No me hubiera gustado morir en los noventa

Revista Caras y Caretas
 
Silvia Bleichmar
  Cualquier razón es buena para no morir, dirán quienes se sienten aferrados a la vida. Pero las que se detallan aquí, además, son loables. Porque no se trata de negar la muerte, sino de no perderse lo que vendrá.
 
  No me hubiera gustado morir en los 90, cuando la restauración neoliberal avanzaba`por el mundo y me hacía sentir parte de una generación tirada a los perros.
 
Al final de un siglo que nació al calor de la utopía y terminó al borde de la desesperanza, claudicando la expectativa de toda redención posible. Acosada en el marco de un tiempo  que obliga a la renuncia de todo proyecto colectivo,reducida a la inmediatez de la supervivencia mía  y de los míos – que son mucho más que la extensión de mi sangre – , sabiendo que éramos los últimos de una generación que tardaría mucho en volver…
 
  Los 90, cuando bajo los restos de un socialismo no derrotado por la fuerza de sus enemigos sino implosionado por su propia incompetencia y corrupción interna, se desmoronaba la esperanza arrastrando los sueños de millones de seres humanos que aspiraban aún a un bienestar moral y material que no implicara el usufructo de otros seres humanos ni de su condena a la marginación y la miseria.
 
  No me hubiera gustado morir en una época en la cual la extinción se manifestaba porque lo que se  adaptaba no reproducía lo mejor de lo que debía dejar como herencia, reduciendo el legado sea al bienestar culposo de los ganaderos, o la miseria irredimible de los perdedores de la historia,  y entre los perdedores estaba congelada la semilla de reparación, dejándonos librados a una mutación moral que parecía irreversible.
 
  Los 90, cuando la complicidad corrupta de los gobernantes favorecía el saqueo y la depredación del continente, pero sobre todo brindaba modelos de éxito que incrementaban la inmoralidad de las mayorías, incluidos los niños que cuestionaban despiadadamente la relación entre esfuerzo y logro. Collor de Melo en Brasil, Fujimori en Perú, Menem en la Argentina, Salinas de Gortari en México, otros, menos presentes pero igualmente canallescos, echando petróleo, gas, aguas, dinero de convertibilidad, a la boca sedienta de los centros imperiales que no sólo se quedaban con la sangre y el alimento de nuestra gente sino también con la sed, el frío y la desnutrición física e intelectual de las generaciones que nos continuarían.
 
  No me hubiera gustado morir en los 90, cuando algún periodista impune calificó de caída del muro de Berlín como el  acontecimiento más auspicioso de la época, dado que su presencia había constituido " la infamia más grande del siglo" – ignorando la existencia de Auschwitz y Dachau, de Hiroshima y Nagasaki, de las dictaduras de América y Africa, de la lapidación de mujeres y la prostitución de niños…
 
  Ni cuando Fukuyama se permitía vaticinar " el fin de la historia ", condenándonos a vivir los restos de un capitalismo degradado qu poco tenía que ver con la ilusión hegeliana de una culminación gozosa de la humanidad en su búsqueda de bienestar y desalienación.
 
  Los 90, cuando gran parte de los argentinos votaban por segunda vez a un gobierno que había puesto un agente extranjero al frente de la aduana de Ezeiza, mientras su mujer, cuñada del presidente, pasaba valijas de clara procedencia ante la mirada ciega de los funcionarios responsables.
 
  No me hubiera gustado morir en los 90, cuando triunfaba la idea de que cada uno debía valerse por sí mismo, y de que quien dependía del Estado para educar a sus hijos o garantizarles la salud era un perdedor. Cuando esta ideología reinante que deificaba el egoísmo devenía responsable más allá de las condiciones en torno de salvarse y salvar a su cría al modo selvático,  y se convertía en la matriz ideativa que permitía creer que se  debía "  achicar el Estado para salvar la nación" – así, con minúscula, porque el Estado era un mero administrador de las riquezas y miserias privadas- , arrastrándonos a la  desconstrucción de toda noción de comunidad.
 
  No me hubiera gustado morir en un tiempo en el cual el sometimiento a los centros de poder nos dejaba sin socios ni amigos, ya que cada país de América latina devenía rival en dar prebendas y recibir favores de los supuestos amos de la historia. Cuando teníamos reuniones de presidentes como si fuéramos inquilinos de un consorcio cuyos dueños decidían, en última instancia, si se cortaba la calefacción o se hacía un quiosco en la entrada, aun sabiendo que las relaciones carnales dejaban siempre el lugar de atrás a los poderosos.
 
  Me hubiera perdido de ver retroceder las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que más que "pacificar " corroboraron la impunidad y la injusticia que se manifestaron en múltiples aspectos de la vida cotidiana durante años: el gatillo fácil, la corrupción policial y su implicación en el delito, los casos no resueltos de las acciones terroristas que volaron la embajada de Israel y la Amia, y el encubrimiento del estallido de Rio Tercero, con sus muertos y heridos, sólo por la codicia corrupta de quienes realizaron tráfico de armas con el apoyo encubierto de las instituciones oficiales.
 
  Me hubiera perdido también el estallido popular de 2001 – como respuesta a tanta banalidad del mal de los sectores dominantes –  y la recomposición de la cultura, el retroceso incipiente en el imaginario social de la idea de que la educación  pública es un paliativo asistencial para los pobres, y el combate contra la concepción de que la salud pública no es una obligación política y moral del Estado sino el fruto de las acciones caritativas de quienes por sus convicciones religiosas y humanitarias están dispuestos a que no mueran los pobres que, aunque no gozan de demasiados derechos, son después de todo " criaturas de Dios ".
 
  Me hubiera visto privada entonces de la posibilidad de discutir que no se trata de caridad sino de solidaridad, del ejercicio de una ética en la cual el abandono del semejante es siempre muerte de una parte de uno mismo, y para lo cual no hay posiblidad de otra moral que aquella capaz de hacerse cargo de la supoervivencia no sólo física sino también simbólica de los otros.
 
  Me hubiera perdido de ver a un presidente en pulóver, desplazándose por el mundo sin corbata – sans culotte, en sentido metafórico -,  y la fiesta con la cual los indígenas bolivianos, que siguen usando el carbón  y la leña mientras bombean su gas vendido a los concesionarios petroleros del exterior por una décima del valor al cual lo comercian, festejarlo.
 
  (…) No hubiera visto entonces los nuevos tiempos, difíciles, contradictorios pero indudablemente mucho más dignos y auspiciosos, con los cuales un país del continente intercambia petróleo por médicos, y otro recibe ayuda para pagar parte de la deuda externa, no por sentimentalismo hermanante sino por convicción de que no podemos enfrentarnos a las condiciones de existencia cada uno por separado.
 
  Pero sobre todo, sino  hubiera sobrevivido a los 90, me hubiera perdido también la posibilidad de seguir tratando de construir un país en el cual no haya más 3,4 millones de menores de 18 años de los centros urbanos que viven en la pobreza, y más de 1,4 millón de chicos trnasitando su infancia en hogares indigentes en los cuales no accden siquiera  a los alimentos necesarios para sobrevivir; un país en el que todavía no podemos resolver el horror de que 15 de cada 100 habitantes vivan en villa de emergencia, el 62 por ciento no tenga cloacas, el 58 por ciento viva sin gas natural y el 33 por ciento sin agua potable. Me hubiera perdido, en definitiva, la posibilidad de recuperar un proyecto compartido  y salir de la esperanza solitaria a la cual parecíamos condenados por la derrota del pensamiento.
 
  Cerrar los ojos definitivamente, como quien dice, en los 90, no hubiera sido saludable para mi espíritu. No me hubiera permitido tenerlos bien abiertos ahora, para evitar que, en caso de que llegue a 2020, no sienta otra vez la angustia de morirme en un continente que cíclicamente pierde representación de si mismo. Un continente al cual el siglo XX se llevó entre las patas, y que recién estamos intentando ensillar hasta que podamos retomar las riendas de manera firme.

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