¿Un giro de Kirchner hacia el estatismo?

La Nación
 
 
La diplomacia es experta en ponerles palabras amables a los malos momentos. Dejémoslas entonces a un lado. Kirchner no volverá a visitar París mientras Chirac gobierne en Francia, ni Chirac vendrá a la Argentina mientras Kirchner esté en la Casa Rosada. Tampoco habrá un viaje oficial del presidente argentino a Madrid en los próximos tiempos, como se había proyectado. No se trata sólo de la decisión de Kirchner de rescindir el contrato de Aguas Argentinas, en manos de empresarios franceses y españoles, sino de una percepción más profunda sobre un probable giro en la política argentina.

El cambio consistiría en un gobierno con la convicción de un Estado omnipresente en la economía y con una clara tendencia a subsidiar las tarifas de los servicios públicos. Los sectores pudientes y la clase media terminan pagando el mismo precio que los sectores pobres por los servicios esenciales. Esa política requiere del Estado, porque no hay empresarios privados que puedan sostenerla.

Así las cosas, la promesa de un presidente preocupado por la economía y la inversión, luego de atravesar las últimas elecciones, ha concluido en una sorpresa.

La política suele mencionar la influencia de los distintos ministros. Por ejemplo, el aporte de moderación que haría el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, o el cumplimiento fiel de las directivas presidenciales por parte del ministro de Planificación, Julio De Vido. La descripción es seguramente veraz. Sin embargo, es el propio Kirchner el que imagina, proyecta, inicia los procesos, les marca el ritmo y les pone punto final a ellos. La política argentina es el teatro de un solo actor.

La privatización del servicio de agua en la Capital y el Gran Buenos Aires fue la más polémica de la ola privatizadora de los años 90. Invirtieron, pero la discusión consiste en cómo y dónde. La relación de Kirchner con esa empresa empezó mal y siguió mal: ¿por qué terminaría bien? Kirchner no tomó una decisión en 48 horas; un equipo de más de 40 personas venía trabajando en secreto con De Vido, desde hace varios meses, para tomar el control de la empresa.

La empresa se iba, de todos modos. No sólo había anunciado en agosto último su decisión de rescindir el contrato; también tenía convocada una asamblea de accionistas para el próximo 6 de abril en la que informaría que el patrimonio neto de la compañía era negativo. El próximo e inmediato paso era la disolución de la empresa. Kirchner tuvo esa información y decidió darse un gusto que le negaron en agosto: echar del país a la compañía antes de que se fuera.

Hubo un par de gestiones de empresarios privados para hacerse cargo de Aguas. El más serio fue el fondo de inversión Fintech, integrado en parte por el millonario mexicano Carlos Slim, que llegó a un preacuerdo con los franceses y españoles. Pero chocó con el mismo problema de los viejos concesionarios: el gobierno se negó a darle un plan para las tarifas. Los inversores se retiraron.

También hubo un intento del empresario argentino Eduardo Eurnekian, pero éste sólo sirvió para distraer a los empresarios extranjeros mientras el gobierno argentino armaba la nueva empresa estatal. Sirvió, al mismo tiempo, para tomar la temperatura de cada uno de los empresarios: los españoles estaban peor que los franceses.

Estoy cansado de escuchar palabras de argentinos. Quiero una propuesta concreta. No voy a perder más tiempo, estalló en París, por videoconferencia desde Barcelona, un ejecutivo catalán de Aguas de Barcelona.

El problema no es, entonces, la francesa Suez o la española Aguas de Barcelona. Esta última empresa pertenece al poderoso grupo catalán La Caixa, un aliado económico decisivo de Rodríguez Zapatero. El problema es otro: ¿le importaba a Kirchner la relación con Chirac, el presidente francés que dio la orden de apoyar a la Argentina en todo el mundo durante los peores momentos de la gran crisis? ¿Le importaba hacer un gesto con el líder extranjero que recibió cálidamente a Kirchner en París todas las veces que el presidente argentino quiso?

¿Le importaba a Kirchner mantener el proyecto de una relación estratégica real (y no sólo declamatoria) con Rodríguez Zapatero? ¿Le interesaba apoyar al líder español en el momento más importante de su gestión, cuando se retira la vieja y criminal ETA, y cuando en Madrid empiezan a susurrar que Rodríguez Zapatero abandonó a su suerte en la Argentina a las empresas españolas?

No se trataba de salvar la antigua concesión, que ya estaba terminada. Todo se refería sólo a una gestión política y diplomática para que las cosas terminaran bien con Chirac y con Rodríguez Zapatero y para que no se enviara un mal mensaje al resto de los inversores, incluidos los nacionales. La Caixa le anticipó ya al gobierno español que no piensa arriesgar un solo dólar más en la Argentina; hace un año y medio, ese banco proyectaba desembarcar fuertemente aquí. La Caixa tiene, además, acciones en casi todas las empresas españolas con inversiones en la Argentina.

Las contradicciones son notables. Chirac le pidió a Kirchner un buen final para Aguas, sea cual fuere, en la última reunión que tuvieron. Kirchner nunca entendió ese mensaje, hasta que en noviembre descubrió que la relación con Francia estaba muy mal. Decidió enviar allí, como embajador, al ex canciller Rafael Bielsa, pero éste aceptó y rechazó la oferta en apenas 24 horas.

El embajador que estaba, Archibaldo Lanús, un experimentado diplomático con 10 años en París, debió hacer las maletas. El embajador designado, Eric Calcagno, no llegó nunca a París. El conflicto sorprendió a la Argentina sin embajador en Francia.

¿Por qué Kirchner le contestó a Chirac desde una tribuna? Algún día debería volver el método de manejar la política exterior a través de documentos oficiales. Sólo Kirchner y Hugo Chávez hacen política exterior desde tribunas enardecidas.

En Madrid, han puesto una mirada preocupada sobre dos empresas españolas con inversiones en la Argentina: Repsol y Aerolíneas Argentinas. Funcionarios españoles, ajenos a las galanterías diplomáticas, creen que podría haber un proceso parecido al de otras empresas en la era de Kirchner: desgastar a los directivos y a las compañías hasta la devaluación final de las empresas. Les llegó un rumor de que el gobierno local habría sondeado a empresas estatales extranjeras para que, junto con el Estado argentino, hicieran una compra hostil de Repsol.

Respuesta de De Vido: No pongan un espejo donde no hay espejo. Aguas Argentinas es un caso muy especial. Al contrario, queremos que Repsol trabaje con más fuerza en la Argentina y que Aerolíneas Argentinas siga siendo de sus actuales dueños. La instrucción del Presidente es terminante en ese sentido.

¿Intervino la cancillería para dar su opinión? ¿Se convocó a Lanús, que fue embajador de Kirchner en París, para conocer su pensamiento? No. El embajador argentino en España, Carlos Bettini, estuvo aquí con noticias desalentadoras y volvió a Madrid con el ánimo destruido por la impotencia. ¿Cuál es, en fin, el sistema de toma de decisiones de Kirchner?

Sólo se sabe que el gabinete está paralizado a la espera de órdenes, que las propias instituciones esperan indicaciones para moverse y que fuerzas de choque actúan con violencia al ritmo de los enojos presidenciales. Aceptemos las cosas tal como son: el Estado es la voluntad de un hombre.

Por Joaquín Morales Solá

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