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Fuerte respaldo del sector industrial y cautela en el campo
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Timerman acusó al sacerdote Von Wernich
El diplomático dio testimonio sobre el secuestro de su padre

 

 

 

Viaje al punto más bajo de la línea de pobreza

La familia que vive en las vías visitó Tucumán, su provincia

SAN MIGUEL DE TUCUMAN.– “Todo es más lindo en los recuerdos”, dice Elvira Robles, que llega a esa conclusión mientras recorre las empobrecidas calles del barrio El Colmenar, donde creció, en las afueras de la capital provincial.

Después de estar un mes junto con ella y su familia en el asentamiento de la curva que hace el ferrocarril San Martín entre Paternal y Chacarita, en Buenos Aires, LA NACION los acompañó en un viaje a la tierra de sus orígenes. Quizás, andar en sus zapatos un trecho ayudaría a comprender por qué, para ella, vivir al margen de una vía y con la muerte como vecina es mejor que volver a los pagos en los que están familiares y amigos.

 

El viaje se hizo en tren, con Elvira y Luis, su marido, y Kevin, de cinco años, que era el más ansioso por conocer Tucumán, aquella tierra de la que partieron sus padres en busca de una vida mejor. Tanto, que la adrenalina no lo dejó dormir.

Durante las 25 horas que duró el trayecto, el tren pasó por varios asentamientos junto a las vías. "Mirá, acá están peor que nosotros, más pegados a la vía", dijo Luis, cuando el tren pasó por Villa Constitución, cerca de Rosario.

La última vez que Elvira y Luis hicieron ese camino, Ivana, que hoy tiene once años, y Carolina, de nueve, eran bebas. Por eso, el regreso fue todo un acontecimiento para el barrio. Allí esperaban el padre de Elvira, Miguel Angel Robles, y Elvecia Dioque, su mujer.

También "Flopi", la hija de Elvira y Luis, que tiene tres años. Cuando era beba, Elvira enfermó de tuberculosis y quedó internada. "Flopi" se quedó con la bisabuela, que estaba de visita en Buenos Aires, y después se la llevó a Tucumán.

El reencuentro fue difícil. Elvira corrió a abrazarla; la nena se asustó y lloró. Sólo varias horas más tarde pudo alzarla y darle un beso. "Flopi" miraba con ojos de no comprender mucho. Pero fue sólo un breve contacto; después, regresó con la bisabuela a su hogar, en Alderetes, donde no sólo es la reina de la casa, sino la razón de vivir que tienen su bisabuela y el marido.

Desde que bajó del tren, Kevin miraba con el entrecejo fruncido. "¡Mentira! Esto no es Tucumán", dijo enojado. Evidentemente, la ciudad que tenía ante los ojos era distinta de la que había imaginado. Recorrer los barrios en los que Elvira y Luis nacieron y crecieron fue elocuente. Aunque cueste imaginarlo, existe un escalón más bajo en la línea de la pobreza que aquel en el que Luis y Elvira viven junto a las vías, en la Capital.

Margarita Poma es media hermana de Elvira y subsiste a orillas de un canal, en una casa de cuatro chapas. Hace tres años, tuvo a su último hijo, que no sobrevivió al parto. Lo tuvo en la Maternidad Nuestra Señora de las Mercedes, la principal de la provincia. Estuvo internada en la misma cama que otra mujer. Parada junto al canal, cuenta: "Hace un tiempo, vino ayuda del gobierno. Cuando fuimos a anotarnos, nos dijeron que era para gente más necesitada". Y pregunta: "¿Quiénes vendrían a ser gente más necesitada?"

Aquí, la falta de perspectivas parece escrita en la frente de los habitantes. A los 14 años, Lorenzo, el hermano menor de Elvira, ya no estudia. En cambio, trabaja pesando y embolsando carbón, y es el principal sustento de la casa. El padre es beneficiario de un plan social y la madre cobra una pensión por viudez, de su primer marido.

Cuando Elvira y Luis eran chicos, aquellas tierras eran parte de una finca. Hoy, el casco de estancia está en ruinas y adentro se instalaron varias familias, aunque el techo está a punto de caerse. Aquellas tierras en que crecían limoneros, había un tambo y se fabricaba ladrillo se convirtieron en barriada. Allí, la línea de pobreza desciende aún más, hasta niveles impensados.

En una casilla desvencijada, sin puerta, viven Jorgito, de 5 años y Lourdes, de 3. Están al cuidado de su tío. Dos veces por mes, el hombre viaja a Bolivia para pasar ropa en balsa y burlar controles aduaneros. El sujeto relata las peripecias del viaje por el que, según dice, le pagan 45 pesos. Mientras, los chicos comen arroz aguado, de una misma bandeja y con una sola cuchara.

Elvira y Luis parecen, en ese contexto, gente de otra clase, ubicada mucho más adelante en la escala social. Por eso sienten que, a pesar de todo, ellos progresaron. Y que Tucumán no es un lugar para volver. Ese fue su punto de partida. Ahora quieren hacer algo para que sus hijos puedan vencer esa falta de perspectivas que sume a la gente cada vez más abajo de la indigencia.

"Hija, ustedes tampoco pueden vivir así, junto a las vías. Tienen que salir, tienen que cambiar", les dijo el padre de Elvira. "Estuvimos hablando con Luis. Quiero que deje de cartonear. Porque el cartón da plata pero eso es estar en la basura y trae enfermedades", confiesa. Cuando regresen a Buenos Aires quiere buscar un trabajo en blanco. Una amiga le dijo que en Jumbo, de Soldati, estaban tomando gente para limpieza.

Ahora es el anhelo que tiene. El camino que cree posible para empezar a salir de la marginalidad. "Quiero cambiar de clase. Tengo que hacerlo por mis hijos, porque ellos preguntan, necesitan cosas y nosotros tenemos que darles el ejemplo de que se puede salir".

* * *

BUENOS AIRES.- Dos semanas después, el panorama es otro. Elvira tiene una tristeza muy grande. Se seca las lágrimas pero no puede contenerse. Del traslado que prometió el gobierno de la ciudad no hay noticias. Pero es otra cosa lo que la tira abajo.

Luis se fue de casa. En realidad, nunca volvió de Tucumán. El último día, antes de regresar, le dijo que no iba a volver. Elvira piensa que se fue con una ex novia. "Nos dejó que volviéramos solos", cuenta en un sollozo, y se abraza a esta cronista. No es el único que falta en la casa. Kevin se quedó con el papá. "Luis me prometió que iba a venir a buscar sus cosas y que lo iba a traer", dice, dolorida por tener lejos otro hijo más. En el fondo, Elvira piensa que Kevin presentía algo y que por eso no le gustó Tucumán, y que Luis no quería cambiar de vida, salir de la condición en la que viven para buscar una mejor.

El día anterior, Talía había cumplido años. Como Luis no está, en la casa no hay dinero y apenas algo de comida. "Hoy cumplo años, mami", le dijo la nena. "Sí, ya sé, pero no tengo nada para hacerte…", lamentó Elvira. "No importa, ya sé, pero igual es mi cumpleaños", respondió Talía.

A Elvira le duele la tristeza de sus hijas. "Quiero irme de acá porque tengo miedo de hacer una locura. Ayer estaba mirando el tren y pensé: «¿Y si me tiro? Voy a sufrir menos, pero los que van a sufrir son mis hijos». Entonces, tengo que juntar fuerzas para salir adelante yo sola y para irme de acá", cuenta. Esa noche, antes de acostar a las hijas más grandes, Elvira se sentó con ellas y les contó que su papá no iba a volver. Les dijo que a partir de ahora ella iba a salir por las noches con el carro a buscar cartones, que se iban a quedar solas en la casa y que se tenían que portar bien y no salir a las vías.

"Mami, no te preocupes. Vamos a salir adelante, vas a ver. Yo te voy a ayudar; voy a cuidar a mis hermanos", le dijo Ivana. Tiene 11 años y desde el martes pasado, por las noches, está a cargo de su familia.

Para el próximo sábado está planeando ir con la abuela a la feria del Retiro. Quiere vender algunos de los juguetes y cadenitas que su mamá encuentre en la basura. "Vas a ver, entre las dos vamos a salir adelante", promete.

Por Evangelina Himitian
Enviada especial

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