ENTREVISTA A FEDERICO LORENZ, HISTORIADOR: “Malvinas encierra varias guerras dentro de sí misma”

Clarín

 

La del Atlántico sur fue la única contienda convencional de la Argentina en el siglo XX. Pero también es el mayor enfrentamiento ideológico en torno a un símbolo y el final de cierta idea de la lucha política.


Fabián Bosoer.

fbosoer@clarin.com

Veinticuatro años después, se siguen conociendo aspectos inéditos de la Guerra de las Malvinas. ¿Qué miradas nuevas pueden aportarse?

—Malvinas encierra varias guerras dentro de sí misma. Porque Malvinas es, desde el punto de vista militar, la única guerra convencional que tiene la Argentina en el siglo XX. En su momento los militares sostenían que libraron otra, la "guerra sucia", decían ellos. Las organizaciones revolu cionarias también hablaban de guerra. Pero hay otra lectura, que es la de las guerras por el sentido y las interpretaciones sobre el pasado, que se confunden y chocan en Malvinas. Cuando hablamos de "guerra", nos referimos también en un sentido amplio a los enfrentamientos ideológicos en torno a un símbolo. Malvinas es, sin duda, un símbolo hasta el 82, y tiene unas características particulares, menos discutidas, después del conflicto bélico. El conflicto armado del 82 saca a la luz las disputas sobre ese pasado, las pone en evidencia y en cierto modo las cierra. Pero también se abren otras disputas y apropiaciones simbólicas luego de la derrota, de manera que el tema sigue estando en el centro de nuestras contradicciones y formas de pensarnos como país.

  • ¿Qué termina y qué se inicia en esa guerra?

    —Lo que se termina en Malvinas es una idea muy autocomplaciente de nación y una imagen de la actuación de las Fuerzas Armadas en relación con su pueblo. Y comienzan otras guerras subterráneas, individuales, sostenidas sobre todo por los protagonistas y las víctimas directas, en este caso, los que habían combatido en las islas y los familiares de ellos y de los muertos. Lo que aparece después de Malvinas es la problemática de cómo elaborar el dolor y la pérdida, lo que incluye tantas cosas que hemos perdido hasta entonces y desde entonces, y los modos de recuperarnos de esas pérdidas.

  • ¿Podría entenderse Malvinas como una última fase de esta concepción por las luchas, a propósito del contenido de nación, y de las guerras internas que se libran en la década del 70?

    —Es un paroxismo de esa concepción. Malvinas es la lógica de la guerra en la política llevada al extremo más obvio en términos de culto patriótico. Es por eso que la lógica que llevó a los militares a planificar y actuar la recuperación tuvo un acompañamiento que excedió largamente a las Fuerzas Armadas. Les daba sentido a otras lógicas políticas, aun a las que se oponían más frontalmente a la dictadura; e incluso a quienes habían sido sus principales víctimas. La lógica amigo-enemigo, que del 55 para acá tiene una espiral, es cada vez más evidente, más salvaje, más terminante: en Malvinas es llevada hasta el extremo. Y la sociedad, que entregaba a sus hijos para hacer el Servicio Militar y "defender a la Patria", los encuentra una vez más victimizados y sometidos.

  • ¿Cómo se explica ese apoyo que concita en la sociedad la recuperación militar de las islas?

    —Por distintos factores. Por un lado, está la noción de deber. No olvidemos que el Servicio Militar tuvo una presencia muy fuerte en la sociedad argentina hasta mediados de la década del 90. El culto patriótico le da sentido a la historia nacional y sabemos el peso que tuvo en la construcción de identidades políticas, en la Argentina, la noción de derecho sobre ese "territorio irredento". Es decir, "correspondía" que las Malvinas fueran argentinas. Y en una lógica de la política concebida como guerra no era impensada la posibilidad de una recuperación militar. Recordemos que, además, en el 78, casi fuimos a la guerra con Chile. Y que discursivamente, el país estaba en guerra contra la subversión, desde el 76. Se vivía bajo una dictadura, pero nada de eso resultaba absurdo o ilógico para una mayoría de la sociedad argentina.

  • ¿Era una idea que no estaba, entonces, circunscripta a un grupo de generales aferrados al poder?

    —Eso es lo que fue más cómodo de pensar tras la derrota, pero no necesariamente el mejor recurso para entender cómo pudo suceder esa guerra y cómo superar los traumas que luego dejó. Es la banalidad de la derrota; la banalidad y el modo irresponsable con el que fueron manejadas vidas humanas, en este caso en una guerra considerada justa. Lo que se ve aquí es, en el caso de los padres y de los jóvenes que van a Malvinas, una convicción profunda, en muchos casos, o una aceptación de un deber, en otros, que había sido malversada.

  • ¿Ese develamiento es el que provoca también que se descorriera el telón sobre lo que había significado hasta entonces la dictadura militar?

    —Lo que se produce es una identificación entre lo que se había hecho con los soldados en las islas y lo que se hacía con los jóvenes en los cuarteles, o durante la represión. Lo interesante es que desde el 82 hubo que esperar al 94-95 para que el caso Carrasco destapara la olla sobre lo que había ocurrido con el Servicio Militar y que éste dejara de ser obligatorio. Hasta entonces, no se cuestionaba la validez del servicio militar obligatorio.

  • ¿Tiene esto relación, también, con la permanencia de esa idea de la identidad nacional?

    —Ese es uno de los problemas de Malvinas, sin dudas. Puede ser punta de lanza para reivindicaciones de la dictadura o visiones muy chauvinistas del nacionalismo. Lo que intentaron hacer luego las agrupaciones de excombatientes en los años 80 fue inscribir a Malvinas dentro de una serie de luchas populares. Lo que en el 82 no pasaba es que Malvinas estuviera sacada de su explicación histórica como resultado de un exabrupto. Y todavía hoy, lo que se suele decir se parece mucho a eso; el arrebato de un loco y la impericia de una camarilla de iluminados, la gente que enceguecidamente acompañó la aventura. No creo que la gente apoye enceguecidamente nada; el esfuerzo debe ser precisamente explicar. Que no quiere decir justificar, ni perdonar, sino entender. Porque, evidentemente, Malvinas tuvo y tiene un sentido para mucha gente.

  • Otra guerra que no se contó es la de los desertores y quienes se opusieron a la guerra.

    —Hubo, es cierto, casos de oposición a la guerra, de presos, de muchísimo maltrato a gente que prefirió quedarse. Es una historia para escribir, y me parece que es válido discutirlo, porque hubo gente que vivió un aislamiento en sus lugares de trabajo o en sus barrios, por decir "esto es una locura".

  • Veinticuatro años después, tenemos a la primera generación adulta nacida después de la guerra. ¿Cómo se les cuenta a ellos lo sucedido en Malvinas?

    —Depende mucho de dónde uno esté. En Río Grande, Tierra del Fuego, por ejemplo, Malvinas es motivo de orgullo y es la marca identitaria de la ciudad. Porque de ahí salían los aviones, allí estaba la base del Batallón Infantería de Marina V. Si uno va a La Plata, tiene una agrupación de excombatientes como el CECIM, muy crítica, que mantiene un discurso, en gran medida, fuertemente asociado al de los años 80. Si uno habla con la Federación de Veteranos de Guerra, el mensaje es otro. Y si habla con la Comisión de Familiares de Caídos, se encuentra con un discurso patriótico, que le da sentido a la pérdida y sigue siendo eficaz. Lugares como Villa Angela en el Chaco, atravesados por las malas condiciones de vida de la Argentina, tienen una marca identitaria que está asociada con armar un museo sobre la Guerra de Malvinas. No tienen un museo sobre otras cosas, pero sobre la Guerra de Malvinas sí, porque cantidad de gente de Chaco estuvo allí.

  • ¿Cuál es el rescate, entonces, que puede hoy hacerse de esa trágica experiencia?

    —Hay otra razón para recuperar aquella historia: después del 82 uno puede decir que las Malvinas son argentinas también porque murió cantidad de gente ahí, y porque todavía están buscando su lugar en la historia hoy. Ahí empieza una discusión, y el lugar natural para hacerla son las escuelas, porque es allí donde construimos los sentidos que le damos a nuestra nacionalidad. Que no pasa tanto por el territorio, sino por las expectativas, las pasiones, los deseos y el dolor puesto en lo que las islas simbolizan. Estamos hablando, en definitiva, de cómo salir del impacto de las tragedias: una guerra, la represión, etc. Tratar de darle una lógica, aun a lo que parece no tenerla; porque si no, estamos muertos como nación. Tan muertos como los muertos de Malvinas.

    Copyright Clarín, 2006.

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