Telerman, la pistola más rápida en el Far West de la política mediática

Clarín
¿AZUCAR O SACARINA?

Por Julio Blanck /jblanck@clarin.com
El tipo desenfunda antes que nadie: es la pistola más rápida en el Far West mediático de la política. Tiene una velocidad de respuesta mitad instinto puro y mitad propósito planificado. Y sabe bien que en una democracia que devino en mediocracia, importa tanto o más lo que parece que se hace que lo que efectivamente se hace.

Ahí va, camisa blanca impecable, cuello desabotonado, gesto de preocupación, caminando los pasillos de tierra entre las paredes sin revoque del barrio Los Piletones, en la zona Sur porteña. Se acaba de denunciar que allí la gente vive bajo el riesgo de los basurales y el albañal, una contracara simétrica y absoluta del brillo de los barrios acomodados.

Ahí está, un día después, mirada al horizonte, casco de trabajador, en una foto tomada ligeramente desde abajo que lo proyecta y recorta sobre el cielo. Lo acompaña un jefe piquetero que supo ser revoltoso y ahora puso a su gente a trabajar en un plan para construir viviendas populares.

Esas dos imágenes, publicadas esta semana, dan cuenta del talante con que Jorge Telerman afronta su inesperado premio mayor en la lotería política: la Jefatura de Gobierno de la Ciudad.

Desde la oposición, a izquierda y derecha, le reconocen a regañadientes más preocupación por la gestión. La comparación, tácita e indudable, justa o injusta, es con Aníbal Ibarra.

Mucho se habló, y con razón, de la capacidad de adaptación política y del don de gentes como bases para el empinamiento de Telerman. Pero no es sólo su habilidad para el relacionamiento público lo que lo coloca a menos distancia de los opositores. También es la noción en ellos, que puede ser cierta o se demostrará en todo equivocada, de que políticamente les resulta más inofensivo que Ibarra.

Pero esa mascullada opinión favorable es, sobre todo, el registro de la intensa actividad de Telerman para mostrarse cerca del conflicto cotidiano, encima de él, listo para recibir el reclamo y prometer una solución que, con suerte, algún día llegará.

Con tanta velocidad y enjundia lo hace, que casi no hay tiempo para reparar en que hasta ahora corre detrás de los problemas pero no logra anticiparse a ellos.

En noviembre pasado la Legislatura empezó a derrumbar a Ibarra: decidió hacerle juicio político y lo suspendió en sus funciones. Telerman asumió como “vicejefe a cargo”. Y fue muy cuidadoso en las formas para que nadie pensara que se estaba probando el traje antes que el dueño lo dejara a empeñar.

Pero no dudó en aplicar su estrategia de presencia instantánea en enero, cuando después de una explosión se derrumbó una fábrica de hielo en el barrio de Boedo. Hubo 33 heridos y alarma en los vecinos por una fuga de amoníaco que obligó a una rápida evacuación de los alrededores.

A Ibarra siempre le enrostraron no haber puesto la cara y el cuerpo en la noche fatal de Cro mañón y de seguir aquella tragedia a distancia. Telerman, escaldado por ese ejemplo, apareció enseguida en el lugar del derrumbe con un pelotón de funcionarios. Y concentró toda la atención de los micrófonos.

Una tarde de marzo, ya con Ibarra destituido y él en función plena, le rondó la sombra de otra tragedia: un hombre, una mujer y cuatro chicos, muertos en el incendio de un taller textil ilegal en Caballito. Telerman volvió a llegar muy rápido acompañado de medio gabinete, y menos tiempo todavía le llevó instalar el tema: dijo que en ese taller había trabajo esclavo.

En cuestión de horas echó al funcionario que debía controlar esos establecimientos, recibió a una comitiva oficial de Bolivia preocupada por la situación de sus compatriotas afectados, se reunió con hombres del Gobierno nacional. Y lanzó una avalancha de inspecciones para comprobar lo que siempre se supo que estaba mal y proceder a las clausuras que debían haberse hecho antes de las seis muertes.

Pero la cuestión es que así, tan mal no le va a Telerman.

Y esta semana, la denuncia de la Defensoría porteña sobre la situación sanitaria en el Sur de la Ciudad volvió a estimular sus reflejos. Eso sí: al choque de colectivos que sucedió en Constitución, con 45 heridos, no pudo llegar a tiempo. Fue unos minutos antes de las 6 de la mañana y nadie espera que a esa hora un jefe de Gobierno ande por las calles.

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