Tsunami

Clarín
PRIMER ANIVERSARIO DEL MAREMOTO QUE GOLPEO A ONCE PAISES

Más de un millón de personas siguen viviendo en carpas

Un año atrás murieron más de 231.000 personas. Y 1,8 millón perdió su casa. La reconstrucción es lenta. Sólo una quinta parte recuperó una vivienda propia.

El presidente de Indonesia, Susilo Bambang Yudhoyono (en el medio), encabezó las ceremonias por el aniversario del tsunami en Banda Aceh. (Foto AP)
Alejandra Pataro.

apataro@clarin.com

Una ola. Unos minutos. El desastre y heridas que durarán toda la vida. Hoy se cumple exactamente un año del tsunami en Asia. En las morgues aún hay cuerpos que nadie reclamó, y otro tanto imposible de identificar. Hay miles de huérfanos. Una generación perdida. Y una verdadera legión que no tiene más que lo puesto y una lona por techo desde hace 12 meses. Aún así, a 365 días del peor desastre natural que se recuerde, han habido progresos. La ayuda internacional ha sido gigantesca. Y aunque lentamente y en ocasiones víctima de la desorganización, la desidia y la corrupción, la vida tal como solía ser busca el camino de regreso.

Era un día de sol cuando el mar se tragó todo: autos, casas, aldeas enteras. Insospechado, un terremoto de 9,15 en la escala de Ritcher en el lecho del Océano Indico, frente a la costa oeste de Sumatra, abrió la tierra y encrespó las aguas hasta formar un ola gigantesca: "el tsunami", que golpeó al menos once países desde Indonesia hasta Kenia.

Murieron más de 231.400 personas, un tercio de ellos chicos; demasiado pequeños para aferrarse, aguantar y sobrevivir a la fuerza descomunal de aquella ola. Una madre contará mil veces como agarró a sus hijos antes de ser arrastrada, y despertó, luego, sola. Jamás los encontró, ni siquiera —lamentará— en las fosas comunes que escudriñó.

Las "madres del tsunami" son mujeres desesperadas por concebir y recuperar aquello que más amaban, sus hijos perdidos. Las panzas redondas ya se contornean en un esfuerzo colectivo por reemplazar una generación entera devastada en pocos minutos. El boom de embarazos en las zonas más afectadas de Indonesia sigue a otro auge de casamientos masivos. La urgencia por engendrar provocará enlaces, incluso, entre extraños. Las más jóvenes podrán volver a concebir, otras, lloran su menopausia.

El drama social legado por el tsunami habla también de 1,8 millón de personas sin casa. El 2006 encontrará a sólo un quinto de ellos reubicados bajo tejas propias. Otro dato igualmente sombrío: la reducción de la población hace que hoy se necesiten construir menos viviendas que las que fueron devoradas por las aguas.

Con todo, la construcción es lenta. Recién comienza. Todo indica que demorará al menos entre cinco años y una década reubicar en hogares propios a todos los desplazados repartidos en carpas y campos de refugiados sin agua corriente, ni electricidad. Son familias amputadas de las que, en algunos casos, solo queda con vida un miembro.

La falta de fondos no ha sido el problema. Como nunca antes la comunidad internacional abrió sus bolsillos ante la tragedia, en lo que se supone la mayor operación humanitaria de la historia. Fluyeron en asistencia once mil millones de dólares entre donaciones de particulares, de gobiernos y organizaciones como el Banco Mundial. Esta ayuda se canalizó a través de centenares de ONG, agencias de Naciones Unidas y gubernamentales, algunas de ellas virtualmente desbordadas de donaciones, lo que supuso un primer inconveniente. El razonamiento de los trabajadores humanitarios es que "el hecho de haber recibido 20 veces más de dinero que el usual no significa que se puede expandir el programa de asistencia unas 20 veces".

Como explica Eric Morris, el coordinador de la ayuda de la ONU en Aceh,(Sumatra, Indonesia) —por lejos la zona más afectada—: "siempre existe una brecha entre la ayuda y la recuperación y la reconstrucción". En esa brecha reina la falta de coordinación gubernamental en algunos casos, y la corrupción, en otros. La combinación de despilfarro y mala repartición atentó contra la faraónica y urgente tarea de reconstruir.

Se han denunciados casos de familias que se hicieron pasar por damnificados para cobrar dineros durante meses. Gente que llegó demasiado tarde para conseguir lo que sí le correspondía. Malversación de fondos públicos. Problemas para encontrar tierras donde construir. Muchas víctimas han preferido acampar entre los escombros de sus casas para que no les usurpen el lote.

El nivel monstruoso y sin precedentes de la catástrofe, a su vez, convirtió en inexpertos a todos los actores de ayuda involucrados, complicando el cuadro. El resultado: millones que aún viven en el desamparo en un verdadero ejercicio de paciencia humana.

Mientras Indonesia, con Aceh a la cabeza, intenta reubicar a sus desplazados, en Tailandia la lucha consiste en poner el turismo otra vez en pie. Si bien este año las otrora exclusivísimas playas de Phuket recibieron 60 por ciento menos de turistas, hay indicios positivos de recuperación.

John Aglionby, periodista del diario británico Observer, estuvo en la zona del desastre hace un año y ahora. Cuenta: "El 27 de diciembre del año pasado, cuando llegué, la playa (de Phuket) estaba destruida, había cuerpos flotando en los negocios, los autos estaban atascados uno sobre otro y ni un solo edificio había quedado intacto. Ahora parece un destino turístico normal, excepto por las nuevas torres de alerta de tsunamis".

A un año del fenómeno, también hay hallazgos para el asombro. Cuando solo habían pasado cinco meses del desastre, un equipo de científicos marinos decidió sumergirse hasta el abismo del epicentro del terremoto que provocó el tsunami. Descubrió, en medio de un shock —según confesaron— que allí no había nada, ni una célula viviente.

Los expertos del proyecto denominado "Census of Marine Life" o Censo de la vida marina, se sumergieron durante once horas para analizar el sitio específico donde empezó todo. Hallaron "una zona muerta": sólo un vacío con rocas, sin registro alguno de vida. Algo —dirán— "jamás visto".

Científicos, otros, también descubrieron que las enormes olas que azotaron el sudeste asiático el 26 de diciembre de 2004, dieron la vuela al mundo dos veces, en un fenómeno que duró 48 horas y que llegó a sentirse hasta en Brasil. La ciencia ya sospechaba que las ondas de un tsunami podían viajar por los mares a una velocidad de 900 kilómetros por hora. No sabían sin embargo que esas olas podían llegar hasta cualquier rincón del planeta.

En los dos días siguientes al tsunami, las devastadoras olas del Indico llegaron a tocar las costas de Perú, México, Brasil, Francia, Inglaterra y hasta dos bases en la Antártida.

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