Un mosca campeón

Clarín.com

BOXEO : OMAR NARVAEZ RETUVO SU TITULO MUNDIAL DE LOS MOSCAS EN UNA GRAN ACTUACION

El campeón volvió a lo campeón

En París, venció al francés Bernard Inom por nocaut técnico en la undécima vuelta, en su retorno a la actividad después de 21 meses.


Horacio Pagani. PARIS. ENVIADO ESPECIAL

hpagani@clarin.com

El anuncio de lo que vendría lo dio Omar Narváez a los diez segundos de comenzado el combate. Se tocó la frente y se quejó ante el árbitro estadounidense Louis Moret, de un supuesto cabezazo de Bernard Inom, su rival francés. El formidable estadio (más de 14 mil personas sentadas) reaccionó con una estruendosa silbatina. Pareció un gesto de suficiencia, es cierto. Pero fue una prueba de convicción, en realidad. A partir de entonces, tras un minuto de observación, el campeón mundial de los moscas empezó a dar una lección de boxeo. Quería Narváez salvar la larga inactividad, quería borrar las huellas del accidente que le fracturó la muñeca izquierda, quería demostrar que seguía vigente su afirmación como campeón, aquella que había fundado aquí, en París, en noviembre de 2003, cuando apabulló con técnica y con corazón al ruso Alexander Mahmutov. Y esta era la oportunidad justa, la pelea indicada.

Se dio cuenta rápidamente el chubutense de que el rival, es quemático, huidizo, endeble, no podría inquietarlo. Y tomó el control psicológico del desarrollo con total autoridad. Demostrando su excelente condición física, fue aumentando la intensidad de sus descargas en forma progresiva. Punteando y volviendo con la derecha una vez conseguida la distancia. Y otra seguidilla, con escasa participación de la zurda, su mano fundamental. Parecía cierto, nomás —como había anunciado Carlos Tello, su entrenador—, que le costaba meter el gancho de izquierda. Pero suplía la falencia con una variedad de lanzamientos de gran jerarquía.

Se sintió campeón de verdad desde el comienzo. Pero para bien, sin sobrar nunca las circunstancias. Estableció un dominio psicológico, táctico y técnico, como muy poco se ve en una pelea titular. Y así se adjudicó los tres primeros asaltos. Los gritos del público ante cada acierto aislado de Inom trocaron por el murmullo por la superioridad del campeón.

Es fácil, en estos casos, desmerecer la imagen del rival —fue flojo, es cierto— para condicionar el elogio hacia el ganador. Pero era la séptima defensa de Narváez -que ganó su título mosca en su pelea número 11— después de 21 meses de inactividad internacional (no se computan los tres combates en la Argentina). Y era su prueba personal, a los 30 años. Habíamos dicho después de su victoria ante Mahmutov que se abría para él un horizonte halagüeño. Pero no pudo confirmarlo. Porque sólo hizo una pelea (ante el brasileño Martins, casi impresentable) en dos años. Se le había observado en los primeros tiempos de su reinado su tendencia —amateur— al apuro para los envíos, al toque y la salida, a la falta de presencia firme, de postura de campeón.

Y eso fue lo que mostró ayer sobre el ring del estadio Bercy. Manejó siempre los tiempos. Y en el quinto decidió buscar la definición. Lo vapuleó al morenito, nativo de La Reunión. Lo llevó, tambaleando, de una cuerda a la otra, de un rincón a otro. Es cierto que no llevaban gran potencia las descargas. Porque la mano clave no salía con vigor. Pero la multitud, en silencio, esperaba una actitud piadosa del árbitro. O de los habitantes del rincón. Pero no, Inom llegó al final del asalto.

Había descargado todo Narváez y, además —después se supo— comenzó a dolerle el brazo izquierdo. Por eso el sexto y el séptimo fueron asaltos de transición. Recuperó un poco de aire la figura maltrecha (con su ojo derecho muy inflamado) de Inom, y de entusiasmo, el estadio. Fue sólo una elección del argentino. Un respiro. Porque volvió a ser neto dominador en el noveno. Y lo tiró, con una derecha abierta, en el décimo. Fue el anuncio del final. Como el torero ante el animal herido, salió a "liquidarlo" en el undécimo. Y lo vapuleó, otra vez, al guapo morenito. Y, por fin, el árbitro Moret tuvo el gesto de la misericordia. Y decretó el final por nocaut técnico.

Era la pelea esperada. Y se dio el triunfo necesario. El que reivindicó la jerarquía de gran campeón de Omar Andrés Narváez. Y se dio nuevamente en París, como contra Mahmutov. El público francés lo aplaudió de pie. Fue el mejor testimonio. Quizás el que lo proyecte hacia el altar que levantó Pascual Pérez, su glorioso antecesor.

¿Qué opinas? Deja un comentario