El 29 de septiembre de 1964 aparecía por primera vez la tira cómica Mafalda de Quino

La Opinión Cultural, Domingo 3 de diciembre de 1972.

Quino: “Pensar no es divertido”
El 29 de septiembre de 1964 aparecía por primera vez la tira cómica Mafalda de Quino.

Para recordarla, hemos elegido una entrevista a Joaquín Salvador Lavado, alias Quino, aparecida en La Opinión Cultural, el domingo 3 de diciembre de 1972.

¿Qué diferencias técnicas e ideológicas observa entre sus primeros dibujos de la década del cincuenta y estos que publicará en el libro A mí no me grite?

Fundamentalmente ahora sé qué cosas quiero decir. En aquel momento la política me importaba tres pepinos. (…) Lo que yo hago no cambia nada. Pero mis dibujos, sumados a piezas de teatro, a películas, a canciones, a libros, conforman una obra que podría ayudar a cambiar, pero yo tengo mis dudas. Mis dibujos son políticos, pero en relación a situaciones humanas más que políticas en sí. Esas situaciones se vienen repitiendo desde que el hombre es hombre.

Es una forma de dibujo humanista, según usted.

Sí, pero es más bien una política de la condición humana, no de ciertos regímenes. Landrú dice que el humor es una válvula de escape, que el tipo que quiere poner una bomba ve un chiste que lo hace reír alrededor del asunto que lo tenía irritado y entonces ya no necesita poner la bomba. Fíjese, si no, en España: la gente se ríe con la agresividad del humor y aguanta todo lo que pasa.

Con sus dibujos pasó lo contrario. Una vez los utilizaron en una operación guerrillera.

Me dio mucha rabia. Es como si yo voy adonde ellos hicieron un asalto y escribo en la pared con un aerosol: “Este asalto es una propaganda del almacén Don Manolo”. Me sentí usado por tipos que yo no sabía en qué estaban. Yo no tengo una posición política tomada.

Sin embargo, en sus dibujos asoma una ferocidad tremenda contra determinadas formas políticas, contra un sistema de vida.

No. La ferocidad está dirigida contra la condición humana. La explotación del hombre por el hombre es inherente al ser humano y se ha desarrollado a través de cinco mil años. No veo que pueda cambiar. Por eso creo que el humor no sirve; claro que es lo único que yo tengo. Por lo menos dibujar me divierte, pero pensar no.

¿Cuáles son sus técnicas de trabajo?

Me siento a la mesa y pienso todo el día. A veces me llevo un tablero a la cama y sigo trabajando. La principal fuente de ideas está en los diarios.

¿Mafalda ha sido su trabajo más importante?

No. Me gusta mucho más otro tipo de dibujo, el que hago para Panorama y que va a salir en este libro. Mafalda me echó a perder como dibujante. En Rico Tipo, en 1963 y 1964, dibujaba mucho mejor que ahora. Mafalda me amaneró pero voy a seguir con ella por lo menos hasta se termine la película que está haciendo Catú. Después dependerá de lo que pase con ella. Además, ahora Mafalda aparece en Francia y eso me obliga a seguir haciéndola. Mafalda es el personaje que me hizo famoso. Antes me pasé doce años trabajando en otra cosa, en lo que me más me gusta, sin que pasara nada. Por fin, en 1964, apareció Mafalda en Primera Plana y desde entonces fui desarrollando la historieta. En principio la había creado para una campaña de artículos para del hogar que no se concretó, luego me pidieron un personaje en Primera Plana y allí apareció. Después fui a El Mundo y cuando éste cerró, pasé a Siete Días. Pero, repito, Mafalda me frustró como dibujante. Sin embargo, a veces le tengo cariño, otras veces le tengo rabia.

¿Cómo desarrolló la historia de Mafalda?

Al principio Mafalda era una niña que decía malas palabras, que llegaba adonde estaban su padre y su madre y les hacía preguntas y ellos respondían. Luego hubo necesidad de ampliarla y dibujé a Felipe, que era un contra-Mafalda. Después agregué a Manolito, a Susanita; todos entraron como contra-personajes. El hermanito de Mafalda apareció porque un día estaba apurado y no se me ocurría nada. Entonces decidí poner que Malfada iba a tener un hermanito y después tuve que seguir la idea. Ahora ya el hermanito habla correctamente, dejó la zeta y pronuncia bien la ere. Pero nunca sé que haré en el futuro, nunca pienso qué pasará con los personajes, eso sale cada día.

¿Qué significa para usted dibujar?

Cuando yo vine de Mendoza creía que lo más importante en la historieta era la idea y no el dibujo. Encaré mal el asunto. Después me empecé a dar cuenta de que para concretar algunas ideas, había que saber dibujar. Ahora para mí el dibujo es todo, no sé hacer otra cosa, soy inútil para nada que no sea dibujar. De chico aspiraba a ser ayudante de Divito. Hoy soy más que eso. Estoy conforme. Claro que quisiera ser Picasso, Steinbek, Klee, pero…

Pero es consciente de que es uno de los mejores dibujantes de América Latina.

Dibujante, no. Sé que tengo algunas ideas buenas, pero eso lo atribuyo al exceso de paciencia que tengo. Soy capaz de pasarme cuatro días con una idea, dando vueltas hasta que sale algo potable. A veces el resultado no justifica los cuatro días de trabajo.

¿Por qué sus libros reproducen dibujos que ya aparecieron en revistas?

Pienso hacer un libro el año que viene que tengo sólo dibujos inéditos. Con los dibujos que hago para las revistas siempre me queda la frustración de pensar que si hubiera tenido más tiempo (porque siempre entrego tarde, como todos los dibujantes) me habrían salido mejor. Yo no rehago los dibujos. Hago un boceto y luego los realizo en lápiz para después pasarlos a tinta.

Si el humor no ha modificado al mundo, ¿por lo menos lo modificó a usted?

No, creo que no. Después que superé mi meta de ser ayudante de Divito, me quedé como en el aire.

Hace poco, en una entrevista, el dibujante brasileño Ziraldo Pinto manifestó todo lo contrario a lo que usted dice y…

¡Es un pícaro! Yo cené dos veces con él y me dijo todo lo contrario a lo que declaró en el reportaje. Es tan pesimista como yo. Me contaba que, hace poco, se suicidó un amigo de él, y agregó: “Es lo único, lo mejor que uno puede hacer hoy, pegarse un tiro”.

¿En qué lo afecta a usted la censura?

Ziraldo decía que la censura agudiza el ingenio, pero yo prefiero decir lo que se me antoja sin tener que andar dando rodeos. Claro, no puedo decir todo lo que quiero… la mejor época fue la de Illia y la de Aramburu (claro, yo no era peronista), la peor fue la época de Onganía, entonces sí que había censura.

¿El regreso de Perón se reflejará en Mafalda o en los dibujos de Quino?

No, creo que no. Mi drama es que yo no tengo ideas políticas. Me sentiría muy feliz de poder creer en algo. Hay gente que dice que soy marxista, pero jamás leí a Marx, me da vergüenza decirlo, pero es así. Yo no creo en nada… el ser humano es la única criatura que se perjudica a sí misma. Será porque piensa, pero ya que Dios le dio inteligencia, hubiera sido preferible que le diera más, eso es lo que me da bronca.

¿Tiene preferencia por alguna forma de humor?

Me gusta el humor intemporal. También el humor que tiene que ver con la música. El único lugar donde a veces se me ocurren cosas es en los conciertos. Necesito del ámbito de un concierto para que salgan las ideas, aunque después no sirvan para hacer chistes. En verdad, cada vez tengo menos ideas. Trabajo todo el día y si consigo algo, es a fuerza de insistir en ese trabajo. Espero que la película rinda lo suficiente como para despedirme de Mafalda. Los días más felices los pasé cuando no tuve que dibujarla.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

Subastarán una veintena de acuarelas de Hitler en Inglaterra

Por Robert Woodward

LONDRES (Reuters) – Varias acuarelas atribuidas a Adolf Hitler, pintadas cuando servía en el Ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial y luego ocultas por más de 60 años, serán subastadas el martes próximo en el suroeste de Inglaterra.

Los 21 cuadros y bocetos, la mayor venta de obras de Hitler en muchos años, han atraído un gran interés y se espera que pujen por ellas coleccionistas de Rusia, Estados Unidos y Sudáfrica.

«La gente ha estado llamando por teléfono todos los días acerca de la venta,» dijo Ian Morris, subastador en Jefferys. «Es poco común tener este número de acuarelas de Hitler en una subasta,» añadió.

Han surgido dudas sobre la procedencia de las pinturas y sobre si es adecuado subastar obras del artífice del Holocausto.

«Ha habido una minoría de personas que no están contentas,» dijo Morris a Reuters. «Siempre hay gente que tiene reservas sobre lo que se vende,» agregó.

Las pinturas de escenas rurales en la frontera de Bélgica y Francia fueron ofrecidas a Jefferys después de que la casa subastara una acuarela por 5.200 libras esterlinas (alrededor de 7.790 euros) en noviembre de 2005.

Una anciana en Bélgica, que quiso permanecer en el anonimato, se comunicó con la compañía y ofreció la venta de 21 obras que habían sido halladas en los años 1980 en un ático de una casa cercana a Huy.

Dos refugiados de Francia, que aparentemente volvían a su casa, habían dejado una caja sellada allí en 1919, un año después del fin de la guerra, con las acuarelas dentro.

Las obras llevan la firma AH y Adolf Hitler. Hitler había pasado «períodos de descanso» cerca de Le Quesnoy en los inviernos de 1916-17 y 1917-18, según un historiador al que se pidió que viera la procedencia de las pinturas.

Un especialista en arte concluyó en 1986 que las firmas parecían auténticas, aunque el patrón de las pinturas no era tan alto como anteriores obras de Hitler, quizás debido al «material y a las condiciones psicológicas.»

El dirigente nazi mostró su talento artístico en Austria, cuando era niño, y quiso ser artista. Fue rechazado en dos ocasiones por la Academia de Bellas Artes de Viena, pero continuó pintando hasta el inicio de la guerra en 1914.

Morris dice que espera que una o dos pinturas sean vendidas por más de 5.000 libras, aunque admite que la calidad no es muy buena.

‘Bella’ se lleva principal galardón del Festival Cine de Toronto

 

TORONTO (Reuters) – "Bella," un drama romántico del director mexicano Alejandro Gómez Monteverde, se llevó el sábado el principal galardón del Festival Internacional de Cine de Toronto, mientras que "Death of a President" obtuvo el premio de la crítica.

"Bella," que relata la historia de dos personas cuyas vidas convergen en un simple día en la ciudad de Nueva York, ganó el "People’s Choice Award" en el evento celebrado entre el 7 y el 16 de septiembre.

El precio usualmente es el indicativo de una futura nominación a los Premios de la Academia, debido a que entre las pasadas premiadas figuran las ganadoras del Oscar como Mejor Película "American Beauty," "Life is Beautiful" y "Chariots of Fire."

La ganadora del año pasado, "Tsotsi," se llevó el Oscar por Mejor Película Extranjera.

"Death of a President," que generó controversia en los días previos al festival, obtuvo el premio Fipresci, escogido por la crítica internacional.

El filme, un documental de ficción que muestra el asesinato del presidente estadounidense, George W. Bush, fue destacado por el jurado "por la audacia con la que distorsiona la realidad para revelar una mayor verdad."

Hitler trató de convertir a Rembrandt en un ícono

Exposición en Amsterdam

El régimen intentaba ganar la simpatía de los holandeses durante la ocupación
 
 

 
 AMSTERDAM (Reuters).- Su cara es una de las más conocidas en el mundo del arte, y cuando Holanda celebraba los 400 años del nacimiento de Rembrandt, su vida y obra ya retenían pocos secretos. Pero ¿sabía usted que alguna vez Rembrandt fue un icono nazi? Una exposición en el Museo de la Resistencia Holandesa de Amsterdam recuerda la muy olvidada misión de los nazis de incorporar al pintor holandés a la ideología fascista para ganarse la simpatía de su pueblo, al que invadieron en 1940.

El artista apareció en estampillas holandesas emitidas durante la ocupación; se entregó un premio Rembrandt a la contribución artística a la cultura nacional socialista, y se escribieron una ópera y una película sobre el pintor. Los nazis incluso trataron de instituir un feriado nacional el día del nacimiento de Rembrandt, el 15 de julio, para reemplazar las festividades del cumpleaños de la reina.

Pero los holandeses no quedaron tan entusiasmados. El Día de Rembrandt en 1944 fue un fracaso y los holandeses ayudaron a preservar el prestigio del artista del siglo XVII, que pintó casi 100 autorretratos.

De la estampilla al film

La exposición de Amsterdam, que se inauguró a fines de junio, incluye las estampillas, un film sobre Rembrandt de 1941 y viejos afiches que anunciaban el Día de Rembrandt.

Cuando los propagandistas nazis vieron las obras de Rembrandt, admiradas por su asombroso uso de las luces y sombras, encontraron en ellas imágenes capaces de alimentar su mito de "sangre y tierra", la idea de que aquellos con sangre alemana tenían un vínculo mayor con su tierra y un carácter superior.

Adolf Hitler y otros altos jerarcas nazis coleccionaban obras de Rembrandt, si bien poco en el pensamiento o en la historia personal del pintor hubiese permitido inferir naturalmente que el artista simpatizaba con las ideas del nazismo.

Cuando Hitler vio el "Hombre con un casco dorado", en ese momento atribuido a Rembrandt, destacó las cualidades heroicas del soldado. "Esto prueba que Rembrandt era un verdadero ario y alemán", dijo Hitler, según el museo de Amsterdam.

Los alemanes, después de invadir Holanda, necesitaban levantar su imagen en pocos días y Rembrandt, nacido en Leiden en 1606 y considerado típicamente holandés por su fe protestante y su orgulloso individualismo, les pareció la figura ideal para hacerlo.

Un libro de 1890 del alemán Julius Langbehn ya había pregonado que Rembrandt era un arquetipo hombre "germánico", que se había esforzado por producir un retrato auténtico de su tierra y de su gente. Langbehn dijo que la obra de Rembrandt reflejaba el espíritu alemán, libre de intelectualismo estéril y decadencia, y que su magistral representación de la luz mostraba que él podía superar las fuerzas del caos y de las tinieblas.

Algunos nazis no quedaron convencidos. Señalaron que Rembrandt había vivido entre judíos, que pintaba escenas del Antiguo Testamento y personajes como la rubicunda "Novia judía". Pero esas preocupaciones fueron hechas a un lado, ya que Rembrandt era simplemente demasiado importante para los intentos por forjar una nueva identidad germano-holandesa. "La nación de Rembrandt celebra a su más célebre hijo, no como una posesión para sí misma, sino como una de las mayores y más nobles creaciones del espíritu germánico", dijo en 1941 Tobie Goedewaagen, figura destacada en el movimiento nacional socialista holandés que apoyó a los nazis.

Problemas financieros

Un film de 1941, realizado en Amsterdam, sostenía que los judíos eran la causa de los problemas financieros de Rembrandt; alegaban que ellos habían comprado sus pinturas a un precio bajo y que las vendían para obtener una enorme ganancia. Rembrandt fue declarado en bancarrota en 1656 y forzado a dejar su casa del distrito más de moda de Amsterdam a cambio de un hogar más modesto. Pero la verdadera fuente de sus constantes problemas económicos se encontraba en sus gastos erráticos y en sus gustos costosos.

El biógrafo de Rembrandt Gary Schwartz cree que, si bien el artista no era filosemita, tampoco era antisemita. "Rembrandt pertenecía a la corriente principal de pensamiento cristiano de su tiempo en cuanto al judaísmo, acerca de que los judíos estaban fuera de la redención de Dios", dijo. "Estaba preparado para vivir entre ellos, pero no pasaba mucho tiempo discutiendo con ellos", agregó.

Seguro es que los nazis no fueron los primeros en tratar de usar al pintor. "[Los holandeses] lo blanquearon en el siglo XIX", observó Schwartz, y dijo que ellos habían vinculado a Rembrandt con su edad de oro como gran poder marítimo y Estado adinerado.

Durante las celebraciones -habrá todo el año desde tours a pie por los rincones favoritos de Rembrandt hasta un musical sobre su colorida vida amorosa- los holandeses esperan finalmente presentar una imagen lo más completa posible de su amado pintor nacional.

Alexandra Hudson

Fabián Polosecki: su biografía inédita

Revista Sudestada

Por: Ignacio Portela, Hugo Montero

 
La aparición del programa de Fabián Polosecki a principios de los 90 representó algo más que una bocanada de aire fresco, fue la definitiva imposición de un estilo inédito en la televisión argentina. La clave fue detenerse en aquellas historias que ya nadie se preocupaba por escuchar. Esa nueva mirada que se instaló a partir del impacto de El otro lado y El visitante, se basaba en la búsqueda de historias que estaban allí, casi ocultas en las calles de Buenos Aires. El programa de Polo se encargó de correr las luces y enfocar la mirada hacia esas miles de historias escondidas en las sombras de la vida diaria y protagonizadas por ladrones, por vecinos, por trabajadores. Una verdad poética recorrió desde el principio su trabajo y generó una mística propia: lo extraordinario respira en lo cotidiano. Polosecki terminó sus días arrojándose bajo las vías de un tren el 3 de diciembre de 1996, dejando tras de sí una brumosa estela de dolor e interrogantes, pero también un legado artístico que resuena hasta nuestros días. A través del libro «Polo: el buscador», de próxima aparición, dos periodistas de Sudestada (Hugo Montero e Ignacio Portela) intentan aportar una mirada hacia la vida y la obra del periodista que agrietó las paredes de la televisión y que marcó a toda una generación de jóvenes periodistas. A continuación, un fragmento de la biografía en la que se describe cómo afectaban al propio Polo todos aquellos testimonios cargados de anhelos, traumas y frustraciones.

“Esas historias con las que me había encontrado y que habían sido como un rumor que me ayudaba a escribir; ahora eran un estruendo que me impedía escuchar mi propia voz. En los últimos meses, había oído demasiado y había visto cosas que hubiera preferido no ver”

Polo en off, durante el capítulo «Día de Cierre», El otro lado, 1993.

Cuando todo termina, cuando la lucecita roja de la cámara pierde su color y los micrófonos corbateros abandonan las solapas, cuando llegan los saludos de ocasión y vuelven los apuros del horario, y ya es hora de levantar campamento y seguir adelante, algo sigue encendido. Algo continúa su marcha, su interna procesión. No todo terminaba cuando el entrevistado se alejaba por una calle oscura, dejando atrás un puñado de heridas abiertas de frente a un tipo, un tipo cualquiera, que se interesaba por su historia, que indagaba, que buscaba casi con desesperación romper la cáscara de las cosas. Nada terminaba allí, en realidad, para Polo. Programa tras programa, toda aquella decisión casi obsesiva de rastrear lo más íntimo, lo más doloroso, lo más apasionado de una persona acababa por transformarse en un viaje del que, indefectiblemente, había que volver en algún momento. Y ese momento, supuestamente, era cuando la entrevista terminaba, cuando el trabajo terminaba.

Polo sabía que no era así, supo siempre que no era nada fácil quitarse de encima los recuerdos, las vivencias, las miserias de cualquiera de sus personajes. Y sabedor de los gajes del oficio, aceptaba las consecuencias de su viaje que, a decir verdad, era justamente aquel material que le daba a su programa una textura única en televisión. Gajes del oficio, pensaba Polo, mientras se largaba a caminar solo y perdido en el silencio, tratando de reconstruirse por fuera de aquella historia terrible que había buscado y había encontrado. Gajes del oficio, decía, como tratando de explicarse a sí mismo de qué se trataba todo aquello que lo dejaba marcado por horas, por días. No era fácil salirse de aquellas historias, no era fácil cerrar todo, saludar y listo, chau, olvidarse, como en cualquier trabajo en el que el reloj marca la hora de salida. Polo se quedaba atado a esas historias, y los hilos invisibles de aquellas ataduras se le iban acumulando, se iban enredando en una madeja cada vez más compleja.

“No entiendo, ¿por qué me cuentan estas cosas?”, le preguntaba Polo a su compañera Martina Miravelles, intentando buscar razones ante aquella confianza fugaz que permitía que cada uno de esos personajes se abriera ante aquel tipo de campera negra como si lo conociera de toda la vida. “¿Por qué me cuentan estas cosas?”, se preguntaba Polo, y sabía que no había respuestas, más allá de los argumentos que siempre intentaba improvisar para salir del paso ante alguna pregunta periodística, argumentos repletos de dudas y de nuevas preguntas. “El programa de los chorros o el de las putas fueron terribles. Me di cuenta que empezaba a escuchar. Una mina me dijo: ‘esto no se lo conté a nadie’, y me lo estaba diciendo a mí, sin conocerme. Me llevo un pedazo importante de esta gente, algo que es muy real y, al mismo tiempo, muy fuerte. Yo me siento muy involucrado. Después, no me puedo ir a dormir como si nada”, señalaba Polo en sus comienzos a la cabeza de El otro lado, antes que aquellas ataduras se convirtieran en la consecuencia cotidiana de cada entrevista. “Todos los que hacemos este programa vivimos algo fuerte que nos pega. Estoy aprendiendo muchas cosas. Una de ellas es estar preparado para escuchar cualquier cosa. Que hable con un ladrón no quiere decir que esté a favor del robo, ni que me solidarice con el tipo. Pero me interesa hablar con él, ver qué le pasa. Se puede hablar con cualquiera, sin juzgar. En definitiva, todos tenemos los mismos problemas, nadie es tan distinto. Me parece que es más importante lo que desconocemos del otro, que lo que sabemos de él. Todos guardamos secretos” (1), expresaba por entonces.

“Nadie es tan distinto”, afirmaba Polo. Y en esa sentencia reconocía una inevitable sensación de identificación con el otro, una suerte de viaje hacia el universo de ese otro que abría las puertas más oscuras de su existencia para relatar una anécdota que, para el protagonista, ya formaba parte de un pasado remoto y de muchos años de cargar con ese recuerdo, de ir asumiéndolo, de ir superándolo. Pero para el entrevistador, para un tipo como Polo, esos recuerdos eran ahora, eran presente, y eran uno atrás del otro, eran ese que tenía enfrente, sin tiempo para analizarlo fríamente (sin ganas también, incluso, porque hacerlo sería, de alguna manera, juzgarlo). Y cargar con decenas de historias por semana, historias terribles, dramáticas, divertidas, traumáticas, con ese presente inmediato de estar ahí, de escuchar y de meterse en el mundo del otro, era demasiado. Demasiado. Porque resulta que, en definitiva, uno no está tan alejado de la vida de un asesino, de una puta o de un carnicero: “Uno está inundado de eso mismo que la persona está contando. Por eso pega el relato, porque no creo que uno esté totalmente del otro lado de un linyera, un drogadicto o un ladrón” (2), reconocía Polo, ya en mayo de 1994.

Allí, en esa fusión invisible que tenía como protagonistas exclusivos a Polo y a sus criaturas, se encontraba con nitidez la esencia de sus programas. Pero también allí, en ese contacto casi inverosímil, en ese elemento tan poco usual en el mundo de los medios de comunicación, Polo se topaba diariamente con una pesada carga que debía soportar solo para seguir adelante. “No soy el mismo que empezó el ciclo. A mí me cambió la vida la gente que tuve oportunidad de entrevistar. Como la prostituta que me contó las cosas más fuertes que tuvo que hacer en su oficio. O como un chico que me explicó por qué robaba. Después de esas y otras notas, tuve que irme a caminar y tomarme una ginebra solo. Son cosas difíciles de digerir” (3), contaba.

En la vida cotidiana, esas ataduras mencionadas no se aparecían solamente en su mundo interior, a veces se hacían carne por fuera. “El tema de quedarse enganchado con la gente no tiene tanto que ver con su programa -reconoce Martina, quien convivió con Fabián durante los primeros meses del ciclo inaugural-. Nosotros nos íbamos de vacaciones, estábamos en las sierras y Polo se encontraba con un tipo de ahí y se ponía a hablar y a hablar; o en Brasil con el que nos alquilaba la casa. Se enganchaba con la gente del programa, pero para reportear a esa gente vos tenés que establecer algún vínculo. Y cierta gente, ciertos ambientes más densos, son peligrosos. Una vez vino a nuestra casa un taxista, que era el que llevaba a las prostitutas de una agencia y yo me rayé mucho. Era mi casa, ahí me asustó, pero por otro lado, era lógico. Es complicado, vos no podés decir ‘te entrevisto, te filmo, todo y después, te cierro la puerta en la cara’. Pero en ese momento eso me molestaba, hoy veo que es más complejo porque la gente no es descartable. Por ejemplo, conoció a unos basureros para un programa y, al tiempo, vinieron a casa a regalarle una campera de Manliba”…

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada n°36.

Actriz Ana María Campoy muere en Argentina a los 80 años

 

BUENOS AIRES (Reuters) – La actriz Ana María Campoy, uno de los íconos del cine y del teatro argentino, murió el sábado tras sufrir una neumonía, dijo una fuente cercana a la familia.

Angel Mahler, socio del hijo de la actriz, confirmó el deceso a la agencia estatal de noticias Télam.

Campoy nació en Bogotá el 26 de julio de 1925 y se radicó en Argentina en 1949 junto a su marido, el también actor José Cibrián, quien murió en el 2002.

Intervino en 23 filmes realizados en España, Portugal, México y Argentina, según el sitio de internet de la argentina Fundación Konex, que la premió en varias ocasiones por su labor.

Se destacó en filmes como "Las Lobas," "Juan que reía," "Siete gritos en el mar" y "El extraño caso del hombre y la bestia."

También participó en exitosos ciclos de televisión y teatro.

"Era una mujer brillante, divertida, maravillosa (…) era una gran actriz y una gran persona. La recordamos con nuestro amor, nuestro respeto, va a encontrar toda la paz que necesita," dijo a Radio 10 su colega Zulma Faiad.

Argentores: denuncias por corrupción entre los autores de televisión y teatro

Clarín

EL LADO OSCURO DEL ESPECTACULO. La mutual que los nuclea recauda $ 42 millones al año. Afronta 7 juicios por corrupción. El Gobierno pidió su intervención. Y la Justicia le puso un auditor estable.

Por Gerardo Young / gyoung@clarin.com / Detrás de grandes nombres de la televisión y el teatro, detrás de las luminarias más deslumbrantes de la avenida Corrientes y del cine, se esconde un universo plagado de sospechas, con millones de pesos que se esfuman, caras conocidas y no tanto peleando por mucho más que los aplausos.

Argentores es la mutual encargada de recaudar las ganancias de autores y libretistas del mundo del espectáculo, y lleva años envuelta en un silencioso manto de sospecha. Supuestos balances adulterados, falta de pago a las viudas de los más célebres libretistas, denuncias por posibles coimas a funcionarios, emisión de cheques a autores truchos y complejos sistemas de fraude, forman parte del vocabulario al que se han acostumbrado, lejos de la escena pública, estos artistas. No por poco: hay en juego 42 millones de pesos al año.

El panorama es hoy caótico:

Un veedor judicial lleva siete meses inspeccionando la administración de Argentores.
Hay al menos siete causas judiciales investigando a sus directivos y empleados.
Los peritos contables de la Corte Suprema llevan dos años analizando sus balances.
El Gobierno acaba de volver a presionar para intervenirlo o al menos transparentarlo.
El prestigioso autor Ricardo Talesnik, creador de «La fiaca» y «Cien veces no debo» entre otros éxitos, asumió como presidente de Argentores hace tres meses y se encontró con una institución en un estado desolador: «Es un problema de fondo. El sistema de hoy permite el afano», se lamenta ante la consulta de Clarín. Talesnik ordenó la apertura de un sumario administrativo en el que, asegura, están bajo sospecha todos los empleados y directivos de la mutual (ver página 32).

El escándalo de Argentores no sólo afecta a los autores y libretistas, sino, indirectamente, a los millones de argentinos que son quienes aportan sus fondos cuando van al teatro, al cine, cuando prenden el televisor en sus casas o incluso cuando lo miran en una confitería. De todos los consumidores de cultura se alimenta Argentores.

Para darse una idea de la magnitud de los juicios y demandas que afectan a Argentores, alcanzan unos pocos datos: en la administración de la mutual hay 66 empleados, pero son 22 los abogados contratados, por los que se gasta un millón de pesos al año. Un millón de pesos sólo para defenderse de las denuncias que se investigan en la Justicia federal, en la Justicia civil, en la correccional, en la del fuero penal económico (ver Un millón…).

Todo empezó a estallar en mayo del 2004, cuando un grupo de socios denunció un supuesto fraude electoral en el nombramiento de la nueva conducción de Argentores —en ese momento con Alberto Migré al frente— y denunció irregularidades en los balances de la entidad. La puja electoral generó un caos interno y las denuncias no pararon hasta hoy. A la cabeza de los reclamos se pusieron las viudas de dos de los máximos referentes de las telenovelas argentinas. La de Abel Santa Cruz, creador de «Jacinta Pichimahuida», «Papá Corazón» o «Andrea Celeste», y la de Luis Gayo Paz, el de «Paloma» o «Aprender a Vivir».

Eve Ziegler, viuda de Santa Cruz, tiene 76 años y vive en Miramar, el lugar que eligió su marido para morir, hace ya once años. «Desde que se murió Abel, Argentores me debe los derechos por todas las novelas que se pasaron en el exterior y que tiene que cobrar Argentores. No me pagaron ni de México, ni de Italia, ni de España. Yo calculo que me deben unos diez millones de dólares. Pero claro, pagan sólo a los vivos. A los herederos, nada de nada», se queja Eve.

Otra viuda que está en una situación similar es María Cristina Gorrasi, la mujer de Gayo Paz, fallecido en 1997. También ella reclama millones, pero además se ha ocupado de reunir información sobre la comisión directiva de Argentores. Sus cuestionamientos apuntan directamente al secretario general de la mutual, Emilio Vieyra, autor y director, entre otros títulos, de «Comandos Azules», una comedia sobre un grupo parapolicial filmada en plena dictadura militar, en 1979 (ver página 32).

Vieyra está en el centro de cua tro de las siete denuncias que afectan a Argentores en la Justicia, pero no quiso responder a las imputaciones pese a los reiterados llamados que le hizo Clarín en las últimas dos semanas.

A las viudas se sumaron empleados y administrativos de Argentores, incluso uno de los miembros del directorio, Miguel Marchesini, quien sostuvo ante la Justicia que en Argentores se habían pagado coimas a un funcionario de la Inspección General de Justicia, un organismo público que estaba encargado de controlar los balances. Marchesini no era un directivo cualquiera: hasta fin del año pasado, estuvo a cargo de la junta fiscalizadora de la entidad.

A raíz de esa denuncia, la sede de Argentores, en una hermosa casona de Recoleta, fue allanada en el 2004 por el juez federal Claudio Bonadío, quien ordenó una pericia contable de todos los números de la entidad. Esa pericia está todavía en manos del cuerpo de peritos contables de la Corte Suprema, pero lleva dos años de retraso. Según la abogada Silvia Bertone, que asiste a otro de los empleados denunciantes, Daniel Di Conza, «los peritos contadores estarían todos comprados por Argentores».

Supuestas coimas, compra de peritos, falta de pagos de derechos. Según coinciden todos los denunciantes, y admiten incluso en Argentores, el problema es que la mutual recauda mucho más de lo que reparte entre los autores y le sobran no menos de dos o tres millones de pesos por año. Ese sobrante se convierte, claro, en una fuerte tentación.

El Instituto Nacional de Asociativismo (INAES) es el organismo oficial encargado de controlar a todas las mutuales del país. A fines de mayo pasado, el INAES comprobó que Argentores tenía 11,5 millones de pesos que no eran reclamados por nadie. ¿Por qué? Simplemente porque hay muchos autores que no cobran lo que merecen (como sería el caso de las viudas) y muchos otros que no cobran porque no saben que tienen ese derecho.

Los denunciantes aseguran que en Argentores se las ingenian para quedarse con los millones sobrantes. Uno de los métodos para ello sería el de los autores truchos. Es decir, prestanombres que cobran como si fueran grandes dramaturgos, aunque en realidad no han escrito nada. La auditoría interna de Argentores comprobó ya que entre 2002 y 2005 se liquidaron cientos de miles de pesos (aún no está claro el monto total) en favor de al menos seis autores truchos.

Clarín habló con uno de esos autores. Carlos Lío tiene 36 años, vive en Floresta y entre el 2002 y el 2005 cobró cheques por un total de 150 mil pesos, según se desprende del expediente que se tramita en el Juzgado de Instrucción 33. La casa de Carlos Lío es alquilada, no tiene revoques y el pequeño salón comedor cuenta con un viejo televisor que transmite imágenes ya fuera de tono.

— ¿Qué obras escribió? —le preguntó Clarín.

—Yo no escribí nada. Me daban los cheques, los cobraba y después tenía que entregar la plata.

—Pero los cheques salían a su nombre.

—Yo trabajaba para Argentores y cada seis meses me pedían cobrar un cheque que venía firmado por el tesorero. Después le tenía que dar la plata a Vieyra y a mí me daban 100 o 200 pesos. No tengo ni para caerme muerto.

El tesorero de Argentores, Donato Alvarez, y el secretario general, Vieyra, siguen siendo investigados en la Justicia pero también en el sumario interno de la mutual. A pesar de eso, todavía dominan la comisión directiva de Argentores, donde aún cuentan con la mayoría de los votos.

Otro de los mecanismos denunciados para «embolsar» los sobrantes son los supuestos proveedores falsos. Una de las denuncias comprobó la existencia de un supuesto proveedor de servicios de catering —»Claudio Biancardi»—, cuyas oficinas en Vicente López están vacías desde hace tres años.

Pero también existirían los «autores inflados». Según la viuda de Gayo Paz, hay muchos autores de obras pequeñas o escasas, que cobran como si fueran hiperproductivos. Y le apunta a uno: «Julio Maharbiz cobró 150 mil pesos y casi no tiene obra», denuncia María Cristina Gorrasi. Maharbiz, que durante el gobierno de Carlos Menem fue presidente del Instituto del Cine (INCAA), apela a la teoría de la persecución: «Desde que fui funcionario siempre me quieren acusar de corrupción. Yo tengo un montón de programas de cable en la señal Argentinísima. Por eso cobro. Yo soy socio de Argentores desde hace 40 años», se queja el creador del «Aaaaaaquí Cosquín».

Lo cierto es que los controles dentro de Argentores son muy laxos. El actor cómico Nito Artaza, uno de los que más dinero aportan a Argentores con sus obras, es claro en ese punto: «Entra mucha plata pero no se la justifica fehacientemente. Los socios, me incluyo, deberíamos controlar más». La realidad es que hoy alcanza con una declaración jurada para iniciar un trámite de autor y depende de la voluntad de Argentores confirmar o no su veracidad. Eso y las múltiples denuncias llevaron al INAES a pedirle a la Justicia la intervención de Argentores. La medida se concretó en diciembre pasado, en un sorprendente silencio teniendo en cuenta que en Argentores hay muchas personas reconocidas.

Desde diciembre, un auditor contable puesto por la Justicia trabaja codo a codo con los administrativos de la entidad. Pero el INAES no está conforme y el 28 de mayo pasado volvió a cuestionar a Argentores y a su sobrante de fondos, insistiendo con la necesidad de mantener un veedor judicial en la mutual.

Según un informe del INAES, Argentores debe contactar a los autores que son dueños de esos derechos y no esperar a que aparezcan como por arte de magia. Entre los que no saben que tienen plata para cobrar se cree que hay cientos de dueños de programas de televisión por cable, que ni siquiera están enterados de la existencia de Argentores. Y algunos famosos: Mauro Viale, Mariano Grondona, Mirtha Legrand —por sus almuerzos en la tele abierta— y otros a los que las viudas de Gayo Paz y Santa Cruz están contactando para que no quede plata sin dueño, una tentación quizás demasiado grande.

Masiva convocatoria en la singular exposición de Botero

La Nación
 
En el Museo Nacional de Bellas Artes

 
Una multitud elogió su particular estilo para retratar la violencia en Colombia
 
 
 
 

A pesar de lo descarnado de la temática, "La violencia en Colombia en los ojos de Botero", la muestra del artista antioqueño de fama mundial, inaugurada a toda pompa anoche en el Museo Nacional de Bellas Artes, fue una fiesta en la que cientos de personas celebraron la explosión de color y la desmesura figurativa en la trágica -y por momentos ambigua- recreación de una nación sometida por la intimidación y el terror.

El embajador colombiano, Rodrigo Holguín; la directora del Museo Nacional de Colombia (MNC), María Victoria Robayo, y lo más granado de la elite cultural vernácula dieron el presente en el amplio pabellón que resultó grande para exhibir 50 obras, y chico para la masiva recepción que acogió la estética boteriana.

Nelly Arrieta de Blaquier, Jacobo Fiterman, Luis Benedit, Marta Minujin, Magdalena Faillace, Gloria Bender, entre muchos otros presentes, calificaron de "extraordinaria" la traducción plástica que Botero hizo de la situación de su tierra. "Es absolutamente coherente con su producción y él es un dibujante superlativo", opinó Rogelio Polesello.

Sin lucro para el drama

"No quise ganar dinero a costa del sufrimiento de mi pueblo", dijo ayer por teléfono Botero a LA NACION al explicar el porqué de la donación al MNC, a la que hace unos días sumó otras flamantes 17 piezas.

Tanto altruismo no es nuevo para el artista estrella, "adicto al trabajo" e inmune a las modas plásticas, que reparte sus días entre la región de Toscana, París, Nueva York y Bogotá: Botero ha resultado ser el mecenas más generoso de su país tras desprenderse de más de 200 obras de su autoría y de una colección exquisita de cien pinturas del arte universal (Picasso, Renoir, Monet, Degas, Pisarro, Matisse, Dalí, Klimt y Miró), valuadas en US$ 250 millones. Ese legado no sólo enriqueció los reservorios artísticos de su país; también le dio el contenido para crear uno nuevo, el Museo Botero, en Bogotá.

Su testimonio estético en Buenos Aires no pretende ser un registro documental de los homicidios, secuestros y extorsiones, de las masacres indiscriminadas contra la población civil o del desplazamiento de más de un millón y medio de personas en el país caribeño. "Es una representación estética de y para mi pueblo sobre un momento dramático de nuestra historia, por eso no quise renunciar a mi estilo ni a ninguno de los recursos plásticos que habitualmente utilizo", comentó a LA NACION. Eso explica la paleta encendida aun en situaciones sombrías como las que muestran personas presas, desnudas, maniatadas y con los ojos vendados, que suplican por su vida ante anóminos verdugos.

De entrada, sorprende la neutralidad con que Botero narra la violencia; sin endilgar culpas a ninguno de los bandos. Para el artista, el intercambio de bombas, proyectiles, cuchillazos y otras agresiones entre guerrilleros, paramilitares, fuerzas de seguridad y narcotraficantes resulta en una odisea de fuego cruzado, que culmina en exterminios indiscriminados y en procesiones de féretros que copan las estrechas calles colombianas, flanqueadas por casas destrozadas y por las velas encendidas de los deudos.

El blanco de la violencia es generalmente la población civil, parece decir Botero en sus lienzos. Los sicarios someten a sus víctimas, les aplastan la cabeza con sus pies -siempre pequeños, a pesar del volumen inflado de sus cuerpos- y perforan con balas de todos los calibres la carne ya herida por algún sablazo. Otros huyen en barcazas, aunque luego serán alcanzados por un aguacero de pólvora. Los que se refugian en iglesias correrán la misma suerte, aplastados por techos y columnas dinamitadas. En sus composiciones, las madres gritan la angustia de sus pérdidas, con niños acribillados y sepultados bajo una espesura de cadáveres donde se mezclan maridos, sobrinos, vecinos. Buitres rapaces engullen lo que queda: fragmentos de cuerpos en charcos de sangre o que flotan en un río.

Es en las acuarelas, carbonillas y dibujos al lápiz donde el trazo se vuelve más incisivo: los rostros inexpresivos de los que prodigan tantos tormentos en los óleos mutan ahora en los mohínes angustiantes de los desplazados, que cargan en bolsones tanto pertenencias como hijos muertos.

Ataviada con una banda verde, roja y blanca -los colores de la bandera colombiana- una ubicua calavera, representación popular de la muerte, se entromete con desparpajo en varias escenas. A través de ella queda plasmada la denuncia de Botero: "La violencia no pertenece a un solo tinte político, puede ser de derecha o de izquierda, y es justamente ésa la gran tragedia de los colombianos".

Por Loreley Gaffoglio
De la Redacción de LA NACION

LLEGA «PATORUZITO 2: LA GRAN AVENTURA»

Clarín

 

De regreso a la infancia

El director José Luis Massa, los actores Norma Aleandro y Julian Weich, que les pusieron voces a dos personajes, y Soledad, que cantó el tema del filme, hablan de su trabajo en la nueva aventura del indiecito.

Por Miguel Frías | mfrias@clarin.com | José Luis Massa, director de Patoruzito, lo admite: él tampoco creía que este indiecieto cándido y tenaz, creado por Dante Quinterno en 1945, pudiera dar batalla, en el dinámico y globalizado mundo de la animación, contra superhéroes trasnacionales. Pero, ¡canejo!, el pequeño tehuelche no sólo dio batalla sino que ganó, en clara desventaja presupuestaria, tecnológica y visual: 2.500.000 personas vieron su primera película. Gran parte de estos espectadores jamás había leído sus historietas ni sabía de Pamperito, Isidorito, Upita, La Chacha, el Capitán Cañones, Chupamiel, Chiquizuel: personajes que parecían relegados a la melancólica categoría buenos recuerdos infantiles | superhéroe

La victoria de Patoruzito, su regreso, tiene una clara base sentimental. «Los padres nostálgicos llevaron a sus hijos al cine y ayudaron a que se diera el fenómeno —admite Massa—. La película provocó encanto a nivel familiar. Y pegó en los menores de 11; de 12 para arriba, no le dan pelota.» El 29 se estrena Patoruzito 2: La gran aventura, producto que, ahora sí, llega como gran candidato al éxito. Y no sólo por la contundente convocatoria de su antecesora. La nueva película tiene mayor presupuesto (2 millones de dólares contra 1,2); tecnología más moderna (con logradas secuencias en 3D); las voces de Norma Aleandro y Julián Weich en dos personajes nuevos; y una canción de Soledad como tema principal.

Aleandro, Weich, Soledad y Massa rodean una cordillera de triples de miga en el estudio del realizador, en Palermo. Soledad acaba de grabar el videoclip de Pide un deseo, su tema en la película. Cada uno entrega su recuerdo —filtrado por un prisma generacional— de Patoruzito. Aleandro:: «Era importante en mi casa, la historieta que nos compraban los jueves a mí y a mi hermana». Weich: «Yo no la compraba; la leía en lo de un amigo que la coleccionaba. Todavía no había 24 horas de dibujitos en el cable». Soledad: Yo no leía la historieta. Soy de la época de Mazinger y He-Man. Y admito que recién vi la película cuando me dijeron que iba participar en la segunda parte». La cantante del poncho es, por juventud, la más lejana del personaje del poncho.

Después de hacer «Patoruzito», Massa dijo que la principal dificultad había sido conseguir actores que hicieran las voces. ¿Por qué?

Massa: Porque en la Argentina no hay una cultura del doblaje. ¿Cuántas películas de dibujos animados nacionales se estrenaron en la última década? Dos o tres… ¿Y cuántas películas en vivo se doblan? Muy pocas. Hay actores especializados en doblaje. Pero, entre los conocidos, pocos están acostumbrados a hacerlo. Esta es la primera vez que Norma dobla un dibujo animado. En los Estados Unidos una actriz como ella, de primera línea, seguro que ya lo hubiera hecho varias veces.

Weich: Acá estamos acostumbrados al «castellano neutro», de serie televisiva. En el cine, animado o no, nos suenan raras las voces con acento argentino.

En «Los increíbles» se dobló, para la versión local, a personajes norteamericanos con tonos argentinos y artistas conocidos, como Carolina Peleritti, Favio Posca, Juana Molina o Rada…

Massa: No me gustó escuchar el timbre de voz de los personajes de esa película. Tal vez porque primero la vi subtitulada y después doblada: me chocó. Los personajes deben tener vida propia; si las voces te distraen, algo falla. En Patoruzito 2, la Bruja Jiuma y el Fantasma Benito, los personajes de Norma y Julián, fueron construidos en base a una caracterización previa que ellos hicieron para los animadores. Así los personajes funcionan con fluidez. Así se trabaja en los Estados Unidos.

¿Fue más fácil o más difícil construir personajes que no existían en la historieta de Quinterno?

Aleandro: Es más fácil inventar un personaje que ponerle la voz a uno muy famoso. Todos los argentinos adultos tenemos en mente una voz para Patoruzito, otra para Isidorito, otra para Cañones. Al tener que crear de cero a Jiuma y Benito, Julián y yo tuvimos una gran libertad creativa.

Massa: Igual es un trabajo muy complejo. Aunque se trate de una actriz de enorme calibre, como Norma. A ella le costó mucho; y a nosotros, más: dirigir a una artista de su nivel, quitarle lo que lleva de ella misma, convertirla en un dibujo animado con vida propia….

Aleandro: La primera voz que probé me resultaba demasiado impostada. Volví a grabarla. Fue un proceso complejo pero divertido: hice, con una capa, una interpretación de Jiuma para los dibujantes. Ellos fueron eligiendo algunos de mis movimientos para darle vida. Jiuma es mala pero tiene mucha imaginación. Me gusta. No sé si Massa pensó en mí o no al incluir una bruja: no sé si sentirme halagada (risas).

Weich: Yo me lancé con el fantasma Benito sin red: no probé, no ensayé, no miré nada. Hice una voz y me dijeron que iba por ahí. Si me hubieran pedido otra cosa, habría tenido grandes problemas. La verdad es que no tengo un registro de 16 voces para probar.

Massa: Las características de Julián eran ideales para Benito: su perfil gracioso, dinámico, de buen tipo. En cuanto a Jiuma, no tenía que hacerla alguien malo sino importante. El villano manda para los chicos: pone su sello. No había un personaje mejor para desarrollar ni alguien mejor para hacerlo.

Quinterno no repite malvados ni los hace extremos. Y, además, su «héroe» es ingenuo e inocuo: no mata, no lastima. ¿Eso complicó el trabajo?

Massa: Mucho. Que el villano no pueda morir es complicado. También trabajar con un héroe tierno e ingenuo: te limita mucho. Pero, cuando me invadían estos cuestionamientos, pensaba: «Si Quinterno logró tanto éxito, no hay por qué apartarse de su huella».

Weich: Patoruzito es un héroe cuyo único «superpoder» es la voluntad. Me parece un buen mensaje: depende de su tenacidad, no de una cualidad mágica.

Aleandro: Es un héroe humano, inocente, que comete muchos errores. Sus debilidades lo acercan más a nosotros. Y también lo hacen más simpático.

Y tiene características nacionales y populares: al estilo tuyo, Soledad…

Soledad: Es cierto. Los chicos de hoy a lo mejor aprenden sobre nuestros indígenas en la escuela, pero no los tienen como héroes de ficción. Esta es una buena oportunidad. Me pregunto cómo no participé en la primera película. Es un proyecto muy apropiado para mí: porque hago folclore, porque siempre tuve mucha llegada a los chicos, aun sin proponérmelo.

¿Por qué tuvo tanto éxito Patoruzito en una generación acostumbrada a los efectos visuales espectaculares?

Massa: Ese era un problema, la costumbre de los chicos de mirar películas hechas con tecnología de última generación. Cuando ves Shrek estás frente a un standard distinto de animación. Pero hay formas de nivelar: cuando tenés, como acá, una linda familia de personajes, con personalidades definidas. La historia de Patoruzito funcionó por décadas: es un buen testeo, una garantía. Con tanto talento nacional, sería lamentable que acá los chicos no tuvieran un personaje propio.

En «Patoruzito 2» hay muchas banderas, desfiles militares e íconos de un nacionalismo que, tal vez, en la época de Quinterno no tenían un costado tan polémico como hoy…

Soledad: Lamentablemente, a mucha gente le quedó una imagen terrible de nuestros símbolos. Recuerdo que cuando empecé a cantar usaba la bandera argentina en mi bombacha y mucha gente no lo veía bien. Yo no podía entenderlo: era nuestra bandera, la de todos. Pero claro, yo nací en 1980… recién después entendí con qué la asociaban.

Massa: Me interesa que Quinterno incluyera en la historieta el amor a la tierra, al hogar. Al poner a Cañones no creo que haya querido hablar de los militares sino de la patria en un sentido amplio. Por algo eligió un indiecito para contar su historia. Se despegó de los militares, de la Iglesia; eligió un niño indio, una de las cosas más puras que existen.

Un niño indio algo especial, ya que a la vez es terrateniente…

Massa: Es cierto… Terrateniente en una época en que la Patagonia estaba casi despoblada. Todavía no estaba Benetton ni tantos otros: era solamente tierra en la que resultaba difícil vivir. El pintó su momento: hay que ubicarse 70 años atrás, cuando nació Patoruzú. Nosotros pusimos un desfile no sólo con militares; también con gauchos y gente común. Quise rescatar los desfiles de mi infancia, no la dictadura.–