Carnaval toda la vida

Ciudad.com
 
Flavio Mandinga —ex integrante de Los Cadillacs— hoy toca gratis en el corso de Av de Mayo e Hipólito Irigoyen. Cronograma de los festejos porteños de domingo, lunes y martes.
Contando hoy, quedan sólo tres días locos para vivir el Carnaval. El martes a las 23 le bajan la persiana a los últimos corsos y habrá que esperar hasta el año que viene para volver a apretar el pomo.
Como consuelo queda que, al menos lunes y martes se le puede seguir dando a la matraca, más allá que no sean días feriados como en otras épocas.
Dejando la nostalgia de lado, y antes de que se haga tarde, hoy a las 22 toca gratis Flavio Cianciarulo. El ex integrante de los Cadillacs se sube al escenario del corso de Av de Mayo e Hipólito Irigoyen.

Flavio Mandinga Project(así se llama su banda) recorrerá canciones de sus dos discos, seguramente con mayor

predominancia del segundo —Sonidero—, donde Cianciarulo vuelve a hacer ska en temas como 1985, reggae como en la dulce Kamaroncitos y Tus lágrimas. Pero eso no quita que también rapee y hasta se sume al reggaeton.

Pero la fiesta no termina en el corso de Avenida de Mayo, los que no puedan darse una vuelta por allí podrán encontrar alguna alternativa cerca de sus casas. El cronograma completo se puede consultar haciendo clic en el siguiente cuadro.

 
 
 
 
 
Clarín
EL GOLPE DEL HURACAN: AUN HAY AUTOS VOLCADOS, ARBOLES SECOS Y GRANDES BASURALES

Carnaval en Nueva Orleans sobre los escombros que dejó el Katrina

 

El Mardi Gras, la gran fiesta carnavalera, se hace, pero los efectos del huracán no se han borrado. Hay gente que jamás recuperó lo perdido y muchos músicos se han ido. Clarín visitó la cudad destruida.

Ana Baron. NUEVA ORLEANS ENVIADA ESPECIAL
abaron@clarin.com

Seis meses después de que el huracán Katrina sumergió a más de la mitad de la ciudad y provocó pérdidas humanas y materiales trágicas, viajar a Nueva Orleans, en pleno Mardi Gras, un carnaval tan famoso como el de Río de Janeiro, es como subir a una montaña rusa que va del cielo al infierno y del infierno al cielo en cuestión de segundos.

De repente uno puede encontrarse bailando al compás de una banda de jazz en medio de una comparsa. Pero un instante después llega el terrible recordatorio. En el desfile de las majestuosas carrozas hay una totalmente vacía en recuerdo de los 1.300 muertos. Una afroamericana, parada junto a esta enviada, pasa de la risa y la excitación al llanto: "Perdí todo, absolutamente todo. Casa, auto. Pero lo que más me duele son las fotos de mi hija que se acababa de graduar. Nos costó mucho esa graduación. Perdimos hasta su diploma", dice.

Del corazón del French Quarter, el famoso y pintoresco barrio francés, al Distrito 9 hay menos de quince minutos en auto. Pero en el corto viaje se pasa del estilo y la elegancia de las viejas mansiones coloniales, cuyos balcones siguen cubiertos de malvones rojos, a una especie de gran basurero donde sus pequeñas casas de madera son hoy sólo escombros. Polvo y espanto. Hay autos retorcidos y dados vuelta como si hubiesen sido juguetes. Un sillón quedó colgado de un poste de electricidad.

Mientras las bandas de jazz siguen alegrando la vida de los turistas que transitan por la famosa Boubon Street o Jackson Square como si nada hubiera pasado, en el Distrito 9, donde vivía el núcleo de la comunidad afroamericana, impera el mismo silencio que se escucha, sordo, en los cementerios. En las pocas fachadas de las casas que el agua no logró desintegrar, figura el número de los habitantes que las fuerzas de seguridad hallaron muertos: ahogados o, desesperados, por un ataque al corazón. "Aquí tenía la casa mi hija", me dice John Moose, un pescador afroamericano que llora sin consuelo. "Para mí es difícil, muy difícil festejar este año el carnaval".

El choque se siente en cuanto uno aterriza en el aeropuerto de Nueva Orleans. Allí, con los turistas que llegan vestidos con shorts decididos a divertirse en el carnaval, también vienen funcionarios del gobierno federal vestidos con saco y corbata, con portafolios llenos de papeles, pero sin la ayuda que la ciudad espera desesperadamente desde hace 6 meses.

Por la autopista que une el aeropuerto con la ciudad, los primeros testigos de la tragedia son los árboles. Tras el huracán los pocos que lograron permanecer en pie, siguen cubiertos de barro. La gran mayoría están muertos y parecen espectros de una película de terror con sus ramas torcidas y secas. Pero también hay algunos en los se ven crecer pequeñas hojas verdes. No hay muchos pero simbolizan que pese a los más de 1.300 muertos, las 80.000 casas destruidas, los miles de afroamericanos desplazados y la profunda vergüenza de un gobierno que no supo proteger a su población, Nueva Orleans no está dispuesta a morir.

Si bien casi 70% de la ciudad fue destruida o seriamente dañada por las aguas que desbordaron los diques del lago Pontchartrain el 29 de agosto pasado, hay 30% que logró sobrevivir y que sigue luchando por mantener vivo el espíritu de la ciudad: la cultura del jazz y los sabores de la cocina cajun, la literatura de William Faulkner, el vudú de Marie Laveau y la magia del Mardi Gras que todos los años genera importantes ingresos, vitales para la vida de esta ciudad.

Pero este año es diferente, muy diferente. "Mientras que el Mardi Gras del 2005 aportó 300 millones de dólares ahora se espera mucho menos. Tradicionalmente desfilan unas 34 comparsas, pero esta semana tendré sólo 28 y el carnaval en vez de durar 11 días durará sólo 8", me explica Dennis McClosky, un empresario de 71 años que pertenece a Rex, uno de los clubes sociales más antiguos y aristocráticos de Nueva Orleans. Todos los años McClosky junto a un compañero son los encargados de organizar las comparsas del último día del Mardi Gras, que es el martes próximo.

El miércoles pasado, McClosky bailaba después de almuerzo en la esquina de Royal y la St. Louis, frente a un bar llamado Touche donde tocaba una banda de jazz extraordinaria. "Yo perdí mi casa, mis muebles, mis objetos queridos. Todo. ¿Qué quiere, que siga llorando? No. Yo ya lloré demasiado. Afortunadamente tengo una segunda casa y tengo a mi hija. Entonces quiero volver a reírme. Y sobre todo no quiero que se pierda el Mardi Gras. Nueva Orleans sin Mardi Gras no es Nueva Orleans", dice. "Además, tiene que tener en cuenta que Mardi Gras es para nosotros una gran fuente de ingresos".

No todos están de acuerdo. John Moose, que perdió a su hija en el Distrito 9, considera que el Carnaval beneficiará sólo a los que no necesitan ayuda. "Pasa siempre lo mismo —me dice—: el día del huracán los únicos que no pudimos evacuar fuimos nosotros ¿adónde podíamos ir? La mayoría terminó en el Superdome, pero usted vio lo que pasó…"

"¿Mardi Gras? ¿Usted está bromeando? En vez de gastar en carruajes, disfraces, máscaras, podrían darnos la plata para construir casas. Yo no sólo perdí mi casa sino a mi familia. Mi hija se tuvo que ir a Houston con una tía, mi hijo está con un tío en Virginia. Y yo estoy viviendo aquí en una casa rodante", me dice Virginia Baker que vive en Lakeview, otro de los barrios muy afectados. "Dijeron que nos iban a ayudar, pero yo no veo la plata que prometieron. Así como nos fallaron el día del huracán van a volver a fallarnos".

Todas las noches las familias de Nueva Orleans cumplen con la tradición y se colocan desde muy temprano a lo largo del boulevard St. Charles. Las carrozas, majestuosas, comienzan a desfilar a partir de las 17. Sus pasajeros, disfrazados de reyes o princesas, dioses o diablos, personajes de mitología griega o del mundo actual, lanzan a la gente collares de colores que brillan en la noche. Chicos y grandes se pelean para agarrarlos en el aire como si fuera la sortija de la calesita. Es infantil, pero es divertido. Hay gritos y risas. Hot dogs, hamburguesas y mucha cerveza. Pero nada ni nadie puede evitar la triste presencia de los ausentes. El jueves la carroza que más aplausos tuvo fue una que decía en su parte posterior: "Lloramos a nuestros muertos. Celebramos la vida, pero no olvidamos".

De todas las bandas de las escuelas que tocaron las últimas cuatro noches, la que más emocionó fue MAX, iniciales de Saint Mary, Saint Agustín y Saint Xavier, tres escuelas católicas de niños afroamericanos que se fusionaron porque dos de ellas quedaron destruidas y más de la mitad de los maestros emigraron al perder sus casas.

Basta recorrer las calles del centro de Nueva Orleans para descubrir que de una manera u otra toda la vida de la ciudad fue afecta da. Es imposible conseguir habitaciones en los grandes hoteles porque la gran mayoría las tiene ocupadas por gente —incluyendo sus propios empleados— que perdió las casas y no tiene dónde ir. "Yo estoy viviendo en el primer piso", dijo Marisa, una nicaragüense que limpia los cuartos del Hotel Marriot, donde esta enviada está alojada. Por cada negocio abierto hay por lo menos cinco cerrados. "Muchísima gente se fue después del huracán y aún no volvió", explicó a Clarín Leslie, una chica que vende recuerdos en una tienda de Jackson Square en el French Quarter. Si bien el célebre Du Monde sigue abierto y se puede tomar café con buñuelos las 24 horas, en la vereda hay menos bandas de jazz. "Los músicos vivían en Lake View o en el Distrito 9 y perdieron todo", dice uno de los mozos. Una gran pérdida en el barrio es Preservation Hall, la meca del jazz aquí y que cerró por falta de músicos. "El show tiene que continuar", dijo a esta enviada McClosky. Pero sin músicos resulta difícil. Y nadie sabe ni cuándo ni cómo podrán volver.

 
CUATRO DIAS A PURA FIESTA

Brasil: en las principales ciudades comenzaron los desfiles en los sambódromos.

Eleonora Gosman. SAN PABLO. CORRESPONSAL
egosman@clarin.com

Para quienes viven en Brasil, el Carnaval es un rito religioso. Y hay que cumplirlo a rajatabla durante cuatro días. Carrozas cada vez más sofisticadas, mujeres exuberantes con pechos y nalgas exhibidos sin pudor, trajes de fantasía que relucen bajo las luces de los "sambódromos" y canciones alegóricas, se combinan con mensajes sociales y políticos. Es una mezcla abigarrada que se puede observar con la misma intensidad en Río de Janeiro, en San Pablo, en Salvador y en Olinda, por mencionar solo alguno de los más célebres carnavales brasileños.

Pero este es un año particular para el carnaval brasileño. Vienen las elecciones nacionales en octubre próximo, lo que politizó a grado extremo las fiestas carnavalescas. Ayer, en la capital paulista, desfiló la escola Leandro de Itaquera, que simpatiza sin tapujos con la principal agrupación opositora a Lula da Silva. Entonces, recibió dinero de los cofres públicos para financiar su presentación. Aportaron los fondos los dos precandidatos opositores al presidente brasileño: el intendente paulista José Serra y el gobernador estadual Geraldo Alkmin. A cambio, estos obtuvieron una suerte de propaganda gratuita: dos grandes muñecos con sus imágenes desfilaron ayer con esa comparsa.

Pero este carnaval está impregnado también de fuertes contenidos cristianos. En Río de Janeiro, la escola Mocidade Independente llevó al desfile un tema casi filosófico: "La vida que pedí a Dios". En las carrozas llevaban un enorme cuadro con la figura de Nuestra Señora de Guadalupe y una escultura de María. Pero la Iglesia Católica les puso un límite y bien claro: debían disimular las imágenes religiosas. Para evitar una pelea con la curia, los dirigentes de la escola acordaron poner velos para tapar los rostros de las vírgenes.

En Río de Janeiro, Mangueira unió el tema de este Carnaval a las plegarias al desfilar con el canto: "Por qué el samba es mi oración". Otra de las famosas, Beija-Flor, fue con una letra sobre "el Creador que bendijo nuestro suelo".

En San Pablo, en cambio, los temas sociales tuvieron una amplia difusión carnavalesca. La escola Rosas de Ouro trató un tema muy delicado: la diáspora africana. Eligieron representar el drama de la esclavización de los negros en un desfile de personas amarradas por el cuello, que escenificaban negros encadenados y sometidos a latigazos.

"Queremos mostrar la historia real y la crueldad con que fueron tratados históricamente los negros brasileños", explicó a la prensa el mentor del enredo carnavalesco de esa escola, Fábio Borges.

En el Carnaval paulista tuvo un papel destacado la escola Gavioes, que es financiada por la hinchada del club Corinthians, donde actúa Carlos Tévez. El jugador se salvó de desfilar simplemente porque tuvo que viajar para participar con la selección argentina de un amistoso en Europa.

Pero ayer hubo más. Nani Moreira, una espectacular morocha de Mocidade Alegre, se prendió fuego en pleno desfile. Llevaba un traje repleto de plumas y que dejaban al aire su pecho. Desde el hospital, prometió volver a sambar.

A esta altura de la fiesta más popular de Brasil, los autores de los enredos de Carnaval son verdaderos estudiosos. Varios de ellos tuvieron que acudir a obras de filósofos para armar las estrofas de los versos cantados por los participantes de la comparsa. Ellos creen en la rigurosa libertad de pensamiento. De allí que se hayan expresado en contra de toda forma de censura a las escolas.

Paulo Menezes, de la Império Serrano, declaró que "cualquier tipo de restricción a nuestro trabajo es pésimo". Se refería a las interferencias de la Iglesia Católica. Su declaración tuvo respuesta. La obtuvo del teólogo Alberto da Silva Moreira, de la Universidad Católica de Goiás. El estudioso aseguró que es preciso preservar el respeto al sentimiento religioso. Sin embargo, dijo que "no necesariamente las imágenes religiosas son ofensivas". Es una discusión que trascienda las fronteras brasileñas. Pero que ayer, en Brasil, quedó olvidada por un rato: sucede que empezó el Carnaval.

 
 
 
 

FIESTA EN BOLIVIA
 
 EL PRESIDENTE DE BOLIVIA, EVO MORALES, EN EL CARNAVAL DE ORURO. 
 
 
 
 
 

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