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Ecología

Viaje a las entrañas del Riachuelo

La Nación
 
 
Un problema que lleva casi dos siglos sin solución
 
La contaminación de los cursos de agua La Matanza y Riachuelo afecta a unos 4.600.000 habitantes
 

Grillo, o Ramón Arnal, enrolla unas sogas. Su hermano, César, está en la pequeña cabina de la lancha: "Carina". Arriba pasa una combi y adentro, como desde una cámara séptica, unos turistas rosados y felices señalan primero esas casillas de La Boca, las que están bajo la autopista, y después el Riachuelo plomizo.

Una lluvia fina bruñe la superficie de las calles y del amarradero, y borra los contornos de los barcos que están atrás, casi en el Río de la Plata. El viento trae ráfagas de olores aceitosos, metálicos, tal vez ácidos.

-¿A qué vienen?

-¿Quiénes?

-Los turistas.

-No sé. Y a veces pagan un montón de plata para navegar acá: ¡Acá!

Grillo dirige la mirada hacia abajo. La embarcación avanza por las aguas marrones o verdes con unas vetas grasosas, iridiscentes. Navega hacia adentro; hacia un horizonte de vertederos industriales, fábricas abandonadas, basurales y villas miseria.

A la izquierda está la provincia de Buenos Aires; a la derecha, la ciudad de Buenos Aires. Grillo y César viven a la izquierda, en Dock Sud.

Y conocen muy bien esta cuenca hídrica, algo que para muchos es la siguiente ficha técnica: la contaminación de los cursos de agua La Matanza y Riachuelo afecta a 4.600.000 habitantes; el 55% de ellos carece de cloacas y el 35%, de agua potable; 500.000 personas habitan sobre la basura; el 95 por ciento de los residuos que allí se vierten no son tratados.

Eso denunciaron a principios de este mes la Defensoría del Pueblo de LA NACION, organizaciones ambientalistas y vecinales y entidades académicas. Pero las denuncias y las promesas tienen muchos años. La Primera Junta, en 1811, ya había anunciado una limpieza. Las curtiembres, los mataderos y los saladeros vertían por entonces sus sobrantes sobre el Riachuelo. O sea: hace dos siglos que las sucesivas autoridades del país vienen rumiando un bolo incalculable de promesas.

* * *

Ahora, la lancha pasa bajo el puente metálico de La Boca. Un bote de madera cruza a dos mujeres de la isla Maciel a la Capital. Sobre la derecha hay un cementerio de barcos oxidados. Unos hombres cortan las chapas de uno y la atmósfera se llena de puntos naranjas. Atrás están las barracas, los astilleros, las fábricas.

El puente Pueyrredón nuevo y después el viejo. El agua es cada vez más oscura y suelta unas burbujas que revientan y llenan el aire de gases tóxicos. La fábrica que está a la izquierda parece abandonada; pero no: unos caños conectados a la construcción derraman una sustancia amarillenta.

Más adelante, sobre el agua que ahora es negra, hay una elevación blanca. "Parece un témpano", dice Grillo. La embarcación se acerca. No es un témpano: es una espuma misteriosa, casi sólida. Enfrente, donde termina un paredón ciego, hay un puñado de viviendas desastrosas. Una señora de negro y mirada melancólica sólo está ahí.

Allí, el Riachuelo es cruzado por dos puentes: uno ferroviario y otro peatonal. "El puente Bosh", ilustra Grillo. Abajo han colocado unos tubos naranjas y flexibles para contener la mugre. Se han formado unas isletas flotantes de ramas, grasa, plásticos, telas, botellas, maderas, la cabeza de una muñeca. "No vamos a poder pasar", dice Grillo.

Se equivoca. Se acerca una lancha negra con la cabina blanca que dice Cintra: la empresa que intenta limpiar la superficie del Riachuelo. Abren el paso. Adelante, del lado de la Capital, una hilera interminable de casas de madera, chapa, cartones y ladrillos sin revocar se levanta entre montañas de basura, juncos y unas prolíficas plantas con hojas dentadas de ocho puntas.

En la otra ribera, entre los sauces, un amarradero desvencijado se inclina sobre el río. Grillo señala las ruinas y dice: "Este era el Club Regatas de Avellaneda. Pensar que acá hacían remo".

* * *

Antes del puente Vélez Sarsfield, en la ribera derecha, hay un terraplén con camiones; la pendiente del terraplén que termina en el río está atestada de bolsas de nylon. La lancha esquiva cada vez más camalotes de desechos. El agua es más espesa. La basura no se mueve. Es como si estuviera apoyada sobre una plancha de brea.

El río se hace más estrecho. Los olores de desperdicios viejos y estiércol humano se arraigan al espacio. En la villa 24, dos muchachos se abren paso entre el detritus con indiferencia cansada, como si cada partícula del este paisaje fuese perpetua, incluso necesaria. Adelante, del otro lado del río, puede verse la fábrica abandonada de heladeras Siam.

Más allá hay otro puente ferroviario. Y una cordillera de basura. Y el agua pesada se lleva los desperdicios, que ahora se enredan en la hélice. El motor se detiene. Silencio. Es como si la mugre, la vegetación, las casas succionaran los sonidos. Dos tipos se paran sobre una montaña de basura. Ahora son tres. Cuatro. Tal vez quieren decir algo. Debemos volver.

Es Grillo el que dice: "¡Vamos!"

 

Por Ramiro Sagasti
De la Redacción de LA NACION
 

 
 
 
 
 
 
 
 
Vivir entre la basura y el abandono
 
Para llegar a la ribera del Riachuelo, LA NACION avanza por un dédalo de pasillos de tierra mojada y casas bajas en la villa 24, de Barracas. Juan Carlos Aquino (foto), paraguayo, de 51 años, casado con María Ester y padre de cuatro hijos, vive justo frente al río. Es una de las 500.000 personas que habitan sobre la basura en esta cuenca hídrica.

En el patio de su vivienda, Aquino ha colocado unas chapas para separar la casa de la orilla atestada de residuos. Pero esas chapas no detienen los olores.

"Antes venía un camión a buscar la basura, pero no viene más, porque los «chorritos» le cobraban peaje. No nos queda otra que tirar la basura ahí. Hay un olor de la gran «pistola». Y acá hay un montón de chicos, que no saben y se meten en la basura. Después tosen y tienen unos granos en la cara…", dice Juan Carlos.

Al lado de la casa de Juan Carlos está la de Isabelino Zaya, de 42 años. Ahora vive en una casilla de chapas oxidadas y tiznadas. Pero su mujer, Rosa, consiguió trabajo como empleada doméstica y están comprando ladrillos. Despacio, levantan paredes más sólidas: tal vez sus hijas de 10 y 13 años pasen un invierno más cálido.

Se acercan dos chicos de 7 y 9 años, Mauro y Lautaro, que estaban a pocos metros, en una pequeña plaza que han construido Juan Carlos, Isabelino y otros vecinos. En el límite de la plaza se eleva una estatuilla de San José Obrero. Atrás, el suelo se inclina en una pendiente cubierta de un limo hediondo y desperdicios. Por allí caminan las gallinas de Isabelino.

 
 
 
 
 
 

Por David Encina

Periodista

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Trabajador. Asesoría en comunicación social, comercial y política para el desarrollo de campañas. Análisis de servicios al cliente y al público. Aportes para la gestión de redes sociales con planificación estratégica.

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