La destitución de Ibarra: Lo condenó su pálida gestión de gobierno

La Nación
 
El análisis

 
Aníbal Ibarra ha caído. Su agonía (un año y dos meses) ha sido larga. En su derrumbe se lleva también algo de la autoridad política del presidente Néstor Kirchner, el hombre que lo salvó de la derrota segura en su reelección, en 2003. Pero, ¿se ha juzgado sólo la gestión de Ibarra como responsable político de la tragedia de Cromagnon, que dejó el insoportable peso político y emocional de casi dos centenares de muertos?

Ningún jefe de gobierno hubiera salido campante de semejante catástrofe. Sin embargo, en el caso de Ibarra se pusieron de manifiesto, en el acto, dos condiciones adversas para él. Su gestión integral como jefe de la Capital no era bien vista por muchos sectores sociales y, además, se había mostrado incapaz de enhebrar mínimas alianzas políticas que lo preservaran de sus muchos adversarios. Sólo cuidó su relación política con Kirchner. Nunca tendió más puentes.

Enfrente se encontró con una Legislatura que simplemente cambió el nombre del viejo y desprestigiado Concejo Deliberante. Fragmentado en innumerables bloques, integrado por personas en muchos casos muy vulnerables, el cuerpo legislativo nunca dio garantías de llevar adelante un juicio justo. Eso explica que gran parte de la opinión pública se haya manifestado, en las encuestas, en desacuerdo con la destitución de Ibarra. No fue adhesión a él lo que hubo en vastos sectores sociales, sino el rechazo a convertirlo en culpable casi exclusivo del drama de Cromagnon.

Desde ya, no pueden analizarse dentro de ese cuadro las manifestaciones públicas en favor del gobernante destituido que se realizaron en los últimos días. A trancas y barrancas, Ibarra estaba sometido al juego natural de las instituciones que lo juzgaban; no correspondía, por lo tanto, que una pueblada -pasible siempre de manipulaciones- sustituyera el trabajo de legisladores y jueces.

Es cierto que Ibarra implantó un método de gobierno cerrado, donde sólo él era el centro de un sistema radial. Las secretarías (o ministerios) pertenecían, cada una de ellas, a pequeños sectores políticos, muy celosos de sus espacios de poder. En cualquier caso (se tratase de obras públicas, de la educación, de la salud o de la seguridad) era el propio Ibarra el que terminaba decidiendo y arbitrando en caso de colisiones internas.

Heredó el liderazgo del Frente Grande que dejó el ex vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez (con el que tiene una mala relación política y personal desde hace muchos años), pero nunca hizo de ese partido una estructura que valiera la pena. En la propia Legislatura, sus aliados inmutables no pasaban de un puñado de cuatro o cinco legisladores. Casi la misma relación de fuerzas que se vio en la votación de ayer.

Algo debió de hacer mal un político cuando el arco opositor que lo enfrenta está conformado por dirigentes que responden a Macri, a López Murphy, a Carrió y a Zamora. Todos, en fin, desde la derecha hasta la izquierda.

Debe reconocerse, no obstante, que a Ibarra nunca le faltó una enorme dosis de buena suerte, el soplo de la fortuna del que hablaba Maquiavelo, fundamental para la carrera de cualquier político. Fernando de la Rúa lo arrastró a la jefatura de gobierno en el mejor momento político del ex presidente y Kirchner le hizo posible la reelección, también en el mejor momento del actual presidente, un mes y medio después de que éste accediera al poder.

Cromagnon tiene culpas penales y directas más importantes que las responsabilidades políticas de Ibarra. Su propietario, Omar Chabán, hizo de la transgresión un hábito hasta que la transgresión explotó en un incendio de bienes y vidas. La propia banda que tocaba esa noche, Callejeros, había instalado en la costumbre de sus seguidores una parafernalia de bengalas que terminó con el fuego en las vísperas del Año Nuevo de 2005. No obstante, el primero en caer fue el que tenía una responsabilidad política más lejana que aquéllos.

Kirchner mismo ya no sabía al final qué hacer con Ibarra. Sabía, sí, que terminaría pagando un precio político por haberlo apoyado en su momento y por haberlo sostenido hasta hace muy poco tiempo. Sus vacilaciones se evidenciaron en la votación de la Sala Juzgadora: un kirchnerista votó a favor de Ibarra, otro se abstuvo y un tercero se pronunció por su destitución.

Los propios colaboradores presidenciales estaban divididos. El jefe de Gabinete y jefe político del peronismo de la Capital, Alberto Fernández, sostenía que siempre sería mucho mayor el precio que se pagaría si le soltaban la mano a Ibarra. Pero el ministro de Planificación, Julio De Vido, respaldaba la tesis de que era hora de hacer borrón y cuenta nueva. El flamante jefe del gobierno de la Capital, Jorge Telerman, encontró siempre en De Vido más apoyo que en Fernández.

Muchos miembros de la Sala Juzgadora recibieron la influencia directa de las familias de la víctimas, que se convirtieron en protagonistas políticos importantes de este proceso. Es razonable que los familiares busquen las responsabilidades no sólo penales, sino también políticas. La propia sobrevivencia de Ibarra como jefe de gobierno, en caso de haber sido restituido, se hubiera tornado intolerable por la presión constante de los familiares. Para éstos, Ibarra debía pagar con su vida política la muerte de sus seres queridos.

Sin embargo, la sociedad no ha hecho aún una reflexión sobre lo que sucedió en Cromagnon: las bengalas que se dispararon al techo, en un lugar cerrado, fueron encendidas por el público. Esto habla de una devaluación notable de la cultura social, de hábitos desaforados y del desprecio por la vida misma.

Ibarra ya no está. Su pálida gestión y su incapacidad para atraer aliados lo condenaron antes que los estrépitos de Cromagnon. Pero sería una ingenuidad política suponer que su destitución por sí sola resolverá la crisis de la política porteña, la escasez de crédito social de sus instituciones y las deficiencias de un Estado impotente.

Sólo en la Capital y en Tierra del Fuego hubo juicios políticos contra sus gobernadores. Son, al mismo tiempo, los distritos electorales más jóvenes del país. La política enseña siempre que ser nuevo no es equivalente a ser mejor.

 
 
 
 
 
 

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