Argentores: denuncias por corrupción entre los autores de televisión y teatro

Clarín

EL LADO OSCURO DEL ESPECTACULO. La mutual que los nuclea recauda $ 42 millones al año. Afronta 7 juicios por corrupción. El Gobierno pidió su intervención. Y la Justicia le puso un auditor estable.

Por Gerardo Young / gyoung@clarin.com / Detrás de grandes nombres de la televisión y el teatro, detrás de las luminarias más deslumbrantes de la avenida Corrientes y del cine, se esconde un universo plagado de sospechas, con millones de pesos que se esfuman, caras conocidas y no tanto peleando por mucho más que los aplausos.

Argentores es la mutual encargada de recaudar las ganancias de autores y libretistas del mundo del espectáculo, y lleva años envuelta en un silencioso manto de sospecha. Supuestos balances adulterados, falta de pago a las viudas de los más célebres libretistas, denuncias por posibles coimas a funcionarios, emisión de cheques a autores truchos y complejos sistemas de fraude, forman parte del vocabulario al que se han acostumbrado, lejos de la escena pública, estos artistas. No por poco: hay en juego 42 millones de pesos al año.

El panorama es hoy caótico:

Un veedor judicial lleva siete meses inspeccionando la administración de Argentores.
Hay al menos siete causas judiciales investigando a sus directivos y empleados.
Los peritos contables de la Corte Suprema llevan dos años analizando sus balances.
El Gobierno acaba de volver a presionar para intervenirlo o al menos transparentarlo.
El prestigioso autor Ricardo Talesnik, creador de «La fiaca» y «Cien veces no debo» entre otros éxitos, asumió como presidente de Argentores hace tres meses y se encontró con una institución en un estado desolador: «Es un problema de fondo. El sistema de hoy permite el afano», se lamenta ante la consulta de Clarín. Talesnik ordenó la apertura de un sumario administrativo en el que, asegura, están bajo sospecha todos los empleados y directivos de la mutual (ver página 32).

El escándalo de Argentores no sólo afecta a los autores y libretistas, sino, indirectamente, a los millones de argentinos que son quienes aportan sus fondos cuando van al teatro, al cine, cuando prenden el televisor en sus casas o incluso cuando lo miran en una confitería. De todos los consumidores de cultura se alimenta Argentores.

Para darse una idea de la magnitud de los juicios y demandas que afectan a Argentores, alcanzan unos pocos datos: en la administración de la mutual hay 66 empleados, pero son 22 los abogados contratados, por los que se gasta un millón de pesos al año. Un millón de pesos sólo para defenderse de las denuncias que se investigan en la Justicia federal, en la Justicia civil, en la correccional, en la del fuero penal económico (ver Un millón…).

Todo empezó a estallar en mayo del 2004, cuando un grupo de socios denunció un supuesto fraude electoral en el nombramiento de la nueva conducción de Argentores —en ese momento con Alberto Migré al frente— y denunció irregularidades en los balances de la entidad. La puja electoral generó un caos interno y las denuncias no pararon hasta hoy. A la cabeza de los reclamos se pusieron las viudas de dos de los máximos referentes de las telenovelas argentinas. La de Abel Santa Cruz, creador de «Jacinta Pichimahuida», «Papá Corazón» o «Andrea Celeste», y la de Luis Gayo Paz, el de «Paloma» o «Aprender a Vivir».

Eve Ziegler, viuda de Santa Cruz, tiene 76 años y vive en Miramar, el lugar que eligió su marido para morir, hace ya once años. «Desde que se murió Abel, Argentores me debe los derechos por todas las novelas que se pasaron en el exterior y que tiene que cobrar Argentores. No me pagaron ni de México, ni de Italia, ni de España. Yo calculo que me deben unos diez millones de dólares. Pero claro, pagan sólo a los vivos. A los herederos, nada de nada», se queja Eve.

Otra viuda que está en una situación similar es María Cristina Gorrasi, la mujer de Gayo Paz, fallecido en 1997. También ella reclama millones, pero además se ha ocupado de reunir información sobre la comisión directiva de Argentores. Sus cuestionamientos apuntan directamente al secretario general de la mutual, Emilio Vieyra, autor y director, entre otros títulos, de «Comandos Azules», una comedia sobre un grupo parapolicial filmada en plena dictadura militar, en 1979 (ver página 32).

Vieyra está en el centro de cua tro de las siete denuncias que afectan a Argentores en la Justicia, pero no quiso responder a las imputaciones pese a los reiterados llamados que le hizo Clarín en las últimas dos semanas.

A las viudas se sumaron empleados y administrativos de Argentores, incluso uno de los miembros del directorio, Miguel Marchesini, quien sostuvo ante la Justicia que en Argentores se habían pagado coimas a un funcionario de la Inspección General de Justicia, un organismo público que estaba encargado de controlar los balances. Marchesini no era un directivo cualquiera: hasta fin del año pasado, estuvo a cargo de la junta fiscalizadora de la entidad.

A raíz de esa denuncia, la sede de Argentores, en una hermosa casona de Recoleta, fue allanada en el 2004 por el juez federal Claudio Bonadío, quien ordenó una pericia contable de todos los números de la entidad. Esa pericia está todavía en manos del cuerpo de peritos contables de la Corte Suprema, pero lleva dos años de retraso. Según la abogada Silvia Bertone, que asiste a otro de los empleados denunciantes, Daniel Di Conza, «los peritos contadores estarían todos comprados por Argentores».

Supuestas coimas, compra de peritos, falta de pagos de derechos. Según coinciden todos los denunciantes, y admiten incluso en Argentores, el problema es que la mutual recauda mucho más de lo que reparte entre los autores y le sobran no menos de dos o tres millones de pesos por año. Ese sobrante se convierte, claro, en una fuerte tentación.

El Instituto Nacional de Asociativismo (INAES) es el organismo oficial encargado de controlar a todas las mutuales del país. A fines de mayo pasado, el INAES comprobó que Argentores tenía 11,5 millones de pesos que no eran reclamados por nadie. ¿Por qué? Simplemente porque hay muchos autores que no cobran lo que merecen (como sería el caso de las viudas) y muchos otros que no cobran porque no saben que tienen ese derecho.

Los denunciantes aseguran que en Argentores se las ingenian para quedarse con los millones sobrantes. Uno de los métodos para ello sería el de los autores truchos. Es decir, prestanombres que cobran como si fueran grandes dramaturgos, aunque en realidad no han escrito nada. La auditoría interna de Argentores comprobó ya que entre 2002 y 2005 se liquidaron cientos de miles de pesos (aún no está claro el monto total) en favor de al menos seis autores truchos.

Clarín habló con uno de esos autores. Carlos Lío tiene 36 años, vive en Floresta y entre el 2002 y el 2005 cobró cheques por un total de 150 mil pesos, según se desprende del expediente que se tramita en el Juzgado de Instrucción 33. La casa de Carlos Lío es alquilada, no tiene revoques y el pequeño salón comedor cuenta con un viejo televisor que transmite imágenes ya fuera de tono.

— ¿Qué obras escribió? —le preguntó Clarín.

—Yo no escribí nada. Me daban los cheques, los cobraba y después tenía que entregar la plata.

—Pero los cheques salían a su nombre.

—Yo trabajaba para Argentores y cada seis meses me pedían cobrar un cheque que venía firmado por el tesorero. Después le tenía que dar la plata a Vieyra y a mí me daban 100 o 200 pesos. No tengo ni para caerme muerto.

El tesorero de Argentores, Donato Alvarez, y el secretario general, Vieyra, siguen siendo investigados en la Justicia pero también en el sumario interno de la mutual. A pesar de eso, todavía dominan la comisión directiva de Argentores, donde aún cuentan con la mayoría de los votos.

Otro de los mecanismos denunciados para «embolsar» los sobrantes son los supuestos proveedores falsos. Una de las denuncias comprobó la existencia de un supuesto proveedor de servicios de catering —»Claudio Biancardi»—, cuyas oficinas en Vicente López están vacías desde hace tres años.

Pero también existirían los «autores inflados». Según la viuda de Gayo Paz, hay muchos autores de obras pequeñas o escasas, que cobran como si fueran hiperproductivos. Y le apunta a uno: «Julio Maharbiz cobró 150 mil pesos y casi no tiene obra», denuncia María Cristina Gorrasi. Maharbiz, que durante el gobierno de Carlos Menem fue presidente del Instituto del Cine (INCAA), apela a la teoría de la persecución: «Desde que fui funcionario siempre me quieren acusar de corrupción. Yo tengo un montón de programas de cable en la señal Argentinísima. Por eso cobro. Yo soy socio de Argentores desde hace 40 años», se queja el creador del «Aaaaaaquí Cosquín».

Lo cierto es que los controles dentro de Argentores son muy laxos. El actor cómico Nito Artaza, uno de los que más dinero aportan a Argentores con sus obras, es claro en ese punto: «Entra mucha plata pero no se la justifica fehacientemente. Los socios, me incluyo, deberíamos controlar más». La realidad es que hoy alcanza con una declaración jurada para iniciar un trámite de autor y depende de la voluntad de Argentores confirmar o no su veracidad. Eso y las múltiples denuncias llevaron al INAES a pedirle a la Justicia la intervención de Argentores. La medida se concretó en diciembre pasado, en un sorprendente silencio teniendo en cuenta que en Argentores hay muchas personas reconocidas.

Desde diciembre, un auditor contable puesto por la Justicia trabaja codo a codo con los administrativos de la entidad. Pero el INAES no está conforme y el 28 de mayo pasado volvió a cuestionar a Argentores y a su sobrante de fondos, insistiendo con la necesidad de mantener un veedor judicial en la mutual.

Según un informe del INAES, Argentores debe contactar a los autores que son dueños de esos derechos y no esperar a que aparezcan como por arte de magia. Entre los que no saben que tienen plata para cobrar se cree que hay cientos de dueños de programas de televisión por cable, que ni siquiera están enterados de la existencia de Argentores. Y algunos famosos: Mauro Viale, Mariano Grondona, Mirtha Legrand —por sus almuerzos en la tele abierta— y otros a los que las viudas de Gayo Paz y Santa Cruz están contactando para que no quede plata sin dueño, una tentación quizás demasiado grande.

Masiva convocatoria en la singular exposición de Botero

La Nación
 
En el Museo Nacional de Bellas Artes

 
Una multitud elogió su particular estilo para retratar la violencia en Colombia
 
 
 
 

A pesar de lo descarnado de la temática, "La violencia en Colombia en los ojos de Botero", la muestra del artista antioqueño de fama mundial, inaugurada a toda pompa anoche en el Museo Nacional de Bellas Artes, fue una fiesta en la que cientos de personas celebraron la explosión de color y la desmesura figurativa en la trágica -y por momentos ambigua- recreación de una nación sometida por la intimidación y el terror.

El embajador colombiano, Rodrigo Holguín; la directora del Museo Nacional de Colombia (MNC), María Victoria Robayo, y lo más granado de la elite cultural vernácula dieron el presente en el amplio pabellón que resultó grande para exhibir 50 obras, y chico para la masiva recepción que acogió la estética boteriana.

Nelly Arrieta de Blaquier, Jacobo Fiterman, Luis Benedit, Marta Minujin, Magdalena Faillace, Gloria Bender, entre muchos otros presentes, calificaron de "extraordinaria" la traducción plástica que Botero hizo de la situación de su tierra. "Es absolutamente coherente con su producción y él es un dibujante superlativo", opinó Rogelio Polesello.

Sin lucro para el drama

"No quise ganar dinero a costa del sufrimiento de mi pueblo", dijo ayer por teléfono Botero a LA NACION al explicar el porqué de la donación al MNC, a la que hace unos días sumó otras flamantes 17 piezas.

Tanto altruismo no es nuevo para el artista estrella, "adicto al trabajo" e inmune a las modas plásticas, que reparte sus días entre la región de Toscana, París, Nueva York y Bogotá: Botero ha resultado ser el mecenas más generoso de su país tras desprenderse de más de 200 obras de su autoría y de una colección exquisita de cien pinturas del arte universal (Picasso, Renoir, Monet, Degas, Pisarro, Matisse, Dalí, Klimt y Miró), valuadas en US$ 250 millones. Ese legado no sólo enriqueció los reservorios artísticos de su país; también le dio el contenido para crear uno nuevo, el Museo Botero, en Bogotá.

Su testimonio estético en Buenos Aires no pretende ser un registro documental de los homicidios, secuestros y extorsiones, de las masacres indiscriminadas contra la población civil o del desplazamiento de más de un millón y medio de personas en el país caribeño. "Es una representación estética de y para mi pueblo sobre un momento dramático de nuestra historia, por eso no quise renunciar a mi estilo ni a ninguno de los recursos plásticos que habitualmente utilizo", comentó a LA NACION. Eso explica la paleta encendida aun en situaciones sombrías como las que muestran personas presas, desnudas, maniatadas y con los ojos vendados, que suplican por su vida ante anóminos verdugos.

De entrada, sorprende la neutralidad con que Botero narra la violencia; sin endilgar culpas a ninguno de los bandos. Para el artista, el intercambio de bombas, proyectiles, cuchillazos y otras agresiones entre guerrilleros, paramilitares, fuerzas de seguridad y narcotraficantes resulta en una odisea de fuego cruzado, que culmina en exterminios indiscriminados y en procesiones de féretros que copan las estrechas calles colombianas, flanqueadas por casas destrozadas y por las velas encendidas de los deudos.

El blanco de la violencia es generalmente la población civil, parece decir Botero en sus lienzos. Los sicarios someten a sus víctimas, les aplastan la cabeza con sus pies -siempre pequeños, a pesar del volumen inflado de sus cuerpos- y perforan con balas de todos los calibres la carne ya herida por algún sablazo. Otros huyen en barcazas, aunque luego serán alcanzados por un aguacero de pólvora. Los que se refugian en iglesias correrán la misma suerte, aplastados por techos y columnas dinamitadas. En sus composiciones, las madres gritan la angustia de sus pérdidas, con niños acribillados y sepultados bajo una espesura de cadáveres donde se mezclan maridos, sobrinos, vecinos. Buitres rapaces engullen lo que queda: fragmentos de cuerpos en charcos de sangre o que flotan en un río.

Es en las acuarelas, carbonillas y dibujos al lápiz donde el trazo se vuelve más incisivo: los rostros inexpresivos de los que prodigan tantos tormentos en los óleos mutan ahora en los mohínes angustiantes de los desplazados, que cargan en bolsones tanto pertenencias como hijos muertos.

Ataviada con una banda verde, roja y blanca -los colores de la bandera colombiana- una ubicua calavera, representación popular de la muerte, se entromete con desparpajo en varias escenas. A través de ella queda plasmada la denuncia de Botero: "La violencia no pertenece a un solo tinte político, puede ser de derecha o de izquierda, y es justamente ésa la gran tragedia de los colombianos".

Por Loreley Gaffoglio
De la Redacción de LA NACION

LLEGA «PATORUZITO 2: LA GRAN AVENTURA»

Clarín

 

De regreso a la infancia

El director José Luis Massa, los actores Norma Aleandro y Julian Weich, que les pusieron voces a dos personajes, y Soledad, que cantó el tema del filme, hablan de su trabajo en la nueva aventura del indiecito.

Por Miguel Frías | mfrias@clarin.com | José Luis Massa, director de Patoruzito, lo admite: él tampoco creía que este indiecieto cándido y tenaz, creado por Dante Quinterno en 1945, pudiera dar batalla, en el dinámico y globalizado mundo de la animación, contra superhéroes trasnacionales. Pero, ¡canejo!, el pequeño tehuelche no sólo dio batalla sino que ganó, en clara desventaja presupuestaria, tecnológica y visual: 2.500.000 personas vieron su primera película. Gran parte de estos espectadores jamás había leído sus historietas ni sabía de Pamperito, Isidorito, Upita, La Chacha, el Capitán Cañones, Chupamiel, Chiquizuel: personajes que parecían relegados a la melancólica categoría buenos recuerdos infantiles | superhéroe

La victoria de Patoruzito, su regreso, tiene una clara base sentimental. «Los padres nostálgicos llevaron a sus hijos al cine y ayudaron a que se diera el fenómeno —admite Massa—. La película provocó encanto a nivel familiar. Y pegó en los menores de 11; de 12 para arriba, no le dan pelota.» El 29 se estrena Patoruzito 2: La gran aventura, producto que, ahora sí, llega como gran candidato al éxito. Y no sólo por la contundente convocatoria de su antecesora. La nueva película tiene mayor presupuesto (2 millones de dólares contra 1,2); tecnología más moderna (con logradas secuencias en 3D); las voces de Norma Aleandro y Julián Weich en dos personajes nuevos; y una canción de Soledad como tema principal.

Aleandro, Weich, Soledad y Massa rodean una cordillera de triples de miga en el estudio del realizador, en Palermo. Soledad acaba de grabar el videoclip de Pide un deseo, su tema en la película. Cada uno entrega su recuerdo —filtrado por un prisma generacional— de Patoruzito. Aleandro:: «Era importante en mi casa, la historieta que nos compraban los jueves a mí y a mi hermana». Weich: «Yo no la compraba; la leía en lo de un amigo que la coleccionaba. Todavía no había 24 horas de dibujitos en el cable». Soledad: Yo no leía la historieta. Soy de la época de Mazinger y He-Man. Y admito que recién vi la película cuando me dijeron que iba participar en la segunda parte». La cantante del poncho es, por juventud, la más lejana del personaje del poncho.

Después de hacer «Patoruzito», Massa dijo que la principal dificultad había sido conseguir actores que hicieran las voces. ¿Por qué?

Massa: Porque en la Argentina no hay una cultura del doblaje. ¿Cuántas películas de dibujos animados nacionales se estrenaron en la última década? Dos o tres… ¿Y cuántas películas en vivo se doblan? Muy pocas. Hay actores especializados en doblaje. Pero, entre los conocidos, pocos están acostumbrados a hacerlo. Esta es la primera vez que Norma dobla un dibujo animado. En los Estados Unidos una actriz como ella, de primera línea, seguro que ya lo hubiera hecho varias veces.

Weich: Acá estamos acostumbrados al «castellano neutro», de serie televisiva. En el cine, animado o no, nos suenan raras las voces con acento argentino.

En «Los increíbles» se dobló, para la versión local, a personajes norteamericanos con tonos argentinos y artistas conocidos, como Carolina Peleritti, Favio Posca, Juana Molina o Rada…

Massa: No me gustó escuchar el timbre de voz de los personajes de esa película. Tal vez porque primero la vi subtitulada y después doblada: me chocó. Los personajes deben tener vida propia; si las voces te distraen, algo falla. En Patoruzito 2, la Bruja Jiuma y el Fantasma Benito, los personajes de Norma y Julián, fueron construidos en base a una caracterización previa que ellos hicieron para los animadores. Así los personajes funcionan con fluidez. Así se trabaja en los Estados Unidos.

¿Fue más fácil o más difícil construir personajes que no existían en la historieta de Quinterno?

Aleandro: Es más fácil inventar un personaje que ponerle la voz a uno muy famoso. Todos los argentinos adultos tenemos en mente una voz para Patoruzito, otra para Isidorito, otra para Cañones. Al tener que crear de cero a Jiuma y Benito, Julián y yo tuvimos una gran libertad creativa.

Massa: Igual es un trabajo muy complejo. Aunque se trate de una actriz de enorme calibre, como Norma. A ella le costó mucho; y a nosotros, más: dirigir a una artista de su nivel, quitarle lo que lleva de ella misma, convertirla en un dibujo animado con vida propia….

Aleandro: La primera voz que probé me resultaba demasiado impostada. Volví a grabarla. Fue un proceso complejo pero divertido: hice, con una capa, una interpretación de Jiuma para los dibujantes. Ellos fueron eligiendo algunos de mis movimientos para darle vida. Jiuma es mala pero tiene mucha imaginación. Me gusta. No sé si Massa pensó en mí o no al incluir una bruja: no sé si sentirme halagada (risas).

Weich: Yo me lancé con el fantasma Benito sin red: no probé, no ensayé, no miré nada. Hice una voz y me dijeron que iba por ahí. Si me hubieran pedido otra cosa, habría tenido grandes problemas. La verdad es que no tengo un registro de 16 voces para probar.

Massa: Las características de Julián eran ideales para Benito: su perfil gracioso, dinámico, de buen tipo. En cuanto a Jiuma, no tenía que hacerla alguien malo sino importante. El villano manda para los chicos: pone su sello. No había un personaje mejor para desarrollar ni alguien mejor para hacerlo.

Quinterno no repite malvados ni los hace extremos. Y, además, su «héroe» es ingenuo e inocuo: no mata, no lastima. ¿Eso complicó el trabajo?

Massa: Mucho. Que el villano no pueda morir es complicado. También trabajar con un héroe tierno e ingenuo: te limita mucho. Pero, cuando me invadían estos cuestionamientos, pensaba: «Si Quinterno logró tanto éxito, no hay por qué apartarse de su huella».

Weich: Patoruzito es un héroe cuyo único «superpoder» es la voluntad. Me parece un buen mensaje: depende de su tenacidad, no de una cualidad mágica.

Aleandro: Es un héroe humano, inocente, que comete muchos errores. Sus debilidades lo acercan más a nosotros. Y también lo hacen más simpático.

Y tiene características nacionales y populares: al estilo tuyo, Soledad…

Soledad: Es cierto. Los chicos de hoy a lo mejor aprenden sobre nuestros indígenas en la escuela, pero no los tienen como héroes de ficción. Esta es una buena oportunidad. Me pregunto cómo no participé en la primera película. Es un proyecto muy apropiado para mí: porque hago folclore, porque siempre tuve mucha llegada a los chicos, aun sin proponérmelo.

¿Por qué tuvo tanto éxito Patoruzito en una generación acostumbrada a los efectos visuales espectaculares?

Massa: Ese era un problema, la costumbre de los chicos de mirar películas hechas con tecnología de última generación. Cuando ves Shrek estás frente a un standard distinto de animación. Pero hay formas de nivelar: cuando tenés, como acá, una linda familia de personajes, con personalidades definidas. La historia de Patoruzito funcionó por décadas: es un buen testeo, una garantía. Con tanto talento nacional, sería lamentable que acá los chicos no tuvieran un personaje propio.

En «Patoruzito 2» hay muchas banderas, desfiles militares e íconos de un nacionalismo que, tal vez, en la época de Quinterno no tenían un costado tan polémico como hoy…

Soledad: Lamentablemente, a mucha gente le quedó una imagen terrible de nuestros símbolos. Recuerdo que cuando empecé a cantar usaba la bandera argentina en mi bombacha y mucha gente no lo veía bien. Yo no podía entenderlo: era nuestra bandera, la de todos. Pero claro, yo nací en 1980… recién después entendí con qué la asociaban.

Massa: Me interesa que Quinterno incluyera en la historieta el amor a la tierra, al hogar. Al poner a Cañones no creo que haya querido hablar de los militares sino de la patria en un sentido amplio. Por algo eligió un indiecito para contar su historia. Se despegó de los militares, de la Iglesia; eligió un niño indio, una de las cosas más puras que existen.

Un niño indio algo especial, ya que a la vez es terrateniente…

Massa: Es cierto… Terrateniente en una época en que la Patagonia estaba casi despoblada. Todavía no estaba Benetton ni tantos otros: era solamente tierra en la que resultaba difícil vivir. El pintó su momento: hay que ubicarse 70 años atrás, cuando nació Patoruzú. Nosotros pusimos un desfile no sólo con militares; también con gauchos y gente común. Quise rescatar los desfiles de mi infancia, no la dictadura.