DERECHOS HUMANOS : EL CALVARIO DE DOS DETENIDOS POR LA DICTADURA

Clarín
 
El relato de torturas y humillaciones
Fernández y Tamburrini contaron por primera vez ante un juez lo ocurrido en sus detenciones.

Pablo Abiad

pabiad@clarin.com


Dos de los ex detenidos que escaparon de la Mansión Seré declararon por primera vez en Tribunales desde la reapertura de las causas sobre violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. Sus testimonios, tomados el jueves último en el juzgado de Daniel Rafecas, se incorporaron a la causa sobre los crímenes cometidos en el área del I Cuerpo del Ejército.

Claudio Tamburrini —hoy de 51 años, filósofo, radicado en Esto colmo, Suecia— se presentó en Comodoro Py 2002 por la mañana; Guillermo Fernández —48, actor, residente en Montpellier, Francia— lo hizo por la tarde. La semana anterior habían participado de un reconocimiento judicial del centro clandestino de detención en el que pasaron 120 días entre 1977 y 1978.

Relataron con detalle como los detuvieron y las condiciones en las que los hicieron vivir, la tortura, los interrogatorios, las humillaciones cotidianas. En cambio, no lograron identificar a los represores más que por algunos apodos ("Raviol", "Tanito", "Lucas") y un posible apellido: Scali.

Tamburrini sostuvo que vivían "encerrados en los cuartos, tirados en las camas o recostados contra la pared, con las vendas puestas, susurrando, casi sin hablar". Pasó todo su cautiverio sin lavarse los dientes, con el mismo pantalón y descalzo. Cada tanto, con la comida le daban laxantes.

El acta de su testimonio tiene nueve carillas. Con el estilo parco y aséptico de los trámites judiciales, cerca del final se dejó constancia de otro detalle: "El declarante era bastante impopular entre los represores. Yo había gritado y llorado mucho, más que los demás. Se quejaban de eso, decían cómo grita ese, hacelo callar, principalmente porque jamás les di información".

Había guardias menos duros y una patota que se encargaba de las preguntas y los tormentos. Los fines de semana eran más tranquilos: "No estaba la amenaza pendiente de una golpiza". El resto de los días, "el ruido de los borceguíes, la patota subiendo por las escaleras", era signo de un cautivo nuevo o de una sesión de torturas. "La pequeña Lulú", llamaban a la picana eléctrica.

Tamburrini tenía el recuerdo vago de que en la Mansión Seré también había estado secuestrada una chica. Fernández completó ese episodio con su propio testimonio: los captores les dijeron que era una prostituta, la violaron y forzaron al resto de los detenidos a tener relaciones sexuales con ella. Cuando le tocó a él, se quedó charlando con ella con la sensación de haberse inventado "un momento grato" en medio de toda esa locura.

Tamburrini y Fernández fueron protagonistas de un simulacro de fusilamiento; antes, les hicieron pedir un deseo a cada uno. Otras veces les ofrecían armas descargadas y, entre risas, les colgaban granadas del pecho.

Los dos habían sido testigos en la histórica causa 13, que sirvió para condenar a las Juntas en 1985. En este otro expediente, que estuvo frenado hasta que se anularon las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, están procesados —entre otros— el jefe del I Cuerpo, Guillermo Suárez Mason; el comandante de la subzona Capital, Jorge Olivera Rovere; Samuel Miara, ya condenado por robo de bebés, y policías como Julio Simón y Juan del Cerro.

 

 

 

 

DERECHOS HUMANOS

El secuestrado que logró actuar en la película de su propia fuga

Guillermo Fernández escapó del centro de detención Mansión Seré en la dictadura. Fue exiliado, actor y titiritero, antes de volver y participar en "Crónica de una fuga".

Alberto Amato

aamato@clarin.com


El tipo se para al lado del torturado y le pregunta y lo sentencia: "¿Vos sos Guillermo Fernández? Yo soy tu juez". Y le avisa que, si en una semana, no habla lo que sabe y calló bajo tormento, lo va a asesinar.

Hay una pequeña señal escondida en esa escena de "Crónica de una fuga", la película de Adrián Caetano que acaba de estrenarse. El actor que se identifica como "juez" e interroga a Guillermo Fernández, es Guillermo Fernández hoy, el mismo que hace casi 30 años estaba en la mesa de torturas. Fernández es uno de los cuatro chicos veinteañeros que escaparon de "Mansión Seré", uno de los centros de detención y tortura de la última dictadura que funcionó en la zona residencial de Morón, y hoy es una "Casa de la Memoria" unida al centro deportivo Gorki Grana.

—La fuga no te la voy a contar porque está en la película que Caetano contó con mucho pudor y con un talento enorme. Pero sí te digo que la amenaza de aquel torturador fue la que decidió el escape porque entendí que en una semana me iban a matar. Claro, antes tenía que convencer a los otros tres chicos que estaban encerrados en la pieza conmigo.

Los otros tres eran Claudio Tamburrini, arquero de Almagro en 1977 cuando fue secuestrado; Carlos García y Daniel Russomano. Tamburrini hizo de aquella fuga el centro de su declaración en el juicio a las Juntas Militares. Pero la historia completa tardó más de dos décadas en hacerse pública, por un libro de Tamburrini, "Pase Libre", y por trepar al pedestal fascinante del cine.

—Yo siempre estuve a disposición de la Justicia. Mi sueño siempre fue que se haga la luz y que los represores y torturadores fuesen castigados. ¿Por qué no la hice pública antes? Tal vez por pudor, por las familias de los desaparecidos. Lo nuestro tuvo un final feliz: nosotros los cagamos, nos fugamos y tuvieron que cerrar ese centro clandestino después de nuestra fuga. Pero siempre me pareció que hablar de esto era meter el dedo en la herida de la gente que buscaba a sus desaparecidos.

Hubo un libro que Adrián Kochen, uno de los productores asociados de la película, escribió en París cuando trabajaba para diarios franceses. Pero fue escrito en francés y no fue traducido. Creo que hacía falta tiempo y distancia para digerir nuestra historia. Kochen investigó, sabe más que nosotros y terminó de cerrar el círculo.

Fernández escapó del país en 1978, en otra fuga tan azaroza y disparatada como la de "Mansión Seré": en auto, junto a un empresario uruguayo y un policía sobreviviente del atentado terrorista contra Coordinación Federal de 1976, que conocía su pasado de militante, de secuestrado, torturado y fugado. Pidió ayuda al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados y viajó al primer país que le dio asilo: Francia. Allí encontró una vocación insospechada: titiritero. Y actor.

—No conocía el idioma y los títeres, con música y sin palabras, me permitían vivir. El idioma es un arma y dominar uno extranjero lleva su tiempo. Pero eso me permitió encontrar gente. Un día, en un acto en solidaridad con Nicaragua, se nos acercó un monumento de dos metros con una manaza extendida. Cortázar. "Nunca dejen de hacer títeres", me dijo. Estuve días sin lavarme esa mano. En París viví la adolescencia que no viví en Argentina.

—Empecé a vivir de nuevo y aquello que era un trabajo para comer se convirtió en mi profesión. En el ’82 fui al norte de Francia, a un festival, con la idea de dejar para siempre los títeres. Pero lo que hacíamos fue un boom y de allí en más nos invitaron de toda Europa. Me casé con una francesa, nació Simón, que tiene 14 años y me acompañó en este viaje, encantado de conocer a Rodrigo de la Serna, a quien había visto en "Diarios de una motocicleta". Y así me fui quedando en Francia, en el sur.

—¿Cómo veo hoy aquellos años? Era una época en la que se crecía muy rápido; teníamos responsabilidades que hoy, de adulto, no tengo. La militancia fue algo muy formador; aprendí muchas cosas sobre la responsabilidad y la solidaridad.

—Todo fue muy duro y traumático, pero al mismo tiempo fue un proyecto muy generoso. Teníamos ganas de cambiar el mundo: salió como salió, terminó como terminó, pero era muy loable. Creo que nadie se detuvo a analizar los errores cometidos. Es una discusión pendiente y, creo, necesaria. Al mismo tiempo que se arreglan las cuentas con la parte más macabra de la dictadura, también habría que arreglar cuentas y dejar en claro lo que fue la lucha armada, cómo llegamos adonde llegamos.

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