A VEINTE AÑOS DE LA TRAGEDIA NUCLEAR : LA EXPLOSION HABRIA LIBERADO 500 VECES LA RADIACION DE LA BOMBA ARROJADA EN HIROSHIMA

La Nación
 

Chernobyl: viaje a la ciudad que la catástrofe convirtió en fantasma

El miércoles se cumplirán 20 años del mayor accidente nuclear civil de la historia. Clarín recorrió la planta que contenía al reactor, y los pueblos más afectados.
 
 
Telma Luzzani PRIPYAT, UCRANIA. ENVIADA ESPECIAL
tluzzani@clarin.com


Como una broma siniestra, clavados en el suelo envenenado de la región de Chernobyl y en medio de una vegetación que ahora crece salvaje y lo invade todo, pueden leerse todavía los carteles oxidados de la era soviética. "Los bosques son los pulmones del planeta". "Cuidemos los árboles del fuego". "Salud a los compañeros trabajadores de Chernobyl".

Pero después del 26 de abril de 1986, el aire quedó contaminado, la naturaleza destruida y los trabajadores de Chernobyl murieron por tumores o malformaciones nunca vistas. Todos los seres vivos fueron afectados de una u otra manera. Pero no los carteles, que siguen ahí con su mensaje macabro o acaso como una advertencia.

El mismo desasosiego se siente al llegar a la ciudad fantasma de Pripyat, construida para los trabajadores de Chernobyl, y que en los ’70, con sus 47.000 habitantes, era —como los son hoy los polos de la industria informática— joven, vanguardista y arquitectónicamente moderna.

"Miren si después de la visita quedamos fosforescentes", dice el intérprete que acompaña a Clarín junto a las autoridades de Chernobyl. Los chistes de humor negro salen unos tras otros para amortiguar lo que todos sentimos: que Chernobyl y Pripyat son la prueba misma de los riesgos a los que se expone el hombre cuando juega con la muerte.

La planta de Chernobyl, a 16 kilómetros de la frontera con Bielorrusia y a unos 120 kilómetros al norte de la capital ucraniana de Kiev, fue en los ’70, el nuevo orgullo soviético y un hito en la pulseada que EE.UU. y la Unión Soviética tenían por el poder nuclear. Pero en la madrugada del 26 de abril de 1986, una brutal explosión acabó con ese sueño.

Una nube de hidrógeno acumulada en el núcleo del reactor número 4 produjo una explosión que hizo volar las 100 toneladas del techo, provocó un incendio que alcanzó los 2.500 grados centígrados y liberó tal cantidad de partículas radioactivas que en un informe presentado hace unas semanas en la Eurocámara se asegura que "3.900.000 kilómetros cuadrados de Europa quedaron contaminados", es decir, una vez y media el territorio argentino.

La mayor catástrofe nuclear civil de la historia fue ocultada por el gobierno soviético que en aquel entonces lideraba Mijail Gorbachov, hasta donde pudo. Y aún hoy se desconocen datos certeros sobre las verdaderas causas del accidente; las cifras exactas de muertos y daños materiales; la actual peligrosidad del material radiactivo que aún contiene la planta y, lo que es más preocupante aún, cómo resolver eso en el futuro próximo.

Aquel sábado de 1986, tras el estallido y el incendio se llamó primero a los bomberos quienes, al precio de sus vidas, evitaron que el desastre alcanzara el reactor 3. Hoy en la entrada a Chernobyl, un monumento sencillo los recuerda. Luego, al tomar conciencia de la magnitud del desastre, varios helicópteros del ejército trataron de apagar el fuego arrojando al núcleo del reactor una mezcla de arena, arcilla, plomo, dolomita y boro. Se buscaba además evitar que se produjera una reacción en cadena.

El 13 de mayo, cuando terminaron de apagarlo, se habían arrojado unas 5.000 toneladas de material, lo que hoy no deja de ser un problema porque es un peso no previsto que sigue soportando la estructura.

El 27 de abril de 1986, Suecia lanzó una primera alarma por la presencia de alta radioactividad en su aire. También lo advirtieron Finlandia y Alemania. La nube contaminó, además de a Ucrania, a gran parte de Bielorrusia (tal vez el país más afectado) y a Rusia. Hoy se sabe que el 40% del territorio europeo tiene todavía índices de radioactividad, algunos altos. Se estima que la explosión de Chernobyl liberó 500 veces la radiación de la bomba arrojada en 1945 sobre Hiroshima.

"Era un muerte silenciosa, lenta, invisible", dice a Clarín Anna, una mujer que ahora vive en Kiev pero que en 1986 trabajaba en el restaurant que hoy muestra sus balcones desiertos a la plaza principal de Pripyat. "El día que nos evacuaron estaba todo florecido y no se notaba nada. Pero tuvimos que abandonarlo todo: muebles, ropa, juguetes. Después supimos que estaba todo contaminado. Igualmente hubo muchos saqueos".

Igor Staravoitoy, el representante de Chernobyl que acompañó a Clarín a la ciudad fantasma, confirmó los saqueos. Y agregó: "Algunos muebles que quedaron y que estaban en condiciones los reutilizamos nosotros en la planta nuclear".

La evacuación de Pripyat y de todo habitante que viviera en un radio de 30 kilómetros de la planta duró treinta y seis horas. Según consta en el Museo de Chernobyl, que se encuentra en el popular barrio del Podol, en Kiev, fueron 78 las aldeas evacuadas. Anna recuerda de ese día: "Era domingo y había algunos que aferrados a lo cotidiano, no querían irse porque el lunes tenían que ir al trabajo. No tenían idea de lo que les esperaba".

La avenida principal de Pripyat, como no podía ser de otra manera, se llamaba Lenin. En cada árbol sigue resistiendo —un poco oxidada— la estrella roja de cinco puntas. El camino termina en la plaza principal, donde está el restaurant de Anna, el Hotel Politza y la Casa de la Cultura: Energetic.

Rehén de la estética de los 70 y de la era soviética, la estrella edilicia de Pripyat era el monoblock. Se conservan todos (algunos incluso con cierta dignidad), aunque con el aspecto desdentado que les da a los edificios el no tener más vidrios ni ventanas.

Los más altos (que al mismo tiempo eran los más próximos a la plaza central) terminaban coronados con un inmenso escudo de armas de la República Socialista Soviética de Ucrania, es decir, un centro rojo con la hoz y el martillo en amarillo, rodeado de espigas de trigo color oro, en alusión a la bien conocida riqueza agrícola de Ucrania.

En la puerta del hospital —también modelo en su momento como lo fue todo es esa ciudad— hay una camilla que nadie tuve el buen gusto de retirar. El tiempo quedó congelado y Pripyat es hoy un museo al aire libre, aunque sólo visitada con autorización gubernamental.

Igor comenta que en el lugar, sin la presencia del hombre se han reproducido cerdos, perros y hasta caballos, todos salvajes. La vegetación lo cubre todo. Veinte años después, la Naturaleza se tomó su revancha.

El regreso a Kiev (después de que nos controlaron con un aparato el grado de radiación con la que salíamos de Pripyat) fue al atardecer. Los campesinos de la Ucrania profunda roturaban la tierra completamente negra que le dio a la región su antiguo nombre de "Chernozem". Su fertilidad y riqueza fue la codicia, durante siglos de ostrogodos, hunos, germanos y turcos. Llama la atención el atraso: en el campo ucraniano el arado sigue siendo un uña metálica que un hombre y dos caballos clavan en la tierra. En Kiev, en cambio, se ven en los suburbios de la capital numerosas dachas en construcción, signo de una sociedad que cada vez más se divide en clases. La catástrofe es apenas un mal recuerdo.

 

 

A VEINTE AÑOS DE LA TRAGEDIA NUCLEAR : TESTIMONIOS DE UCRANIANOS QUE VIVEN EN LA ARGENTINA

"Decían que era un incendio y que estaba bajo control"

Eran jóvenes, se amaban y tenían todo el futuro por delante. ¿Qué mejor proyecto que irse a vivir a una ciudad de jóvenes de 30 y pico, súper moderna y rodeada de naturaleza? Esa ciudad ideal era Pripyat y tenía para Ludmila Panasetska, casada entonces con Dmitri Kvitnytska, la exacta medida de sus sueños. Una prima que trabajaba en el jardín de infantes de esa ciudad la convenció de que fueran allí y Dmitri, que trabajaba en el ferrocarril, pidió el traslado.

"Fuimos a Pripyat con nuestro hijito Dmitri, de 2 años, a buscar una nueva vida", contó a Clarín Ludmila, en su casa de Villa Luro, donde pinta, con artístico fileteado ruso, gauchos y tangueros en madera.

Llegaron en septiembre de 1985, ocho meses antes de la explosión nuclear. A la 1.20 de la madrugada de aquel 26 de abril de 1986, cuando fue el estallido, temblaron las tazas del aparador como si se tratara de un terremoto. "A la mañana mi marido averiguó y me dijo ‘no salgas a ningún lado que es algo peligroso’ pero no sabíamos qué exactamente. ¡Hasta que nos evacuaron pasamos 28 horas bajo la radiación! Yo estaba embarazada y todos me decían que abortara pero yo me arriesgué y por suerte mi hija Alona no tiene problemas".

En la madrugada del domingo 27 un hombre golpeó las puertas avisando que los evacuaban. "Nos dejaron llevar sólo algo para comer, un poco de plata y los documentos, porque decían que en 3 días volvíamos. Pero nunca más. Nos dijeron que era un incendio y que todo estaba bajo control. Mentiras. Yo veía que a los chicos y a los bebés los tapaban con sábanas. La estación de tren estaba abarrotada de gente que quería escapar de cualquier manera. ¡Y encima nos cobraron los boletos!", recuerda indignada.

La gente empezó a tener problemas de salud: cansancio, mala circulación, dolor en el hígado y en el corazón. Muchos murieron de cáncer de tiroides o leucemia. A otros se les caía el pelo. Ludmila muestra entonces la medalla que la Unión Soviética le dio a su marido Dmitri por ayudar a evacuar gente. Los llamaban los "liquidadores", un término horriblemente equívoco. La medalla tiene en el centro una lágrima de sangre. Había plata para premios pero no para una buena protección. "A mi marido sólo le dieron sólo un barbijo y guantes de tela contra la radiación", asegura.

Dmitri vive pero "tiene la garganta quemada por dentro, lo que le produce un terrible dolor y tiene manchas en el pecho, las manos y la cara que no se le fueron nunca más".

Pedro Melnik, otro ucraniano que también decidió probar suerte en Argentina, tuvo en cierta forma un destino opuesto. Vivían en Rivne, a 300 kilómetros de Chernobyl, y como la mayoría de los ucranianos no se enteró de nada hasta mucho después.

"Recuerdo que para la fiesta del 1ø de mayo nos llamó la atención que todos los funcionarios públicos estaban en las tribunas con sombrero, aunque hacía calor y había ya un hermoso sol primaveral", dice a Clarín. Pocos días después empezó a correr en Rivne el rumor.

"Yo en Ucrania trabajaba en la construcción. Y como muchos no imaginé que las autoridades mentían cuando decían que no era grave. Incluso me anoté para trabajar construyendo el sarcófago, porque era un buen trabajo. Pero no me llamaron. En ese momento me amargué por mi mala suerte pero hoy gracias a eso estoy vivo". Su hermano menor, Vasilio, vivió un año y tres meses en Chernobyl y su primer hijo nació con problemas. "Tenía toda la piel transparente en el vientre, como si fuera de vidrio, se le veían todos los órganos. No sobrevivió. Pero ahora por suerte tiene 7 hijos todos sanos".

 

TELMA LUZZANI

Las entrevistas fueron realizadas por la enviada antes de su viaje.

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