Es notable el fervor del público colombiano durante los días del Festival Iberoamericano de Teatro. En las colas, antes de entrar en las funciones, no paran de hablar sobre los espectáculos que han visto y se entusiasman ante los que verán. Son durísimos cuando algo no les interesa y se deshacen en halagos cuando los artistas los conmueven. Casi siempre aplauden de pie.
La oferta del festival continúa siendo amplísima y con una importante asistencia de público. Por día hay entre 14 y 18 propuestas diferentes, sólo en salas y, por ejemplo, los sábados y domingos algunos espectáculos se ofrecen en doble función, con lo cual se pueden ver hasta tres puestas en una misma jornada, siempre y cuando algún atasco en una carrera (avenida) no demore demasiado la llegada al teatro.
Las entradas varían, de acuerdo con el espacio y el espectáculo, entre 10, 20 y 40 dólares. Los espacios son amplísimos, en general, y siempre están colmados.
Esta realidad, que se repite edición tras edición, si bien puede sorprender a muchos está siendo determinante para el teatro colombiano, porque se organizan coproducciones entre algunos grupos y el festival, y también con otros festivales o teatros del exterior. En esta temporada se puede ver una versión de “Hamlet” con elenco colombiano y director mexicano, Martín Acosta, coproducida entre Colombia y el Festival Cervantino de México; la compañía local L’ Explose de danza contemporánea, que dirige Tino Fernández y coproduce con la embajada francesa y la Bienal de Danza de Lyon, y un trabajo del autor bogotano Fabio Rubiano -"El vientre de la ballena"- se realiza en coproducción con el teatro esloveno Mladinsko y dirección del también esloveno Matjaz Pograjc.
Algo que comentan mucho los colombianos es que el Festival Iberoamericano de Teatro ha promovido un fuerte desarrollo en la cultura bogotana, la que está desarrollándose con fuerza en las más diversas artes.
Nuevos montajes
Entre las propuestas internacionales que día a día van sumándose a la grilla de la programación se han destacado tres que vuelven a hacer referencias a cuestiones sociales y políticas.
Desde Rusia -país invitado- "Avenida Nevsky", basado en un texto de Nicolás Gogol y con dirección de Ruslan Kudashov, mostró con severidad la relación entre los artistas, su cultura y su sociedad. Se trata de una experiencia de marionetas pequeñas, títeres de guante y teatro de sombras. Por la avenida Nevsky, una arteria principal en San Petersburgo, se pasean artistas muy convencidos de su arte, mientras a su lado miles de seres anónimos transitan sin que los encargados de retratarlos puedan verlos. Por debajo de la calle el infierno de los muertos aparece de continuo alzando su voz para mostrar las contradicciones. El cruce es de un doloroso patetismo.
Italia está representado en el Festival por un grupo de Sicilia, Sud Costa Occidentale-CRT. Con dramaturgia y dirección de Emma Dante, ellos presentan una experiencia pequeña en su estructura, pero de fuerte intensidad en su actuación y en su intención. Una familia tradicional se prepara para salir pero, a causa de que una de sus integrantes lleva un calzado poco adecuado, las discusiones potencian la exposición de la realidad de ellos, en relación con el mismo ámbito familiar y también con la sociedad de la que forman parte. Trabas de todo tipo los han condicionado en sus modelos de vida y de ellos parecen no poder salir, aunque lo intenten una y otra vez. Buenos intérpretes, se apoyan en su trabajo físico para expresar tanta pacatería que los impregna y de la que, ingenuamente, intentan desprenderse.
El esloveno teatro Mladinsko presentó "La reina Margot", de Alejandro Dumas, con dirección de Diego de Brea. En un ámbito totalmente despojado, unos fuertes actores van desandando un fragmento de la historia francesa del siglo XVI, aquella que muestra las consecuencias del matrimonio entre la princesa católica Margarita y el rey de los hugonotes Enrique de Navarra. Intrigas, traiciones y crímenes se van sucediendo a lo largo de la representación y, siempre, en nombre de Dios, el poder mantiene su estructura sin importarle las consecuencias. De Brea construye unas atmósferas muy intensas con fuertes aportes lumínicos y una música que marca ciertos ritmos de la puesta. En la interpretación prefiere diálogos breves, relaciones actorales muy acabadas y, de continuo, unas pausas que obligan al espectador a detener su atención para reparar en esos acontecimientos que se suceden y en esos hombres y mujeres que, como peleles esperpénticos de a ratos, van dando forma a la historia de un país. Diego de Brea, también, apoya todo su montaje en la conformación de imágenes que remiten al más acendrado barroquismo español y con una fuerza muy sugerente.
Por Carlos Pacheco
Para LA NACION