Los estudiantes, un blanco para quienes odian a la sociedad

La Nación
 

Conmoción en EE.UU.: las razones de una tragedia que se repite y el caso argentino

Son frecuentes las matanzas en escuelas

"No me gustan los lunes", se justificó Brenda Ann Spencer, de 16 años, tras haber disparado el 19 de enero de 1979 contra un grupo de chicos que jugaba en un colegio frente a su casa en San Diego, California. Para el ataque, que dejó dos muertos e inspiró la canción de Bob Geldorf I Don t Like Mondays , esta adolescente usó la escopeta que le había regalado su padre para Navidad.

Ayer, también lunes, por lo menos 33 personas murieron en la Universidad Politécnica de Virginia, en la peor tragedia de ese tipo en un campus estudiantil en la historia de Estados Unidos. Otro lunes, el 9 de octubre último, fue el día elegido por un estudiante de 13 años para abrir fuego en su escuela de Missouri. Y el de la semana anterior, un hombre había disparado contra 10 niñas -cinco de las cuales murieron- en un colegio de Pensilvania.

"Las escuelas pueden atraer gente que tiene un odio generalizado hacia la sociedad. Si se ataca a esa institución, se ataca a toda la sociedad", observó Mercer Sullivan, profesor de criminología de la Universidad de Rutgers, en diálogo con LA NACION.

Sullivan es uno de los autores del informe Deadly Lessons: Understanding Lethal School Violence (´Lecciones mortales: entendiendo la violencia letal en las escuelas ), resultado de una amplia investigación que realizó el Servicio Secreto de Estados Unidos tras la masacre de Columbine, la escuela de Colorado en la que dos adolescentes mataron a 12 compañeros y a una maestra, minutos antes de suicidarse, el 20 de abril de 1999.

El trabajo, que fue publicado en 2003 e incluye entrevistas con 10 atacantes, analizó los casos de 41 responsables de 37 tiroteos en escuelas, entre 1974 y 2000. Todos eran estudiantes. Entre otras cosas, el estudio reveló que si bien no hay un perfil determinado de agresores, éstos suelen estar muy deprimidos o angustiados por las amenazas de otros alumnos; que no actúan en forma improvisada y que muchas veces les cuentan a sus compañeros lo que están planeando.

Así lo hizo Evan Ramsey, que en 1997, a los 16 años, mató a un alumno y al director de su colegio en Bethel, Alaska. Sus amigos no sólo no intentaron impedir la tragedia, sino que le sugirieron otras 11 posibles víctimas para ampliar su lista de tres. Luego hicieron correr la voz, y más de 20 estudiantes se juntaron en la biblioteca para ver el "espectáculo" desde un balcón. "¿Qué hacés acá arriba?", le preguntó una alumna a otra. "Vos estás en la lista", le informó.

Otra característica común de los atacantes es que casi siempre tienen un arma al alcance de la mano, en sus propias casas. Eso es justamente lo que destacó Michael Moore en su documental Bowling for Columbine , una ácida crítica a la cultura armamentista en Estados Unidos.

Los tiroteos de octubre de 2006 fueron los últimos de cuatro en Estados Unidos en menos de dos semanas, lo que elevó la alarma en el país y obligó en su momento al presidente George W. Bush a analizar con expertos el tema de la seguridad en los colegios estadounidenses. Pero sobre todo, como ayer, hizo temer un "efecto contagio" similar al que provocó la masacre de Columbine.

Todos coincidieron entonces en que la mejor forma de prevenir nuevos tiroteos es tomar en serio las amenazas entre los estudiantes y promover una mejor comunicación entre padres, alumnos y profesores, en lugar de limitarse a instalar en los colegios cámaras de video, vidrios blindados y detectores de metales.

La idea de convertir a las escuelas en virtuales fortalezas se popularizó después de que un comando checheno se atrincheró en 2004 en una escuela de Beslán, Rusia, y mantuvo cautivas a 1251 personas durante 52 horas. Los ataques de octubre de 2006 parecieron respaldar esta teoría, ya que en dos de los cuatro casos los agresores no eran estudiantes, sino adultos que irrumpieron en los colegios.

"Prestar atención"

Al cierre de esta edición, no se sabía aún quién había provocado la masacre de Virginia. Pero una cosa es segura para William Lassiter, gerente del Centro para la Prevención de la Violencia en las Escuelas con sede en Raleigh (Carolina del Norte). "Los detectores de metales crean un falso sentido de seguridad, ya que se ha comprobado que hay formas de sortearlos", observó, en diálogo con LA NACION.

"Supongo que en Estados Unidos hay más hechos de este tipo por varios motivos: un mayor acceso a las armas, una mayor exposición a imágenes violentas en los medios, y una cultura más violenta que en otros países", opinó Lassiter. En ese sentido, señaló que los alumnos llevan armas a la escuela "porque no se sienten seguros. Muchos reciben amenazas de patotas dentro del colegio, y con las armas intentan demostrar que tienen poder".

La mejor forma de prevenir nuevos tiroteos en las escuelas es, según Sullivan, "promover un clima de confianza [entre alumnos y profesores]. Los chicos saben [qué ocurre entre sus compañeros]. Escucharlos es mucho más útil que un detector de metales".

Mejorar la comunicación, coincidieron también los autores de Deadly Lessons , es la mejor arma para combatir este tipo de tragedias. "¿Qué tendría que haber hecho un adulto para enterarse de la rabia que tenías?", le preguntaron a Luke Woodham, que mató a su madre y a dos compañeros en Pearl, Mississippi, en 1997. "Prestar atención. Sólo sentarse y hablar conmigo."

Por Celina Chatruc
De la Redacción de LA NACION

Las incógnitas de la tragedia

El atacante

Se desconoce la identidad del agresor, o incluso si se trata de un estudiante. La policía informó que el hombre no portaba documentos y que, por haberse disparado en el rostro, no podía ser identificado. Testigos afirmaron que era de origen asiático y que tendría unos 20 años.

La reacción tardía

Muchos se preguntan por qué las autoridades de la universidad no advirtieron a los estudiantes del peligro que podían correr tras el primer tiroteo. Las autoridades dijeron que creían que el tiroteo había sido parte de una disputa personal entre individuos que se conocían y que pensaban que el agresor había dejado el campus. Por eso demoraron más de dos horas en enviar e-mails a los estudiantes informándoles del primer tiroteo.

 

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