pluma ajena elegida —como la de Aldo Cammarota, Landrú o Juan Carlos Mesa— fue puliendo el género del monólogo, al que acompañó desde la estampa con su frac, su habano, su anteojos de marco grueso, su peluca y su ritmo inigualable. Una usina de la continuidad y la coherencia.
Con el correr de los años, fue alternando guionistas de distintas generaciones, con los que lograba aggiornarse sin torcer el camino inicial. "Cada vez que alguien lo llamaba enojado por lo que había dicho en cámara, no nos transmitía ese miedo. Se la bancaba solo. Y no nos condicionaba. Y se dejaba llevar por todo lo que le sugeríamos. No era para nada sober bio", reconoce Pedro Saborido, que integra la lista de autores suyos junto a Santiago Varela, Jorge Guinzburg o Jorge Schusseim.
En el 61, estrenó Tato, siempre en domingo, por el 9, con lo que inició una especie de saga que logró instalarse, a pesar de algunas prohibiciones, en Canal 13 y Telefé. Entre sus títulos más recordados se destacan Dígale sí a Tato, Tato de América, Good show o Telecómicos. A caballito de su espacio unipersonal, se articulaban entrevistas y sketches que lo llevaron a compartir pantalla con Federico Peralta Ramos, Raúl Ricutti, Jorge Sassi y Roberto Carnaghi. Alberto Olmedo fue otro de sus inolvidables compañeros de ruta, como clásico invitado suyo y como partenaire en buena parte de las 16 películas en las que trabajó.
Casado con Berta y padre de Alejandro, Sebastián y Marina, quiso que sus hijos produjeran sus últimos años de trabajo. Y los tres le dieron forma, también, a La Argentina de Tato, el ciclo del 99 (iba por Canal 13) que a lo largo de seis especiales reprodujo sus mejores momentos.
Ganador de dos premios Konex (1981 y 1991), Tato también transitó por la radio y por el teatro, pero la mayor impronta la dejó en la televisión, creando, sin duda alguno, el más "clásico de los domingos". Ni Boca ni River. Tato, el plato fuerte para terminar —o empezar, depende— la semana con una voz amiga del otro lado. O de este lado, mejor aún.
Una voz que no mentía cuando, por ejemplo, cada semana, con "cara de Tato", decía frente a cámaras Vivir se puede, pero no te dejan. Y hoy, justamente hoy, su frase emblemática, se las ingenia para hacerse oír.

Por David Encina

Periodista

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Trabajador. Asesoría en comunicación social, comercial y política para el desarrollo de campañas. Análisis de servicios al cliente y al público. Aportes para la gestión de redes sociales con planificación estratégica.

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