Animales salvajes

La Nación
 
Jirafas, tigres, águilas, pueblan el zoológico desbordante de humor, crueldad y ternura de Animales salvajes (Norma), el nuevo libro de cuentos de Griselda Gambaro, del que anticipamos dos relatos
 
 
 

Pato


 

Nació a orillas de un lago de aguas azules al pie de la montaña.

Demoró en nacer y su verdadera madre ya estaba lejos, guiando a sus hermanos hacia el centro del lago cuando por fin abrió los ojos fuera del cascarón roto. Así, lo primero que vio fue una figura acuclillada cerca del nido que lo observaba con atención, las manos unidas a la altura del rostro. Era un monje del monasterio vecino, de ropaje amarillento y cabeza rapada. Pato y monje se miraron. Luego, el monje sonrió vagamente con dulzura, desarmó su posición en cuclillas y comenzó a caminar alejándose del nido.

El pato emitió un graznido de angustia, corrió tras él balanceándose de derecha a izquierda con sus pasos torpes. Su madre monje lo abandonaba, ¿qué haría él sin su guía en este mundo?

El monje se volvió, lo miró con curiosidad y efectuó un gesto de alejamiento. Incluso sopló entre los dientes para ahuyentarlo, pero él no cedió. Cayó al suelo, todavía mal asentado sobre sus patas, y reemprendió la carrera a pasos frenéticos. Entonces oyó la risa de su madre, sintió sus manos que lo levantaban del suelo acercándolo a su hábito de tela áspera y ligera que dejaba pasar el calor de su carne. Tranquilizado, lanzó un picotazo de reconocimiento, cerró los ojos.

El monje lo llevó al monasterio, en el llano bajo las montañas tan azules como el lago en el que había nacido, en cuyos jardines había un estanque poco profundo. En las tardes, su madre monje realizaba su habitual paseo hasta el estanque. El la esperaba, la seguía en sus paseos y se ubicaba a sus pies cuando ella se sentaba en un banco frente al estanque. Podría haber sido feliz, protegido, alimentado, seguro del cariño de su madre que aparecía siempre a la misma hora, pero no lo era.

Tenía infinitos miedos, que no sabía de dónde surgían, quizás del centro mismo de la sangre vertida de su especie. Había sentido las miradas codiciosas de los campesinos a quienes sólo detenía el respeto hacia el monasterio. Los había oído hablar de otros patos cuyo destino distó de ser clemente y cuyos cuerpos, ya sin vida, habían sido sometidos a un largo tratamiento hasta aparecer sobre la mesa, crocantes, con salsas y hierbas. El pato de Pekín, aunque él no había nacido en Pekín, más sabroso que ninguno.

Era inútil que se dijera que esos peligros no lo acechaban en la protección del monasterio. Lo roía esa visión, como a alguien que sólo recuerda el riesgo de vivir y no su dicha.

La madre monje, cuando estaban juntos en el banco, hablaba. No para él, todavía muy pequeño para comprender sus palabras, sino para sí mismo. Era un hombre de fe, pero el humus de la fe no había acallado sus interrogantes. Se preguntaba sobre el misterio de cada criatura, del porqué del crecimiento de la hierba, o de la pena, esos grandes misterios donde estaba presente o desaparecía, para su espanto, la divinidad. Sin embargo, el pato abrió los oídos y la mente al discurrir del monje y así, no obstante su edad y su reducido cerebro, aprendió mucho. Fue capaz, con el tiempo, de filosofar a su manera, con breves sentencias que su madre comprendía.

Al monje le causó tal asombro esta disposición del pato que comenzó a formularle preguntas, las mismas que a él lo desvelaban y que incluso interrumpían a veces el curso sereno de sus oraciones. A pesar de su fe, el monje preguntaba: ¿Qué es la vida? ¿No te parece un sueño?, y el pato contestaba: "Si es la vida un gran sueño/ ¿para qué atormentarse?"

Los ojos del monje se desbarrancaban ante la respuesta, y todas fueron siempre tan cargadas de sentido, que insensiblemente el monje pasó del asombro a un aprecio que se reprochaba, porque no debía valorizar a una criatura más que a otra. Todas eran sagradas.

Sin embargo, su aprecio creció hasta tal punto que no pudo desconocer que aun incurriendo en falta prefería el pato a cualquier otra criatura de la tierra.

Una noche -la charla a orillas del estanque había durado más de lo habitual- el monje emprendió el regreso hacia el monasterio y el pato lo siguió, decepcionado. "¡Ah, qué corto es el día!", se lamentaba corriendo tras el monje. "Y aun cien años son nada."

Y luego: "¡Oh, las nubes viajeras y los pensamientos vagabundos! ¡Oh, los crepúsculos! ¡Oh, la nostalgia de los viejos amigos!"

El monje se detuvo, le pareció penosa la separación e interminables las horas de la noche en soledad. Amaba la compañía del pato y cuando reemprendió camino y por encima del hombro observó su obstinación en seguirle los pasos, no lo rechazó señalándole el estanque. Lo llevó a su propia celda en el monasterio, en la que había pocos enseres: una estera de mimbre, un pupitre y un escabel que raramente usaba. Sobre el pupitre, papeles de arroz y de corteza, tinta y pinceles de tersos pelos blancos entintados de negro. Una ventana sin batientes daba a las montañas azules.

El monje colocó al pato sobre la estera y se acercó al pupitre, le gustaba escribir aunque sus habilidades no eran muchas. Era un poeta mediano y escribió con medianía sobre el cielo, las montañas y la hierba. El pato dejó su lugar en la estera, con un batir desesperado de alas y un esfuerzo mayúsculo saltó hacia el pupitre, ajó sin querer un papel de arroz con las patas, y luego, para no molestar se apretó cercano al borde.

El monje lo miró con el rabillo del ojo y continuó su poema. Mientras escribía, el pato no le apartaba la mirada, así que el monje no tardó en adivinar su deseo. Luego procuró satisfacerlo. Le enseñaría a escribir aunque parecía tarea imposible. Pero tanto lo deseaba el pato que sus palmas delanteras se abrieron y pudo sostener el pincel, acercarlo a la tinta.

Una noche, cuando ya manejaba el pincel con soltura y dibujaba elegantemente los ideogramas, el pato se negó a abandonar el pupitre para reposar en la estera. Asumió una actitud meditativa, apoyó la cabeza en la pata y por su expresión el monje registró un pedido mudo.

Discretamente, lo dejó solo.

El pato respiró hondamente, mojó el pincel en la tinta. ¡Con qué fluidez llegaron las palabras desde el centro exacto de su inquietud! Temía lo mismo, los ávidos comensales ante su carne inerte, pero esa inquietud tomaba otra forma que aligeraba su corazón.

"Una jarra de vino entre las flores.
No hay ningún camarada para beber
/conmigo
pero invito a la luna,
y, contando a mi sombra, somos tres…
Mas la luna no bebe,
mi sombra se contenta con seguirme.
Tardaré poco en separarme de ella
¡la primavera es tiempo de alegría!"

Cuando al día siguiente el monje leyó el poema, que el pato le entregó esperando su juicio, no atinó a emitirlo, perplejo. Una sombra (la tercera) pasó por su rostro. ¿De dónde había extraído el pato esa sabiduría que lo hacía reflexionar sobre la primavera que hoy tenemos y el mañana de pérdidas? ¿Qué decisión de la divinidad le había concedido el poder sobre las palabras y su armoniosa combinación, poder que pocos humanos poseían?

A la altura del pupitre, observó los marrones ojos del pato, quien con esfuerzo sostuvo la mirada imponiéndose la dureza de ocultar sus pensamientos. No se atrevió a confiarle que sus sueños estaban poblados de pesadillas donde siempre terminaba condenado. Dejaba de existir, aun no sintiendo sentía los dientes clavándose en su carne, la humedad de las bocas a causa del apetito que su presencia crujiente despertaba.

El monje lo miró largamente, sin comprender de dónde había sacado esa criatura de Dios la melancolía, el pesar por los amigos lejanos, la sucesión del tiempo y tan patente la idea de la finitud.

"El vino que bebíamos al despedirnos
aún está ahí, pero tú ya te fuiste.
Pienso en ti y ya no te encuentro;
tristemente contemplo el agua azul."

Cada vez que le entregaba un poema escrito sobre el papel de arroz, el monje lo leía absorto en la belleza y el sentimiento de los versos. Lejos estaba de suponer aquello que los desataba, de una realidad tan hosca, de una vulgaridad tan sangrienta.

Una mañana de otoño, después de una convivencia perfecta en donde el pato escribía y el monje, consciente de su mediocridad, había cesado de escribir, el monje pensó que era egoísta, que acaparaba a esa criatura para sí impidiéndole las expansiones de su especie. Y lo pensó de buena fe, sin darse cuenta de que quizás la ponzoña de una leve envidia le enturbiaba el juicio. Contempló al pato aún dormido después de una noche en vela. Para evitar la tentación, no se acercó al pupitre donde los papeles de arroz en desorden aparecían cubiertos de poemas que no quiso leer. Lleno de remordimientos, acogió al pato entre sus brazos, le acarició las plumas. Violentándose, lo condujo al gran lago de aguas azules al pie de las montañas azules. El pato despertó en el camino, encandilado guiñó los ojos ante la luz. El monje lo depositó en el suelo y lo empujó hacia el agua. En el centro del lago nadaban patos en fila, hundían el pico con un movimiento rápido y lo alzaban con su presa. ¿Cómo podía quitarle ese destino?, pensó el monje. No porque supiera escribir poemas, era un pato distinto, no debían de serle ajenas las necesidades de los patos. Por eso padecía. Y él, un hombre de Dios que se creía justo, impelido a la bondad, era el culpable de ese sufrimiento. Lo había separado de sus hermanos y en lugar de un gran lago le había ofrecido un estanque y luego el encierro de su celda. Con su charla quién sabe qué clase de inquietudes propias de los humanos había suscitado en su pequeña alma que en su clemencia Dios quería inocente.

Distaba de ser natural, se acusaba el monje, que el pato permaneciera en el monasterio, subido al pupitre, en vela durante las noches, y que en las últimas semanas, de una manera subrepticia que nunca pudo sorprender, se procurara aguardiente de arroz, del que estaba bebiendo en cantidad y cuyo olor persistía en su boca cuando despertaba tratando de disimular la resaca.

Y él, el hombre justo, seducido por la vanidad del poema, propiciaba ese estado de cosas.

Cuando lo empujó hacia el agua, marcando la despedida, el pato lanzó una especie de grito ahogado. Caminó detrás del monje que ya comenzaba a alejarse.

El monje se volvió ¿Qué pasa, pato?, preguntó, porque el pato gemía y en su desesperación le picoteaba los tobillos. Como acostumbraba cuando se sentía desconcertado, el monje lo levantó a la altura de sus ojos. ¿ Por qué no era feliz con su decisión?, se preguntó, ¿por qué no nadaba hacia sus hermanos, y último o primero de la fila, hundía el pico en el agua? No entendió su terror que esta vez el pato no pudo ocultar. En busca de una luz, el monje alzó los ojos hacia el cielo, pensó que su modesta sabiduría no le alcanzaba para comprender lo que sucedía en el interior del pato. Si no comprendía era lo mismo, le decía el cielo que era contemplado. Y por otra parte, reflexionó el monje, podía equivocarse pretendiendo para el pato una felicidad que no pedía. La más modesta de las sabidurías reclama aceptar lo que está más allá de nuestra comprensión en cada criatura. Y él debía borrar sus dudas y aprobar con humildad el parecer del cielo.

El pato hundió la cabeza en el pecho de monje, a quien creía su madre. Con una mano compasiva, el monje le alisó las plumas, murmuró todo está bien y el pato se tranquilizó, incluso olvidó su pesadilla de ser pasto de unos dientes, la olvidó allí, en la seguridad de ese calor, en esa protección del pecho amado.

La misma noche el monje se trasladó a una celda vecina, abandonando pinceles y pupitre. El pato aceptó con gratitud el don del monje. Extrañaría su presencia callada en horas de la noche, pero últimamente le costaba disimular cuando bebía con una frecuencia que ya se había transformado en costumbre. Miraba de reojo al monje, descansando con las manos unidas sobre el pecho, y siempre temía ser sorprendido en su afición al aguardiente.

A solas, el pato reposó sobre la estera y se durmió antes de lo acostumbrado, quizás por las fatigas de la desazón que la actitud del monje le había provocado en la mañana. Volvió a soñar. Se ahogó en la asfixia súbita del cuello quebrado, sintió, aunque ya no sentía, el manipuleo de su cuerpo desnudo, el agua hirviendo, el agregado de hierbas y melazas, y por fin, la culminación del espanto, los dientes de los comensales mordiendo su carne que se había vuelto crujiente, tragándola hacia la más terrible de las nadas.

Cuando despertó de su pesadilla, subió al pupitre, flexionó su palma abierta, tomó el pincel entre los dedos, lo embebió en la tinta en su medida justa, y con la transpiración del miedo y del dolor escribió un poema.

"¿Cuánto podrá durar para nosotros el disfrute del oro, la posesión del jade?
Cien años cuanto más: éste es el término de la esperanza máxima.
Vivir y morir luego; he aquí la sola seguridad del hombre."

Bebió un poco de aguardiente que robaba en escapadas nocturnas, entrando por un hueco en el almacén del pueblo, y escondió la botella. Cayó de nuevo en un sopor pesado y repitió su pesadilla, la que alimentaba su inquietud y sus miedos. A alta hora de la noche despertó y concluyó el poema. Subido al alféizar de la ventana miró el paisaje con montañas azules. Se dio cuenta de que las paredes de la celda lo ahogaban.

Semanas después resolvió conocer mundo, visitaría otros lugares aunque debiera retornar melancólico y obligado a apoyar su flaqueza en el tronco robusto de los pinos. En silencio se alejó del monasterio y del estanque, de su madre monje que envejecía y no podía protegerlo eternamente. Recorrió caminos, atravesó pueblos y aldeas rehuyendo a los campesinos voraces, y se dio a beber de manera descomedida. A veces terminaba ebrio -comido- sobre la tierra helada.

El monje conservó sus poemas y nunca descifró, a pesar de su modesta sabiduría, las razones de la infelicidad del pato, el motivo por el que había rechazado no sólo su destino de pato sino también la protección que le brindaba, para preferir vivir -y alejarse- envuelto en sombras.

Como pensaba en él con frecuencia, buscó un nombre que no fuera el de su especie para nombrarlo en su nostalgia. Cuando cada año recibía un poema de algún lugar distante, reunía a los monjes que escuchaban su voz temblorosa leyendo el poema sentados en círculo. Miraba a los monjes al concluir el poema, escrutaba en los pálidos rostros, aún atentos, señales del poema y encontraba una sonrisa, un trastorno, la palidez acentuada o un leve rubor de celestial dicha. Entonces, interrumpía brevemente el silencio y pronunciaba, sin envidia y con el corazón agradecido, el nombre del poeta. Con este nombre, el poeta fue conocido en los pueblos y en los tiempos después de su muerte.

Lo llamó Li Po.

 

Oso hormiguero

 

¿Cómo se siente un animal, qué percibe, qué sentimientos o falta de sentimientos padece?

El cuerpo, cómo sentiría el cuerpo un animal (se preguntaba), de acuerdo a su sustancia, invertebrada o no, con músculos movidos por aceitadas poleas, con antenas o bigotes.

Desear lo que no se es provoca melancolía, a veces resentimiento. Sin embargo, él no deseaba lo imposible, en modo alguno era desmesurado en sus pretensiones, nunca soñaba con los reyes de la naturaleza: un león de encrespada melena, un tigre dueño del sigilo, un águila dominante de los cielos. Cualquier condición, género o especie le hubiera venido bien, incluso las menos queridas. Con tal de poseer una vida animal agradecidamente aceptaría la forma del escuerzo, la serpiente, una oruga de cerdas irritantes. Cuando descubría a una rata, la seguía con los ojos cargados de deseo, hubiera muerto de placer de estar seguro del milagro de la transmigración, y se veía resucitado con hocico de rata, con cola y dientes de rata, engendrando miles de ratitas, y el pensamiento de esta dicha evidente de ser rata lo hacía estallar en llanto. No pensaba en la duración, tampoco en la fragilidad de cada especie, habría sido feliz con una existencia de cien años e igualmente feliz con vidas más fugaces. Envidiaba a las mariposas que se extinguen después de un vuelo de tres días y hasta a la libélula que nace y muere en un único amanecer irrepetible.

Tal vez, si les hubiera dejado tiempo, las hormigas le habrían evitado angustias, aclarándole el punto, cuando las recogía con su lengua pegajosa asomado al hormiguero. No sentía apetito, desganado y concentrado tan sólo en su secreta nostalgia de no haber nacido animal, se las comía al instante.

Por Griselda Gambaro

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