Doña Elva Vega de Romero reveló en ese momento un secreto muy bien guardado: su única hija mujer era donante de órganos y había pedido expresamente que si algo como lo ocurrido aquel miércoles 26 de noviembre de 2004 le sucedía, su cuerpo fuera utilizado para salvar otras vidas. El aneurisma mortal que sufrió aquella mañana no dejó otro camino que transformar en realidad el anhelo de Irene, cuyos riñones actualmente viven en dos receptores que esperaban un trasplante desde hacía ocho años, durante los cuales la diálisis había sido la única salida.
Hoy, esas tres familias se mantienen unidas no sólo por aquel acto de amor, sino por la fuerte militancia que, desde entonces, ejercen en favor de la donación de órganos.
Sin embargo, un año y cinco meses antes había sido duro dar el sí al equipo quirúrgico que esperaba en una sala contigua. La numerosa familia Romero se sentó a debatir contra reloj. Héctor, uno de los hermanos mayores, opinó que debían permitir la ablación porque era la voluntad de Irene y porque entendía que, de esa forma, la seguirían teniendo entre ellos. Pero Diego, el menor de los siete hijos de doña Elva, se negó. Cegado por el temor a la mutilación de su hermana, trató de convencer a los demás para que la "dejaran tranquila". Hoy, lejos de aquellos instantes críticos y, a pedido de LA NACION, los Romero se reunieron para relatar los pormenores de la decisión que cambiaría sus vidas, como seguramente cambiaron las de las dos familias que hace pocos días donaron los órganos de sus seres queridos, aquí mismo, en Corrientes, para que diez personas pudieran tener la oportunidad de seguir viviendo.
Cuenta Diego: "En ese momento yo no quería saber nada porque creía que el cuerpo de mi hermana iba a quedar mal. Como no nos poníamos de acuerdo con mis hermanos decidimos dejar todo en manos de mamá". Santiago, otro hermano, recuerda cómo la sabiduría materna deshizo los prejuicios.
"La vieja nos hizo ver que el dolor por la muerte de Irene sería el mismo, donáramos o no sus órganos, así que dimos la autorización", explica.
Para entonces, un paro cardíaco había inutilizado la mayoría de los órganos del cuerpo de la maestra, salvo los riñones y las córneas, que fueron extraídos y trasladados a Santa Fe, donde serían implantados en dos correntinos que hoy forman parte del clan Romero con el honroso título de "hermanos de riñón".
Militante de la vida
Lo que no sabía ni la madre de la maestra es que, exactamente un año antes de su fallecimiento, Irene había participado de jornadas de capacitación organizadas por el Centro Unico Coordinador de Ablación e Implantes de Corrientes (Cucaicor).
El médico que declaró la muerte cerebral de la docente se enteró accidentalmente de eso al revisar su fichero. Allí apareció el certificado de asistencia al curso "La donación va a la escuela", del que Irene Romero había extraído los conocimientos que luego impartió con énfasis en la humilde comunidad educativa del Paraje Zapallo, en el corazón del departamento General Paz.
Sus familiares comenzaron así a tejer un círculo de coincidencias mágicas que habría de cerrarse meses después, mediante un encuentro tan emotivo como sorprendente con los destinatarios de los órganos de Irene, algo que casi nunca sucede entre donantes y receptores debido al infranqueable muro legal y ético que regula los trasplantes en la Argentina.
Como si hubiera estado predestinada a convertirse en donante, Irene -que era soltera y en vez de hijos tenía decenas de ahijados pobres en el paraje de sus amores- se transformó a partir de aquel curso dictado por el Cucaicor en una ferviente militante de la donación de órganos, hasta tal punto que daba periódicas charlas sobre el tema a los padres de sus alumnos.
"Es increíble. Mi hermana sabía lo que hacía y lo comprobamos cuando fuimos hasta el Paraje Zapallo el día en el que le pusieron su nombre a la escuela donde trabajaba", recuerda Héctor, el hermano más ocupado en continuar con la obra de la querida maestra.
El acto en el que la escuela primaria de la localidad de Lomas de Vallejos recibió el nombre Irene Romero reunió a sus familiares directos, a los receptores de los órganos y a una veintena de comadres.
Sí, comadres. Y todas de la docente fallecida, madrina de una infinidad de chicos pobres que, al nacer, no podían ser bautizados porque, en esos caseríos olvidados, nadie parece interesarse por apadrinarlos. Esas madres con olor a humo y ojos llorosos demostrarían que las huellas de Irene eran tan profundas que su gesto de entrega dejaría émulos por doquier.
Hay muchos que sospechan que el Paraje Zapallo debe ser el punto con más cantidad de donantes de órganos por habitante del país. Aquel día, en los cuadernos del Cucaicor se anotaron unas 20 madres de los alumnos más pobres del interior correntino.
Hoy, gente que no tiene ni para comprar un par de zapatos y que dependía de la "maestrita querida" para curarse de una pulmonía figura desde entonces en la lista de donantes de la Argentina.
Por José Luis Zampa
Para LA NACION
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