FACUNDO QUIROGA ¿Entre los peores?

Revista Viva

El caudillo riojano fue incluido en una serie de personajes que la revista del diario español El País tituló como Los malos de la Historia. Junto a él figuran, entre otros, Rasputín y el Cuco. Un nuevo debate alrededor de El tigre de los llanos.

La figura de El tigre de los llanos sigue dando que hablar a pesar del paso del tiempo. La nota que le dedica la revista semanal del diario El País, de España, es contundente. Facundo Quiroga, el caudillo riojano, fue un hombre tan speluznantemente malo como para integrar su serie La figura de Los malos de la Historia, junto a personajes como Enriqueta Martí, “La vampira del Carrer Ponent, que secuestraba, prostituía y asesinaba a niños en la Barcelona de 1912, para extraerles la sangre, las grasas y el tuétano de los huesos”. O María Tudor (1516-1558), “La reina sanguinaria”; y Tamerlán, “El rostro de la guerra”, el último de los grandes conquistadores nómades de Asia central en el siglo XIV quien, “borracho de poder y sangre, se transformó en un déspota cruel”.O Gregori Yefimovich Rasputín, quien para muchos fue la encarnación del anticristo. Y hasta el mismísimo Cuco, el hombre de la bolsa, o Camuñas, o sacamantecas, que fue en realidad “un labrador, un descuartizador de mujeres sanguinario”.

Todos estos malos –es posible que Hitler integre en un futuro esta galería– compiten en maldad con Facundo Quiroga. Publicado el 18 de diciembre pasado, el perfil sobre el caudillo riojano no escatima adjetivos de la crónica roja: “Facundo Quiroga ha pasado a la Historia como paradigma del poder y la violencia en Latinoamérica, de la trayectoria vital que desemboca en el caudillismo visionario y despiadado. Gaucho de energía brutal y mirada colérica, fue uno de los ‘señores de la guerra’ de la Argentina del siglo XIX”.

A partir de este comienzo, el autor, Carlos Franz, sobrevuela la figura del legendario Facundo Quiroga a quien llega a comparar con el camboyano Pol Pot (1925-1998), en cuya dictadura murió más de un millón de personas a causa de trabajos forzados, hambre, tortura, enfermedad o ejecuciones. ¿Será para tanto? Para comenzar hay que decir que el personaje de Quiroga ejerció una seducción particular para todos los que se interesaron por la Historia. El mismo autor del artículo de El País, cita textos de Jorge Luis Borges –“El general Quiroga quiso entrar en la sombra llevando seis o siete degollados de escolta”– y se basa en el Facundo. Civilización o barbarie, la obra cumbre de Sarmiento,Ricardo Piglia como “la primera página de la Historia Argentina”. La riqueza de su personalidad fue un motivo de inspiración literaria para escritores de géneros diversos: los historiadores Eduardo Gutiérrez, David Peña, Héctor Quesada y Félix Luna, y los escritores Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez, Ricardo Qüiraldes y Arturo Capdevila, entre otros.

¿Pero quién fue en realidad el riojano cuyas patillas llevó con devoción el ex presidente Carlos Menem hasta poco antes de ocupar el sillón de Rivadavia? ¿Por qué se lo llamó El Tigre de los llanos?¿Realmente significó “la barbarie” que viene contraponiéndose como un karma a la “civilización republicana”?. En su ensayo Los caudillos, publicado en 1966, Félix Luna traza su rico perfil: Facundo nació en 1788 en San Antonio, un caserío en el sudeste de la provincia de La Rioja conocida como los llanos no por ser llanura sino porque al pie de esa sierra habitó la familia Llanos. Era hijo de José Quiroga, un sanjuanino que había emigrado allí años antes para convertirse en un hacendado próspero primero y en un capitán de las milicias de la comarca después.

Hasta los 28 años, Facundo fue un mozo mujeriego y jugador, conocedor de su provincia y las vecinas a través de viajes con arrias y cargas. También estuvo en Buenos Aires –según parece– como enganchado del Regimiento de Granaderos a Caballo, tras haber perdido un dinero de su padre: siempre guardó una particular consideración por San Martín, con quien mantuvo alguna correspondencia, encabezando una de sus cartas con un “Mi venerado Jefe”.

Pero hacia 1817 terminan las andanzas juveniles de Quiroga, sobre las que tanto fantaseó Sarmiento. Se convirtió en capitán de las milicias de los Llanos y en ese cargo se desempeñó con “puntualidad y eficacia”, según documentos de la época: organizó milicias, persiguió desertores y preparó envíos de ganado con destino a los ejércitos que luchaban en el Norte contra los realistas españoles. Además, contrajo matrimonio con María de los Dolores Fernández –con quien tuvo cinco hijos– y se dedicó a las tareas rurales, reemplazando gradualmente a su padre en el manejo de los bienes familiares.

Su personalidad, sus aventuras juveniles y su cargo lo habían convertido ya en un hombre importante dentro de la política provincial. Al frente de sus milicias y halagado por grupos oligárquicos que pugnaban por el poder en La Rioja, Quiroga tuvo poder suficiente como para deponer a un gobernador, poner a otro y derrocar a éste también dos años después, en 1823, luego de un enfrentamiento en que la razón y la justicia –escribe Luna– estuvieron de su parte. Para esa época también había ayudado a sofocar la sublevación de unos españoles prisioneros en San Luis –donde Facundo se encontraba detenido, presumiblemente por error o en averigüación de antecedentes, como se dice ahora–, hazaña que le valió una medalla. Por ese entonces, “su fama se extendía por Cuyo y el noroeste como el hombre fuerte de La Rioja, valiente, mesurado y enemigo de bochinches. Ya era el macizo Quiroga que aparece en la iconografía: mediana estatura, sólido, ojos dominantes, boca expresiva casi femenina, pera partida, hierático y misterioso”. Para comprender la irrupción de Quiroga en la escena nacional hay que tener en cuenta que en esos tiempos, desde la destrucción del imperio español, en 1810, había que inventar una forma política. En primer lugar, se intentó reconstruir el espacio del Virreynato pero bajo el control de Buenos Aires, pero la iniciativa fracasó y, en el marco de la lucha del oriental Artigas, surgió lo que comenzó a llamarse montoneras federales y Federalismo, que podrían definirse como la voluntad de algunas provincias débiles de defenderse del peso de Buenos Aires.

LA DIVISIÓN

Son tiempos que los historiadores mencionan como de “anarquía en todo el territorio”. Transcurre la década de 1820. Las comarcas, las nuevas provincias están a la búsqueda de su autonomía y esto se da de forma progresiva y no sin lucha. Así es como lo que en 1810 sólo eran dos provincias (la de Buenos Aires y la de Córdoba y Tucumán), al finalizar la década del 20 se habían fraccionado en 9, y mucho después, cuando fue la Confederación de 1853, ya llegaban a ser 14.

Un ascendente Quiroga presencia justamente esta división de territorio: La Rioja y Catamarca se separan de Córdoba; San Juan y San Luis lo hacen de Cuyo, y Salta, de Tucumán. Las alianzas van y vienen, pero ya hacia fines de los 30 se encontrará todo dividido. Son los caudillos quienes ejercen por entonces el poder que confronta o pacta con la poderosa Buenos Aires. A una primera camada de caudillos, que participaron de las guerras de independencia (Bustos y Paz, de Córdoba; Artigas, de Uruguay, y el salteño Güemes), sigue una segunda, ya más inorgánicos al ejército, como Heredia (Tucumán), Quiroga (La Rioja) y Paz (Córdoba), emergidos de las batallas por la autonomía y que participan de las tensiones por los liderazgos regionales. De marginales, nada. Los caudillos son todos hijos de buenas familias porque, como dice la historiadora María Inés Rodríguez Aguilar, directora del Museo Roca, “no era caudillo quien quería, sino quien podía”. Eran el resultado de una conjunción de factores o de circunstancias: debían prestigio y ascendencia social, carisma, y cualidades políticas y militares.

DEL INTERIOR A BUENOS AIRES

Es en esta lucha para contrarrestar el poder unitario de Buenos Aires que se tejen y destejen las alianzas entre caudillos, en las que Quiroga sale airoso en la mayoría, al punto de convertirse en 1827, con la batalla de Rincón (que termina con el régimen presidencialista de Rivadavia), en el jefe virtual del partido federal. Rosas era todavía un oscuro estanciero bonaerense, y la influencia de Quiroga fue decisiva en la liga de once provincias creada para integrar un nuevo Congreso que organizara al país bajo el sistema federal. Pero las cosas se complican. La derrota de Quiroga a manos de Paz deja al interior en poder de los unitarios.

El Tigre de los llanos aceptó la invitación de Rosas y se radicó en Buenos Aires. Era 1830: se afeitó la barba dejándose el bigote unido a las patillas, publicó unlibro blanco, donde replicó las acusaciones que le habían hecho; empezó a frecuentar lo mejor de la sociedad porteña. Sin embargo –según Félix Luna– , no es la vida que Facundo quería. Finalmente decidió enfrentar nuevamente a Paz (quien seguía ocupando provincias en nombre de los unitarios) y se puso al frente de un centenar de voluntarios y de unos 200 reos sacados de prisión, que a poco de estar bajo su disciplina de hierro conformaron un pequeño ejército fogueado. Con ellos, Quiroga venció a los lugartenientes de Paz y logró que el ejército unitario abandonase las líneas. Le cupo así el honor de haber cerrado con su espada la sangrienta guerra civil comenzada tres años antes con el fusilamiento de Dorrego. Tres años después de haber salido de Buenos Aires, regresó allí con su familia para exponer ideas de conciliación. No ostentó ninguna representación ni tuvo ejército a su mando, pero su palabra pesaba, aunque sus 46 años lo mostrasen prematuramente envejecido. El partido unitario había desaparecido. Todos clamaban por la constitución, pero Rosas –el obernador provisorio de Buenos Aires– afirmó que el país no estaba en condiciones de constituirse. Al estallar una guerra local entre Salta y Tucumán, quién mejor que Quiroga para llegar y conciliar. Rosas se lo pidió y Quiroga fue. En esa misión, el 16 de febrero de 1835, bajo un calor tormentoso, el desierto cordobés de Barranca Yaco es escenario de una lluvia de balazos.

“¿Quién manda esta partida?”, intentó bravear Quiroga desde su diligencia. Lo volteó un pistoletazo en un ojo y después le cargaron el cuerpo, ya exánime, de tajos y puntazos. “Su asesinato fue un episodio bastante oscuro”, explica Jorge Gelman, profesor titular de Historia Argentina I de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA): “Incluso se dijo que Rosas mismo participó desu muerte porque la desaparición de Quiroga y la muerte, unos años después de López, el otro gran caudillo del interior, permitió que la figura de Rosas creciera y ya no sólo en Buenos Aires, sino en todo el territorio. Pero de esto no hay ninguna prueba”. ¿El artículo de El País? Dice Gelman: “Es una simplificación enorme de la historia local, del caudillismo y en especial de Quiroga, pero refleja bastante bien el sentido común que adjudica a los caudillos el estatus de alguien bastante marginal, que actúa porque no hay instituciones y resolviendo los conflictos exclusivamente a través de la violencia”. El mismo Gelman concluye: “Hoy sabemos que esto no fue tan así. No es que no hubiera nada de eso: la violencia era un hecho por el peso que tenían las guerras, y porque la única manera de sostener un ejército era apropiarse de los bienes de los vencidos. A esto se debe la leyenda del miedo que surgió tras la figura de Quiroga. Pensemos también que la caída de la monarquía produjo la pérdida de la disciplina social en toda Latinoamérica. Por lo tanto, todo líder que buscara reconstruir el orden político y social necesitaba de la coerción o de la amenaza de coerción para contener a las masas, y Quiroga no estuvo ajeno a esto”.

 
En la galería de los malvados


–“La brutal energía en los ojos coléricos, la confianza casi sobrenatural en sí mismo, la crueldad sin par en una época y unas regiones pródigas en hombres crueles (…). Si alguien le temía más que sus enemigos eran sus propios gauchos, contra los cuales volvía su lanza con cabo de ébano a la menor muestra de cobardía o flaqueza (…). La velocidad en la crueldad, eso era Facundo.”

–“Con astucia ‘latinoamericana’, Facundo siempre supo que no era necesario ‘gobernar’ sino ‘mandar’ (…). Sabe que le basta mandar sobre sus montoneras. Es más, que no puede distraerse de ello. Y que para hacerlo, a medida que aumenta su poder, requiere de más terror. Su castigo habitual son 600 azotes. En la galería de malvados De modo que toda condena equivale a una tortura hasta la muerte. Otro castigo favorito es ‘enchalecar’: envolver a la víctima en un cuero de vaca recién desollada, coserlo y dejar este paquete a secarse en la pampa (no sin antes oír el crujido de algunos huesos). Tales castigos recaen sobre sus propios hombres –a la menor desobediencia– o sobre las ciudades sometidas a tributo para que los entreguen. A medida que crece, la horda nómada requiere más tributos. Zonas enteras se despueblan, aterradas. O las despuebla el propio Quiroga, como cuando ordena que emigren al campo todos los habitantes de la ciudad de La Rioja –antepasado andino de un Pol Pot– Facundo entiende que la cultura cívica es su enemigo.”

 

                                               Facundo, por Sarmiento

EL PROLOGO QUE ESCRIBIO A SU LIBRO MUESTRA LA FASCINACION QUE QUIROGA DESPERTO EN DOMINGO F. SARMIENTO.

“¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto, ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: ‘¡No! ¡No ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!’– ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin (…). En Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno, a lo cual, creo necesario consagrar una seria atención porque sin esto la vida y hechos de Facundo Quiroga son vulgaridades que no merecerían entrar sino episódicamente en el dominio de la Historia (…). Facundo, en relación con la fisonomía de la naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa extensión de la República Argentina (…) es el personaje histórico más singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia (…)”

 
 
 
 
 

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