Trumanshow

Revista Ñ

El estreno del filme "Capote", que llega aquí en marzo, provocó reediciones de sus libros, en primer lugar la novela "A sangre fría", sobre un asesinato múltiple en Kansas. Y vuelve la discusión sobre los métodos que usó para conseguir de uno de los asesinos el relato del crimen. Aquí, una valoración de su estilo, la "non fiction", y una entrevista al director de la película.

GABRIELA ESQUIVADA.
En la vida de Truman Capote no hubo mejor año que 1966.

A fines del anterior había publicado A sangre fría —una "novela sin ficción", como bautizó el género, sobre una familia masacrada y sus asesinos— y había alcanzado la celebridad literaria. Si antes había vivido decorosamente de los derechos cinematográficos de su novela Desayuno en Tiffany”s y de sus textos para el semanario The New Yorker, ahora el dinero había comenzado a lloverle. Dejó la casa que compartía con su compañero Jack Dunphy, en Brooklyn, y compró un departamento en la Quinta Avenida de Manhattan, en el piso 22 del edificio de moda en Nueva York. Cambió su automóvil por un Jaguar descapotable y le regaló a Jack un Ford Falcon. Al firmar un contrato con Random House para un nuevo libro, Plegarias atendidas, recibió un anticipo de 250.000 dólares. El 28 de noviembre ofreció su inolvidable Fiesta en Blanco y Negro, astutamente dedicada a la poderosa dueña de The Washington Post. Quinientos invitados de la alta sociedad asistieron al Hotel Plaza: todos llevaban máscaras (incluido el servicio secreto que custodiaba a la hija del presidente Lyndon Johnson) y vestían, según el arbitrario protocolo, de negro los varones y de blanco las mujeres.

1966 fue el mejor año en la vida del escritor norteamericano Truman Capote, y ya se sabe lo que sucede cuando alguien llega a su punto más alto: sólo le resta el camino del descenso.

Qué motivos provocaron ese viraje es la pregunta detrás de Capote, que acaso le valga a Phillip Seymour Hoffman un Oscar como mejor actor. La crítica le dio un aplauso unánime, y Gerald Clarke, autor de la biografía del escritor en que se basa la película, dijo que Hoffman "ha hecho mucho más que interpretar a Truman: lo ha resucitado".

Benett Miller, un joven director con un solo antecedente (el documental The Cruise), y Dan Futterman, un guionista debutante, decidieron ignorar la historia completa de Capote y centraron su relato en la investigación y la escritura de A sangre fría, cinco años que encierran la clave que ilumina el pasado y el futuro del escritor. Eso mismo eligió hacer Douglas McGrath, el director de Infamous, otra película sobre Capote que se estrenará en octubre próximo. El cineasta se basó en Truman Capote —donde varios amigos, enemigos, conocidos y detractores recuerdan su turbulenta carrera—, libro de George Plimpton. Acostumbrado a los grandes elencos —dirigió Nicholas Nickelby y Emma—, McGrath dispuso de 3,6 millones de dólares para que Gwyneth Paltrow abriera la película como Miss Peggy Lee cantando This Thing Called Love. Sandra Bullock, Sigourney Weaver, Jeff Daniels, Isabella Rosellini y otros acompañan a Toby Jones, a cargo del personaje principal.

Capote se estrenó en los Estados Unidos el 30 de setiembre pasado, cuando el escritor habría cumplido 81 años si no hubiera muerto el 25 de agosto de 1984 por un exceso de barbitúricos y analgésicos. De inmediato A sangre fría regresó a las listas de best-séllers, una nueva edición con la estampa de Hoffman en la tapa, y Random House exhumó, entre los papeles hallados en la casa de Brooklyn y subastados en Sotheby”s, una novela que Capote escribió durante su adolescencia, Summer Crossing, y que nunca había querido publicar. Aunque predecible, la narración muestra la capacidad de Capote para observar, como un antropólogo social, las costumbres urbanas. Grady McNeil —un ensayo de la Holly Golightly de Desayuno en Tiffany”s—, joven rica de dieciocho años, se queda sola en su piso de la Quinta Avenida mientras su padre y su madre veranean tres meses en un crucero. El título evoca esa travesía veraniega y juega también con el cruce de dos mundos que sucederá cuando Grady se declare enamorada de Clyde Manzer, empleado de un estacionamiento, veterano de la Segunda Guerra Mundial, judío, pobre y vecino de Brooklyn. Entre los amigos vulgares, la imposible familia y la virilidad irresistible de Clyde, la adolescente pierde la cabeza. A lo largo del peligroso camino que toma Grady, Capote describe —amorosa, poéticamente— la ciudad de Nueva York.

Dos películas, dos libros. A cuatro décadas de aquel resplandeciente 1966, parece que Capote volverá a tener un gran año.

El 15 de noviembre de 1959 Perry Smith y Dick Hickock llegaron a la granja de los Clutter, en Holcomb, Kansas, típico paisaje del interior norteamericano: trigo, defensores de la abstención sexual y alcohólica, iglesias, votantes de los republicanos. "Como las aguas del río, como los automovilistas de la autopista y los trenes amarillos que bajan serpenteando por las vías del Santa Fe, el drama, en forma de acontecimiento excepcional, nunca se había detenido allí", escribiría luego Capote. Pero ese día Holcomb fue noticia porque Smith y Hickock, sin dar con el dinero que buscaban, pusieron una bala en la cabeza de cada miembro de la familia Clutter.

En la pantalla, Hoffman modula una increíble voz de pito, con acento del sur y morosidad artificiosa, ante unos policías que, imbuidos de los valores del oeste norteamericano, entre los que no sobresale la tolerancia, se espantan ante el extravagante atuendo que proclama —como si hiciera falta— la homosexualidad del enviado de The New Yorker. No lo reducen a patadas porque prefieren dedicar su tiempo a la investigación de ese caso inverosímil en un pueblo donde todos se conocen. Sólo la paciencia y la atención a las costumbres locales que muestra Nelle Harper Lee, la futura autora de Matar a un ruiseñor (interpretada por Catherine Keener), consigue que Capote penetre en la historia.

Las puertas de Holcomb se van abriendo y un día de diciembre dos sospechosos del crimen son arrestados en Las Vegas. Capote comprende que su reportaje ha cambiado: ahora debe reconstruir las vidas de las víctimas y los victimarios, y el aciago cruce de sus caminos en Kansas. Cuando llevan a los asesinos ante el juez, la mirada de Smith (interpretado por Clifton Collins, Jr.) encuentra la de Capote. El flechazo inquieta a Harper Lee.

—¿Cree usted que el vínculo entre Truman y Perry era amor? —le preguntaron a Hoffman en el Festival de Cine de Nueva York.

—El amor —respondió— se presenta en diferentes formas. ¿Qué clase de amor los unía? Creo que se trataba de identificación.

Su personaje lo dice, en una línea memorable del guión: "Es como si Perry y yo hubiésemos crecido en la misma casa. Y un día él salió por la puerta de atrás y yo por la de adelante".

Ambos habían sido abandonados en la niñez —Capote vivió con diferentes familiares, Smith en internados—; ambos habían crecido con la necesidad de probar —o probarse— que eran alguien; ambos se hundían en una soledad abismal donde no existía otro tema que ellos mismos.

—Cada uno se ve en el otro, a la vez tan diferente —siguió Hoffman—: eso los fascina y los lleva a la intimidad. Truman necesitaba romper la coraza de Perry, mantener ese canal abierto durante años para que le contara cómo habían sido los asesinatos, y creo que el subproducto de eso fue el amor. Tras la ejecución, Truman atravesó un profundo duelo.

Como si el escándalo de la periodista Judit Miller y su relación con fuentes de la Casa Blanca hubiera sucedido en Marte, en los Estados Unidos se discutió mucho sobre la ética de Capote, quien pagó abogados, sobornó autoridades de la prisión, escribió cartas e hizo regalos para ganar la confianza de Smith y traicionarla en un libro. El guionista Futterman ha citado en varias entrevistas la famosa frase con que Janet Malcolm abrió su libro El periodista y el asesino: "Todo periodista que no sea tan estúpido o arrogante como para ignorar cómo son las cosas, sabe que su tarea es moralmente indefendible". Hoffman, mucho más comprensivo, encarna sin juzgar la ambivalencia ética de Capote. Es la tradición de William Faulkner: "Un buen artista será completamente despiadado".

Y despiadado es el Capote que compone Hoffman, ansioso por poner un final al libro, lo cual implica la ejecución de Smith y Hickock. Pero los condenados apelan y apelan —"me están torturando", se lamenta ante Harper Lee—, y el desenlace se posterga. ("Tengo que liberarme del libro pase lo que pase. Casi diría que ya no me importa un huevo lo que suceda. Acabaré volviéndome loco", le escribió a un amigo, según la biografía de Clarke.) Por dos años Capote sufre, seguro de tener en sus manos su obra maestra —"cuando pienso en lo extraordinario que será este libro, se me corta la respiración", dice— imposible de terminar. Deja de enviarle libros a Smith y de responder a sus cartas. Con un telegrama se sacude un último pedido de ayuda: "Querido Perry. No puedo visitarte hoy porque no está permitido. Tu siempre amigo. Truman".

También Infamous recoge la idea de Capote según la cual el escritor debe servirse de todo, como el buitre de la carroña. "No pueden siquiera imaginarse mi agonía. Trabajé en este libro cuatro años, incesantemente, dejando todo mi ser… Y ahora debo esperar así, impedido de publicar lo que he escrito, hasta que los cuelguen", dice el Capote de Jones, bebe un trago y concluye: "No veo la hora".

—¿Le dejó heridas encarnar a un personaje tan oscuro? —le preguntaron a Hoffman en el NYFF.

—No. Pero me dejó exhausto. Un actor debe entender, debe perdonar a su personaje, anular su propio sentido crítico. Creo que él necesitaba que los asesinos muriesen por muchas razones, todas alrededor del libro. ¿Acaso podía publicarlo si ellos vivían? Hubieran podido leerlo, y refutarlo. Dentro de Capote bullían a la vez el dolor, la ambición, la culpa, el deseo… Precisamente esa tragedia interior me conquistó. Murió a los 59 años, solo, intoxicado, sin haber podido terminar nunca otro libro.

"Nadie sabrá nunca lo que A sangre fría se llevó de mí", cita Clarke a Capote. Su abuso del alcohol y las drogas escaló violentamente, y en general su vida se volvió más temeraria. Gore Vidal lo demandó —ya lo había hecho Marlon Brando— por contar cómo lo echaron de la Casa Blanca, borracho, de los fondillos. Sus amigos ricos y famosos se enfurecieron con él, y lo aislaron como a un paria, cuando "La CÉte Basque", un capítulo de la inconclusa Plegarias atendidas, apareció en la revista Esquire: muchos vieron allí, apenas disimuladas, sus propias historias. Sólo consiguió reunir los artículos que conforman Música para camaleones y renegociar una y otra vez el contrato por la novela cuyo título sale de una frase atribuida a Santa Teresa: "Más lágrimas se vierten por las plegarias atendidas que por las desoídas". Acaso hablaba —una vez más— de sí mismo, y esas lágrimas fueron las que derramó por A sangre fría.

 

Capote básico

 

NUEVA ORLEANS, 1924.
LOS ANGELES, 1984

Lilie Mae Faulk tenía 18 años cuando dio a luz a Truman. El padre, Arch Persons, de 27, mandó a la mujer y a su hijo al pueblo de Monroeville, Alabama, y se desligó de ellos. La madre se casó con el cubano Capote García, que dio su apellido al chico. Truman Capote estudió en la Trinity School de Nueva York y a los 17 años comenzó a trabajar en el semanario The New Yorker. Se convirtió en un escritor de fama en la elite neoyorquina con Otras voces, otros ámbitos, a los 23 años. En diez años había cultivado tanto las amistades importantes que pudo escribir una novela en la que retrataba la soledad encubierta por el brillo en la clase alta. La historia se llamó Desayuno en Tiffany”s (1958). Al año siguiente comenzó la investigación del asesinato de una familia de granjeros en Kansas que le permitió publicar A sangre fría (1965), considerada la pieza clave del estilo llamado "no ficción" que le dio fama y mucho dinero. La publicación de Plegarias atendidas le cerró las puertas de los ambientes exclusivos de la ciudad: notables personajes se sintieron reflejados en el libro. Tras pasar por varios hospitales, por sus descomunales ingestas de barbitúricos y alcohol, murió en la casa de amigos, en Los Angeles. No quiso que llamaran a los médicos.

 

 

La trampa de la no ficción

ME PARECE
JORGE AULICINO PERIODISTA Y ESCRITOR.

A sangre fría fue un giro menos radical de lo que parece en la narrativa de Truman Capote. Significa, eso es verdad, un desvío considerable. Capote no sólo era un niño terrible del llamado jet set neoyorquino, un bufón malicioso y estridente cuyas insolencias eran toleradas en nombre de su increíble talento; era además un narrador cuyo leit motiv lo constituía su propia biografía.

Podrá decirse que difícilmente un narrador logre escapar de sus experiencias vitales, cualesquiera sean. Escapan mucho menos de ellas los narradores que los poetas, a pesar de que se suele creer lo contrario. Sin embargo, la huella de la infancia en Alabama, de la semiorfandad paterna y del choque del sureño homosexual con la aristocracia bastarda de Nueva York no sólo son visibles, son explícitas en la obra de Capote, una rara combinación de espíritu proustiano y de precisión yanqui —sobre todo en los diálogos—, lo que da por resultado una prosa elegante y corrosiva.

Periodista del sofisticado New Yorker, no sabemos con cuánto interés llegó a Holcomb pero allí avisoró, tampoco sabemos cómo —tal vez cuando se enamoró del asesino Perry Smith—, un estilo distinto: la no ficción. Distinto, pero no nuevo en el mundo; aquí, con menos bambolla, lo había probado Rodolfo Walsh en Operación masacre (1957). Ambos libros aparecieron cuando sus protagonistas estaban muertos. Dicen que Walsh se encogía de hombros cuando alguien le preguntaba cómo supo que tal o cual detalle escrito en Operación masacre había sido así en la realidad. David Carr escribió en el New York Times, a propósito de Capote: "El periodista se sienta frente al sujeto, todo oídos, para ayudar al sujeto a contar su historia. Pero la historia que se cuenta es la que el escritor elige contar. Y una vez que la escritura llega a la página, se desencadena el infierno". Esta es la mejor definición de la non fiction que conozco. Y tal vez de todo el llamado nuevo periodismo.

 

Cuatro disparos que acabaron con seis vidas


ASI ESCRIBE

Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos —en realidad pocos habitantes de Kansas— habían oído hablar de Holcomb. Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del pueblo —doscientos setenta— estaban satisfechos de que así fuera, contentos de existir de forma ordinaria… trabajar, cazar, ver la televisión, ir a los actos de la escuela, a los ensayos del coro y a las reuniones del club.

Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb… con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido… cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta entonces suficientemente confiada como para no echar llave por la noche, descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez… esas sombrías explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran.

(De A sangre fría, la novela publicada en 1965)

 

Ficha

DIRECTOR: BENNETT MILLER
ELENCO: PHILIP SEYMOUR HOFFMAN, CATHERINE KEENER, CLIFTON COLLINS JR. Y OTROS
ORIGEN: ESTADOS UNIDOS
ESTRENO EN LA ARGENTINA:
2 DE MARZO

 
 
 
 
 
 
 
 
 

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