Dos millones treinta y dos mil dólares. Bajó el martillo en mayo, en Nueva York, en Christie’s y Sotheby’s, y el martillo fue rotundo: el colombiano Fernando Botero es el artista latinoamericano vivo mejor cotizado de la historia. Hace tiempo, sin embargo, que las formas voluminosas, gordas, de Botero son, a trazo grueso, la marca del arte latinoamericano en el mundo, cual Gabo de las artes visuales.
Nacido en Medellín en 1932, Botero pasó la mayor parte de su vida fuera de Colombia: México, España, Estados Unidos, fueron su horizonte. Pintor costumbrista hasta la comodidad —él mismo se considera "amable"— su última producción se ha replegado sobre algo que evitó puntillosamente: el malestar contemporáneo. Pintó a sus gordos torturados y torturando en Abu Ghraib y ahora, el martes 27, llega a Buenos Aires la colección de óleos y dibujos que donó al Museo Nacional de Colombia. Ahí se mete con el drama colombiano: escenas de matanzas, narcotráfico y guerrilla. Duro.
Desde Milán, una de sus posibles residencias, Botero resume para Clarín su credo personal. "Trabajo los veranos en Italia, donde vivo dedicado más que todo a la escultura. Los inviernos los paso entre París y Nueva York donde también tengo estudios. Soy un trabajador incansable por el simple motivo de que nada me da más placer que mi trabajo. Para mí no hay ni domingos ni días de fiesta. Siempre trabajo. Por esto mi obra es muy extensa. Son 58 años de actividad diaria".
—Dejó Colombia hace 50 años, ¿qué impresiones lo marcaron para mantener esa identidad?
—Ser latinoamericano es algo que marca para siempre. No vemos nunca las cosas de la misma manera que las ve un europeo. En mi caso, solo vi obras de arte recién en el momento de llegar a España. En Medellín, mi ciudad natal, no había museos ni galerías. En cierta forma para ser artista en ese ambiente se necesitaba inventar la pintura.
—¿Cuál es su mejor y peor recuerdo de Colombia?
—El Medellín que yo conocí de adolescente era provincial, tranquilo, muy religioso. Nada tiene que ver con el de hoy de grandes torres, grandes avenidas y grandes problemas. Es quizás cierta nostalgia que ha hecho adoptar ese Medellín de antes como mi temática principal.
—¿Cuál fue el primer y último artista que lo conmovió?
—Los muralistas mexicanos eran muy importantes en su momento y reproducciones de sus obras, de muy pobre calidad llegaban a Medellín. Después, a los 16 años, descubrí a Gauguin y Picasso. Al llegar a Italia me conmovió el "Quattrocento Florentino" y Piero Della Francesca. Y, aún hoy, me siguen conmoviendo.
—Hoy es el artista latinoamericano mejor cotizado. Sin embargo, sus comienzos en Europa deben haber sido menos cómodos. ¿Que recuerdos conserva de aquella época y de la escena artística en particular?
—Tuve la fortuna de vivir siempre de mi trabajo artístico, pobremente en un principio aunque no voy a negar que después viví más cómodamente. Fue muy difícil para mí llegar a Nueva York en el momento de la dictadura del abstraccionismo. Ser figurativo era el equivalente a ser leproso o algo peor.
—¿Recuerda la primera vez que vendió una obra? ¿Cómo fue y a qué precio se vendió?
—Como era muy aficionado a las corridas desde muy joven, mis principios fueron como pintor de toros y toreros. Hacía pequeñas acuarelas y las llevaba al almacén de don Rafael Pérez quien vendía las boletas de las corridas. Un día me llamó y me dijo "vendí una". El precio era dos pesos, como dos dólares de los de hoy. Me fui corriendo a mi casa a mostrarles a mis hermanos que había vendido un cuadro y en el camino se me perdieron los dos pesos.
—¿Cuál es su relación personal con Gabriel García Márquez? ¿Cree que la escuela del realismo mágico impregna de algún modo su figuración?
—A García Márquez lo conozco desde hace más de cincuenta años pero ahora nos vemos muy de vez en cuando. Mi trabajo no es realismo mágico. En mis obras lo que sucede es improbable pero no imposible.
—Usted mismo ha dicho que su obra intenta ser amable, ¿Esto lo hace un artista decorativo?
—Cuando se mira la historia del arte panorámicamente es evidente que el arte se hizo casi siempre sobre temas más bien amables pues la idea era producir placer. Todas esas Venus de Tiziano, las Meninas de Velázquez, los paisajes impresionistas fueron creados para hacer soñar: uno quisera estar allí. Hoy el arte perdió su rumbo pues está más dedicado a producir shock y a fastidiar que a elevar al hombre.
—¿Diría que sus "gordos" son bellos? ¿Cómo dio con esa figuración tan característica?
—La belleza en el arte y en la vida son dos cosas distintas. Una bella mujer pintada como tal resulta banal. En cambio, una mujer horriblemente fea, como Battista Sforza, produjo el más bello retrato de la historia, obra de Piero della Francesca. El tema es que yo no pinto gordos. Yo exalto el volumen de lo que pinto… mujeres, animales, naturalezas muertas, buscando una mayor plasticidad, mayor sensualidad.
—Por su edad y por los lugares que transitó ha sido testigo de la transformación total del arte ¿Por qué se mantuvo al margen?
—La pintura es inagotable a pesar de lo que digan algunos. Los videos y las instalaciones son expresiones artísticas que no pueden reemplazar a la pintura.
—En ese sentido, usted ha señalado que el gran arte se hizo para dar placer y no angustia ¿Qué decir entonces de Goya, Munch o el mismo Picasso?
—Un artista sin comprometer su estilo, su visión del arte, puede expresar lo que quiera, algunas veces como un paréntesis en su obra. Picasso estaba en su período de declaración de amor a su joven amante, Dora Maar, y realizó "Guernica" como un paréntesis. Lo mismo podría decirse de Goya y los fusilamientos.
—Si bien no deja de ser sensato asumir que sus pinturas no cambiárán la situación social hay al menos una mirada. ¿Cuál es su posición sobre Colombia?
—La situación colombiana es muy difícil pero ha mejorado notablemente con el actual gobierno que goza de la aprobación del 70% de los colombianos. Esperemos que en este segundo período se logre la paz a través del diálogo.
Un estrella posmoderna
Ana María Battistozzi
Nacido a comienzos de la década del 30, Fernando Botero nunca llegó a entablar un diálogo fluido con los artistas de su generación, más bien optó por conectarse con el arte del 400 italiano que conoció en los museos, palacios e iglesias de la Toscana, con los Rubens y Velásquez del Museo del Prado o los Ingres y el arte antiguo griego y egipcio en París. Mucho de esto asoma de manera más o menos anecdótica en la figuración voluptuosa de sus pinturas que abordan escenas costumbristas de su Colombia natal. En ella conviven sus exuberantes naturalezas con prelados, vírgenes, prostíbulos y familias endomingadas en una escala que evoca la pintura popular y religiosa latinoamericana. Quizá son estos rasgos tan marcados de su estilo los que hicieron de él un artista tan popular y aceptado como Frida Kahlo y Rivera por el mercado internacional. El artista estrella, sin los favores de la crítica especializada, pudo encaramarse en las cimas de la fama por su presencia mediática y su valor en el mercado. En este sentido Botero encarna como pocos la condición del artista posmoderno, aureolado por el glamour, la seducción de los millones, el lujo de sus residencias dispersas por el mundo y sus monumentales esculturas emplazadas en las principales ciudades del mundo.
Pero no todas son mieles en su historia personal. La sospecha de vínculos con el narcotráfico lo sobrevoló cuando en 1996 su hijo Fernando Botero Zea fue eyectado del Ministerio de Defensa de Colombia por manejar dineros de ese origen y además se supo que Pablo Escobar Gaviria poseía varias obras suyas en su colección. A esto se suma que en los últimos dos años Botero eligió abordar en su pintura dos temas de profundo dramatismo relacionados con la situación de la violencia en Colombia (2004) y las torturas en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak, todo esto sin modificar, sino de manera superficial, su tradicional figuración ingenua, ni ajustar la forma al contenido a fin de reforzar la hondura de semejante drama. Cabe entonces preguntarse por la oportunidad ¿o el oportunismo? de este artista que sale al ruedo con estas tragedias tan contemporáneas.

Pingback: #Amor | CELN - ¿Cuál es la noticia...?