La depresión se diagnosticará en iglesias y templos

La Nación
 
Un programa del Cemic

 Enseñarán a religiosos a detectarla entre sus fieles
 
 
 Entrenar a religiosos de todos los credos para que sean capaces de identificar entre sus fieles a personas que puedan estar padeciendo un trastorno depresivo es uno de los objetivos de un programa de extensión comunitaria que lleva adelante un equipo de psiquiatras del Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas (Cemic).

“El programa busca darles herramientas a los religiosos que trabajan en sus comunidades para que puedan identificar a aquellas personas que se acercan a ellos y que pueden estar deprimidas y para que además sean capaces de derivar a esas personas a instituciones adecuadas para su tratamiento”, dijo a LA NACION el doctor Pablo Rozic, jefe del Departamento de Psiquiatría del Cemic.

A mediados de septiembre, alrededor de cuarenta religiosos católicos, judíos, musulmanes y evangelistas participarán del primero de estos programas de educación, desarrollados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), y que aquí serán puestos en funcionamiento por el Cemic, en colaboración con el Centro Argentino de Etnología Americana, del Conicet.

"La depresión es una enfermedad epidémica: se calcula que en 2010 habrá 40 millones de personas en América latina y el Caribe con depresión -comentó el doctor Rozic-. Pero a pesar del gran malestar que ocasiona la depresión, quien la padece no suele reconocer su problema."

Y si lo hace y decide consultar al médico, continuó Rozic, muchas veces no sólo no recibe un tratamiento, sino que incluso a veces ni siquiera llega a ser diagnosticada. "Sólo el 50% de las personas con depresión que consultan recibe un diagnóstico, y a su vez sólo el 50% de éstas recibe un tratamiento adecuado."

"La gente muchas veces consulta antes al religioso que al médico -continúa Rozic-. Una característica peculiar es que ese acercamiento no es estigmatizante, a diferencia de lo que significa para muchas personas ir al psiquiatra; por el contrario, tiene un alto valor social."

Insertos en distintas comunidades, los religiosos ocupan un lugar privilegiado para la detección de trastornos tan estigmatizados como la depresión. La necesidad de contar con aliados fuera del ámbito médico es lo que llevó a la OPS a desarrollar este programa de extensión comunitaria.

Cómo es el entrenamiento

Esquemáticamente, el programa consta de tres fases. "Primero, los religiosos participan de una evaluación anónima en la que se indaga cuáles son los conceptos de salud, de enfermedad y de depresión que manejan", contó el doctor Rozic, que años atrás participó en Panamá de una prueba piloto del programa realizada por la OPS.

"La segunda parte tiene el formato de una clase, pero no en el sentido habitual, en la que se produce la transmisión en forma interactiva de la información sobre depresión." En esa instancia, los participantes discuten casos clínicos aportados por los organizadores o incluso por los mismos religiosos.

Luego, continúa Rozic, "se discute qué es lo que cada uno de los participantes haría ante esos casos. Hay que tomar en cuenta que cada religión tiene una lectura propia de conceptos como la enfermedad, la salud, la depresión y el sufrimiento humano".

"Nosotros no buscamos negarla, sino simplemente permitir la identificación precoz de una persona con trastorno de depresión, de manera tal que pueda ser ayudada lo más pronto posible. Una persona con depresión no tratada está en una situación de riesgo de enfermedad (la depresión es altamente discapacitante y predispone al infarto), e incluso de suicidio."

Como cierre del programa de entrenamiento en depresión, los participantes reciben "a modo de sugerencia" un protocolo que indica qué hacer cuando se identifica a personas con trastornos depresivos: ¿a dónde referirlo para su atención?, ¿cuáles son los indicadores de riesgo de suicidio?

"Se le da al religioso un nuevo instrumento para poder ver algo que quizás estaba delante de sus ojos, pero que no veía", concluyó Rozic.

Por Sebastián A. Ríos
De la Redacción de LA NACION

ESQUIZOFRENIA

La Nación
 

En Cuba, prueban el interferón

  • LA HABANA (AFP).- Cuba ensaya la aplicación de interferón para las enfermedades del sistema nervioso central, en particular la esquizofrenia, donde se logró reducir la duración de la crisis y la cantidad de drogas necesarias, anunció Pedro López Saura. López es uno de los iniciadores de la producción del interferón en Cuba. Según el científico, se hicieron varios ensayos clínicos de un tipo de interferón agregado al tratamiento neuroléptico, que redujeron la duración de las crisis

¿Por qué somos tan malos conductores?

La Nación
 
Respuesta a un mal argentino

 
Influye la transgresión social y una falsa idea de los riesgos
 
Basta con tratar de subsistir –sea como peatón o conductor– en medio del tránsito para comprobar, a diario, comportamientos que rozan lo temerario: violaciones a semáforos en rojo, motos que zigzaguean a milímetros del espejo lateral del auto y conductores que en la autopista se “pegan” al paragolpes del auto delantero, entre otras tantas maniobras que terminan cobrándose más de 20 vidas por día en accidentes de tránsito.

Pero ¿por qué los argentinos manejamos tan mal si sabemos que estamos violando normas? La respuesta, según dos expertas argentinas en el estudio del comportamiento en el tránsito, está tanto en nuestra psiquis como en el entorno social que se busca imitar.

“En la calle vivimos exponiéndonos a riesgos evitables. Sabemos que nos estamos arriesgando, pero lo hacemos igual porque creemos que el riesgo es ínfimo y que tomarlo nos beneficia, como cuando podemos llegar más temprano a una cita. El resultado de la combinación de ambos genera un comportamiento riesgoso”, dijo la licenciada María Cristina Isoba, directora de Investigación y Educación Vial de la Asociación Civil Luchemos por la Vida.

Pero es la experiencia de no recibir una multa o no sufrir un accidente la que refuerza esa falsa asociación entre el riesgo de, por ejemplo, pasar un semáforo en rojo y el beneficio de no perder la onda verde de los semáforos y llegar más rápido a casa. A esto se suman los hábitos y los comportamientos del entorno social.

"Hoy, el crecimiento de la «argentinidad transgresora» se refleja en la calle, donde transitan y se encuentran todos los habitantes, que se relacionan entre sí aplicando cosmovisiones dominantes plagadas de dobles mensajes", consideró la licenciada en psicología Marta Caamaño, docente de la licenciatura en resolución de conflictos y mediación, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, y profesora de ética profesional en psicología, en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales.

Su tesis doctoral, "Aspectos psíquicos de conductores experimentados de autos en Buenos Aires", con entrevistas a 20 conductores porteños, disparó encuestas con muestras más grandes. Los resultados reconocen dos problemas a la hora de conducir: la falta de prevención y el inadecuado entrenamiento de conducción.

"Para que un automóvil se mueva, el cuerpo del conductor y el auto deben calzar perfectamente -dijo Caamaño-. Recién cuando se adquiere la automatización del manejo, se pueden hacer maniobras cada vez más complicadas."

Conductas riesgosas

"Maniobras más complicadas" no es lo mismo que "maniobras más riesgosas". Las estadísticas publicadas por Luchemos por la Vida indican que, en promedio, un automóvil particular que circula por la ciudad de Buenos Aires pasaría cuatro semáforos en rojo cada tres días y que la prioridad de la que gozan los peatones no se respetaría en uno de cada dos días. Si del transporte público se trata, cada colectivo violaría tres semáforos por hora.

Y eso que 7 de cada 10 conductores, según una encuesta realizada por Luchemos por la Vida, a 634 automovilistas consideraron que manejan mejor que los demás. El 12,5% de ellos se animó a decir que mucho mejor que los otros.

"Muchas veces -dijo la licenciada Isoba-, se habla del problema que los argentinos tienen para respetar las normas, cuando la realidad es que somos seres humanos con modos de pensar y actuar que no difieren demasiado de las de los suecos o los australianos, que viven en países con bajísimos índices de accidentes de tránsito. Lo que nos diferencia es básicamente nuestra experiencia o el aprendizaje social de lo que es más conveniente."

Por ejemplo: los padres "saben" que los chicos van más seguros en el asiento de atrás y con cinturón, pero como nunca chocaron "creen" que nunca lo harán. "Esto se llama aprendizaje por la experiencia", puntualizó Isoba.

Pero esos padres continúan tomando el mismo riesgo porque las parejas amigas también llevan a sus hijos en el asiento delantero, lo que se denomina "proceso de refuerzo de la creencia -continuó la psicóloga-. La experiencia individual y la del entorno contribuye a tener una percepción del riesgo disminuida".

Además, colocar a un chico en una sillita en el asiento trasero lleva tiempo y provoca quejas y llanto del niño, por lo que resulta más sencillo y menos ruidoso llevarlo adelante. "Esto -señaló-, es el beneficio personal percibido."

Manejar v. conducir

Mientras que cualquiera puede aprender a manejar, saber conducir es lo que diferencia al buen automovilista. "Hay gente que dice: «Ya aprendí a manejar», cuando lo que en realidad sabe es desplazar el auto y, sin más, salir a la calle. Pero, en realidad, ellos aprendieron en forma teórica las normas básicas del tránsito y aún están lejos de incorporarlas en la acción real", explicó, tras atribuir el origen del problema a la habilitación de conductores "sin garantías de que su entrenamiento sea el adecuado y que, además, conducen mal".

Y agregó: "Hay una «cultura de la calle» que sirve para la intercomunicación y consiste en un lenguaje a través de gestos consensuados, como el guiño para doblar. Esa cultura es muy importante para evitar accidentes y hay que tener en cuenta que cambia según los tiempos sociales y los contextos históricos".

Pero, en definitiva, todo ocurre por elección. Nadie nos impone violar las normas de tránsito. Entonces, si nos arriesgamos por elección, ¿cómo se revierte ese comportamiento?

"Sabemos que informar acerca de las normas de tránsito y las conductas seguras es condición necesaria, pero no suficiente, para lograr cambios de actitudes y comportamientos en pro de la seguridad vial y la prevención de accidentes", afirmó Isoba.

Para lograrlo, Luchemos por la Vida propone dos estrategias. La primera consiste en formar en la población una percepción del riesgo más realista para su mejor adaptación en el tránsito, mediante campañas de concientización masiva a través de los medios de comunicación y con mensajes inequívocos, y restablecer la educación vial en las escuelas.

El segundo camino consiste en aumentar la percepción del beneficio personal de conducir seguro mediante incentivos, como descuentos en los costos de los seguros por ausencia de accidentes, y eliminar el estímulo existente de comportamientos riesgosos.

"La mayoría de las personas sobrestima su capacidad para moverse en el tránsito. Comprender mejor estos procesos psicológicos en juego contribuye a orientar adecuadamente las tareas hacia logros en pro de la vida", concluyó la psicóloga.

Por Fabiola Czubaj
De la Redacción de LA NACION

 
 
 
 
 

Distraerse, un alivio efectivo para temerosos

La Nación
 

Por Sandra Blakeslee
De The New York Times

 
 
NUEVA YORK.– Para aquellos que tanto temen una inyección o una colonoscopía, así como un tratamiento de conducto, que procuran evitarlos sistemáticamente, los científicos tienen buenas noticias.

El primer estudio centrado en esas sensaciones de temor que surgen en el cerebro descubrió que, contra la opinión generalizada, ese sufrimiento no nace del miedo ni de la ansiedad por el evento desagradable, sino por la atención que las personas prestan de antemano a lo que piensan que será extremadamente desagradable.

Así, la solución para los temerosos es, según afirman los investigadores, la distracción.

“Habíamos observado que cosas como la autohipnosis ayudaban a aliviar el temor, pero no sabíamos por qué”, dijo el doctor Gregory S. Berns, profesor de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Emory, Estados Unidos, que lideró el estudio.

La investigación, publicada en la última edición de la revista Science, es “fascinante”, según dijo un experto en neuroimágenes, el doctor Read Montague, profesor en neurociencias de la Facultad de Medicina Baylor, que no participó del estudio. Demuestra que el cerebro asigna un costo a la espera de algo malo, de modo tal que esa cosa mala se vuelve peor si se demora, según dijo el doctor Montague.

"De ahí que muchas personas prefieran no perder tiempo cuando están en el consultorio del médico esperando una inyección."

Modelos de comportamiento

La investigación también aporta algo de luz sobre el comportamiento económico, dijo George Loewenstein, un economista del comportamiento de la Universidad Carnegie Mellon, que agregó que, de acuerdo con los modelos económicos aceptados de comportamiento humano, preferir sentir más dolor, pero cuanto antes, es irracional: si uno sabe que algo malo sucederá, uno debería posponerlo cuanto le sea posible, y si algo bueno va a pasar, uno quiere que suceda lo más pronto posible.

"En la vida real, las personas suelen preferir lo contrario", dijo Loewenstein. Se demora la gratificación para poder saborear el dulce sabor de la anticipación, y se acelera la llegada del castigo simplemente para superarlo. El nuevo estudio ayuda a comprender cómo el esperar puede ser usado para describir comportamientos económicos con más precisión.

Para el estudio, el doctor Berns evaluó a 32 personas con métodos de imágenes cerebrales y les aplicó corriente eléctrica en los pies. Después de que su umbral máximo de dolor fue determinado -esto es la mayor intensidad de dolor que podrían soportar-, se les dieron 96 indicaciones. Cada una enunciaba cuánto voltaje estaban por experimentar y cuánto tendrían que esperar para recibirlo. Por ejemplo, una indicación decía que recibirían el 60% del máximo de dolor después de 27 segundos. Otra advertía que recibirían una descarga eléctrica del 30% en 9 segundos.

Pero los sujetos podían optar entre diferentes combinaciones de voltaje y de espera. Por ejemplo, podían elegir un 90% del voltaje máximo después de 3 segundos de aceptado o el 60% en 27 segundos. Entonces, recibían la descarga elegida en el tiempo y voltaje acordados.

El escáner cerebral detectó la actividad durante la espera de las descargas, lo que aportó una hoja de ruta para la comprensión de la respuesta al sufrimiento.

Veintitrés voluntarios, apodados "miedosos medios", eligieron una espera tan corta como fuera posible para cualquier voltaje, pero no aceptaron más dolor para que la espera se acortara. Los otros nueve participantes, llamados "miedosos extremos", siempre prefirieron un voltaje más alto, si con esto lograban acortar la espera.

Una espera activa

Al comparar las imágenes cerebrales de estos dos grupos, el doctor Berns encontró sólo una diferencia. Durante el período de espera, los "miedosos extremos" experimentaban una intensa actividad en una región del cerebro llamada matriz del dolor, que está relacionada con la atención.

La matriz del dolor es un conjunto de regiones cerebrales que se activan cuando la persona experimenta dolor, explicó el doctor Berns. Partes de ella se relacionan con las sensaciones del cuerpo, mientras que otras regiones están involucradas en la intuición, las emociones, el temor o la atención.

Los miedosos extremos, según dijo, desplegaban una atención mayor a los pies, a punto de ser electrocutados, que el grupo mayoritario. Después de todo, su temor implicaba la atención a las cosas desagradables por venir, lo que los diferenciaba de la ansiedad y del miedo propiamente dicho.

"Ya se trate de una colonoscopia o de un tratamiento de conducto, en realidad no es el procedimiento en sí mismo lo que las personas temen, sino el tiempo de espera", dijo el doctor Berns.

Para los temerosos extremos, hallar una distracción probablemente sea la mejor solución.

Identifican neuronas que permiten comparar objetos diferentes

La Nación
 
Estudio de especialistas de Harvard

 
Es lo que llaman "elección económica"
 

  • El proceso se pone en juego, por ejemplo, cuando elegimos entre trabajar y ganar más dinero, o disfrutar del ocio
  • Están ubicadas en un área del cerebro llamada corteza orbitofrontal

 
 
 
 

BOSTON.- Científicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard lograron identificar neuronas capaces de codificar el valor que asignamos a los distintos objetos. La actividad de esas neuronas podría facilitar el proceso de toma de decisión en el momento de elegir entre distintos productos.

"Siempre supimos que las neuronas que se encuentran en distintas partes del cerebro separan características como cantidad, color y sabor. Pero cada vez que elegimos entre alimentos, por ejemplo, combinamos todas esas características y asignamos un valor a cada objeto disponible", dijo el doctor Camillo Padoa-Schioppa, investigador en neurobiología de Harvard y autor principal del estudio.

Las neuronas que identificó el equipo dirigido por Padoa-Schioppa, codificarían el valor que les asignamos a los objetos al elegir entre ellos según las preferencias objetivas, lo que se denomina "elección económica".

Ejemplos diarios de este comportamiento incluyen la opción entre trabajar y ganar más dinero, o disfrutar de más tiempo de ocio, o bien, elegir invertir en bonos o en acciones. Economistas y psicólogos han estudiado esas decisiones y los trabajos de investigación en economía del comportamiento demuestran que muchas veces las elecciones que hacemos violan la racionalidad económica.

Esto motiva un interés cada vez mayor en las bases neurales de la elección económica, campo de estudio emergente llamado "neuroeconomía".

En general, se considera que la elección económica incluye la asignación de valores a las opciones disponibles. Sin embargo, se desconocen los mecanismos cerebrales subyacentes. En su estudio, los doctores Padoa-Schioppa y John Assad, profesor asociado de neurobiología de Harvard, identificaron un grupo de neuronas en la corteza orbitofrontal (COF), responsable de asignarles valor a los objetos a partir de una escala común de valores. Esto permite comparar objetos diferentes, como manzanas y naranjas, que de otra forma carecerían de una base natural de comparación.

"La actividad de estas neuronas refleja el valor que los sujetos asignan a los bienes disponibles cuando hacen sus elecciones -afirma Padoa-Schioppa-. Muchos déficit de elección podrían ser consecuencia de una actividad disfuncional de esta población neuronal, a pesar de que esta hipótesis todavía falta probarse."

Manzanas o naranjas

En su experimento, Padoa-Schioppa hizo que unos monos macacos eligieran entre dos tipos de jugo ofrecidos en diferentes cantidades. En algunas pruebas, los monos elegían entre una gota de jugo de uva (que ellos prefieren) y una gota de jugo de manzana. En otras, elegían entre una gota de jugo de uva y dos de jugo de manzana.

Los monos podían elegir jugo de uva cuando había una o dos gotas de jugo de manzana disponibles. Sin embargo, podían ser indiferentes entre los dos jugos cuando se les ofrecía una gota de jugo de uva y a la vez tres de jugo de manzana, y podían elegir siempre el jugo de manzana si había tres o cuatro gotas. Esto indica que el valor que los monos asignaban a una gota de jugo de uva era aproximadamente igual a tres gotas de jugo de manzana. Sobre la base de este patrón de elección, Padoa-Schioppa pudo correlacionar la actividad de neuronas del COF directamente con el valor asignado a los dos jugos. La actividad de estas neuronas codificaba el valor asignado por los monos independientemente de las características físicas del jugo -su sabor, cantidad, etcétera-.

Padoa-Schioppa también encontró que algunas neuronas codificaban el valor del jugo de uva, mientras otras codificaban el valor del jugo de manzana. "La elección parece estar basada en la actividad de estas neuronas", afirma.

La historia de AJ, la memoriosa

La Nación
 
Crónicas norteamericanas

 
MIAMI.- En 1942, Jorge Luis Borges escribió un breve relato que incluyó en su libro "Ficciones". Contaba la historia de un uruguayo llamado Irineo Funes, quien después de un accidente descubre que posee una memoria infalible, capaz de recordarlo todo.

"Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa -escribe Borges-; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho."

Cuando Borges imaginó la memoria inacabable de Funes, no esperaba que su invento encontrara alguna vez una equivalencia en la realidad. Sin embargo, pocas semanas atrás, investigadores de la Universidad de California revelaron el caso de una mujer de 40 años, a la que llaman AJ por sus iniciales, cuya prodigiosa memoria es idéntica a la de Irineo Funes.

AJ es capaz de recordar cada momento y cada detalle de su vida de los últimos 25 años. Y no sólo aquello que se refiere a su propia experiencia, sino acontecimientos históricos que sucedieron durante ese mismo período. Uno puede elegir cualquier fecha entre hoy y 1974 y AJ dirá de qué día de la semana se trataba, cuál era el estado del tiempo, qué era lo que ella hizo ese día y si algo de importancia sucedió en esa misma jornada.

La noticia se conoció a mediados de marzo, cuando los resultados de seis años de investigación por un equipo conducido por el doctor James McGaugh fueron publicados en la revista Neurocase. Pero esta semana, AJ habló con la prensa y la descripción que hizo de su caso se aproxima asombrosamente a la que Borges hacía de su mítico personaje.

"Siento todo muy intensamente -relató AJ-. Quiero decir, puedo salir y sentir efectivamente el día. Y un martes se percibe diferente de un jueves. Como, por ejemplo, cuando pienso en la primavera del 81, puedo sentirla físicamente. Estoy allí, de una manera tan intensa que realmente me causa dolor."

Borges describe así la extraordinaria facultad de Funes: "Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero."

El caso de AJ es tan inusual, dice el doctor McGaugh, que fue necesario encontrar un neologismo para su condición. Se lo bautizó "hipertimesia", y tanto McGaugh como los otros dos expertos involucrados en la investigación admiten que nunca han escuchado nada igual.

De poca ayuda

Según McGaugh, la mayoría de nosotros, con una falible memoria normal, funciona como una computadora en el sentido de que las diferentes áreas de nuestro cerebro están interconectadas y, por lo tanto, mejor condicionadas para acumular recuerdos generales. Sabemos dónde vivimos y cómo ir al trabajo, pero podemos no recordar cómo era el tiempo en esa misma fecha, cuatro años atrás.

"Es posible que la mente de AJ tenga ciertas desconexiones que la ayudan a evocar eventos pasados de su banco de memoria, sin interferencia de las partes de su cerebro que actúan como procesadores generales", dice. Pero admite que las conclusiones serán limitadas porque su caso es único.

En su entrevista, AJ confesó que su condición no le resultó de gran ayuda en la escuela, donde siempre tuvo dificultad para memorizar fechas y poemas. En cambio, puede recordar a cada uno de sus compañeros, las aulas, los maestros y lo que sucedió día tras día.

A la pregunta de si consideraba su especial memoria un don, respondió: "Si con ella pudiera curar una enfermedad, sería un don. Pero recordar, por ejemplo, el final de cada relación o cualquier otra cosa es muy duro."

Borges, al resumir la cualidad de Funes, reflexiona: "Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes, no había sino detalles, casi inmediatos."

Por Mario Diament

«En el amor y el sexo está todo permitido, siempre que haya ética»

Clarín
 

SILVIA BLEICHMAR. PSICOANALISTA

Nuestra cultura tiene una incapacidad cada vez mayor de acceder a la felicidad. La reemplaza por un goce inmediato y superficial, que no reconoce al otro como un sujeto con el que existen obligaciones de tipo ético.


Analía Roffo.

aroffo@clarin.com

En una escena de la película "Derecho de familia", el protagonista le dice a su mujer que ella deberá ocuparse de la sexualidad de su hijo hasta la mayoría de edad del chiquito. ¿Es así? ¿Las mujeres se ocupan de la sexualidad de sus hijos varones? ¿Deben hacerlo?

—Las mujeres se ocupan de los hijos varones y de las hijas mujeres. El problema es cuál es el límite de la intromisión en el cuerpo del otro. Porque cuando el protagonista le dice eso a su mujer, le empieza diciendo otra cosa: que se ocupe de cambiarle los pañales, de llevarlo al baño…; hace una seguidilla respecto del cuerpo. Lo que está planteando es que el cuerpo del niño es propiedad de la madre y que él no quiere ocuparse de ese cuerpo.

  • ¿Hoy en día hay tantos hombres que piensan así?

    —No lo creo. Los padres participan muchísimo más que antes, y la madre va perdiendo esa propiedad exclusiva sobre el cuerpo de los hijos. En realidad, es una gran ventaja, porque el nivel de intromisión a veces era muy grande. Pero me parece que el problema de ocuparse de la sexualidad habría que desplazarlo al de apropiarse del cuerpo.

  • ¿A qué se refiere?

    —A que el adulto no se apropie del cuerpo del niño sino que esté al servicio de la resolución de las necesidades que tiene el cuerpo del niño, y que pueda tener en cuenta que ese cuerpo está sostenido por un sujeto. En ese sentido, el adulto —madre o padre— tiene a su cargo la preservación de ese cuerpo, sin tomarlo como objeto de goce propio.

  • La palabra goce es típica del psicoanálisis. ¿Cómo la podemos definir en términos sencillos?

    —Goce es toda forma de ejercicio del placer que esté despojado de la comprensión de la subjetividad que implica el otro.

  • ¿Por qué es importante entonces que esa relación inicial y familiar no esté teñida por la idea de propiedad?

    —Porque contamina el desarrollo de la sexualidad. Una de las cosas que me ha llevado a redefinir la perversión ha sido la instrumentación del cuerpo del otro como un lugar de goce despojado de subjetividad. Cuando se emplea el cuerpo del otro como si estuviera vaciado, como si fuera un objeto, hay perversión. Bajo la forma que se ejerza. Aun bajo la forma de una relación sexual tradicional.

  • ¿Ese reconocimiento del otro es imprescindible para el amor, para la relación sexual?

    —Es que en el amor y en el sexo todo está permitido, siempre que haya ética. La ética implica reconocimiento del otro, noción de mi obligación hacia el otro, como dice Levinas. En este sentido, el amor pone coto al goce desenfrenado. Lamentablemente, una de las cosas que se manifiesta en nuestra cultura es la dificultad de acceso a la felicidad y su reemplazo por un goce inmediato. Y este goce es una forma desubjetivizada de la relación sexual. En ese sentido es perversa, no en los modos genitales o no que tome. ¿Usted recuerda la película "Regreso sin gloria"?

  • Cómo olvidarla…

    —Precisamente, nos hemos pasado la vida preguntándonos cómo hacía esa pareja entre un lisiado de Vietnam y una mujer sana (encarnados por Jane Fonda y John Voight) para ejercer el amor en términos de sexualidad. De lo que no hay duda es de que en esa pareja no había perversión, sino una capacidad infinita de reconocer del otro en su subjetividad.

  • ¿Podría haber un reconocimiento semejante en una película como "Secreto en la montaña"?

    —Exactamente. En ese filme el amor es una cuestión central. A tal punto que uno de los personajes no es homosexual y sin embargo, es tan profundo su amor por el otro, que queda capturado por la pasión, pero no se le ocurriría tener otra relación homosexual. La película tiene otro rasgo extraordinario: cada vez que la sociedad los humilla en su condición de masculinidad, cada uno se arroja al otro, como una recuperación de la dignidad en la medida en que se siente amado.

  • Dada la mayor o menor aceptación social, ¿suele haber más sufrimiento en las parejas homosexuales que en las heterosexuales?

    —Sí, pero no todo es sufrimiento. Una de las cosas más destacables es que las parejas homosexuales estables, en sociedades más permisivas, tienen la misma plenitud y los mismos problemas que las parejas heterosexuales. Se les plantea también a veces la disociación entre el amor por el compañero y al mismo tiempo el déficit pasional que puede haber, exactamente igual que ocurre en parejas heterosexuales cuando se estabilizan.

  • Respecto de la similitud de problemas, ¿una pareja homosexual tendría más o menos los mismos que una pareja heterosexual para criar un hijo?

    —Tendría los mismos, en algunos puntos, y diferentes en los temas específicos que tienen que ver con la organización de género y con el hecho de que se está rompiendo una pauta establecida respecto a la diferenciación de funciones. Pero esto no implica, de ninguna manera, mayor patología en los niños. Lo que hay que saber es que la diversidad de problemas no significa mayor o menor patología, sino diversidad de caminos. Lo que importa es que lo que se sostiene en cualquier situación —sea de reproducción biológica, sea de adopción, sea de lo que sea— es el deseo de hijo como un deseo de trascendencia, que no reduce al niño a su cuerpo en sí mismo como lugar de goce —insisto en esto—, sino como lugar trascendente respecto de la subjetividad. Y eso se puede dar perfectamente en una pareja homosexual o en una pareja heterosexual.

  • Usted dice que no hay límites para el amor y el sexo salvo el reconocimiento ético del otro. ¿Es lo que usted observa mayoritariamente?

    —No, no. Lo que estoy viendo en hombres y mujeres es un reconocimiento, sí, pero de la desubjetivación de que son objeto en la relación con el otro. Me refiero, por ejemplo, a la forma en la cual algunas mujeres sienten al hombre como un proveedor, despojado de otros atributos, furiosas cuando él no provee lo que suponen que tendría que proveer. En estos casos, algunos analistas se confunden, creyendo que lo que está en juego es un derecho y no una fantasía ilimitada respecto a lo que el hombre posee, con lo cual estimulan una pelea brutal sobre la base de un fantasma de frustración de la mujer, que en realidad se sostiene sobre un fantasma de omnipotencia del hombre.

  • ¿Y qué observa en los hombres?

    —En los hombres estoy viendo la sensación, después de muchos años de matrimonio, de haber sido proveedores no reconocidos en su esfuerzo y sufrimiento. Y también aparecen estas preocupaciones en las mujeres respecto a qué representan ellas para un hombre. Creo que esta idea de intercambiabilidad de la pareja que ha surgido —la idea de que la mujer es intercambiable por otra más joven, o el hombre por otro más rico— está vinculada a estos procesos de desubjetivación de los que hablo e implican una profunda infelicidad para la sociedad.

  • ¿En esa búsqueda de goce inmediato no hay felicidad posible?

    —Lo que hay es una pérdida permanente de la capacidad amorosa. El otro día hablaba con alguien que había tomado éxtasis en el fin de semana, y que estaba deprimido. Yo, en lugar de considerarlo como una cosa de culpa, lo tomé como un proceso de deshidratación psíquica. Cuando uno toma éxtasis y no toma agua con sales, se deshidrata. En algunos procesos de drogadicción o de circulación sexual sin enlace con el otro, lo que se produce es una deshidratación psíquica. El sujeto cree que está calmando la sed, pero en realidad se está deshidratando psíquicamente.

  • ¿Se está secando?

    —Así es. Y eso produce un circuito de insatisfacción muy profundo. Porque la gran cuestión es la relación entre felicidad y acceso al placer. La felicidad es una sensación de confort consigo mismo, no es simplemente una descarga del malestar. Y nuestra sociedad ha incrementado tan brutalmente el malestar, que lo único que se propicia son descargas o aplacamientos de ese malestar. La descarga viene por el lado de estas formas de goce y el aplacamiento por el lado de la medicalización. Pero lo que existe es un incremento muy importante de malestar, sobre la base de una fractura del reconocimiento intersubjetivo y de la posibilidad de proyectos compartidos.

    Copyright Clarín, 2006.

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    Solas y solos y en pareja

    "Estar sin pareja y estar solo son cosas totalmente distintas" —enfatiza Bleichmar. "Uno puede estar en soledad en pareja; no hay peor soledad que la soledad mal acompañada, porque es una soledad desesperanzada. Y uno puede estar muy acompañado no teniendo pareja, con la capacidad de amar y de dar y recibir de otros".

    "De manera que la ecuación soledad=ausencia de pareja —recalca— es una mistificación de la soledad padecida actualmente en nuestra cultura. Tiene que ver con que los seres humanos se sienten mucho más solos y necesitan aparearse para estar acompañados. Pero en este apareamiento hay mucho de fracaso de esa posibilidad de compartirse y compartir".

    "Una nena de 8 años me dijo una vez una cosa extraordinaria. Tenía miedo de dormir sola y yo le repetía que sus padres estaban cerca, en la habitación de al lado. »No es lo mismo estar juntos que estar al lado», me contestó. A veces es difícil explicarle a alguna gente que se siente sola y aburrida, que esto está relacionado con su dificultad de identificación con el otro y de dar. No se puede salir de la soledad (solo o en pareja) sin establecer redes de vínculos con los demás, sin descubrir que la generosidad es una fuente muy grande de felicidad

    Señas particulares

  • Argentina.
  • Doctora en psicoanálisis por la Universidad de París VII.
  • Docente de posgrado en universidades del país y del exterior.
  • "En los orígenes del sujeto psíquico", "La fundación de lo inconciente", "La subjetividad en riesgo" y "Dolor país" son algunos de sus libros.
  • Acaba de publicar "Paradojas de la sexualidad masculina"
  • La ciencia busca las causas de la impulsividad

    La Nación
     
    Una conducta que se asocia a múltiples situaciones de riesgo

    Recientes estudios hallaron genes que ayudan a explicarla
     

    NUEVA YORK.- Hacerse la rata, desaparecer por el fin de semana, echarse una cana al aire: la espontaneidad puede ser una manera saludable de desafiar la rutina, una expresión de agotamiento del deseo, dicen los psicólogos. Sin embargo, para los científicos que estudian las enfermedades mentales y las adicciones, la conducta impulsiva -la tendencia a actuar o reaccionar sin pensar demasiado- aparece como una verdadera plaga.

    En los últimos años, numerosos estudios han relacionado la impulsividad con altos riesgos de tabaquismo, alcoholismo y drogadicción. Las personas que intentan suicidarse tienen alto puntaje en las mediciones de impulsividad, al igual que las adolescentes con problemas alimentarios. La agresión, el juego compulsivo, los severos desórdenes de personalidad y el déficit de atención se asocian con altos niveles de impulsividad, un problema que afecta a alrededor del 9% de los estadounidenses.

    Ahora los investigadores han empezado a resolver la contradictoria naturaleza de la impulsividad, identificando los elementos que diferencian una experimentación benigna de los actos autodestructivos. Los últimos trabajos en investigación cerebral y psicología ayudan a explicar cómo se desarrollan las tendencias impulsivas y en qué casos pueden llevar por mal camino a las personas.

    Una potente combinación de genes y experiencias tempranas emocionalmente desorientadoras colocan a los individuos en situación de alto riesgo, al igual que ciertos instintos personales muy bien conocidos.

    "Lo que estamos viendo -dijo Charles Carver, psicólogo de la Universidad de Coral Gables, Florida-son pruebas que indican que cuando las áreas prefrontales corticales del cerebro, donde se asienta su sistema de supervisión, no funcionan bien, eso interfiere con la conducta reflexiva y las consecuencias suelen ser desagradables".

    Sin medir el peligro

    La gente que puede jugar, parrandear o probar drogas duras y salir bien librada tiene una capacidad innata para el riesgo, según sugieren todos los estudios realizados al respecto. Están preparados para los peligros o simplemente corren riesgos controlando su conducta de manera semiconsciente; sorbiendo lentamente su cóctel, inhalando con precaución o manteniendo un pie en el borde del abismo por si deben retirarse.

    Contrariamente, los individuos dominados por sus impulsos suelen confiar en sus primeras impresiones de manera implícita y absoluta.

    Los expertos afirman que esta diferencia en la capacidad de autorregulación se basa, en parte, en la variación genética. En un estudio publicado en marzo, investigadores del Instituto Nacional de Salud Mental tomaron muestras de sangre de 142 voluntarios sanos y analizaron un gen llamado MAOA, que induce la producción de una enzima que reduce la actividad de una sustancia química cerebral llamada serotonina, que ejerce gran influencia sobre el estado anímico.

    Los investigadores realizaron tomografías del cerebro de los participantes para medir el control de sus impulsos y hallaron que los hombres que tenían una variante común de MAOA, conocida como "de alto riesgo", manifestaban una activación significativamente menor que sus pares que tenían la versión "de bajo riesgo" del gen, en la parte del área prefrontal del cerebro donde se origina la conducta reflexiva.

    Los participantes con el gen de alto riesgo también tenían déficit en áreas del cerebro destinadas a moderar la emoción, respaldando de este modeo los hallazgos de estudios anteriores que revelaron diferencias semejantes relacionadas con los genes.

    "Por un lado, estos déficit de regulación emocional predisponen a las personas a intensas reacciones emocionales en la infancia y las hacen más vulnerables a los traumas -dijo el doctor Andreas Meyer-Lindenberg, director del estudio-. Por otra parte, el déficit de la función cognitiva inhibitoria crea cierta propensión a actuar a partir de esas emociones en períodos posteriores de la vida."

    Y la vida nunca deja de poner a prueba esa capacidad de supervisión mental. Según Carver, soportar mucho tiempo estrés, a cualquier edad, puede sobrecargar la región prefrontal, dejando menos recursos disponibles para controlar las emociones.

    Por Benedict Carey

     

     

     

    Algo más que una ventaja evolutiva

    NUEVA YORK (The New York Times).- Casi ningún experto discute que la impulsividad es beneficiosa en algunas situaciones y que tal vez haya desempeñado un papel positivo en términos evolutivos. Cuando la vida es breve y peligrosa, y los recursos son escasos, la respuesta rápida obtiene su premio. En estudios realizados con babuinos y monos se observó que los animales que son impulsivos en la adolescencia suelen convertirse en adultos dominantes cuando moderan sus impulsos belicosos.

    En los humanos, la conducta impulsiva tiene su punto más alto en la adolescencia, cuando las áreas prefrontales del cerebro aún están en desarrollo, o poco más tarde, en los primeros años de la edad adulta, cuando se espera culturalmente que las personas prueben sus límites.

    Sin embargo, nuevas investigaciones han sugerido que el gusto por el peligro o el conflicto no basta para producir un grado de impulsividad persistente y ruinosa.

    En un estudio publicado en The Journal of Psychiatric Research, un equipo de investigadores evaluaron a 351 adultos sanos y a otros 70 con desórdenes relacionados con la impulsividad. Los participantes fueron sometidos a una batería de tests destinados a medir la inhibición, el deseo de riesgo y la tendencia a planificar. Los investigadores descubrieron que el apetito de riesgo se asociaba con los fumadores de ambos grupos y que los hábitos menos reflexivos se relacionaban con individuos que bebían considerablemente.

    En los individuos con desórdenes de personalidad, el déficit en la planificación se asociaba también con intentos reiterados de suicidio. La combinación de búsqueda de sensaciones y falta de reflexión caracteriza a millones de personas, pero parece ser extrema en aquellas cuya impulsividad desemboca en problemas crónicos o enfermedades mentales.

    Traducción: Mirta Rosenberg

    De The New York Times

    A 150 AÑOS DEL NACIMIENTO DE FREUD

    Clarín Desafío al psicoanálisis: cada vez hay más oferta y demanda de terapias alternativas

    Son cortas y apuntan a resolver problemas concretos. Los freudianos dicen que son «parches» y afirman que el psicoanálisis no está muerto ni vencido.

    Graciela Gioberchio

    ggioberchio@clarin.com


    Crisis económica y mucha ansiedad. En los últimos años, la falta de dinero y de tiempo comenzó a eclipsar la posibilidad de internarse en los laberínticos caminos del psicoanálisis. Y poco a poco empezó a abrirse un abanico de terapias alternativas que prometen resolver conflictos lo antes posible. Los nuevos enfoques terapéuticos, desprendidos de teorías cognitivas, de la práctica de la new age y hasta de movimientos espirituales, cada vez ganan más adeptos en los consultorios. En los últimos seis años, la demanda creció cerca de un 50%, según un relevamiento de Clarín.

    Estas terapias sistémicas o transpersonales, que recurren a las visualizaciones o a la logoterapia, desafían cada vez más la teoría y la técnica desarrolladas por uno de los personajes más influyentes del siglo XX: el neurólogo, psiquiatra y escritor Sigmund Freud. El 6 de mayo, el mundo celebrará el 150º aniversario de su nacimiento.

    Estos atajos prometedores se inscriben en la crisis social del nuevo milenio: la gente quiere soluciones rápidas y no soporta grandes esperas. «Por exigencias propias y del afuera busca algo mágico que resuelva sus conflictos; eso es una ilusión», advierte Susana Castro, de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires.

    Al debate se suman las voces que señalan que el auge de las terapias breves se debe a que la disciplina creada por Freud quedó desactualizada.

    La piscoanalista Adriana Roa, docente de la UBA y directora de la institución La Tercera, echa por tierra esa idea: «Todas las teorías vigentes tienen algún pie en el pensamiento freudiano«.

    Y critica: «Las terapias que prometen soluciones rápidas son parches. Nunca el tema por el que se consulta tiene que ver con lo que uno cree; en todos los casos es necesario encontrar algo de la escena reprimida».

    Para Castro, «la gestalt y otras líneas terapéuticas no surgen en contra del psicoanálisis: son sus hijas, aunque con diferencias técnicas y teóricas».

    «Son terapias operativas —destaca Claudia Messing, psicoterapeuta vincular familiar, con enfoque sistémico— que apuntan al síntoma y resuelven problemas urgentes en un corto plazo. Tengo pacientes que hicieron años de psicoanálisis sin ver resultados y ahora buscan otra cosa».

    «Somos más que mente: somos emociones y cuerpos espirituales», propone Silvia Kameniomotsky a quienes prueban con el abordaje transpersonal.

    Los especialistas consultados por Clarín coinciden en que la debacle de 2001 hizo explotar la demanda y desde entonces, en los consultorios privados (la sesión cuesta entre $30 y $70, y hay hasta de $300), la cantidad de consultas no baja.

    En parte, el fenómeno se apoya en que algunas obras sociales y prepagas comenzaron a cubrir terapias, pero cortas.

    Además, hoy existen opciones gratuitas y varios lugares que trabajan con bonos contribución. En tanto, en los hospitales porteños atienden a más de 70.000 personas por año que hacen psicoterapia, musicoterapia y terapia grupal. ¿Los motivos de consultas? Fobias, ataques de pánico, depresión, crisis de pareja (y la angustia de no tenerla), adicciones y trastornos de aprendizaje en los chicos.

    Javier Camacho, psicoterapeuta cognitivo —un enfoque terapéutico muy de moda en EE.UU.— asegura que «la ortodoxia está desapareciendo en todas las líneas: la tendencia es la integración de técnicas adaptadas a cada caso».

    «Tras muchos años de hacer psicoanálisis sentí que la palabra sola no era suficiente. A una herramienta que aprecio y valoro le sumé el psicodrama y el trabajo grupal«, explica Silvia Schverdfinger, coordinadora del Centro de Psicodrama y Creatividad.

    «Ninguna terapia es la panacea», afirma Horacio Serebrinsky, codirector de la Escuela Sistémica Argentina. Y concluye: «Lo más importante no es el modelo de la terapia sino el terapeuta: es una relación básicamente humana».

    Al plato
    Diana Baccaro

    dbaccaro@clarin.com

    Sin hilos ni enchufes. Unplugged. El mundo que vio nacer a Freud se comunicaba por carta, muy lejos de las urgencias del celular, del zapping, de los mensajes de texto, de Internet y de las fotos digitales. Ciento cincuenta años después, todo circula a velocidades de vértigo. ¿Alguien puede parar? ¿Alguien puede esperar? Hija de la inmediatez, la sociedad parece entonar a coro aquella canción que dejó Luca Prodan antes de morir: No sé lo que quiero, pero lo quiero ya . Buen punto de partida para que los psicólogos compitan cada vez por llevársela al plato.

    Qué son y para qué sirven


    Enfoque sistémico: considera al individuo dentro de un sistema y enfatiza en las relaciones presentes con el otro.

    Terapia gestáltica: se aboca a la percepción y a la integración entre lo que se piensa, se siente y se hace. Se realizan

    ejercicios, lecturas corporales, relajación, visualizaciones.

    Logoterapia: trabaja en la búsqueda y la construcción del sentido de la vida, del proyecto existencial de la persona.

    Psicodrama: aborda los conflictos con la improvisación de imágenes, situaciones y escenas dramáticas.

    Enfoque cognitivo: trabaja la relación entre pensamiento, emoción y conducta para conocer las creencias del paciente y corregir los sistemas de pensamiento.

    Enfoque conductista: supone que ciertas conductas aprendidas se transforman en hábitos perjudiciales y que con la eliminación de los síntomas desaparece la enfermedad.

    Abordaje transpersonal: busca la purificación de la mente, la pacificación de las emociones, la transformación del cuerpo físico y el pasaje de la individualidad a la universalidad.

    Análisis transaccional: aborda las relaciones interpersonales a través de tres estados del individuo: padre, adulto y niño.

    Los bebes empiezan a aprender palabras a los diez meses

    La Nación
    Según investigadores norteamericanos

     

     

     

    Sólo los nombres de objetos que les interesan

     
     
     
     

    FILADELFIA (Universidad de Temple).- Aunque a esa edad sólo puedan balbucear sonidos ininteligibles, a los diez meses los bebes pueden aprender dos palabras por día, pero sólo las que nombran objetos que les interesan a ellos y no al que les habla.

    La conclusión surge de una investigación de las universidades Temple, Delaware y Evansville, en los Estados Unidos, que se publica en el número de marzo/abril de la revista Child Development (Desarrollo Infantil).

    En su estudio, los investigadores les mostraron a 44 bebes dos objetos separados -uno "interesante" y otro "aburrido"- y les asignaron palabras inventadas, como "modi" o "worp". Luego, midieron cuánto tiempo miraban los objetos y cuál miraban cuando se los nombraban.

    Así comprobaron que, a los diez meses, antes de decir mucho de nada, los pequeños eran capaces de aprender dos nuevas palabras en una sesión. Utilizando un test de comprensión (en lugar de esperar que los bebes pronunciaran las palabras), pudieron mostrar que ellos asignaban un vocablo al objeto que más les gustaba, independientemente de cuál fuera el que nombraban los investigadores.

    "Descubrimos que nosotros podíamos observar uno de los objetos, tomarlo e incluso moverlo, pero el bebe naturalmente asumía que la palabra que estaba escuchando correspondía al objeto que le resultaba interesante, y no al que nos resultaba interesante a nosotros", dijo una de las autoras del estudio, Kathy Hirsh-Pasek, docente de psicología y directora del Laboratorio Infantil de la Universidad de Temple.

    "Los bebes simplemente le asignan una «etiqueta» al objeto más interesante que ven -agregó Shannon Pruden, autor principal del trabajo-. Tal vez es por eso que los chicos aprenden palabras más rápido cuando los padres miran y nombran objetos que ellos ya habían considerado interesantes."

    De acuerdo con los investigadores, estos resultados tienen enorme trascendencia para los padres y cuidadores. Destacan que los bebes están escuchando nuestras conversaciones y tratando de aprender palabras mucho antes de poder decirlas. También aconsejan que cuando les hablemos a nuestros hijos pequeños lo hagamos sobre cosas que les gustan a ellos y no sobre las que nos gustan a nosotros.

    Los científicos también destacaron que alrededor de los 18 meses el interés de los chicos cambia. Comienzan a aprender palabras de forma diferente, fijándose más en lo que le interesa a la persona que les habla.

    "El chico de 18 meses es una personita socialmente hábil, que puede penetrar en la mente del que le habla y en el vasto diccionario mental que el adulto tiene para ofrecer -dijo Hirsh-Pasek-. Pero a los diez meses ellos simplemente no pueden tomar en cuenta la perspectiva de quien les habla."

    Hirsh-Pasek y Golinkoff son coautores de seis libros, entre los que figuran How our children really learn and why they need to play more and memorize less (Cómo aprenden realmente nuestros hijos y por qué necesitan jugar más y memorizar menos, 2003) y How babies talk: the magic and mystery of language acquisition (Cómo hablan los bebes: la magia y el misterio de la adquisición del lenguaje,1999).