TRABAJO ESCLAVO

www.madres.org/periodico/2006/   

 

                                                                                                                    

Corte y confección

Por Luis Iramain

Hacinamiento, maltrato, tráfico de personas. Estas son algunas de las realidades que saltan a la vista tras el incendio de un taller de costura en el barrio de Caballito. Una tragedia que pone al descubierto la trama de la industria textil en Argentina.

“Por desgracia era cierto que por una pequeña suma que apenas les da
los medios para alimentarse, hombres que se creen libres, se condenan
a un trabajo que el amo más cruel, en tiempo de la servidumbre, no habría
impuesto a sus esclavos. Hasta un cochero de punto se cuidaría
de someter él a su caballo, pues éste vale dinero, y no sería
sensato abreviar por un trabajo excesivo de treinta y siete horas
la existencia de un
animal tan necesario.”
(Del libro Esclavitud Moderna, de León Tolstoi)

¿No era imaginable que tras la “garantía de por vida” que se ofrecía por los productos Montagne estaba esto? ¿Nadie vio, nunca, nada, en esas esquinas donde de a centenares, mujeres y hombres, y niños con el rostro inequívoco de la pobreza, buscaban un trabajo? ¿Por qué no se dice que el trabajo en negro, o precario, era también trabajo esclavo?
El incendio en la casa de la calle Luis Viale en el barrio del Caballito donde murieron seis personas, cuatro de ellos niños, cuando agonizaba el mes de marzo, puso al descubierto el horror sobre el que se edifica en gran medida la producción textil en Argentina. Un sector caracterizado por la informalidad y la precarización, donde por una prenda ofrecida a un precio de 300 pesos, se abona tan sólo 1 al trabajador por su confección íntegra desde el bolsillo hasta la etiqueta, desde el corte hasta la última puntada, revela sobre qué parámetros se asienta el auge de este negocio en la última década. Una actividad que creció geométricamente en los años noventa a partir del proceso de sustitución de importaciones y que explica, para Gustavo Vera, del Centro Comunitario La Alameda, la existencia de esta situación de esclavitud que se extiende en grandes franjas del mercado.
“Una forma de producción más allá de cuestiones morales”, es lo que demuestran estos talleres, señala el economista Alfredo Zaiat en Página/12 del pasado 8 de abril. “La adaptación del toyotismo a un grupo de trabajadores vulnerables por su condición de inmigrantes”, continúa, donde el objetivo de este modo de producción capitalista, surgido en la automotriz japonesa a mediados del siglo pasado, “es reducir el desperdicio, que traducido en lenguaje llano implica que si el trabajador respiraba, y en cuanto respiraba durante algunos momentos no producía, lo urgente entonces era encontrar el modo de que pudiera producir respirando y respirar produciendo. Pero nunca respirar sin producir”. Esta forma de explotación, globalización mediante, se extiende por los rincones del planeta, y no hace falta poner el ojo en los empleados-niños de Nike en los países asiáticos, sino que basta con levantar la vista para descubrir el horror de la esclavitud al traspasar el umbral de la puerta de cientos de casas de los barrios porteños de Caballito, Flores, Parque Avellaneda o Floresta.

Trátame esclavamente

Son varias las voluntades que se suman y conforman una larga cadena de complicidades y delitos que comienzan en las barriadas más humildes de los suburbios bolivianos, o el campo, y que tienen como punto culminante un destino de sometimiento en la ciudad porteña a los que se embarcan en ella. Desde el Centro Comunitario La Alameda, uno de los pilares de la denuncia contra el trabajo esclavo en los talleres textiles, Gustavo Vera cuenta en diálogo con el Periódico de las Madres que “hay avisos en los diarios de Bolivia, en el diario Splendid de La Paz, ofreciendo trabajo en Argentina con sueldos en dólares, próspero, con casa y comida. Generalmente van a las zonas donde hay mayor nivel de desocupación y desesperación, y a partir de ahí contactan grupos de costureros que los van trayendo de a seis o de a siete, y pasan por la frontera como turistas”. Aquí, continuando con esta cadena, Vera denuncia que hay agencias que prestan dinero a los trabajadores que luego deben devolver con intereses a los diez metros de haber ingresado al país, con el objetivo de justificar una visa de turista. Al llegar a Buenos Aires -a los talleres- comienza a regir lo que la ONU define como servidumbre por deuda, quedando el trabajador a total merced del patrón, a quién deberá devolver con su trabajo el costo del traslado, precio que sólo el dueño conoce y fija.
Sin documentos, desconocedores de todos sus derechos, con la amenaza de la deportación en caso de ser sorprendidos por la policía, y con apenas unas monedas como paga, las trabajadoras y los trabajadores son obligados a vivir “yendo de la cama a la máquina y de la máquina a la cama”, relata Gustavo Vera. Con jornadas de hasta dieciocho horas diarias, hacinados en pequeños cuartos que son a la vez factorías y dormitorios, viven junto a sus niños con una alimentación precaria y escasa como norma.

Todo queda en familia

La situación de sometimiento a la que eran subordinados miles de mujeres y hombres de la comunidad boliviana, es permitida y consentida, y hasta podría pensarse que organizada, por las mismas autoridades consulares bolivianas. Álvaro González Quint es el nombre del cónsul designado por el derrocado Sánchez de Losada y a quien las voces apuntan como el organizador de una especie de ministerio de trabajo paralelo, donde las denuncias contra los talleristas bolivianos por parte de los trabajadores, eran desestimadas o caían en saco roto. Gustavo Vera sostiene que desde ahí partieron las órdenes de agresión y amenazas contra el centro comunitario de Parque Avellaneda y contra trabajadores que no se callaron la boca y denunciaron a sus propios paisanos explotadores. Días pasados, el canciller boliviano David Choquehuanca habló de descolonizar el servicio exterior, del que González Quint es un fiel representante.
Esta situación también es sostenida por diversas organizaciones comunitarias que bajo el reproche y el desaliento a la denuncia de sus propios connacionales, conforman un friso donde el trabajo esclavo va tejiendo su trama. Otras, como la radio Estación Latina, única sintonía en estos talleres, publicita los avisos que buscan trabajadores. En el último tiempo, la ha emprendido contra los que denuncian la realidad de esclavitud que se vive.

“No robar, no mentir, no ser flojo”

“Estos muchachos no se han dado cuenta de que están escupiendo su propio asado. Nos están obligando a remarcar la ropa y los que pueden pagarla van a tratar de recuperar la plata jodiendo a todo el mundo y ellos están primeros en la lista de posibles jodidos”. La confesión pertenece a Calvin Lacoste, un empresario textil imaginario, contenida en la nota que conforma las primeras páginas de la revista de humor Barcelona, donde también un grupo de textiles sostiene que de prosperar en la justicia los reclamos y las demandas de la comunidad boliviana “hay que cerrar la industria textil argentina en la que trabajan un 70 por ciento de esclavos bolivianos y un 30 por ciento de argentinos en la indigencia”. Podríamos omitir la mención de la fuente y pensar que estas declaraciones son verdaderas y que expresan los deseos y las aspiraciones de clase del empresariado en su conjunto. Si es así, no nos equivocaríamos. Intereses que aspiran a perpetuarse y congelar la realidad tal como está. Por eso se vuelve imprescindible rodear de solidaridad y apuntalar activamente los brotes de denuncia de la situación de esclavitud de la que son destinatarios las trabajadoras y los trabajadores en los talleres de costura. Que se logre romper una a una las trampas tendidas por el sistema capitalista y que los tres mandamientos ancestrales que rigen la filosofía quechua -mencionados arriba-, apunten contra los explotadores y no que sirvan como base para edificar la explotación.

 arriba

“Nos pagaban a un peso lo que vendían a trescientos”                                                              

Alberto llegó a la Argentina hace diez años por primera vez. Luego regresó un tiempo a la Paz y en su vuelta definitiva, al escuchar un aviso en la FM Estación Latina, se dirigió con su familia tras un empleo en un taller de costura. Los ojos de Alberto parecen perderse entre las escenas que relata, se quedan allí en esa pieza pequeña, donde con su esposa y sus dos pequeños, y junto a otros en las mismas condiciones, fue víctima de la esclavitud que señorea y que se cuentan de a cientos tras las fachadas de muchas de las casas de los barrios de Caballito, Flores o Parque Avellaneda.
De entre los dientes, con la boca apenas abierta, su voz se entremezcla con la de las mujeres y hombres que esperan ser atendidos en el Centro Comunitario La Alameda para iniciar el trámite para la obtención de la radicación precaria en Argentina. Voces bajas que casi murmuran, pero que comienzan poco a poco a romper el silencio.

-¿Cómo llegás a trabajar en uno de estos talleres de costura?
-Con mi esposa llegamos al taller por un aviso en la radio, en Estación Latina, donde necesitaban gente para costura, y no importaba si eran parejas, o tenían hijos. En principio dudamos un poco porque no sabíamos cuánto nos iban a pagar. Cuando llegamos al taller nos mostraron tres prendas, de las marcas Rusti, Lacar, y Montagne, nunca nos dijeron los precios, sino que trabajemos y que luego de ver cuánto de producción hacíamos nos iban a pagar. Así trabajamos durante seis meses. Nos dieron una pieza de cuatro por cuatro, con las máquinas en la misma pieza que la cama. Teníamos que trabajar y dormir en el mismo lugar, en condiciones horribles, nos daban un plato de comida y una taza de té y había que dividirlo con los chicos. Yo tengo dos hijos, y también estaban ahí, y prácticamente no podían salir de la pieza porque decían que los vecinos se iban a quejar porque los niños meten bulla. Teníamos que trabajar a puertas cerradas por los niños, y tragando polvillo y todo eso. Y al dueño no le importaba, a este Salazar Nina no le importaba nada, para él lo único que contaba es que nosotros saquemos la producción. Después de seis meses exigimos que nos pague para comprar útiles, y el dueño se enojó, al final se puso a sacar cuentas y le terminamos debiendo, porque como nos daban unos adelantos los fines de semana de 20 o 30 pesos. Y a lo sumo lo que hicimos con mi esposa fue 300 o 400 pesos por mes entre los dos. Tuvimos que aguantar de esa forma porque nos queríamos ir del lugar pero nos retenían los documentos.
 
-¿Qué pasó cuando no aguantaron más?
-Nos salimos cuando no nos quisieron pagar, y nos querían botar hacia la calle. Era como una trampa que te hacían, nos decían: “Primero sales y recién ahí te pagamos”. Confiado en eso, nos salimos con mi esposa a buscar una pieza para podernos ir y cuando llegamos, mi esposa se adelantó primero hacia la casa y entró, y el dueño con su esposa le pegaron y no le quisieron pagar. Cuando llegué la encontré llorando en la puerta y me cuenta que le habían pegado, tenía toda moretoneada la espalda. ¿Por qué no nos quería pagar si habíamos estado como dos años trabajando allí? De ahí fuimos a hacer la denuncia en la comisaría 40ª y ésta era un cómplice más, porque cuando les dijimos el nombre y la dirección de la casa prácticamente no nos quisieron tomar la denuncia. Nos cargaban haciendo que nos tomaban la denuncia, pero no hacían nada. Les exigimos una copia de la denuncia y no nos dieron nada. De ahí vinimos aquí, al comedor La Alameda, buscamos a Gustavo que nos orientó y ayudó mucho y cuando fuimos con él a asentar la denuncia, por ser argentino recién ahí le dieron importancia, y radicaron la denuncia.

-¿Te imaginaste antes de ingresar que ésta era la situación en esos talleres?
-Cuando vine de Bolivia, pensaba que el trabajo era normal, de ocho horas, nunca me imaginé que al entrar tenías que quedarte a trabajar dieciocho horas. Lo peor es cuando te sorprendes que las camperas que estás haciendo son de marcas muy importantes acá en Argentina, y que son muy caras, están arriba de los 300 pesos cada una de las que nosotros hacíamos y a nosotros nos pagaban 1 por cada campera. Y al dueño le pagaban entre 25 y 30 pesos, o sea que lucraba tanto el dueño como el fabricante. Era increíble lo que estaba pasando. Por eso entre muchos que venían de esa situación, echados a la calle, sin que les pagaran, con sus hijos, se formó esta organización (la Unión de Trabajadores Costureros). Para cambiar esta situación porque ya es demasiada la explotación que hay.

 arriba

 

Puntadas                                                                                                                                         

El Centro Comunitario La Alameda surge por iniciativa de la Asamblea Popular de Parque Avellaneda, a mediados del 2002, y como respuesta a las necesidades de la población más carenciada del barrio. Luego de varios intentos de desalojo, y de resistencia, el lugar fue constituyéndose como uno de los puntales de la organización barrial y de la comunidad boliviana. A partir de las primeras denuncias en el mes de octubre pasado, fueron constantes los hostigamientos de los involucrados, que llegaron a su punto más alto con el ataque al lugar a principios de abril y donde la guardia de infantería se vio obligada a defender ese espacio que tantas veces había atacado.
Uno de los emprendimientos productivos que funcionan en La Alameda es el taller textil -los otros son una parrilla, un centro de copiado y librería, y un taller de artesanías, además del comedor- y que contradice en los hechos el modelo esclavista que funciona de manera extendida en toda la industria textil. Tamara, tesorera del centro comunitario, y coordinadora de esta apuesta, cuenta en qué consiste el modelo que la Unión de Trabajadores Costureros propone como ejemplo a seguir.
“En este emprendimiento empezaron trabajando tres personas y ahora hay doce, y tenemos la idea que entren seis más en poco tiempo. Lo que producimos son carteras, chalinas, camperas, buzos de egresados, remeras y un poco lo que vamos consiguiendo que los clientes nos vayan pidiendo. También estuvimos haciendo guardapolvos durante todo febrero para el Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires. Todo lo que se pueda fabricar lo hacemos. Por la afluencia de trabajadores y porque veíamos que la principal problemática era la falta de documentación, le seguían la falta de vivienda y obviamente el trabajo indigno; la UTC se construyó sobre la base de pelear por la documentación gratuita, por la vivienda y por el trabajo digno. La falta de documentos les impedía llegar a un trabajo digno, porque aprovechándose de la situación de indocumentados no pueden trabajar en blanco y los explotan. Con respecto al tema de la maquinaria, la propuesta de la UTC, de hecho ya hay un proyecto de ley en la Legislatura, es que, sobre todo en los casos donde existe trata de personas con fines de explotación, las máquinas les sean expropiadas a los talleristas o a los fabricantes y sean entregada a los trabajadores para que las trabajen en forma cooperativa, con el modelo con el que trabajamos acá, donde -como en otros emprendimientos de la cooperativa- las ganancias se reparten equitativamente entre todos los miembros”.

Un comentario en “TRABAJO ESCLAVO

  1. Pingback: #Maltrato | CELN - ¿Cuál es la noticia...?

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