LA FE DE LOS ARGENTINOS: EL EXPLOSIVO AUMENTO DE LA DIVERSIDAD RELIGIOSA

clarín
 
En los últimos 15 años se registraron 900 nuevos cultos

El Registro Nacional sumó así una nueva religión cada seis días. Los especialistas dicen que la gente se anima más a buscar calor y emoción en credos minoritarios, y que quiere una relación con Dios con menos intermediarios. El Gobierno promete cambiar una ley de la dictadura y tratar "a todos igual".

 

Georgina Elustondo.

gelustondo@clarin.com

Todos los pronósticos resultaron errados. Durante décadas, muchos especialistas encumbrados predijeron el triunfo del racionalismo sobre la religión, las supersticiones y todo aquello que esquivara las explicaciones de la ciencia. Pero, parece, se equivocaron: en Argentina, por ejemplo, diversas investigaciones a las que accedió Clarín revelan que la gente cree cada vez más, y que la búsqueda de un sentido trascendente atraviesa todo el tejido social. Eso sí: la fe que supimos conseguir tiene algunas particularidades. Al galope del avance de las libertades que disparó el despertar democrático, la forma en que la gente vive y expresa sus creencias religiosas fue cambiando, y la diversidad religiosa se amplió a niveles inéditos: casi mil nuevos cultos se inscribieron en el Registro oficial en los últimos 15 años.

Es un fenómeno mundial. La religión goza de muy buena salud en gran parte del Globo. Una encuesta realizada en 2005 por la consultora Gallup en 70 países reveló que sólo el 6% de las personas se definen "ateas convencidas", porcentaje que, en nuestro país, fue todavía menor: sólo 2 de cada 100 argentinos dijeron no creer en Dios. El mismo estudio dice que, desde 1984, el número de personas "religiosas" había trepado del 60 al 80%. "Argentina es un país muy religioso. Desde el Estado queremos respetar esa elección íntima y defender la libertad religiosa como un derecho humano impostergable", dijo a Clarín Guillermo Oliveri, secretario de Cultos de la Nación (ver página 34).

Algo similar opinó la directora de Cultos del Gobierno de la Ciudad, Alicia Vázquez: "Más allá de su apariencia laica, en Buenos Aires hay una vida religiosa muy importante. La gente tiene fe y pertenece de una u otra manera a una comunidad religiosa, que no tiene por qué ser sólo la católica. Si la Ciudad tiene por identidad la diversidad, la religión no es excepción. No hay una sola manera de pensar y expresar la fe. Hay una gran movilidad entre los cultos y muchos grupos han crecido notablemente. Nosotros queremos mostrar esa pluralidad para combatir la discriminación".

Las estadísticas que reflejan la amplitud de opciones religiosas son contundentes: desde 1990, el Registro Nacional de Cultos inscribió en promedio una nueva entidad religiosa cada seis días, una tendencia que habilita nuevas miradas sobre la Argentina creyente y relativiza el monopolio que la Iglesia Católica gozó desde la fundación misma de la Patria (tanto, que en su artículo 2 la Constitución establece "el sostenimiento del culto católico", algo que hoy se traduce en un aporte oficial de 11 millones de pesos anuales para, entre otras cosas, pagar un salario a los obispos).

"Que Argentina es un país cien por ciento católico es un supuesto falaz. Yo creo que ese monopolio está vinculado a la propiedad del catolicismo sobre las creencias socialmente aceptadas. Siempre hubo una gran variedad de grupos religiosos y múltiples formas de creer, pero no tenían visibilidad. Desde el retorno democrático hay mayor libertad para exhibir las creencias, y eso profundizó la diversidad", dice el sociólogo Alejandro Frigerio, especialista en religión.

En el Registro de Cultos (un "fichero" en el que, vale aclarar, sólo deben inscribirse los cultos no católicos) hay anotadas 3.634 entidades religiosas, casi mil más que en 1990 (eran 2.716). El 75% son evangélicas (suman 2.650, unas 700 más que hace quince años), hay más de 300 umbandistas o africanistas, 355 espiritistas y 127 judías, entre otras.

Hablamos de cultos y entidades religiosas, y no de templos, iglesias ni filiales. Para dimensionar la cantidad de lugares físicos que "hospedan" expresiones religiosas bastan dos datos: sólo los católicos tienen, según cifras de la Conferencia Episcopal Argentina, 11.557 parroquias, iglesias, capillas y santuarios. Y los evangélicos suman —de acuerdo a estimaciones de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas— unas 12.000 sedes, a las que asisten unos cuatro millones de fieles.

"La gente busca en la religión lo mismo que buscó siempre: que el mundo sobrenatural la ayude en el mundo cotidiano —dice Frigerio—. Pero hoy los grupos que más crecen son los que enfatizan el contacto personal con el mundo espiritual, y aquellos en los que la religión está puesta al servicio del hoy: los cultos que no descuidan lo cotidiano".

Pero también crecen —y he aquí la complejidad y riqueza de un fenómeno que fascina a los estudiosos— los sectores conservadores, como la corriente judía Jabad Lubavitch. Siguen siendo núcleos duros, minoritarios, pero suman templos y fieles a ritmo sostenido. "Tiene que ver con procesos de reafirmación identitaria vinculados a los momentos de crisis. Se dan en todos los grupos religiosos", sostiene el sociólogo especialista en religión Fortunato Mallimacci.

Las necesidades de la gente pa recen haber cambiado. La crisis (y el estallido de certezas que supuso) y la descomposición o decadencia de muchas instituciones religiosas, civiles y políticas replantearon algunas búsquedas y demandas: "Hoy las personas buscan en la religión calor y emoción, y una relación con Dios con menos intermediarios. Por eso crecieron tanto los grupos pentecostales y los carismáticos, aun dentro de la Iglesia Católica, una rama que hace 30 años funcionaba casi en la clandestinidad", agrega Mallimacci.

Durante siglos, las instituciones religiosas más jerarquizadas consideraron que las celebraciones efusivas, que tienen una fuerte apelación a lo corporal y lo emotivo, eran contradictorias con la vivencia de una fe madura, inteligente y seria. Pero hoy, explican los expertos, mucha gente se queja del "intelectualismo religioso" por sentirlo frío y distante, y se ve seducida por expresiones "festivas"y "vibrantes", en las que lo espiritual tiene un espacio de privilegio. De hecho, la rama católica que más crece es la Renovación Carismática, que incluye sanaciones y liberaciones de malos espíritus.

Es que en el país, según Mallimacci, se dieron profundos cambios culturales en las creencias y prácticas religiosas. "El más importante tiene que ver con la forma en que la gente vive su fe —dice—. Hoy las personas recrean sus creencias a partir de sus propias necesidades e intereses: toman lo que les sirve de diversos cultos y prácticas y hacen su propio trayecto religioso".

Es en el marco de este proceso de "individuación" donde la diversidad estalla. "Ya no hablamos sólo de diferencias entre las personas sino de identidades religiosas múltiples en un mismo individuo. Una persona se define católica, pero escucha al pastor en la televisión, o le prende una vela al Gauchito Gil, o hace yoga para profundizar su conocimiento personal. Ese sincretismo de prácticas y expresiones es el signo más novedoso de la nueva religiosidad", apunta Mallimacci.

La apropiación personal de la religión supone, a su vez, un fenómeno paralelo. "Se ha dado un proceso de desinstitucionalización muy fuerte. La gente cumple cada vez menos las normas que establecen las religiones clásicas y arma su propio sistema simbólico de creencias —sigue el sociólogo—. Esto no implica que la gente sea menos religiosa, sino que vive la religión de otra manera. No hay una descomposición de lo religioso sino una reestructuración de lo que significa creer: hoy, creer no es pertenecer. Se quebró la ligazón entre adhesión y participación".

Una flamante encuesta encargada por la revista Selecciones sustenta ese diagnóstico: 9 de cada 10 argentinos dicen creer en Dios, pero, de los creyentes, el 73% está alejado de la práctica religiosa. Y un estudio de Gallup también reflejó el fenómeno: a lo largo de los 90, el porcentaje de los que creían en un "Dios personal", ajeno al "Dios institucional" que describen las autoridades religiosas, creció del 56% al 72%.

La Iglesia Católica reconoce que la distancia entre creer y practicar es enorme entre sus fieles. Según datos publicados en el sitio Compartir, de la Conferencia Episcopal Argentina, el 85% de la población se define católica, pero sólo el 6% va a misa todos los domingos y apenas el 2% trabaja en las parroquias. "La Iglesia acusó recibo de algunos cambios y empezó a ampliar su variedad interna. Está ofreciendo un abanico de opciones cada vez mayor y acepta (o tolera) expresiones que antes despreciaba o prefería acallar. La Iglesia es hoy mucho más plural", asegura Frigerio.

Las investigaciones consultadas por Clarín revelan que, entre los practicantes, la mayoría son mujeres. Que se cree más en el interior que en la Capital y que hay una relación entre religión, educación y nivel de ingreso: en general, creen menos quienes tienen estudios superiores y un buen nivel de vida. También, que algunas prácticas consideradas de sectores bajos empiezan a seducir a la clase media, que muchos jóvenes comienzan a mirar con simpatía religiones llegadas de Oriente y que cultos propios de sectores pudientes —como el umbandista, con la demanda de ofrendas caras que exige— relajaron algunas exigencias para hacer pie en sectores más bajos.

Lo cierto es que aquello que parecía una contradicción es un hecho: asistimos a un fuerte retorno a lo religioso, pero en una sociedad cada vez más secularizada. En ese marco, y respaldado por un Estado dispuesto a garantizar la libertad religiosa y promover la convivencia armónica y respetuosa entre los diversos cultos, el menú espiritual se multiplica. Cada vez más, a la carta.

 

 


 

Tres religiones, la misma búsqueda

Claudio Savoia.

csavoia@clarin.com

Vos sabés si por nuestro nivel de cumplimiento podemos comer papas fritas?" "No… pero creo que sí." El diálogo, entre dos chicas de veintipico, tuvo lugar hace dos semanas en la sede central del movimiento judío ortodoxo Jabad Lubavitch, en Barrio Norte. Como ellas, muchos argentinos eligieron cultos que proponen prácticas poco frecuentes para la idiosincrasia argentina. Todos alientan el respeto por las diferencias y llevan a cabo muchas tareas de asistencia social.

El jefe de Jabad Lubavitch en Argentina, rabino Tzvi Grunblatt, explica sus fundamentos: "Respetamos en detalle la tradición judía tal como está en nuestros libros sagrados, y compartimos esa riqueza con el resto de los judíos. No como policías, sino como mensajeros". Aun con su rígida exigencia —o quizás gracias a ella— Jabad crece sin parar: el rabino orienta una comunidad estable de 10.000 personas, que se acercan a las 28 filiales del país. "Y otros miles vienen a veces o nos siguen por radio o Internet. La mayoría es gente joven; ellos están más sedientos de espiritualidad".

El objetivo de Grunblatt es "que todos crezcan, el que está en cero y el que está en mil". Para hacerlo, se realizan actos como los ensayos del Ceder (orden), con todos los detalles que un buen judío debía llevar a cabo durante la cena de Pesaj (Pascua), celebrada hace diez días. "Vienen familias no religiosas que quieren acercarse a las prácticas verdaderas", dice Ioel, el rabino instructor. En la clase, aclaró cosas como las siguientes: "No podemos comer alimentos con harina leudada más de 18 minutos", o "el texto dice beber, y beber es tomar al menos 90 centímetros cúbicos de líquido".

Con sabiduría oriental, el japonés Yoshitaka Yamagishi explica que "el budismo es como una torta exquisita: uno puede contar cómo está hecha, pero si no la probás no la vas a conocer". El amable señor es vicedirector de Soka Gakkai, ("Sociedad para la creación de valor", en japonés) una institución que convoca a diez mil practicantes del budismo en todo el país. ¿La meta? "Mejorar nuestra vida y la del prójimo educando en valores".

En la sede de Villa Urquiza, los sábados se reúnen entre 600 y 1.000 practicantes para estudiar y rezar. O mejor dicho, "invocar": para hacerlo, todos repiten una y otra vez el mismo mantra (fórmula de meditación): Nam mi oho erengue kio, una frase en sánscrito que resume todos los sutras (versículos) que legó Buda. En una de las salas, las voces de un pibe veinteañero y tres cincuentones se unen y se bifurcan armónicamente; trepan y se deslizan por distintos tonos, mientras sus dedos frotan una especie de rosario llamado yu zu.

A diferencia de otros grupos budistas, para Soka Gakkai Buda es un "estado de vida" y no un dios. Tampoco prescriben dietas vegetarianas ni prohíben el alcohol. Pedro Lazzari, un porteño de 29 años que se acercó al budismo hace seis meses, admite que "a pesar del choque cultural que implican algunas prácticas con respecto a las costumbres argentinas, siento que hay cosas que voy a ir vislumbrando con la práctica. Por lo pronto, me liberé de la idea cristiana de la culpa, la cambié por la de responsabilidad", se entusiasma.

En una casona de Villa Urquiza, unas 90 personas se acomodan descalzas en una sala vestida con guirnaldas multicolores. Tienen entre 20 y 60 años, pero la mayoría anda por los 30. Frente a ellos, en el suelo, una docena de músicos y un cantante que vino de la India les proponen "invocar". Todos elevan las manos y entonan con júbilo canciones que suenan como una letanía dulce y pegajosa.

Su credo, conocido como Hare Krishna, dice que Dios (Krishna) posee todos los atributos (belleza, poder, bondad, etc.) que el hombre puede desarrollar. Para hacerlo, los fieles recitan mantras que provocan una "vibración trascendental". Muchos de ellos eran católicos o judíos, y otros "mantienen esos cultos pero vienen acá para aprender meditación", afirma Murti Murti ("la perfección de la forma"), titular del monasterio porteño nacida como Elena y bautizada así por su maestro.

Los Hare Krishna son vegetarianos y no aceptan el alcohol, el tabaco ni el café, "porque creemos en la reencarnación y cuidamos el cuerpo y la mente". Para Juan Yrola, un pibe de 24 años rebautizado como Hari Murari, la meta es "mostrar que no estamos fuera de la sociedad sino que queremos mejorarla. Porque mis amigos sólo veían esto como una excentricidad…" Ahora, como a muchos otros, a Juan lo respetan.

 
 
 

REPORTAJE AL SECRETARIO DE CULTOS, GUILLERMO OLIVERI

"En la gestión del presidente Kirchner todas las religiones son iguales"

Desde que Néstor Kirchner asumió el poder, las riendas de la Secretaría de Cultos de la Nación están en manos diferentes a las que solían conducir esta área más que sensible en la relación del Gobierno con la cúpula eclesiástica. El secretario de Culto, Guillermo Oliveri, militó en la Juventud Universitaria Peronista en los 70, estuvo preso en la ESMA durante la dictadura y hoy se define como "católico no practicante" y "defensor acérrimo de la libertad religiosa". Y su segundo, el abogado Alejandro Grossman, es judío, algo inédito en ese cargo.

"Queremos un cambio profundo de la Ley de Cultos —que es de la época de Videla— y de otras normas que también fueron promulgadas bajo dictaduras, porque tienen exigencias discriminatorias que chocan con tratados internacionales incorporados a la Constitución", anticipó Oliveri a Clarín. La tarea ya comenzó: el año pasado, una nueva reglamentación de la Ley de Cultos eliminó requisitos de inscripción "incompatibles con los derechos constitucionales".

¿A qué apuntan los cambios que propone la nueva ley?

—Queremos cambiar el paradigma que supone: nos gustaría desterrar la desconfianza hacia los cultos no católicos, respetar la libertad religiosa y promover la convivencia de todos los credos.

—La ley actual hace algunas concesiones al culto católico, ¿serán modificadas?

—La Constitución establece el sostenimiento del culto católico y se respetará ese mandato. Pero hay decisiones de gobierno en las que antes la Iglesia tenía injerencia y no nos parece justo. Hay y habrá espacios de diálogo, pero no de connivencia. Defendemos la libertad religiosa en el marco de la defensa y promoción de los derechos humanos y, desde ese lugar, todas las religiones son iguales para esta gestión.

—Hubo ya treinta intentos frustrados de cambiar la Ley de Cultos. ¿Qué probabilidades ve usted de que esta vez se logre?

—Hace más de un año que estamos discutiendo el proyecto con los distintos credos, y se están escuchando todas las propuestas. Queremos encontrar la mejor ley para todos los cultos, no sólo para uno. Todavía se está puliendo el proyecto. Después, deberá ser considerado por el Presidente.

—¿Cuáles serán los cambios?

—En la ley de Videla todo gira en torno al control social. Los cultos debían inscribirse y tener un reconocimiento oficial para poder funcionar. Queremos eliminar esa desconfianza, volver voluntaria la inscripción y crear una personería jurídica cuyo objeto sea el religioso.

—¿La nueva ley estaría este año?

—No lo sé, estamos trabajando en el proyecto. Hay una férrea voluntad de caminar en esa dirección. En Argentina hay mucho diálogo interreligioso, algo poco frecuente en otros países. Es un valor de nuestro país que queremos estimular.

—¿Qué puede hacer el Estado cuando se denuncian abusos por parte de grupos religiosos?

—El Estado no puede intervenir si no hay una denuncia penal previa. Pero desde el 2003 no tenemos denuncias ni bajas por problemas legales. Ahora, si usted pregunta por las "sectas", le recuerdo que en general no se inscriben en el Registro.

 
 
 
 

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