Morrissey : Ringleader of the Tormentors

La Nación
 
Grabaciones | La página de los discos

 

La vida y la muerte en Roma

El martes saldrá a la venta el nuevo CD de Morrissey, el ex líder de The Smiths
 

I Will See You In Far Off Places, Dear God Please Help Me, You Have Killed Me, The Youngest Was The Most Loved, In The Future When All´s Well, The Father Who Must Be Killed, Life Is A Pigsty, I´ll Never Be Anibody´s Hero, On The Streets I Ran, To Me You Are A Work Of Art, I Just Want To See The Boy Happy, At Last I Am Born (Sony/BMG)

Morrissey el oscuro, Morrissey el célibe, Morrissey el príncipe del dolor ha visto las luces y los placeres de Roma, sus historias y sus sabores, y tuvo que cantarlos. Por eso, ninguna de las doce canciones de "Ringleaders of the Tormentors", su nueva placa que estará el martes en las disquerías, está de más. Algo cercano al álbum conceptual se percibe aquí aunque no haya más concepto que el imperativo de poner en letra y música los cambios y las revelaciones de un hombre de 46 años al que algo explosivo le está pasando y que camina por una ciudad que está viva, en la que la gente colma las calles y nadie habla en voz baja. "Roma me pasó por encima como una hermosa ola gigante y me tragó", dijo Morrissey en una entrevista reciente.

La carrera solista del ex líder de los Smiths había llegado a un extraño punto muerto a fines de los años 90, pero algo cercano a la resurrección sucedió con la edición de "We Are The Quarry" en 2004. Allí, tras siete años de silencio discográfico, Morrissey pareció resurgir. Y más aún con este disco. Si aquél hablaba de pandillas y de la vida en Los Angeles, donde vivía el inglés desde 1999, su mudanza a Roma pobló a "Ring of the Tormentors" de imágenes y sonidos nuevos. No falta la referencia a los Estados Unidos, ese país que criticó y critica duramente; en el tema que abre el álbum, entre loops extraños y guitarras glam o pasadas al revés, dice que "si Dios te concede protección, y los Estados Unidos no te bombardean, nos veremos en algún lugar seguro". Y menciona a aquellos cuyo destino es acabar con la vida, una referencia a la política norteamericana e inglesa en Irak, tal como confirmó en una entrevista con Thomas Venker.

Pero ahora Morrissey, en su peregrinaje, llegó a la Ciudad Eterna, la ciudad en la que este hombre que esquivó durante años cualquier indagatoria sobre sus preferencias sexuales asegurando su condición de célibe descubrió la posibilidad del amor. Es impactante que quien tan bien ha escrito sobre la soledad y el sentirse miserable lo haga ahora sobre una sensualidad nueva.

En la magnífica balada "Dear God, Please Help Me" Morrissey canta, sobre un lúgubre órgano al que van sumándose cuerdas, que siente toneles explotando entre sus piernas y, luego, que esas mismas piernas se extienden junto a otras. Y, entremedio, el pedido, nuevamente, a Dios y la pregunta de si a él también le han pasado este tipo de cosas.

En la Roma de Morrissey aparecen Pasolini, Anna Magnani y Visconti (Luchino, pero también Toni, productor del disco) en el tema "You Have Killed Me", donde Morrissey muestra su humor negro, su sentido de la tragedia, en este relato en el que el amado es también el asesino.

Roma está también en la ambulancia que suena al comienzo de "The Youngest Was The Most Loved", el tema en el que un conmovedor coro de niños con espíritu antiguo canta "There is no such thing in life as normal". Otra vez, la conocida y escéptica mirada de Morrissey. La misma de "te daría mi corazón, si lo tuviera", de "To Me You Are A Work of Art" o que habla de las calles que correteó "convirtiendo la náusea en canción popular".

Todo es sutil y exacto en este disco. Porque además de la composición, Visconti (Toni, claro) parece haberlo ayudado a sacar lo mejor de sí, incluidos algunos temas que hacen recordar a la dolorosa frescura que caracterizó a los Smith. Contó con otra ayuda de lujo y eminentemente romana: Ennio Morricone al frente de las orquestaciones y arreglos de cuerdas, evitando las programaciones -más económicas, pero menos sutiles- del álbum anterior. Y, entre baladas y rock, se permite los extraños siete minutos de "Life Is a Pigsty", con efectos sonoros y experimentaciones.

Entre la dolce vita y el amor que recuerda al que puede inspirar un Tadzio, en esa ciudad de exteriorización y antiguos dioses y donde también se asienta el Vaticano, Morrissey preparó este disco fantástico. Un disco que habla de últimos deseos, del amor descubierto antes de la muerte, de parricidios, y que invoca casi en cada canción a Dios, pero también al asesino y al asesinado. Amor y muerte en un mismo trago. Las dos caras y el renacer, las ahora antiguas culpas de la carne de un hombre que acaba de nacer; así elige terminar el disco.

Adriana Franco

Morrissey: Ringleader of the Tormentors

La Nación

Grabaciones|La página de los discos

La vida y la muerte en Roma

El martes saldrá a la venta el nuevo CD de Morrissey, el ex líder de The Smiths

I Will See You In Far Off Places, Dear God Please Help Me, You Have Killed Me, The Youngest Was The Most Loved, In The Future When All´s Well, The Father Who Must Be Killed, Life Is A Pigsty, I´ll Never Be Anibody´s Hero, On The Streets I Ran, To Me You Are A Work Of Art, I Just Want To See The Boy Happy, At Last I Am Born (#Sony/BMG)

Por Adriana Franco|Morrissey el oscuro, Morrissey el célibe, Morrissey el príncipe del dolor ha visto las luces y los placeres de Roma, sus historias y sus sabores, y tuvo que cantarlos. Por eso, ninguna de las doce canciones de «Ringleaders of the Tormentors», su nueva placa que estará el martes en las disquerías, está de más. Algo cercano al #álbum conceptual se percibe aquí aunque no haya más concepto que el imperativo de poner en letra y música los cambios y las revelaciones de un hombre de 46 años al que algo explosivo le está pasando y que camina por una ciudad que está viva, en la que la gente colma las calles y nadie habla en voz baja. «Roma me pasó por encima como una hermosa ola gigante y me tragó», dijo Morrissey en una entrevista reciente.

La carrera solista del ex líder de los Smiths había llegado a un extraño punto muerto a fines de los años 90, pero algo cercano a la resurrección sucedió con la edición de «We Are The Quarry» en 2004. Allí, tras siete años de silencio discográfico, Morrissey pareció resurgir. Y más aún con este disco. Si aquél hablaba de pandillas y de la vida en Los Angeles, donde vivía el inglés desde 1999, su mudanza a Roma pobló a «Ring of the Tormentors» de imágenes y sonidos nuevos. No falta la referencia a los Estados Unidos, ese país que criticó y critica duramente; en el tema que abre el álbum, entre loops extraños y guitarras glam o pasadas al revés, dice que «si Dios te concede protección, y los Estados Unidos no te bombardean, nos veremos en algún lugar seguro». Y menciona a aquellos cuyo destino es acabar con la vida, una referencia a la política norteamericana e inglesa en Irak, tal como confirmó en una entrevista con Thomas Venker.

Pero ahora Morrissey, en su peregrinaje, llegó a la Ciudad Eterna, la ciudad en la que este hombre que esquivó durante años cualquier indagatoria sobre sus preferencias sexuales asegurando su condición de célibe descubrió la posibilidad del amor. Es impactante que quien tan bien ha escrito sobre la soledad y el sentirse miserable lo haga ahora sobre una sensualidad nueva.

En la magnífica balada «Dear God, Please Help Me» Morrissey canta, sobre un lúgubre órgano al que van sumándose cuerdas, que siente toneles explotando entre sus piernas y, luego, que esas mismas piernas se extienden junto a otras. Y, entremedio, el pedido, nuevamente, a Dios y la pregunta de si a él también le han pasado este tipo de cosas.

En la Roma de Morrissey aparecen Pasolini, Anna Magnani y Visconti (Luchino, pero también Toni, productor del disco) en el tema «You Have Killed Me», donde Morrissey muestra su #humor negro, su sentido de la tragedia, en este relato en el que el amado es también el asesino.

Roma está también en la ambulancia que suena al comienzo de «The Youngest Was The Most Loved», el tema en el que un conmovedor coro de niños con espíritu antiguo canta «There is no such thing in life as normal». Otra vez, la conocida y escéptica mirada de Morrissey. La misma de «te daría mi corazón, si lo tuviera», de «To Me You Are A Work of Art» o que habla de las calles que correteó «convirtiendo la náusea en canción popular».

Todo es sutil y exacto en este disco. Porque además de la composición, Visconti (Toni, claro) parece haberlo ayudado a sacar lo mejor de sí, incluidos algunos temas que hacen recordar a la dolorosa frescura que caracterizó a los Smith. Contó con otra ayuda de lujo y eminentemente romana: Ennio Morricone al frente de las orquestaciones y arreglos de cuerdas, evitando las programaciones -más económicas, pero menos sutiles- del álbum anterior. Y, entre baladas y rock, se permite los extraños siete minutos de «Life Is a Pigsty», con efectos sonoros y experimentaciones.

Entre la dolce vita y el amor que recuerda al que puede inspirar un Tadzio, en esa ciudad de exteriorización y antiguos dioses y donde también se asienta el Vaticano, Morrissey preparó este disco fantástico. Un disco que habla de últimos deseos, del amor descubierto antes de la muerte, de parricidios, y que invoca casi en cada canción a Dios, pero también al asesino y al asesinado. Amor y muerte en un mismo trago. Las dos caras y el renacer, las ahora antiguas culpas de la carne de un hombre que acaba de nacer; así elige terminar el disco.

Banderazo en favor de Callejeros

 

 

 
 
 

"Ya nos robaron la alegría y nos mutilaron el alma", expresaba la leyenda en una bandera llevada por uno de los 300 jóvenes que marcharon ayer al Obelisco en apoyo de los músicos a raíz de la suspensión de un recital.

El bajista de Catupecu sufrió un grave accidente

La Nación
 
En Palermo

Gabriel Ruíz Díaz permanece en estado crítico en el hospital Fernández; el líder de la banda Cabezones, César Andino, también resultó herido
 

 
Gabriel Ruíz Díaz, bajista y hermano del cantante del grupo Catupecu Machu, y César Andino, líder de la banda Cabezones, protagonizaron un grave accidente esta mañana en Palermo cuando el auto en el que viajaban chocó.

Ruiz Díaz permanecía esta tarde en estado "crítico, en terapia intensiva y con respirador artificial", según informó la directora del hospital Fernández, Liliana Votto, mientras Andino sufrió fractura expuesta en las dos piernas y fue intervenido quirúrgicamente.

Tras ser rescatados por personal de Bomberos, los dos músicos fueron trasladados al hospital Fernández.

El accidente se produjo a las 6.30 en la avenida Sarmiento y Libertador cuando el Volkswagen Fox, donde viajaban Ruíz Díaz y Andino, se estrelló contra un cartel y un árbol y los músicos quedaron atrapados entre los materiales de la carrocería deformada.

Bomberos auxilió a los tripulantes, que luego de ser liberados fueron trasladados al hospital.

Los fans porteños agotaron en horas las entradas para el recital de Callejeros en Tucumán

Periodismo.com
 

El grupo Callejeros, procesado por la tragedia de Cromañón, agotó los 4.000 tickets que se pudieron a la venta en la Capital y el conurbano para el show que dará el 22 de abril en Tucumán.

Entre la indiferencia y la defensa incondicional, los fans de la banda ya compraron 10.000 entradas de las 14.000 disponibles para el primer recital que dará Callejeros, luego del incendio del local de Once.

Las entradas se venden en casi todo el país, y todavía pueden encontrarse algunas en Córdoba y Tucumán. "¡Es increíble! Por fin se termina la censura", dijo Mariana, una de las seguidoras.

Los padres de las víctimas intentarán impedir que Callejeros vuelva a subirse a un escenario. Luis Fernández y Nora Bonomini se reunieron con el gobernador de Tucumán, José Alperovich, para pedirle que suspenda el show.

"Llevamos catorce meses de dolor. Espero que el gobernador no permita la actuación de esos asesinos", afirmó Fernández.

Murió la cantante española Rocío Durcal. Tenía 61 años

Periodismo.com
 


La actriz y cantante española Rocío Durcal falleció el sábado por la tarde a los 61 años de edad, luego de luchar durante mucho tiempo contra el cáncer que padecía. Sus restos están siendo velados en Madrid, antela presencia de centenares de familiares, amigos, artistas y seguidores.

María de los Ángeles Las Heras, como era su verdadero nombre, debutó en el cine cuando era aún una niña, en tiempos en que al cine español le interesaban sobremanera los niños cantores. Su simpatía y su voz le hicieron ganar varios concursos televisivos y le valieron sus primeros contratos importantes en la pantalla grande.

El éxito en la música fue simultáneo. Ganó gran fama cantando en toda América, especialmente en México, cantando rancheras compuestas por Juan Gabriel. Su casamiento con una de las estrellas del pop español del momento, Antonio Morales Junior, quien luego se convirtió en su productor y manager, la terminó de consagrar.

Estrellas como Raphael, Carmen Sevilla y la periodista María Teresa Campos ya pasaron por la capilla del Cementerio de La Paz, en Madrid, para despedirla. Otras tantas celebridades la homenajearon en la gala del Festival de Cine de Málaga. El pueblo de Durcal, en Granada, de donde ella tomó el nombre, declaró dos días de luto en memoria de Rocío.

MUSICA: CONCIERTO A 30 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO

Clarín
 
Noche de música contra el olvido
 
Leyó un texto la actriz Cristina Banegas y la mezzosoprano Cecilia Díaz conmovió hasta la emoción más sincera.
 

Sandra de la Fuente ESPECIAL PARA CLARIN

Los desaparecidos: ¡Presentes!» fue el no por conocido menos desgarrador grito que cerró el minuto de silencio a la memoria de los 30.000 irremediablemente ausentes. Antes, la Orquesta Estable del Colón, bajo la batuta de Stefan Lano había hecho sonar los acordes del Himno; de pie lo entonaron el coro estable y el público que asistió al Concierto a 30 años del golpe de Estado, organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad.

La actriz Cristina Banegas ofició de maestra de ceremonias. Abrió el acto leyendo un texto elaborado por la Subsecretaría de Derechos Humanos que destacaba que «la enseñanza de la historia no encuentra sustento en el odio o en la división en bandos enfrentados del pueblo argentino. Por el contrario busca unir a la sociedad tras las banderas de la justicia, la verdad y la memoria en defensa de los derechos humanos, la democracia y el orden republicano».

A pocas horas de desarrollada la multitudinaria marcha en repudio al sangriento golpe de estado de 1976, Banegas leía: «Nos interpelan los grandes desafíos de continuar haciendo de la Argentina no sólo un país más democrático y menos autoritario, sino también más igualitario y más equitativo».

Mochilas, zapatillas y jeans convivían con trajes, corbatas y largos vestidos de noche en la platea del Colón. Seguramente la copiosa lluvia y el fin de semana largo que surgió tras la creación del recién inaugurado feriado nacional del 24 de marzo fueron los responsables de que un número no despreciable de plateas y palcos estuviera vacantes.

El jefe de Gobierno porteño, Jorge Telerman; el Secretario de Cultura de la Nación, José Nun; la Secretaria de Cultura de la ciudad, arquitecta Silvia Fajre; y el Rector de la Universidad de Buenos Aires, Guillermo Jaim Echeverry, ocuparon el palco oficial. Allí estuvieron también miembros de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y Familiares e Hijos de Desaparecidos.

El preciso ataque de las cuerdas de la orquesta introdujo la escala descendente, el angustiante tema de la gran marcha fúnebre que compone el primer movimiento de la segunda sinfonía, en do menor, de Mahler, conocida con el nombre de Resurrección. «¡El hombre está sumido en tan amargo dolor! Yo habría preferido estar en el Cielo» cantaba la mezzosoprano Cecilia Díaz|Ángel Mahler

Sus palabras desataron el primer sollozo en las filas centrales de la platea. «Con alas conquistadas para mí (…) Resucitarás, en breve, resucitarás», la confianza religiosa del texto del alemán Friedrich Klopstock en las voces de Díaz, la soprano Mónica Philibert y el monumental coro mixto resultó sobrecogedora.

En la salida, las mismas manos que habían cerrado el intenso y agradecido aplauso a los músicos, intentaban dar consuelo a familiares y amigos.

 

MUSICA : EL CONCIERTO DE DEEP PURPLE

Clarín

Sueños de una noche púrpura

La banda llenó el Luna Park con una lluvia de clásicos. Los solos de guitarra y teclados fueron el toque emotivo.
Por Pablo Raimondi / praimondi@clarin.comLa puntualidad inglesa hizo coincidir ticket y horario de salida del grupo: las 21 horas, mientras una lluvia corría a los últimos que ingresaban a un Luna Park agotado en su capacidad. El comienzo de Deep Purple con Pictures of Home, de su placa insignia Machine Head, dejaba ver que esta nueva visita —su sexta a la Argentina— tendría sabor a show clásico.

Sería «su» revancha en este recinto cuando en setiembre de 2000 tocaron junto a la Sinfónica de Buenos Aires interpretando Concierto para grupo y orquesta, pieza creada por el tecladista Jon Lord, uno de los fundadores del grupo, y reemplazado en forma permanente desde 2003 por Don Airey. En esa ocasión los largos pasajes sinfónicos opacaron el concierto. Pero esta vez reinaría el rock duro, el riff machacante y aquellos viejos temas.

El pegadizo y arrastrado Wrong Man, de su nuevo álbum Rapture of the deep, mostró que el combo «juventud/público/experiencia/banda» funcionaría tema tras tema a lo largo de las dos horas de show. Y no sólo los clásicos moverían más de una cabeza, el tema homónimo de la flamante placa creaba una atmósfera cautivante al ritmo de melodías en clave árabe que luego se aplacaría por el efecto del también reciente Before time began.

Un excelente sonido acompañó toda la noche al grupo con un Gillan que, a pesar de tener 61 años, mantiene una voz inalterable al tiempo y sus movimientos sobre el escenario (pocos pero buenos) dejan ver a un auténtico frontman que sabe como hacer su trabajo. El chasquido de los dedos para llevar el ritmo —una de sus firmas— se vieron en Mary Long que abrió la bisagra del show: el solo de Steve Morse, quien continuó la senda dejada por dos monstruos de la guitarra: Ritchie Blackmore y Joe Satriani.

Los primeros punteos del seis cuerdas nacido en Ohio, Estados Unidos, despabiló las neuronas al desgranar pasajes de temas tan disímiles como Back in Black de AC/DC, hasta llegar a casi una completa interpretación de, quizás, la mejor canción que gestó el género duro: Stairway to heaven de los legendarios Led Zeppelin. Mientras esto ocurría Gillan observaba desde la base de la tarima de la batería, pandereta en mano, algo ausente a una escena tan melancólica donde la banda púrpura reunía en diez minutos a algunos de los principales exponentes de la incipiente escena pesada de los años 70.

Luego de la ovación hacia Morse asomó Lazy y llegó otro momento emotivo cuando Airey (ex Raibow, Black Sabbath y Whitesnake, entre otros) se despachó con una inesperada versión de Adios Nonino, de Astor Piazzolla. El público rugió entonces y calentó sus gargantas para el primer cross a la mandíbula en el Luna. Sonaba la intro del teclado de Perfect Strangers, el corte más popular de la segunda era de la banda que, tras un parate entre 1976 y 1984, regresaba con nuevos bríos. En esta canción el despliegue vocal de Gillan no fue el mejor pero el público coreó el tema de principio a fin.

Kiss tomorrow goodbye no era un adiós para el cantante sino una bienvenida a «estas hermosas estrellas de Buenos Aires». Después, arrancó la zaga de las tres últimas gemas púrpuras antes de los bises, primero con Space truckin, un verdadero mazaso estelar, luego la enérgica Highway Star con la velocidad automovilística que Gillan imprime en cada uno de sus agudos mientras el bajista Roger Glover —con su eterno pañuelo en la cabeza— y Morse se animaban a un headbanging simultáneo tras cada corte del tema.

Para cerrar con la «trilogía Machine Head» con un clima ensordecedor en el recinto, el humo sobre el escenario y un cono de luz blanco sobre Morse presagiaban «el tema». Los primeros acordes inconfundibles de Smoke on the water hicieron temblar las instalaciones del Luna Park y Gillan no desentonó frente a su público que coreó el eterno estribillo varias veces.

Un final sin respiro hasta los bises con Hush —de su primer disco Shades of Deep Purple (1968)— desempolvado para delicia de los viejos fans, con el baterista Ian Paice, único miembro original de la primera formación, con un solo de batería apoyando el codo sobre uno de los parches y repiqueteando el redoblante con un imperceptible movimiento de su mano izquierda.

El remate de la velada fue Black Night (Noche negra): vaya coincidencia, el show era un 24 de marzo. ¿Si faltaron clásicos? Puede ser, Child in time, Woman from Tokio o Fireball. Pero quién le quita la sonrisa a ese chico de 15 años que dice entusiasmado: «Estuve siempre adelante. Fue re-grosso». Quizás tendrá más Purple en el futuro. ¿O no hay seis sin siete en este largo sueño de una noche púrpura?

MUSICA: EL CONCIERTO DE DEEP PURPLE

Clarín

Sueños de una noche púrpura.

La banda llenó el Luna Park con una lluvia de clásicos. Los solos de guitarra y teclados fueron el toque emotivo.

Por Pablo Raimondi|praimondi@clarin.com|La puntualidad inglesa hizo coincidir ticket y horario de salida del grupo: las 21 horas, mientras una lluvia corría a los últimos que ingresaban a un Luna Park agotado en su capacidad. El comienzo de #Deep Purple con Pictures of Home, de su placa insignia #Machine Head, dejaba ver que esta nueva visita —su sexta a la Argentina— tendría sabor a show clásico.

Sería «su» revancha en este recinto cuando en setiembre de 2000 tocaron junto a la Sinfónica de Buenos Aires interpretando Concierto para grupo y orquesta, pieza creada por el tecladista Jon Lord, uno de los fundadores del grupo, y reemplazado en forma permanente desde 2003 por Don Airey. En esa ocasión los largos pasajes sinfónicos opacaron el concierto. Pero esta vez reinaría el rock duro, el riff machacante y aquellos viejos temas.

El pegadizo y arrastrado Wrong Man, de su nuevo álbum Rapture of the deep, mostró que el combo «juventud/público/experiencia/banda» funcionaría tema tras tema a lo largo de las dos horas de show. Y no sólo los clásicos moverían más de una cabeza, el tema homónimo de la flamante placa creaba una atmósfera cautivante al ritmo de melodías en clave árabe que luego se aplacaría por el efecto del también reciente Before time began.

Un excelente sonido acompañó toda la noche al grupo con un #Ian Gillan que, a pesar de tener 61 años, mantiene una voz inalterable al tiempo y sus movimientos sobre el escenario (pocos pero buenos) dejan ver a un auténtico frontman que sabe como hacer su trabajo. El chasquido de los dedos para llevar el ritmo —una de sus firmas— se vieron en Mary Long que abrió la bisagra del show: el solo de Steve Morse, quien continuó la senda dejada por dos monstruos de la guitarra: #Ritchie Blackmore y Joe Satriani.

Los primeros punteos del seis cuerdas nacido en Ohio, Estados Unidos, despabiló las neuronas al desgranar pasajes de temas tan disímiles como Back in Black de #AC/DC, hasta llegar a casi una completa interpretación de, quizás, la mejor canción que gestó el género duro: Stairway to heaven de los legendarios #Led Zeppelin. Mientras esto ocurría Gillan observaba desde la base de la tarima de la batería, pandereta en mano, algo ausente a una escena tan melancólica donde la banda púrpura reunía en diez minutos a algunos de los principales exponentes de la incipiente escena pesada de los años 70.

Luego de la ovación hacia Morse asomó Lazy y llegó otro momento emotivo cuando Airey (ex Raibow, Black Sabbath y Whitesnake, entre otros) se despachó con una inesperada versión de Adios Nonino, de Astor Piazzolla. El público rugió entonces y calentó sus gargantas para el primer cross a la mandíbula en el Luna. Sonaba la intro del teclado de Perfect Strangers, el corte más popular de la segunda era de la banda que, tras un parate entre 1976 y 1984, regresaba con nuevos bríos. En esta canción el despliegue vocal de Gillan no fue el mejor pero el público coreó el tema de principio a fin.

Kiss tomorrow goodbye no era un adiós para el cantante sino una bienvenida a «estas hermosas estrellas de Buenos Aires». Después, arrancó la zaga de las tres últimas gemas púrpuras antes de los bises, primero con Space truckin, un verdadero mazaso estelar, luego la enérgica Highway Star con la velocidad automovilística que Gillan imprime en cada uno de sus agudos mientras el bajista Roger Glover —con su eterno pañuelo en la cabeza— y Morse se animaban a un headbanging simultáneo tras cada corte del tema.

Para cerrar con la «trilogía Machine Head» con un clima ensordecedor en el recinto, el humo sobre el escenario y un cono de luz blanco sobre Morse presagiaban «el tema». Los primeros acordes inconfundibles de Smoke on the water hicieron temblar las instalaciones del Luna Park y Gillan no desentonó frente a su público que coreó el eterno estribillo varias veces.

Un final sin respiro hasta los bises con Hush —de su primer disco Shades of Deep Purple (1968)— desempolvado para delicia de los viejos fans, con el baterista Ian Paice, único miembro original de la primera formación, con un solo de batería apoyando el codo sobre uno de los parches y repiqueteando el redoblante con un imperceptible movimiento de su mano izquierda.

El remate de la velada fue Black Night (Noche negra): vaya coincidencia, el show era un 24 de marzo. ¿Si faltaron clásicos? Puede ser, Child in time, Woman from Tokio o Fireball. Pero quién le quita la sonrisa a ese chico de 15 años que dice entusiasmado: «Estuve siempre adelante. Fue re-grosso». Quizás tendrá más Purple en el futuro. ¿O no hay seis sin siete en este largo sueño de una noche púrpura?

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