Libia: el difícil camino de la Revolución Árabe.

Por Carlos Miranda para Alternativa Socialista. Periódico del MST – Mov. Socialista de los Trabajadores en Proyecto Sur.

Muerte y sangre. Espesas columnas de humo, destrucción, hierros retorcidos. Desesperación. La vida trastornada. A pesar de los festejos, la guerra -tanto la convencional como la civil- y las revoluciones son una tragedia humana, muchas veces inevitable; y en el caso de las revoluciones, indudablemente necesarias. El pueblo libio está pagando con este drama el precio de sacarse de encima décadas de opresión, humillación y entrega que se habían vuelto intolerables. Un drama que los festejos por la caída de Muamar el Gadafi no cerrarán. Por el contrario, la participación directa de la OTAN (Organización del Tratado Atlántico Norte) con su carga de cinismo tan mortal como sus bombas, hará el camino a la liberación mucho más difícil y complejo que en Túnez o Egipto. Y ahora las fuerzas imperialistas apuntan con su cinismo al pueblo rebelde. Cuando finalice el capítulo Gadafi, se iniciará una nueva prueba para la revolución libia.

Para los socialistas revolucionarios no se trata de posicionarse desde la perspectiva de un pacifismo estéril e impotente. La violencia sigue siendo, como dijo Carlos Marx, la partera de la historia. Se trata de comprender el momento histórico, las necesidades y objetivos del movimiento que -despertando después de años de opresión- ya no piensa en volver atrás, sin importar el precio que tenga que pagar; un movimiento sin duda heroico. Se trata de entender las fuerzas en disputa, los objetivos de cada fuerza y sobre todo los planes de sus direcciones políticas que, no está de más decir, tienen objetivos que van más allá o muchas veces son distintos de los que levantan los movimientos que aquellas direcciones conducen o intentan conducir. Se trata de comprender para, posicionados desde el campo de la revolución, avanzar en la construcción de una dirección que exprese verdaderamente las necesidades presentes e históricas de los procesos revolucionarios.

Si nos ubicamos primero en Bengazi y luego en Trípoli, los socialistas revolucionarios no podremos menos que festejar. En una, el principio de la rebelión; en la otra, el fin de Gadafi y de su régimen.

Pero es un momento de festejo por cierto empañado y que debe ser reflexivo. Un festejo que obliga a desnudar la trama interna, las intenciones y políticas de cada una de las direcciones actuantes en el conflicto. De lo contrario, seremos cómplices de un desenlace no buscado ni querido por el movimiento popular: un desenlace que intentarán imponer las fuerzas de la OTAN junto a sus gestores internos. A no ser que haya quienes piensen que la intervención militar y política de la fuerzas del imperio es progresiva para la Revolución Árabe.

Esta ilusión, con sus matices, sin ningún fundamento serio, excepto la propia propaganda imperialista, ha provocado ya demasiadas derrotas a la revolución internacional.

Bengazi y el capítulo libio de la Revolución Árabe

El 2010 amaneció esperan-zador. No había terminado enero cuando irrumpió la revolución en Túnez, arrasando a la camarilla de Ben Alí. La euforia en el Magreb contagió al país más grande de la región, al que tiene una clase obrera más estructu-rada y combativa, al de más tradición política y cultural: Egipto. Este siguió el camino de Túnez y terminó con el sanguinario Mubarak.

Como todo proceso revolucionario, enseguida tuvo un nombre con perfume a futuro: Primavera Árabe, se lo llamó. A futuro y también a esas características pacíficas entre comillas de los procesos revolucionarios que en sus inicios son tan parecidos a la ingenuidad. Cuando los pueblos insurrectos todavía son generosos hasta con sus propios verdugos. A Mubarak, por ejemplo, le han dado un derecho que él le negó a los luchadores egipcios durante años: el de defenderse ante un tribunal. Pero la revolución tunecina y egipcia es, además de democrática, una revolución nacional. Es decir, una Revolución Árabe. Y toda la región estalló.

En Libia hubo algunas manifestaciones en Trípoli que pronto fueron acalladas, pero Bengazi, con su tradición de oposición a Gadafi, con sus diez mil asesinados, con sus miles de presos políticos, se puso de pie.

El movimiento tenía las mismas características que los anteriores y si había sido posible en ellos, ¿por qué no en Libia? Como nos dijo en Túnez un entrañable amigo, editor de la sección Medio Oriente de rebelión.org: “Se perdió el miedo”. Y las masas sin miedo salieron a la calle y ya no volverían atrás.

En el principio, los primeros voceros de las manifestaciones eran las familias de los presos políticos y los asesinados o desaparecidos de Bengazi y la figura más emblemática un abogado defensor de los derechos humanos.

La sorpresa que tomó desprevenidos a Ben Alí y a Mubarak se había evaporado. Gadafi había tenido tiempo para pensar en cómo responder; lo que no contaba era con la decisión de ese pueblo.

Cuando luego de la enésima represión sangrienta el dictador buscaba aplastar a sangre y fuego la rebelión, ésta se convirtió en guerra civil. Y lo que comenzó igual que en Túnez y en Egipto habría de desarrollarse de manera distinta.

Las características de la Revolución Árabe y la especificidad libia

La Revolución Árabe responde a los esquemas clásicos de las revoluciones democráticas de la época imperialista. Aunque son, indudablemente, revoluciones de nuevo tipo al haber desaparecido el colosal obstáculo que para el movimiento de masas significaba el stalinismo internacional, y al darse en una coyuntura internacional de crisis imperialista aguda. Pero ellas tienen claves similares en su desarrollo y lógica interna.

La fase actual de este proceso revolucionario es popular. Aunque en los países más avanzados ha habido una participación clave de la clase obrera para que estas triunfaran, como por ejemplo en Egipto y en menor medida en Túnez.

Sin embargo, el proceso de conjunto es hegemonizado, por ahora, por sectores populares marginados, medios y medios altos. Mientras tanto, la dirección del proceso es heterogénea y controlada hoy en día por las expresiones más conservadoras y reaccionarias de esos sectores sociales. En el caso de Egipto, las Fuerzas Armadas intentan apropiarse del triunfo popular para desviarlo. En Libia, el proceso fue mucho más complejo.

Al convertirse en guerra civil, eso significó que existieran claramente dos centros, con base geográfica y territorial y con dos gobiernos. Entretanto, la revolución libia seguía el modelo de Túnez y Egipto. Con sus movilizaciones masivas se fueron construyendo órganos de dirección, apoyados en los viejos consejos populares renovados, los que derivaron en el actual Consejo Nacional Transitorio (CNT). A ellos se suman oficiales del ejército libio que desertan y altos funcionarios del régimen de Gadafi, como el ex ministro de Justicia que hoy en día es según la gran prensa el “presidente” -otros lo llaman vocero- del CNT, Mustafá Abdel Yalil.

Es importante conocer al personaje: Yalil es un dirigente formado en Europa. Diseñó los planes de privatización y “modernización” de Libia con los que Gadafi sedujo a los gobernantes y las transnacionales imperialistas a las que les entregó el fino petróleo libio, y era, hasta hace cuatro meses, nada menos que ministro de Justicia del dictador. Según las pocas noticias en las que se puede confiar luego de filtrarlas adecuadamente, este hombre -que según cuentan es de modales tranquilos y amables y que construye consensos- representaría el ala más afín al imperialismo europeo.

Es evidente que existen otros sectores tanto laicos como religiosos que comparten la dirección, pero que son minoritarios en el CNT; entre tanto, no hay que descartar que también puedan existir sectores de la dirección consecuentemente revolucionarios, sobre todo entre los que se encuentran directamente en el campo de batalla.

Como en todo proceso revolucionario heterogéneo, el movimiento que lo impulsa, que le da energía, es genuinamente revolucionario y está unido por un programa mínimo. Pero muchas de las direcciones que cabalgan esos procesos lo hacen desde el principio para poder domesticarlos, detenerlos y derrotarlos. Ya no se volverá al punto de partida, es cierto, pero esos dirigentes pretenden que no se continúe extendiendo la revolución y, de serles posible, derrotarla. Los que aparecen como dirección mayoritaria del CNT, junto con la intervención de la OTAN, tienen ese objetivo.

La guerra civil y la intervención de la OTAN

En los primeros momentos la resistencia rebelde partió al ejército regular, por otra parte muy mal armado y entrenado.

Gadafi, desconfiando del ejército regular, había delegado su seguridad en las divisiones especiales comandadas por sus hijos. Pero recuperados de los primeros fracasos, las tropas del dictador rodearon Bengazi.

Hoy es difícil recordar desde dónde surgió por primera vez la idea de la zona aérea de exclusión. Revisando los periódicos de marzo no se puede encontrar con claridad si fue desde el campo de la rebelión o desde los propios países imperialistas. Sin embargo, es cierto que en los primeros debates que se dieron entre los rebeldes había unanimidad sobre que no querían tropas extranjeras. Vino primero el pedido de armas, que fue rechazado. Y luego la campaña internacional de que los rebeldes eran desordenados, indisciplinados y que no podrían nunca vencer a un ejército regular ni menos a las divisiones especiales de los hijos del dictador. Así se iba creando desde la gran prensa la necesidad de la intervención.

Hay hoy un debate inútil sobre la cantidad de bombas que la OTAN lanzó sobre Libia: si esta es mayor o menor que las lanzadas sobre Irak, o sobre Afganistán, o sobre Kosovo. El tema es que la OTAN, apoyada en el que ahora llaman “presidente” del CNT, intervino y demostró su capacidad de fuego, bombardeando inclusive al bando rebelde. Podría haber sido distinto. Sí, pero se necesitaba otra dirección. Una que estuviera dispuesta a lanzar un llamado de ayuda activa y militante a los pueblos árabes, sin depositar ninguna confianza en sus gobiernos. Una que exigiera armas a todos los países por el simple hecho de que las necesitaba para defenderse. Una dirección que abriera sus brazos a miles de combatientes que hubieran estado dispuestos a acompañar a los rebeldes libios en su sacrificada lucha.

Hacía falta una dirección revolucionaria, en definitiva, que no existía por ahora en Libia, en gran medida por la matanza permanente de opositores por parte de Gadafi. No en vano uno de los comentarios primeros sobre la oposición en Libia era que “descansaba bajo las arenas del desierto”. Pero al intervenir militarmente la OTAN bajo el manto de supuesta legitimidad que le dio el pedido del CNT, los gobiernos imperialistas que la controlan -en especial Francia- se han convertido en un actor político de primer orden en el diseño del futuro de Libia. Por eso se fortalece en su objetivo central de intentar detener y derrotar el impulso de la revolución en la región.

Uno de los obstáculos fundamentales que deberá vencer la Revolución Árabe es el que hoy le impone la presencia de la OTAN.

La lucha por la libertad que lleva adelante el pueblo insurrecto en Libia chocará de frente con la política contrarrevolucionaria del imperialismo.

Esa es la prueba de fuego que le espera a este capítulo de la Revolución Árabe.

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