ALBERTI & CAPUSOTTO. Dos vagos, un éxito

Sal!
La primera ocupación de Fabio Alberti, criado en San Isidro, fue la de playboy. Diego Capusotto, que creció en Villa Luro, quiso ser como futbolista. Hasta que sus vidas se cruzaron. Y nació el dúo que hace reír a todos.

Hartos de las charlas conjuntas, Fabio Alberti y Diego Capusotto piden someterse por separado a la entrevista. Y el primer turno le toca padre de Peperino Pómoro: amable pero parco, en todo momento Alberti parece sentirse forzado a explicar algo que para él no tiene ningún sentido explicar. Casi como declaración de principios, dice que nunca sintió ninguna vocación, ni siquiera ahora: “Me entretengo, me divierto, pero no tengo pasión por lo que hago y no necesito de esto para vivir pleno. Sí económicamente: es mi laburo. Y en todo lo que hago estoy rodeado de amigos: me embolaría mucho ser un actor de esos a los que llaman para sumarse a un elenco”.

Quizá por esa falta de pasión, al terminar la secundaria se dedicó a vaguear. Venía de curasar en un colegio católico, San Juan el Precursor: “Todos hombres. Peter Malenchini (acusado después de abuso sexual contra sus alumnos)fue maestro mío: en las clases de dibujo hacía cosas tremendas con los chicos. Un depravado. Ahora veo que estaba tanteando a ver si te callabas la boca o decías algo. También había profesores coimeros: los chicos, todos de familias de guita, les robaban algún whisky importado o una lapicera Cross a los padres, se los dejaban en el baúl del auto a los profesores, y los tipos los aprobaban. Yo decidí no mandar a mis hijos al San Juan el Precursor”.

Cuando llegó el momento de inscribirlos, tomó una lista de todos los colegios de Zona Norte (Alberti vivió la mayor parte de su vida en San Isidro y alrededores) y tachó todos los que empezaban con “San”: “Quedaron dos. Los anoté en uno de ésos”. Una anécdota actual, que habla de un responsable padre de familia; hace 20 años y pico, lo que menos quería era esponsabilidad. Jura que no venía, como sus compañeros de escuela, de una familia rica -padre cirujano, madre ama de casa- aunque la herencia que le dejó un tío le permitió jugar a Isidoro Cañones por un tiempo. “No era una fortuna, pero me permitió bancarme un par de años sin hacer nada. Leía mucho, hacía fiestas, y siempre invitaba yo: estuvo bien derrochada, me sirvió para tener una vida licenciosa”. Hasta que un amigo que le recomendaba lecturas empezó a dar clases de teatro: “Fui porque estaba al pedo y me quedaba cerca. Me gustó y me di cuenta de que quería un poco más”. Entonces estudió con tres instituciones teatrales andantes: Ricardo Bartís, Pompeyo Audivert, Alejandro Urdapilleta. Oh sorpresa, resultó un alumno aplicado, que hasta rasqueteaba pisos y pintaba paredes del estudio de Bartís para poder pagarse las clases. “Bartolo en ese momento me bancaba. Tenía buena onda conmigo, tomábamos caña Legui juntos”. Fines de los 80, principios de los 90: de la caña Legui teatral a la cerveza en la barra del Parakultural de la calle Chacabuco, un paso. Y ahí apareció Capusotto.

El sí que había tenido una vocación. O dos: “De chico, yo quería jugar al fútbol profesionalmente, era mi único interés. O quizá tocar en una banda. Lo que más me vinculaba afectivamente era el fútbol y el rock”. Capusotto venía de una infancia en Villa Luro, con “amigotes del barrio, mucho terrenito y empedrado, mucho parar la pelota porque pasaba el 181, tirar cascotes a los cargueros y hacer guerras de piedras, esas cosas de desaforados”. Así se forjó un habilidoso que todavía recuerda sus partidos en Stentor contra Social Parque (“club de donde han salido grandes cracks”), y el equipo de su grado en el colegio Bercier: “Teníamos un equipazo, ganábamos siempre los campeonatos. Jugábamos contra sexto, séptimo, los de la mañana, y les ganábamos a todos”.

Más conversador que su secuaz, sin reparos para desplegar su visión del mundo, el fútbol es el tema que más lo entusiasma. Pero los escolares son sus últimos recuerdos futbolísticos del lado de los ganadores: fanático de Racing se probó pero no quedó; después intentó en otros clubes, pero también se quedó con las ganas. “Estuve ahí de entrar en Boca; en el año 75 llegué a jugar en la Bombonera, durante el entretiempo de la tercera y también de la primera”, se lamenta. Mientras, seguía a todos lados a Carolina (“una poderosa banda de rock de Floresta”) y lo único que hacía en el colegio era pelearse: “Era el 77, la época de los rockeros contra los chetos, una versión berreta de la pelea entre mods rockers en Inglaterra. Yo era rockero. E iba al colegio San José, donde había mucho cheto: mucho cuenta ganado, mocasines, medias. Y yo los odiaba”.

-¿Eras peleador?

-No era de provocar, pero si me tenía que pelear, me peleaba. Tampoco lo hacía como deporte: nunca me dio mucho el físico. Es decir que, de haberse cruzado el Capusotto rocker con aquel Alberti de colegio católico de Zona Norte, quizá todo habría terminado a las trompadas. Por suerte, el cruce se dio unos 15 años más tarde, esa noche en la barra del Parakultural. Capusotto había cumplido con lo que llama “la famosa frase ritual educativa: si no estudiás, trabajá”. Se había dado cuenta de que tampoco sería músico: “Yo tocaba la batería intuitivamente. Tomé clases con Horacio Gianello, de Arco Iris, y vi que era un instrumento para el que tenía facilidad, pero al que no amaba. Y, para tocar, uno tiene que amar su instrumento”.

Vendió corpiños, hizo fotoduplicaciones en el negocio de su padre, y un día vio un aviso de clases de teatro en el suplemento “Sí” de Clarín: alentado por un amigo, fue al teatro Arlequines, llegó y se volvió a su casa: era la segunda clase y no se animó a entrar a un grupo que ya consideraba formado. El, que también menciona a Urdapilleta y a Audivert como referentes, le atribuye parte de su presente a un llamado telefónico de uno de los profesores, que le avisó que se había abierto otro curso. “La primera vez que pasé al frente me di compañeros, que el teatral era un espacio que había tenido siempre.

De chico yo hacía cosas vinculadas a hacer reír al otro, y recreaba escenas de la película Juan Moreira, de Leonardo Favio, que me partió la cabeza. Pero no era consciente de que quería ser actor. Sólo me daba cuenta de que era actor cuando hacía quilombo en el colegio y ponía cara de yo no fui”.

Rápidamente se juntó con un compañero y armó una obrita en un tugurio de San Telmo: “Un espectáculo espantoso que jamás volvería a hacer. Pero yo respeto los momentos históricos”. Tuvo un dúo, Los Queterrecontra, con el que hizo una sola función en el Parakultural; suficiente para conocer a otro actor que trabajaba ahí: Alfredo Casero, el celestino que le presentó a Fabio Alberti. “Nos conocimos de la mejor manera: acodados en la barra del Parakultural, en una fiesta. Estuvimos toda la noche riéndonos de lo que pasaba alrededor nuestro. Y de nosotros mismos: toda una carta de presentación”.

Enseguida –junto con Casero, Mex Urtizberea y compañía- compartieron la cofradía televisiva que sacudió la modorra del medio con “De la cabeza” y “Cha cha cha”. Ya se iba perfilando el futuro dúo: “Solíamos juntarnos en bares para preparar material. Dentro del programa, para el espectador empezó a ser un sello que hiciéramos cosas juntos. Y en el 94, año en que ‘Cha cha cha’ no salió al aire, nos juntamos para hacer una obra en el bar El Taller. Cuando se armó ‘Delicatessen’, nos convocaron a los dos”. Ese no duró, pero en 1998 tendrían la revancha: “Todo x $2”, el programa que les dio barra brava propia y presencia teatral, primero con “Una noche en Carlos Paz” y ahora con “¡Qué noche, Bariloche!”. Dos obras con marcados elementos televisivos: personajes de la tele (Boluda total, Irma Jusid, Peperino Pómoro, El Hombre Bobo’) y hasta una pantalla que, entre sketch y sketch muestra videoclips y otros delirios.

“Nos sale un lenguaje televisivo –admite Capusotto-, que es el que más conocemos. Y eso se nota claramente en el espectáculo. Es casi como ver el programa, pero en otro espacio. Lo de la pantalla forma parte de nuestro lenguaje. Y es algo que ya han hecho los Monty Python en el 82. Nosotros no inventamos nada, no hacemos humor nuevo ni absurdo: primero lean a los dadaístas, o miren a los Hermanos Marx, y después hablamos”.<BR

-Por lo que decís, no hay que descartar un regreso a la tele.

-No lo descarto. Con “Cha cha cha” y “Todo x $2” hemos logrado algo bastante intenso para un medio televisivo en el que uno estaba acostumbrado a ver otra cosa. Y pudimos hacer algo intenso porque no teníamos nada que perder. A partir de ahí hubo una vinculación afectiva con la gente, lo cual hace que uno repita una fórmula. El tema es si sos elegante para repetirla, o no. Hoy haríamos un programa mejor que el último, pero en definitiva repetiríamos una fórmula. Entonces tengo una contradicción: respetar el “mito” o repetir esa fórmula. Por ahora me siento más cómodo haciendo televisión en el teatro, aunque parezca antagónico. Hay que ser estratégico: no es lo mismo hacer algo que volver con algo que ya hiciste. Hay que tener cuidado.

Dos padres de familia

Diego Capusotto tiene 44 años y nació un 21 de septiembre; un día y tres años antes que Fabio Alberti. Los dos tienen un par de hijos, pero los de Alberti son varones (Ciro, de 7, y Teo, de 9) y las de Capusotto, mujeres (Eva, de 3, y Elisa, de 7). Alberti nunca los llevó al teatro: ¿Por qué les tengo que explicar a mis hijos que me trasvisto? Además, si en una parte de la obra digo ‘culo, culo, culo’, después los pibes van a estar comiendo y diciendo ‘culo, culo, culo’. ¿Cómo les hacés entender que una cosa es lo que digas en el teatro y otra en la mesa?”. Capusotto sí las lleva: Les gusta. Lo que no entienden, lo entenderán más adelante”.

Laura, la mujer de Alberti, colabora con su marido en el libreto de la obra y en los guiones del programa de radio (“Day tripper”, por la Rock & Pop, con Juan Di Natale), y es la guionista de “Glorias de mi ciudad” -un programa musical que se verá en julio por el canal Ciudad Abierta-, donde Fabio hará algunas apariciones. María Laura, la mujer de Capusotto, es carpintera, escenógrafa y ama de casa. “En casa -cuenta Diego-, a los roles que la sociedad califica de masculinos los cumple ella, y yo, me encargo de los femeninos: yo lavo los platos y ella cambia los cueritos”. Como a Alberti, Capusotto la conoció a través de Alfredo Casero. Ella era amiga de una novia de Casero; él le ofreció presentarle un amigo, y María Laura le pidió que fuera de Racing: Capusotto era su hombre. No con su grado de fanatismo, a Alberti también le gusta el fútbol. Es de River, y de adolescente llegó a ir a “Polémica en el fútbol” para opinar sobre el tema, pero fracasó. “No me dieron bola: levantaba la mano, pero hablaban siempre los mismos. Estaban todos entongados. Me acuerdo de uno que estaba sentado adelante, con una cadenita de oro: después lo vi revendiendo entradas”. Ni siquiera al hacer una denuncia tan candente, Alberti levanta la voz.

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