Alberto Migré / 1931-2006

La Nación
Adiós al rey de corazones
Autor por excelencia de la telenovela argentina y artífice de grandes radioteatros, deja una obra de enorme repercusión popular.

En el teleteatro nadie llegó tan alto ni consiguió tanto como Alberto Migré, que falleció en la madrugada de ayer, mientras dormía, a los 74 años, en su departamento de esta capital.

El hombre que recurrió al impulso idealista y a la misma pasión con la que retrataba a sus personajes más famosos para levantar las banderas de su arte, fortalecerlo como género popular, defenderlo del menosprecio al que fue sometido durante mucho tiempo y disfrutar en los últimos años de un tardío reconocimiento quedará identificado para siempre como símbolo máximo de la expresión romántica en nuestra TV, que pierde a uno de los grandes protagonistas de toda su historia.

“Nada moviliza tanto como el amor de una pareja”, una de sus frases predilectas, fue al mismo tiempo síntesis de la materia prima que forjó su trabajo como autor, y que antes y después del apogeo y la popularidad alcanzados en la TV se expresó con el mismo vuelo en el radioteatro, el primer y último amor de una larga, extensa y prolífica trayectoria. Es que Migré se había iniciado cuando era un chico (no tenía más de siete u ocho años) en Radio Mitre como partícipe de las recordadas “pandillas” de Marilyn y Juancho, y cerró dos temporadas atrás un derrotero único en el mundo del espectáculo con un ciclo de “radioteatro in concert” que ofrecía cada fin de semana en el teatro Maipo como tributo a la tradición en la que se forjó.

Autodidacto de su oficio, creció y aprendió “haciendo de todo” cuando no había cumplido los 20 años primero en la radio -donde fue sucesivamente telefonista, redactor, autor de glosas, sonidista y finalmente autor- y más tarde en TV, lugar al que llegó “por casualidad”, según sus palabras, de la mano de Nicolás del Boca.

Nació como Felipe Alberto Milletari en el barrio de Almagro (cortada Yapeyú al 800), el 12 de septiembre de 1931, aunque algunos historiadores de la TV, como el meticuloso Jorge Nielsen, remiten esa fecha a 1928. “Quise ser actor, por lo que abandoné Filosofía y Letras, hasta que don Armando Discépolo y Carlos Arturo Orfeo me rescataron de la oficina de producción de Radio El Mundo, augurándome una exitosa carrera como autor radioteatral”, escribió Migré en el libro de conversaciones con la investigadora Nora Mazziotti “Soy como de la familia” (1993), la mejor aproximación a una vida y a una obra contadas en primera persona.

Hizo radio hasta comienzos de la década del 70. Allí disfrutaba como nadie de la posibilidad de exaltar el romanticismo que fue la marca registrada y el sello de una obra que superó los 700 títulos. Y con el tiempo, al comparar la radio y la TV en la charla con Mazziotti, elegía la primera por la posibilidad de afirmar con más fuerza el valor de la palabra a través de un relator “que era, a la vez, un escenógrafo, un meteorólogo, un arquitecto o un analista, algo que no tiene reemplazo en la TV”.

La hora de la televisión

Pero era inevitable que a este hombre inquieto, de enorme poder de observación, trato cordial y risa fácil -aunque no tardaba en enojarse contra quienes menospreciaban a la telenovela- le llegara la hora de hacer TV, a la que aportó “Esos que dicen amarse”, con Fernando Siro e Hilda Bernard, en 1959, como primer título digno de consideración. En el libro “Estamos en el aire”, Migré dijo que aprendió televisión a partir de los consejos del recordado director Martín Clutet: “Escribía, corregía, iba a los ensayos y grabaciones, observaba los movimientos de cámara, trataba de captar los secretos del videotape. Miraba, miraba y así aprendía”.

Con el tiempo y todos los cambios y avatares experimentados por la telenovela, Migré queda en la memoria como cultor de un estilo clásico y generoso en la afirmación de los sentimientos amorosos puestos al servicio de las reglas imperecederas del género: pasiones, suspenso, traiciones, engaños, los buenos y los malos, el romance más allá de las diferencias de edades o de clases sociales. Pero además de llevar a la pantalla referencias radiofónicas (como el aporte del histórico relator Julio César Barton en varias ocasiones), un repaso a algunos de sus grandes obras muestra a Migré como un creador tan sensible al gusto popular como capaz de encarar giros sorprendentes.

En tiempos de su definitiva afirmación como autor televisivo (con el éxito de “Su comedia favorita”, con Guillermo Bredeston y Nora Cárpena, en 1964), ensayó para “En casa de los Videla” un escarceo entre un hijo legítimo y una hija adoptiva del matrimonio central. Y en “Rolando Rivas, taxista” (1972), verdadera bisagra de la historia de la telenovela que paralizaba al país cada martes por la noche, se anticipó al costumbrismo hoy en boga con una auténtica historia de sabor barrial porteño y acercó la realidad al melodrama (un hermano del protagonista, guerrillero, muere en un enfrentamiento con la policía).

Desde allí, gracias a su olfato para elegir parejas protagónicas, a la fidelidad a un grupo de actores y actrices secundarios de raza (China Zorrilla por sobre todo, pero también Susy Kent, Antuco Telesca, Dora Ferreiro, Paquita Más, Mabel Pesén y María Elena Sagrera, entre muchísimos otros) y a la pintura de villanas antológicas (como la Matilde de Leonor Benedetto en “Rolando Rivas”) fue amo y señor del rating en las décadas de 1970 y 1980.

En “Dos a quererse”, con García Satur y Thelma Biral, sumó los poemas de Julia Prilutzky Farny casi como un personaje más; en “Piel naranja”, con Arnaldo André y Marilina Ross, abandonó el final feliz con un desenlace trágico que pocos olvidan; en “Pobre diabla”, con André y Soledad Silveyra, aportó toques de comedia brillante.

Vivió más tarde otros éxitos (“Sin marido”, que identificó como el mejor trabajo de toda su vida, “La cuñada”, “Pablo en nuestra piel” y “Una voz en el teléfono”) y algunos fracasos como “Fabián 2, Mariana 0”, con André y María Leal, que en 1980 fue señal de un cambio de época. El teleteatro clásico semanal (formato en el que Migré se sentía más cómodo) perdió su lugar en el horario central y se afirmó como tira vespertina, lo que conspiraba contra un método de trabajo indelegable: Migré prefería trabajar solo y nunca simpatizó con la idea del equipo autoral, hoy afirmada.

En los últimos años se volcó al rescate del radioteatro (“busqué recuperar una profesión que había desaparecido y todos me miraban como a un loco”, dijo), a recibir homenajes, a polemizar sobre el estado de la TV y a alentar el trabajo de los autores desde la presidencia de Argentores, que ejerció hasta anteayer. En el Panteón de Actores de la Chacarita, hoy, a las 11, recibirán sepultura los restos de quien decía que sólo un poco de buen amor salvará al mundo.

Por Marcelo Stiletano
De la Redacción de LA NACION

Sus mayores éxitos

“Piel naranja” (1975): Marilina Ross y Arnaldo André protagonizaron una historia de amor prohibido que terminó trágicamente y rompió las reglas clásicas del final feliz. Con China Zorrilla y Raúl Rossi, más un término que hizo historia en boca de André: “Rohayhu”.

“Rolando Rivas, taxista” (1972): la novela que marcó un antes y un después en la historia del género local, el romance entre un taxista (C. García Satur) y una joven de la alta sociedad (Soledad Silveyra) que atrapaba a multitudes y en el que cada semana aparecía un famoso subiéndose al taxi del protagonista. El primer capítulo, con Nélida Lobato, será repuesto mañana por el canal de cable Volver, en un homenaje a Migré que se iniciará a las 17.

“Una voz en el teléfono” (1990): Raúl Taibo y Carolina Papaleo en el último gran éxito de Migré y de su colaboración con Alejandro Romay.

“Pablo en nuestra piel” (1977): con María del Carmen Valenzuela y Arturo Puig, otra fructífera muestra del olfato de Migré para elegir grandes parejas protagónicas.

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