Van Gogh

El Museo Thyssen de Madrid revive los últimos días de Van Gogh

A reporter looks at a Vincent Van Gogh painting during a media presentation at Madrid's Thyssen-Bornemisza Museum

Por Juan Manuel Fernández. MADRID (Reuters) – Es difícil hacerse la idea tras contemplar las últimas obras del pintor holandés Vincent van Gogh, de las que gracias a su intenso colorido emana cierto optimismo, que tuviera en mente quitarse la vida.

El Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid presentó el lunes una colección dedicada a los últimos dos meses de vida del pintor, que según los responsables de la misma es la primera de tal características.
«La exposición es muy importante en nuestro país porque nunca había tenido lugar una así. Y a nivel general ni siquiera había habido una de sus últimos días,» dijo el conservador jefe del museo Guillermo Solana.
«Hubo una en el Metropolitan de Nueva York antes, pero no tan centrada en el último período,» añadió.
La exposición, que reúne 29 obras procedentes de museos y colecciones privadas de todo el mundo, recoge el breve período que el pintor holandés paso en la localidad francesa de Auvers, cerca de París, antes de morir el 29 de julio de 1890.
Esta última etapa fue bastante productiva ya que en sus últimos 70 días produjo 72 obras llegando a levantarse a las 5 de la mañana y pasarse toda la jornada pintando, según explica la nota de prensa del museo.
En la muestra también se incluyen seis cuadros de los tres grandes precursores de Van Gogh, que habían pintado en Auvers antes que él: Daubigny, Pissarro y Cézanne.
A lo largo del paseo por la colección, los visitantes pueden apreciar obras donde lo rústico y el paisaje son los temas principales y el color es un rasgo dominante.
Trazos gruesos que describen chozas y chalets, calles y caminos, riberas y trigales; panoramas del paisaje que veía desde el hostal en el que se hospedaba trasladan al visitante a la pequeña localidad gala.
«Tiene un fondo elegíaco pero con un carácter colorista, incluso diría optimista,» dijo Solana, que fue elegido por unanimidad conservador jefe del museo en el 2005.
«No es un período terminal ni depresivo porque no es sino, de modo alguno, un momento genial antes de un suicidio impremeditado,» agregó.
La exposición «Van Gogh. Los últimos paisajes» estará abierta al público del 12 de junio al 16 de septiembre del 2007.
 
 
 
 

Favela brasileña llama atención en Bienal de Artes de Venecia

Por Phil Stewart VENECIA (Reuters) – Venecia, la pintoresca ciudad rodeada de canales, es conocida por muchos atributos, pero ahora también por su representación de una favela brasileña.
Artists pose with their miniature Brazilian shantytown on display during the arts Biennale in Venice
Por Phil Stewart
VENECIA (Reuters) – Venecia, la pintoresca ciudad rodeada de canales, es conocida por muchos atributos, pero ahora también por su representación de una favela brasileña.
La exposición incluye pandillas de tráfico de drogas, policías antimotines, un hospital y hasta una cancha de fútbol, aunque es al menos 20 veces más pequeña que en la vida real.
El denominado «Proyecto Morrinho,» creado por residentes de un verdadero barrio pobre de Rio de Janeiro, se encuentra entre las instalaciones más comentadas de la Bienal de Artes de Venecia, que a veces es considerada como los premios Oscar del mundo de las artes visuales.
La bienal fue inaugurada el domingo al público.
Quienes están detrás del proyecto brasileño aún se sienten algo incómodos cuando son llamados «artistas.» Para ellos todo comenzó como un juego, en el que empezaron a construir su versión de casas de muñecas que simplemente recrean la vida que observan a su alrededor.
«Nunca pensé que fuera arte. Nosotros sólo estábamos jugando,» dijo Maycon Souza de Oliveira, quien inició el proyecto con su hermano mayor hace casi una década, cuando tenía siete años de edad.
«Ahora estoy convencido,» agregó.
Su modelo en Rio de Janeiro tiene 300 metros cuadrados. Para hacer una versión más pequeña en Venecia, llevaron desde Brasil más de 5.000 ladrillos y usaron 120 metros cúbicos de arena. Les tomó tres semanas construir la «favela,» palabra brasileña usada para nombrar un barrio pobre.
Durante los últimos días, la elite artística internacional llegó a Venecia para una vista previa de las presentaciones de la bienal, y tuvo una oportunidad única de echar un vistazo a la vida en una favela.
Los artistas y críticos se maravillaron ante las calles al borde de pendientes y las coloridas casas, y se tomaron fotografías con los autores de la exhibición.
«Creo que las favelas son una parte importante de Brasil. Pero es una parte escondida. Tu no puedes entrar ahí,» afirmó Silke Eberspacher, una visitante alemana que estuvo presente en la preinauguración de la bienal.
Ella ha visitado unas cuatro o cinco veces en Brasil, pero como la mayoría de los turistas, jamás ha puesto un pie en una favela.

Yo veo radio. El taller de Fernando Peña

 
“Yo veo radio” – El taller de Fernando Peña.

Fernando Peña va a dar clases en ETER. No va a contar anécdotas ni como
fueron sus comienzos en la radio… Va a enseñar, a transmitir, a contagiar.

Dirigido a quienes quieran desarrollar y potenciar su creatividad y
sensibilidad en el mundo de la radio, a través de diferentes técnicas y
recursos.

Creación de climas. Construcción de imágenes. Poder de sugestión. La música,
los sonidos y el silencio. Ficción en radio. Acting. El humor como
disparador. La relación con el oyente.

Peña 4 x 4: cuatro clases, cuatro conceptos

– La radio no es un aparato (nosotros sí lo somos)
– Cómo tocarle el hombro al oyente
– La tanda y otros ruidos molestos…
– Caricaturas, personajes, imitadores y criaturas

Horario: Miércoles de 16 a 19 hs
Duración: 4 clases
Inicio: 4 de julio
Informes e inscripción: 4857-5701 / http://www.eter.com.ar
 

Crisis del Cervantes

La Nación
 
Se ahonda la crisis del Teatro Cervantes
Acusa a la Secretaría de Cultura por una "campaña de difamación" y Rubens Correa aún no ha sido puesto en funciones

Sombría película rumana se perfila como favorita en el Festival de Cine de Cannes

 

 
 
Por Mike Collett-White CANNES, Francia (Reuters) – Cuando el director Pedro Almodóvar fue elegido como el máximo favorito para triunfar en el Festival de Cine de Cannes en el 2006, él lo llamó una maldición después de no conseguir el premio.
 
Romanian director Mungiu poses with cast member Vasiliu during photocall at 60th Cannes Film Festival
Por Mike Collett-White
CANNES, Francia (Reuters) – Cuando el director Pedro Almodóvar fue elegido como el máximo favorito para triunfar en el Festival de Cine de Cannes en el 2006, él lo llamó una maldición después de no conseguir el premio.
El dudoso honor de ser el favorito antes de la entrega de la Palma de Oro -que a menudo recae en una película que luego no gana la competencia- lo tiene este año un filme que retrata la Rumania hacia el final de la dictadura de Nicolae Ceausescu y toda su insensible dureza.
La película "4 Months, 3 Weeks and 2 Days" (Cuatro meses, tres semanas y dos días) fue una de las primeras presentadas y ha liderado las apuestas casi desde el principio.
Dirigida por Cristian Mungiu, la película se desarrolla en un solo día y cuenta la historia de Gabita, quien aborta ilegalmente un niño no deseado, y el juicio de su amiga y cómplice, Otilia.
Su popularidad en Cannes es apropiada dado que la competencia principal está llena de historias angustiantes y también de actuaciones destacadas de las actrices protagonistas.
El maratón de filmes culmina el domingo por la noche con la ceremonia de entrega de premios. Los periodistas están sacando conclusiones, el público disminuye y las películas están nuevamente en el foco tras 10 días frenéticos de presentaciones, entrevistas, alfombras rojas, fiestas y negocios.
"4 Months, 3 Weeks and 2 Days" es una de las pocas películas en Cannes este año que ha unido a los críticos de Francia y del extranjero.
La frecuente brecha entre ambos bandos hizo a la edición número 60 Festival de Cannes aún más difícil de predecir que lo habitual, aunque hay una sensación general de que la calidad de las presentaciones de la competencia principal ha sido buena.
Con dos películas aún más por proyectar -"Promise Me This," de Emir Kusturica, y "The Mourning Forest," de Naomi Kawase- las favoritas incluyen a "No Country For Old Men," de los hermanos Coen; "Alexandra," del ruso Alexander Sokurov; "Zodiac," del estadounidense David Fincher, y "Secret Sunshine," de Surcorea.
LOS COEN, DE VUELTA EN FORMA
Los críticos dijeron que Joel y Ethan Coen estaban nuevamente en su mejor momento con su película, en la que Tommy Lee Jones interpreta a un sheriff ya mayor, en la frontera entre Estados Unidos y México, que lucha por encontrarle sentido al mundo cada vez más violento que lo rodea.
"Alexandra" está ambientada y, en realidad, filmada en Chechenia, y es una observación de la pérdida, el dolor y la separación en tiempos de guerra. Galina Vishnevskaya, que interpreta al personaje principal, ha sido ampliamente alabada y para muchos críticos la música también se ha destacado.
Una de las cinco películas estadounidenses en competencia, el filme sobre un asesino serial "Zodiac," de Fincher, fue recibida calurosamente, a pesar de un pobre desempeño de taquilla en su país de origen.
Quentin Tarantino, quien también espera usar Cannes para hacer resucitar un filme poco exitoso en Estados Unidos, tuvo menos éxito cuando "Death Proof," su homenaje a las películas violentas de 1960 y 1970, fracasó con los críticos del festival.
 
 

 

 

Kusturica pone un final feliz a un Cannes tenebroso

CANNES, Francia (Reuters) – Emir Kusturica, que ha ganado dos veces en Cannes, llevó el sábado un final feliz al festival de cine con un bullicioso niño de los Balcanes, rompiendo el molde de una competencia llena de historias oscuras.

"Promise Me This" es la última de las 22 películas de la sección oficial que se exhibe, un día antes de la ceremonia de premios.

La película está ambientada en una aislada aldea en las montañas de Serbia, donde un abuelo, su nieto y un maestro exhuberante viven una existencia idílica amenazada por funcionarios estatales y pretendientes.

El abuelo da lo mejor de sí mismo para mantener a los invasores a raya con artefactos ingeniosos, pero se percata que su nieto Tsane tendrá que marcharse un día para buscar una novia en la ciudad.

El viaje de Tsane lleva a persecuciones a alta velocidad, violentos tiroteos e incluso una castración al verse enfrentado a una banda de criminales brutales, cuyo líder está interpretado por Miki Manojlovic, un habitual en las películas de Kusturica.

La película abarca temas contemporáneos, entre ellos un plan de la mafia de construir otro World Trade Center en Serbia.

En una escena, dos bandas rivales dejan sus armas sobre un modelo de un arquitecto de las nuevas Torres Gemelas.

Kusturica, nacido en Sarajevo, que podría convertirse en el primer director que gana tres veces la Palma de Oro, sugirió que puede que nunca se presente de nuevo en el mayor festival de cine del mundo.

"He estado aquí tantas veces," dijo a periodistas. "Está siendo demasiado. Probablemente haré más películas en mi vida, pero no estoy muy seguro de si voy a competir," agregó.

 

 

 

#Gus Van Sant

#Gus Van Sant

Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot (2018)|The Sea Of Trees|The Canyons|Promised Land|Restless|Milk|Last Days|Gerry|Jay and Silent Bob Strike Back|Descubriendo a ForresterFinding Forrester|Speedway Junky

Psicosis (1998) – Psicosis de 1960 dirigida por #Alfred Hitchcock y basada en la novela homónima de 1959 escrita por Robert Bloch, inspirada en los crímenes de Ed Gein, un #asesino en serie27 de Agosto|Monstruo: la historia de Ed Gein (2025), con Charlie Hunnam

Good Will Hunting|Todo por un sueño|My Own Private IdahoIdaho|Drugstore Cowboy (1989) con Matt Dillon.

#Gus Van Sant regresa a Cannes con ‘Paranoid Park’

Por James Mackenzie|CANNES (Reuters) – La predilección de Gus Van Sant por actores jóvenes no profesionales y las imágenes de patinaje que parecen describir un estado de #trance definen a «Paranoid Park,» la última cinta del director estadounidense que se presenta en el Festival de Cine de Cannes.

El filme narra la historia de Alex, un patinador de 16 años que lucha por reconciliarse con su vida y con aquellos que lo rodean luego de causar por accidente la muerte de un guardia de de seguridad.

Tras una selección de reparto usando una serie de carteles en tiendas de discos, anuncios en la página de internet de MySpace y en diario locales, «Paranoid Park» utilizó en su mayoría a figuras desconocidas, incluyendo a muchas que nunca habían actuado antes.

«Realmente me gusta trabajar con no profesionales porque creo que al hacerlo estoy experimentando cosas que son naturales para ellos y me permite filmar ese aspecto suyo en vez partir desde cero,» dijo Van Sant el lunes después de la proyección de la cinta ante los periodistas.

Alex, interpretado por el debutante Gabe Nevins, se desliza inexpresivamente durante el filme, aparentemente fuera del alcance tanto de su novia, representada por Taylor Momsen, y un detective interpretado por Dan Liu.

Después de «Elephant,» el filme de Van Sant sobre la matanza de la escuela de Columbine con el que ganó la Palma de Oro en el 2003, «Paranoid Park» arroja una luz a menudo ensoñadora sobre el patinaje en los callejones de concreto y centros comerciales ocupados por sus jóvenes protagonistas.

La acción de la cinta está realzada por una banda sonora que va desde melodías sacadas de partituras de Fellini a lo que Van Sant llama «música de concreto» de una estación de radio local.

Su característico estilo fluido, apoyado por la labor del director de fotografía Christopher Doyle, adopta el movimiento fluido de los patinadores en el parque, a menudo en cámara lenta, subrayando las distantes e introspectivas emociones de Alex y sus amigos.

«Creo que se debe a que ninguno de nosotros es patinador,» dijo Doyle, quien obtuvo un amplio reconocimiento por su trabajo con el director chino Wong Kar Wai.

Doyle explicó que él y Van Sant habían buscado una manera de acercar la experiencia emocional y física del patinaje.

«Y obviamente en ésto tienes toda la energía y la belleza del movimiento y el aspecto de patinar,» agregó Doyle.

Pero, lejos de los elegantes movimientos de los patinadores, Van Sant ofrece una intranquila y compleja mirada a una juventud suburbana que, con una sola excepción, parece desconectada del mundo exterior e indiferente al futuro.

«Tal vez ese lado me atrajo porque representa mi visión sobre envejecer,» dijo Van Sant.

Gus Van Sant regresa a Cannes con Paranoid Park

 
 
Gus Van Sant regresa a Cannes con ‘Paranoid Park’
Por James Mackenzie CANNES (Reuters) – La predilección de Gus Van Sant por actores jóvenes no profesionales y las imágenes de patinaje que parecen describir un estado de trance definen a "Paranoid Park," la última cinta del director estadounidense que se presenta en el Festival de Cine de Cannes.
Gus Van Sant and cast pose during a photocall for film 'Paranoid Park' at the 60th Cannes Film Festival
Por James Mackenzie
CANNES (Reuters) – La predilección de Gus Van Sant por actores jóvenes no profesionales y las imágenes de patinaje que parecen describir un estado de trance definen a "Paranoid Park," la última cinta del director estadounidense que se presenta en el Festival de Cine de Cannes.
El filme narra la historia de Alex, un patinador de 16 años que lucha por reconciliarse con su vida y con aquellos que lo rodean luego de causar por accidente la muerte de un guardia de de seguridad.
Tras una selección de reparto usando una serie de carteles en tiendas de discos, anuncios en la página de internet de MySpace y en diario locales, "Paranoid Park" utilizó en su mayoría a figuras desconocidas, incluyendo a muchas que nunca habían actuado antes.
"Realmente me gusta trabajar con no profesionales porque creo que al hacerlo estoy experimentando cosas que son naturales para ellos y me permite filmar ese aspecto suyo en vez partir desde cero," dijo Van Sant el lunes después de la proyección de la cinta ante los periodistas.
Alex, interpretado por el debutante Gabe Nevins, se desliza inexpresivamente durante el filme, aparentemente fuera del alcance tanto de su novia, representada por Taylor Momsen, y un detective interpretado por Dan Liu.
Después de "Elephant," el filme de Van Sant sobre la matanza de la escuela de Columbine con el que ganó la Palma de Oro en el 2003, "Paranoid Park" arroja una luz a menudo ensoñadora sobre el patinaje en los callejones de concreto y centros comerciales ocupados por sus jóvenes protagonistas.
La acción de la cinta está realzada por una banda sonora que va desde melodías sacadas de partituras de Fellini a lo que Van Sant llama "música de concreto" de una estación de radio local.
Su característico estilo fluido, apoyado por la labor del director de fotografía Christopher Doyle, adopta el movimiento fluido de los patinadores en el parque, a menudo en cámara lenta, subrayando las distantes e introspectivas emociones de Alex y sus amigos.
"Creo que se debe a que ninguno de nosotros es patinador," dijo Doyle, quien obtuvo un amplio reconocimiento por su trabajo con el director chino Wong Kar Wai.
Doyle explicó que él y Van Sant habían buscado una manera de acercar la experiencia emocional y física del patinaje.
"Y obviamente en ésto tienes toda la energía y la belleza del movimiento y el aspecto de patinar," agregó Doyle.
Pero, lejos de los elegantes movimientos de los patinadores, Van Sant ofrece una intranquila y compleja mirada a una juventud suburbana que, con una sola excepción, parece desconectada del mundo exterior e indiferente al futuro.
"Tal vez ese lado me atrajo porque representa mi visión sobre envejecer," dijo Van Sant.

Murió el periodista Mario Mazzone

Clarín.com

El periodista Mario mazzone, que trabajaba en TN y Mañanas informales por canal 13 con Jorge Guinzburg, falleció poco antes del mediodía de ayer mientras jugaba al golf en compañía de su médico personal y un gerente de Canal 13.

Después de hacer su programa en Radio Continental ayer por la mañana, se dirigió a jugar al golf como lo hacía habitualmente. "Se desvaneció y no pudieron reanimarlo", contó una de sus productoras . Mazzone padecía una enfermedad terminal desde hacía varios años.

Chiquititas. Una boludez, pero linda.

Interneteando encontré este video que fans israelíes realizaron en honor a una de las jóvenes actrices que participó en Chiquititas, el programa infantil que Cris Morena instaló en la televisión argentina hace más de una década. Tiene como fondo una canción del cantante español Alex Ubago. Me gustó. Simplemente.

Fotografías de fantasmas

Por Antonio Muñoz Molina para LA NACION. Tres exposiciones neoyorquinas ilustran los cambios en la Europa de los años 30. Las imágenes del fotógrafo Martin Munkacsi y de su discípulo, Henri Cartier-Bresson, muestran en el International Center of Photography cómo las mujeres y los atletas son desplazados por ejército hitleriano.

 

Los grises invernales de Nueva York se correspondían bien estos meses atrás con el blanco y negro de las fotografías antiguas, y más aún con esa época de Europa que por culpa de la fotografía y de la tristeza sólo sabemos imaginar en blanco y negro. En el International Center of Photography se inauguraron simultáneamente una exposición de Martin Munkacsi y otra de Cartier-Bresson. Y en un lugar más retirado y bastante más íntimo, el Center for Jewish History de la calle 16 oeste, se muestra una colección de fotos sobre las vidas de los judíos polacos entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda, bellamente titulada And I still see their faces: The vanished world of Polish Jews . Son fotos anónimas, en su mayor parte, tomadas por aficionados o por fotógrafos artesanales, y en muchos casos las personas que aparecen en ellas son tan desconocidas como sus autores. Pero justamente por eso adquieren delante de quien las mira una presencia más abrumadora que las de Cartier-Bresson o Munkacsi: la obra de arte absorbe para sus propios fines los materiales de los que se alimenta, aunque éstos sean tan cercanos a la vida como una escena callejera. Su valor de testimonio queda detenido en el interior de una experiencia estética, ennoblecido por ella, rescatado de la vida real, como un insecto o una hoja dentro de una gota de ámbar. La foto familiar tomada de cualquier manera, el retrato severo de un matrimonio burgués con sus hijos pequeños hecha en un estudio conservan una realidad inmediata, una capacidad de interpelación que la lejanía y el paso del tiempo no mitigan. Sobre todo cuando esas fotos son, además, los únicos restos de un mundo no desvanecido, sino aniquilado, como un país entero que se hubiera tragado la tierra.

El nombre exótico y sonoro de Martin Munkacsi no me sonaba de nada: como les habrá ocurrido a muchos espectadores, yo descubrí sus obras porque se exhibían en las salas contiguas a las de Cartier-Bresson. Pero en cuanto las vi tuve una sensación inmediata de reconocimiento: Munkacsi es uno de esos artistas que no alcanzan mucha celebridad o que no tardan en ser olvidados, pero que perviven muy poderosamente gracias a su influencia en discípulos mucho más conocidos. Richard Avedon e Irving Penn fueron dos de ellos: la perspicacia psicológica y el despojamiento formal de los retratos de Avedon, la aproximación escenográfica a la fotografía de modas y el descaro en la representación de lo femenino de Penn proceden en gran medida del magisterio de Munkacsi, que llegó a los Estados Unidos en 1934, en la gran oleada de fugitivos y expulsados de Europa que trajo a este lado del Atlántico -y en muchos casos a esta ciudad- a algunos de los mejores talentos del siglo. Visto con distancia, no deja de asombrar el empeño demente y a la larga suicida con que una gran parte de los países europeos decidieron en esa época desprenderse de muchos de sus ciudadanos más valiosos, hacerles la vida imposible o directamente llevarlos al exterminio. En ese contexto, el exilio español, lejos de ser el resultado de una melancólica fatalidad nacional -la España madrastra y no madre de sus mejores hijos-, se comprende como una variante de la gran diáspora de Europa, que dañó perdurablemente a la Europa misma y benefició en grados diversos a toda América, dándoles a ciudades como Buenos Aires o Nueva York una parte de la densa fiebre cultural, tan peculiarmente urbana, que había resplandecido no sólo en las capitales mayores, en París, en Berlín, en Viena, sino en otras ciudades menores que ya no volverían a brillar con la pujanza que tuvieron entonces: la Varsovia en la que se educaron Milosz y Bashevis Singer; la Budapest de Robert Capa, de Sandor Marai, de Arthur Koestler; la Bucarest afrancesada y moderna de la que salieron Ionesco, Mircea Eliade, Cioran, Mijail Sebastian; la Barcelona en la que estrenaban con igual éxito García Lorca, Arnold Schonberg y Alban Berg; el Madrid donde se levantaban edificios como proas Art Déco y desde donde Ortega y Gasset discutía con Victoria Ocampo los pormenores de la fundación de Sur en el curso de carísimas conferencias telefónicas. Por no remontarse un poco más atrás hacia la Petersburgo trágica de Anna Ajmátova, Osip Mandelstam y el joven Sustakovich, de la que había huido muy pronto Vladimir Nabokov.

El itinerario vital de Munkacsi es el previsible: de Budapest a Berlín 1928, de Berlín a América. También son previsibles hasta cierto punto sus inclinaciones personales, las de un hombre joven y despierto en una época en la que las terribles tensiones sociales que siguieron a la Gran Guerra eran compatibles con un impulso jovial de modernidad. La decisión de hacerse fotógrafo ya tiene algo de declaración de principios: parecía que para retratar una época nueva hacía falta recurrir a un arte parcialmente nuevo aún, la fotografía, tan inmediata como el cine, sobre todo desde que se inventaron las cámaras portátiles, tan hecha de instantaneidad, tan propicia a la embriaguez visual. En Budapest, en los años veinte, Munkacsi trabajó para un medio también nuevo, las revistas ilustradas, con su diseño limpio, sus audacias gráficas, su vocación de público masivo. Amaba, inevitablemente, la vida urbana, las motocicletas y los autos, la vibración de los cafés, el espectáculo de los deportes, la animación de las playas, donde hombres y mujeres jóvenes vivían con entusiasmo la novedad de la camaradería al aire libre y el esplendor de los cuerpos al sol, cubiertos tan sólo por bañadores muy ceñidos. Los futbolistas de sus fotos tienen una majestad de héroes clásicos y un vértigo de movimiento cinematográfico. Las mujeres son jóvenes, joviales, descaradas, atléticas. Nos parece que escuchamos de fondo la música del joven George Gershwin, que esos hombres y mujeres, cuando regresen de la playa, se vestirán con trajes de noche para bailar sobre pistas lacadas al ritmo de las orquestas de jazz que llegaban de América. Según dijo memorablemente Richard Avedon, lo que emocionaba a Martin Munkacsi era el gusto de la felicidad y el amor de las mujeres.

La capital europea de las revistas gráficas era Berlín: el destino natural para un fotógrafo de éxito al que se le quedaba pequeño su país. Mirando sus primeras fotografías berlinesas me acordé de la exposición titulada Retratos alemanes , que había visto en el Metropolitan unos días antes. El Metropolitan posee el secreto de maravillar con la abundancia y la calidad suprema sin abrumar con la cantidad, con el mareo de lo excesivo. Los cuadros que se podían visitar en el Metropolitan habían sido pintados en la misma época y en la misma ciudad de las fotografías de Munkacsi, pero parecían provenir de otro mundo, retratar a otra variedad de la especie humana. Otto Dix, George Grosz, Beckmann, Christian Schad: nadie puede negar que entre los cuatro crearon un cuerpo de obras de arte que no tiene comparación en el siglo XX; nadie negará tampoco que el efecto invariable de esa pintura magnífica es la desolación. O peor todavía, el presentimiento de algo que va a ser espantoso y que será fatal, la euforia enferma de Weimar, el resplandor y el vértigo de un tiempo situado entre dos desastres, el de 1918 y el de 1933, el cataclismo anticipado por ese instinto colectivo de muerte cuyo enigma desconcertó tanto a Freud. Visto en conjunto, el repertorio humano de los retratos del Metropolitan tenía algo de parada de monstruos, de catálogo entre acusatorio y morboso de anormalidades. Tan eficaces en el desgarro eran las caricaturas cruentas de Grosz como la serenidad helada de los personajes de Otto Dix o Christian Schad. Aristócratas depravados y mirones, prostitutas con la cara cortada por un navajazo o devastada por las drogas, veteranos de guerra sin brazos o piernas y reducidos a la mendicidad, plutócratas hinchados que en lugar de cerebro tienen en el interior del cráneo una mierda humeante, coleccionistas de arte o empresarios judíos consumidos por una ansiedad que les exagera los rasgos hasta un extremo peligroso de caricatura.

Los interiores de esos cuadros tienen una luz turbia de cabaret o de prostíbulo: por las ciudades de cielos bajos y esquinas ominosas circulan prostitutas, asesinos, especuladores, veteranos mal vestidos y hambrientos. Las mismas figuras pintadas como espectros que se repiten en las canciones de Kurt Weil sobre poemas de Bertolt Brecht. No encontraremos en esas calles a ninguno de los personajes a los que fotografiaba por la misma época Martin Munkacsi, a esas mujeres modernas, empleadas de tiendas, mecanógrafas, secretarias, al filo de la emancipación, que aparecen en las comedias americanas de la época, y que fascinaban en Madrid al poeta Pedro Salinas: «Jóvenes muchachas/ que bajan de automóviles/ me llaman.»

¿Qué Berlín es más verdadero, el del fotógrafo o el de los pintores, el de las prostitutas cocainómanas o el de las secretarias deportistas? Probablemente en los dos hay una parte de verdad y otra de mentira. La diferencia es que en las pinturas el daño de la guerra parece irreparable, y el porvenir sin remedio, de modo que al mirarlas proyectamos sobre ellas como una profecía nuestro conocimiento de la historia futura. En las fotos, sin embargo, el presente adquiere una soberanía luminosa, tal vez frívola o atolondrada, pero también afirmadora de la vida. Sabemos lo que vino después, pero a la vez nos damos cuenta de que no era forzoso que sucediera lo peor. El estudio de la historia conduce al fatalismo: porque las cosas llegaron a suceder de un cierto modo, damos por supuesto que tenían que suceder así, en virtud de fuerzas tan objetivas como irresistibles. Pero mirando al pasado con un poco más de atención -intentando verlo como lo hubiera visto quien lo estaba viviendo, tan inocente del mañana como las personas que salen en las fotos-, comprendemos la indeterminación del azar y también la responsabilidad escalofriante de los actos humanos.

De lo que iba a traer el porvenir fue también testigo Munkacsi: en un momento dado sus fotos empiezan a poblarse de uniformes y en vez de deportistas o de actores de cine empieza a retratar a jerarcas nazis. El fondo sonoro es ahora de botas golpeando equinamente el suelo y de marchas militares. Munkacsi, extranjero y judío, hubo de poner tierra por medio. En París debió de conocer el trato canallesco que la República francesa reservaba a los fugitivos de la crecida del fascismo sobre Europa central: la incertidumbre de los documentos, los hoteles clandestinos, las redadas de la policía. No es improbable que en París conociera a otro virtuoso de las pequeñas cámaras Leica, Henri Cartier-Bresson, quien decía que tomar una foto es como hacer un dibujo instantáneo. Según confesión propia, Cartier-Bresson descubrió su vocación al encontrar en una revista, en 1932, la foto de unos niños africanos saltando sobre las olas del lago Tanganika. Su autor era Martin Munkacsi. En los años siguientes, Cartier-Bresson fue tan viajero como su maestro, empujado por un desasosiego de conocer países y retratar a gente que ya nos parece otro signo de la época, una predisposición anticipada hacia los peregrinajes forzosos que vendrían más tarde. A Munkacsi lo fascinaba la irrupción de lo nuevo: Cartier-Bresson, muchas veces, buscaba la persistencia de lo intemporal o de lo anacrónico: los personajes rancios de París, las prostitutas pobres de España o de México, el blanco de la cal en una fachada popular de Sevilla. Munkacsi escapó a América cuando todavía era posible: Cartier-Bresson se quedó en Francia, atrapado por la guerra y la Ocupación. Desapareció y durante un tiempo lo dieron por muerto: el Museo de Arte Moderno de Nueva York estaba organizándole una exposición póstuma cuando se supo que estaba vivo, aunque prisionero en un campo alemán.

En los Estados Unidos, Martin Munkacsi recobró el tono jovial de sus fotos húngaras de los años veinte: se hizo fotógrafo de las estrellas del teatro y del cine y de las revistas de modas. Sus retratos de Jean Harlow, de Joan Crawford, de Claudette Colbert, de Louis Armstrong, de Katharine Hepburn, definieron el esplendor de lo femenino de una manera tan poderosa como las imágenes del cine. Su amor por el dinamismo y la ligereza de la vida moderna, por la gracia gimnástica, por la trepidación de la ciudad encontró en Nueva York y en Hollywood un paraíso que además no estaba amenazado por el desastre ni mordido por la pobreza, como los de Budapest, Berlín o París. Cuando retrató a Fred Astaire en diciembre de 1936, casi flotando contra un fondo blanco en un paso de baile, Munkacsi logró ese dibujo instantáneo del puro presente que buscaba siempre Cartier-Bresson. Pero esa imagen tan hermosa, cuando uno la mira más despacio, o cuando deja de mirarla y piensa en lo que mientras tanto estaba sucediendo en Europa, tiene también algo de mentira, el descaro entre insensato y cínico de quienes siguen disfrutando de los privilegios de la normalidad y de la abundancia mientras en otros lugares progresa el infierno.

Mientras Martin Munkacsi retrataba a modelos de lujo y estrellas de Hollywood y Cartier-Bresson soportaba el cautiverio, los personajes de las otras fotografías, las anónimas, las de la exposición del Centro cultural judío, no tenían ya ninguna posibilidad de escapar y estaban siendo metódicamente exterminados. La historia de casi todas las fotos es muy parecida: cuando alguien comprendía que estaba a punto de ser detenido llevaba sus fotos personales a casa de un vecino no judío para pedirle que se las guardara, en un afán instintivo por dejar al menos un rastro de memoria. Dejaban las fotos, no los objetos de valor. Lo más valioso eran de pronto los testimonios de vidas que durante mucho tiempo fueron comunes y normales: escenas callejeras, retratos formales de familia, recuerdos de un día de campo, de un domingo en la playa, fotos de boda, de ceremonias y fiestas judías. Una muchacha con melena corta y ojos risueños sonríe contra un fondo marítimo, vestida con un bañador como los que aparecen en las fotos de Martin Munkacsi, montada a caballo sobre un amigo que gatea en la arena. Leyendo el pie descubrimos que unos años después volvió clandestinamente al gueto de Varsovia para buscar a su marido enfermo, que huyeron los dos juntos, que desaparecieron para siempre en la Unión Soviética. Un grupo de escolares, sentados cada uno en su pupitre, mira a la cámara con aire de formalidad y de júbilo contenido, porque es el último día de curso y sienten la embriaguez anticipada de las vacaciones que comenzarán dentro de un rato, en cuanto termine la formalidad de posar junto a sus solemnes profesores. Pero este final de curso sucede en junio de 1939, y dentro de tres meses el país de esos muchachos habrá sido invadido y despedazado, y casi todos ellos, que son judíos, están condenados a un horror que no son capaces de imaginar. Nos asombra que sus miradas inteligentes y francas no vean el porvenir que nosotros conocemos: nos gustaría, ha escrito Elie Wiesel, viajar en el tiempo y avisarles, romper ese cristal que los mantiene tan próximos y sin embargo tan apartados de nosotros, en otro mundo que ya es el de su desgracia. En el interior de un marco grande, sobre una cartulina blanca, hay una foto diminuta, la de una cara recortada, tan gastada que apenas se distinguen los rasgos, una mujer joven, peinada a la manera de los años veinte: con un estremecimiento descubrimos que esa foto, esa mínima oblea de papel, la conservó durante sus años en Auschwitz la hija de esa mujer. Se la guardaba entre los pliegues del uniforme; la escondía en la suela de los zuecos; algunas veces, cuando la obligaban a desnudarse por completo delante de los verdugos, la tuvo pegada en el cielo de la boca o debajo de la lengua.

Pero en muchos casos no hay nombres que identifiquen a las personas que aparecen en las fotos, ni historias que las acompañen: el vecino que las guardó se olvidó de que las tenía escondidas, y quizás sus hijos o sus nietos las encontraron al desajolar la casa familiar después de su muerte. O se olvidaron los nombres, al cabo de los años, o quien los recordaba fue perdiendo la memoria. Esas caras sin nombre son las más difíciles de olvidar. Nos miran desde la pura nada, desde la muerte, desde el olvido sin remedio. Nos advierten de que la fotografía, siendo un arte tan moderno, es también un arte íntimamente funerario, porque su materia es el presente que se vuelve pasado después del instante del disparo. En la distancia, los deportistas y estrellas de cine de Martin Munkacsi ya son tan espectrales como los buhoneros judíos de esas calles de Varsovia que también fueron arrasadas, las calles con letreros en yiddish y en polaco, con fruterías y talleres, con carros tirados por caballos, con zaguanes en sombra de los que nos parece advertir que sale un olor a especias y a humedad. A él mismo, al cabo de los años, le fue alcanzado el mismo destino de olvido en el que pereció su época, el mundo al que él había pertenecido y del que pudo escapar. Cuando murió, en 1963, nadie recordaba su gloria y ninguna universidad quiso comprar su archivo, que acabó desperdigado entre América y Europa, perdido en gran parte. De la memoria de Martin Munkacsi, como de los tres millones de judíos que vivían en Polonia cuando él era joven, sólo ha quedado lo más frágil: las huellas tenues de la luz y la sombra sobre el papel fotográfico.

Del Toro buscará apoyo para cine mexicano tras Oscar

 
MEXICO DF (Reuters) – El cineasta Guillermo del Toro, cuya película "El laberinto del fauno" ganó tres premios Oscar, dijo el lunes que se propone gestionar ante el Senado de México un mayor apoyo para el cine nacional, aprovechando la repercusión de los galardones.