San Pedro Viejo, un refugio con historia

Clarín

Sabores criollos y ecos del pasado en una posta centenaria, al norte de la capital provincial, cerca de Dean Funes.

María Sol Porta. ESPECIAL PARA CLARIN

Al retirarse, la niebla del amanecer descubre un paisaje de serranías y palmeras. Desde la cocina de la Casa del Roble llega el aroma del pan recién hecho. La antigua Posta y la iglesia de San Pedrito todavía descansan bajo el azul de un cielo ya sin nubes. En medio de este paisaje del norte cordobés, el Hotel de Campo San Pedro Viejo brilla con el encanto de su entorno natural y el hechizo de su historia.

Por estos parajes pasó Jerónimo Luis de Cabrera antes de fundar la capital cordobesa, 170 kilómetros hacia el sur. Aquí su hijo Pedro Luis levantó en el siglo XVII la pequeña capilla —hoy la más antigua de la provincia— y una Posta de Correos y Encomiendas para hospedar a los viajeros que pasaban por el Camino Real desde y hacia el Alto Perú. Casi 350 años después, la familia Ferreyra llegó a este casco y las 5 mil hectáreas que lo rodean para cumplir su proyecto de crear este hotel, en el que hoy los viajeros modernos tienen la oportunidad de dormir albergados por las mismas paredes que una vez resguardaron a Manuel Belgrano y a José de San Martín.

A la Posta de 1654 se suma la centenaria Casa del Roble. Tiene seis habitaciones con muebles de estilo colonial y criollo, impregnadas del espíritu de los tiempos virreinales y las luchas por la Independencia. "Imaginen a Belgrano diseñando la campaña del Norte, o a San Martín descansando en un alto de la campaña del Perú", sugieren los anfitriones. A lo lejos se ven las Piedras de las Niñas donde, según cuenta la leyenda, se ocultaban las doncellas del lugar ante la llegada de las huestes de Facundo Quiroga.

Sabores de estancia

Basta recorrer las salas y habitaciones de la Posta para remontarse a aquellos años en que el territorio era zona de paso para viajeros y caudillos: el antiguo casco se destaca por la calidez que le dan sus paredes de adobe y las maderas de quebracho y algarrobo en suelos, techos y ventanas. La nobleza de los materiales y tres años de prolija restauración dieron como resultado el particular ambiente que se respira a medida que se recorre la habitación, el living y el comedor privados de la Suite Belgrano.

Integrante de la red NA Town & Country Hotels, San Pedro Viejo ofrece una buena oportunidad para dejar atrás el estrés de la ciudad y divertirse con las actividades del campo. En la estancia se crían caballos peruanos y quienes lo deseen pueden tomar lecciones para montar estos magníficos animales, ensillarlos y disfrutar del especial andar de esta raza que, incluso en los trancos más veloces, se destaca por su comodidad para los jinetes. Cada huésped tiene su caballo durante todo el tiempo que dura su estadía y no son pocos los que antes de irse piden: "Cuídenmelo bien, para cuando vuelva".

También hay paseos en carruajes antiguos, pileta y solarium, actividades para los chicos, degustaciones de vinos y una oferta de cursos que incluye lecciones de telar y cestería. Además, están las lecciones de cocina regional a cargo de Doña Cuca, que nació y vivió desde siempre en San Pedro y hoy es toda una institución del lugar. De sus manos salen las delicias de la cocina criolla que, desde el desayuno a la cena, caracterizan a la gastronomía del hotel. Algunas de sus recetas se ponen en práctica en los talleres. La de su famoso dulce de leche, en cambio, es un misterio que Doña Cuca nunca revela, pero que sí puede ser saboreado entre rebanadas de exquisito pan.

De paseo

Vale la pena quedarse lo suficiente como para conocer San Pedro Viejo y sus alrededores. A media hora de viaje en auto se encuentra el pueblo del Cerro Colorado, hogar de Atahualpa Yupanqui y custodio de las pictografías de los indios sanavirones (ver recuadro). Entre los orgullos de la zona también están las Salinas Grandes, una blanca extensión de ocho mil cuatrocientos kilómetros cuadrados que comparten las provincias de Córdoba, Catamarca, La Rioja y Santiago del Estero. Por las noches, se organizan salidas que incluyen el traslado hasta el lugar para, después de contemplar el atardecer, disfrutar de los sabores regionales bajo la luz de una magnífica luna llena y las velas.

A 12 kilómetros de la Posta y la Casa del Roble está San Carlos, donde un puesto de estancia, una laguna natural y un horizonte de palmas y algarrobos esperan a los viajeros que llegan para disfrutar de un buen asado. El camino puede hacerse en auto, en carruaje o a caballo.

Al atardecer, las galerías de San Pedro Viejo se iluminan con los faroles y en la cocina ya se prepara la cena. Mientras algunos se despiertan de la siesta y dan un paseo, otros prefieren prolongar el descanso en el jacuzzi de su habitación. En las salas de estar se lee y se conversa. Músicos y amantes de la música, los Ferreyra acompañan a todo aquel que tenga ganas de cantar o empuñar una guitarra, e invitan a intérpretes de todos los géneros para la agenda de eventos musicales que tienen lugar en la iglesia.

La noche cae sobre la estancia: a la hora de las estrellas y las lechuzas, los caballos duermen en sus establos. Otro día más termina en aquella Posta que supo albergar a peregrinos, mercaderes y próceres y que hoy, cuatro siglos más tarde, renace para cumplir con el destino de hospitalidad que le dio origen.

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