Andrew Graham-Yooll: “No hay una política para las Malvinas”

La Nación
 
Los intelectuales y el país de hoy

 
Para el director del Buenos Aires Herald, la situación era mejor con Guido Di Tella
 

 
MADRID.– “Sabemos que tenemos que estar muy enojados por las Malvinas, pero no sabemos qué línea de acción tendríamos que adoptar con el Reino Unido. ¡Si ni siquiera sabemos qué línea hay que adoptar con Uruguay! Es ridículo…”

Quien así se lamenta es Andrew Graham-Yooll, escritor, periodista, emblema de lo anglo–argentino y, desde 2005, director del Buenos Aires Herald por segunda vez (ya lo había sido de 1996 a 1999). Dice todavía más: “Guido Di Tella, nos gustara o no, tenía una idea clara de lo que quería para las islas. Hoy la Argentina no tiene ninguna política exterior”.

Sobre sus ideas, Graham-Yooll asegura: “Nunca tuve militancia política, pero sí militancia periodística”.

Siempre fue amigo de decir y publicar lo que pensaba, sin demasiados eufemismos. Eso le costó el exilio en 1976, durante la dictadura militar. Sólo retornó al país 18 años más tarde, después de trabajar en los diarios The Daily Telegraph y The Guardian, de dirigir las revistas South e Index on Censorship y de integrar, como profesor invitado, el plantel docente de la Universidad de Cambridge. "Aproveché esa oportunidad para dedicarme al buen vino", aclara, con esa tendencia británica a no tomarse muy en serio.

La visita de Graham-Yooll a la península ibérica durante la cual tuvo lugar esta entrevista se debió al éxito de la flamante edición española (realizada por Libros del Asteroide) del libro que escribió sobre los años oscuros de la Argentina, "Memorias del miedo".

"Fascinante y revelador", lo calificó El País; "Un libro tan importante, de tal fuerza moral, que hasta es capaz de conmocionar a periodistas expertos", dijo, por su parte, el ABC.

Mientras tanto, "Ocupación y reconquista" (Lumière), libro en el que analiza, con la singular perspectiva que le da el hecho de pertenecer a dos culturas, las invasiones inglesas, a 200 años de haberse producido, llegó este mes a las librerías porteñas. Lo mismo ocurrió con "War/Guerra", la antología bilingüe de la poesía de su amigo Harold Pinter, que Graham-Yooll tradujo para Ediciones de la Flor.

Las mesas de un bar al aire libre, con tapas consumidas al sol en un domingo primaveral bien madrileño (¡rodeados por turistas que iban camino de una corrida de toros!), fueron el marco para su diálogo con LA NACION sobre las dos naciones a caballo de las cuales siempre ha vivido.

-¿Cómo compara las relaciones entre la Argentina y el Reino Unido en sus dos períodos como director del diario?

-Yo volví a la Argentina cuando Carlos Menem ya había iniciado contactos que permitirían llegar pocos meses después al restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Creo que las políticas exteriores de entonces y las de la actualidad no podrían ser más distintas, básicamente porque hoy no tenemos ninguna política exterior. Que hay que sentir bronca por las Malvinas, hasta ahí sabemos, pero no mucho más. El canciller Guido Di Tella, nos gustara o no, tenía una idea clara de lo que quería. Su fraseología era lamentable, pero ésa era su idea del humor, que no todos entendieron. De todos modos, el discurso de Néstor Kirchner este 2 de abril fue moderado, bajó los decibeles. Hay cosas que se deben rescatar, como el reconocimiento a los veteranos de guerra, porque fue una infamia lo que se hizo en 1982-1983. Fue como el regreso de un equipo derrotado. "¡Hurra, hurra!" cuando van y, a la vuelta, "si te he visto, no me acuerdo". Ahora veo un comienzo de reconocimiento que, para bien o mal, la sociedad les debe a los veteranos.

-¿Cuál sería el modelo?

-En Crimea, por ejemplo, los británicos tuvieron la carga de la caballería ligera. Lord Cardigan tenía una borrachera que volaba y mandó a sus tropas contra los turcos. Fueron masacradas, pero se reconoce hasta en la poesía el valor de aquellos soldados. Tenemos que hacer lo mismo como sociedad, y esto se extiende también a lo que nos sucedió en la década del 70. No es que todo se haya podrido de golpe y que la crueldad haya aparecido de la nada en marzo del 76. El discurso en este sentido es todavía demasiado estridente: hay muertos malos y hay muertos buenos. No debería ser así. La única forma de entender lo que nos pasó es reconociendo lo que hicimos como sociedad.

-¿Se pregunta a veces qué hubiera pasado de no haber mediado la Guerra de las Malvinas?

-LA NACION publicó una entrevista con Carlos Ortiz de Rozas, y estaba diez puntos lo que él decía: que de no haber existido una ocupación de las Malvinas hoy las islas serían argentinas. A Margaret Thatcher y al Foreign Office en 1981 no les interesaban las islas. ¡Galtieri los obligó a interesarse! La historia la conocemos. Ahora lo que nos queda es reconocer el error y reconocer a los jóvenes que fueron sacrificados.

-En su libro sobre el otro conflicto histórico entre argentinos y británicos, las invasiones inglesas, usted dice que las palabras con las que Whitelocke justificó su fracaso fueron premonitorias. ¿Por qué?

-Lo de Whitelocke me parece una ironía de la historia. El derrotado hizo su descargo de esta forma: "Cuanto más conocen los soldados la abundancia que ofrece este país y la facilidad con la que se puede adquirir, mayor es el mal, dado que la tentación que ofrece esta tierra es irresistible". Así, describe de un plumazo la riqueza de esta tierra y la vida fácil que le da al hombre. ¡Es tan fácil todo en la Argentina que la gente se corrompe! Ya lo dice la frase popular: "¡Qué país generoso!" Somos una sociedad corrupta. Siempre buscamos el camino más sencillo. De modo que el vilipendiado villano Whitelocke escribió una línea para la historia, que hemos preferido ignorar.

-En sus años en Londres usted trabajó en diarios y revistas. ¿Qué diferencias encuentra entre la prensa británica y la argentina?

-Lo que me encanta de la prensa británica es la calidad de la redacción y la escritura, lo que se llama el quality writing. Sus columnistas son, muchas veces, de una absoluta exquisitez. La otra cosa notable de la prensa británica -si bien es algo que muchos detestan- es el periodismo de tabloide, que nunca se detiene ante los límites y que siempre va adelante para forzarlos. A veces esto termina en horrendas invasiones de la intimidad de las personas, pero más valen esos errores que una prensa que se repliega por miedo y mezquindad. De eso tenemos que aprender los argentinos. Quiérase o no, desde la muy difamada década de los 90, la de Carlos Saúl Menem, hemos tenido muchísima libertad de prensa. Pero no es una prensa que salga a ver cuáles son los límites.

-¿Cómo ve el futuro del periodismo argentino?

-La prensa argentina tuvo su auge en la primera mitad del siglo XX. La Prensa decía vender 700.000 ejemplares. Después vino la decadencia. Ahora llevamos unos diez o quince años reentrenándonos, volviendo a hacer buenos periódicos, con buenos redactores. La gente joven que está llegando a los diarios desde las universidades es excelente, ambiciosa. Sabe buscar una nota. Yo les bajaría la calificación en cuanto a la calidad de la escritura, que es lo que decía antes, pero hay que tener esperanza. Espero que todos estos chicos crezcan en su escritura y que no se vayan a la televisión. Los sueldos serán un poco menos malos en la pantalla chica, pero ¡quédense, que los necesitamos!

-¿Cómo es la historia del célebre eslogan del Herald: "Publicamos en inglés lo que no se puede decir en castellano"?

-Precisamente ayer alguien me preguntaba sobre ese eslogan un tanto vanidoso, que, en realidad, ya no usamos. Viene de la primera época del peronismo, cuando, por ejemplo, se ponía de contrabando el comentario político en las páginas de noticias marítimas, bajo un titular inocuo. Después se perpetuó y tenía alguna medida de verdad, pero es un eslogan de hace medio siglo. Lo interesante es que nunca se usó como propaganda en la última dictadura: sólo era una idea que se daba a entender. Ahora ponemos: "Un mundo de información en pocas palabras".

-¿Y cuán diferente es esta vuelta al comando del Herald del primer arribo, en 1994?

-Es otra época, obviamente, y es una experiencia totalmente distinta. La primera vez yo había llegado con expectativas, en parte, erróneas. En 1994 creía que estaba volviendo al Herald que había dejado en 1976. Pero era otra Argentina: el trabajo se había vuelto mucho más duro y el Herald se había convertido en una voz muy minoritaria de una colectividad que disminuía dramáticamente. Para colmo, además de director me pusieron de presidente del directorio, para cambiar el diario por dentro. Era muy gris, anticuado, y yo quería hacerlo más ruidoso y estridente. Bueno, ¡terminé con un infarto! Esta vez regresé en agosto de 2005 con el pedido de que retomara la dirección, pero sin las responsabilidades dramáticas de entonces y con una redacción más tranquila y cohesionada, con mucha de esta gente joven de la que hablaba, llena de energía. Además, estos doce años estuve en la Argentina. No caí en un paracaídas, como en 1994, creyendo que todos me iban a besar en la frente, y eso fue importantísimo.

-¿Cómo fue su acercamiento a la poesía de Pinter?

-La comencé a publicar en la revista Index on Censorship, un poco como desafío a los que lo criticaban a él, y luego a mí, desde el Sunday Times. Busqué la pelea. La poesía de Pinter es provocativa, brutal y escatológica, pero muy justa y precisa, y por eso llega a destino. Lo que dice no es "poético", pero se ajusta a la ideología del autor y al ambiente violento que ataca. Claro, Harold es conocido por su teatro, no por su poesía, por lo que el interés es limitado. Las cosas fueron lentas, pero el editor Daniel Divinsky amablemente accedió a publicar mis traducciones. Todo se aceleró cuando, en octubre de 2005, Harold recibió el premio Nobel. A mí, personalmente, siempre me pareció que Harold podría haber sido parte de Buenos Aires. Hay algo en su obra dramática que pertenece a esta ciudad.

-¿Cómo fueron sus comienzos en el periodismo?

-Graham Greene dijo alguna vez que había entrado en The Times para aprender a escribir. Después la experiencia le resultó de lo más aburrida y se dedicó a apostar con un compañero para ver quién escribía los peores titulares. Encima perdió. Pero de todo eso rescato el motivo por el que Greene se metió en el periodismo, porque yo también, sin experiencia alguna, entré en el Herald queriendo ser escritor, o quizá cronista de cultura. Claro que al poco tiempo tuvimos la caída de Illia y la llegada de Onganía, y toda la percepción del periodismo fue cambiando. Y yo con ella, así que pasé a cubrir política. ¡Tanto me fascinó hacerlo que terminé exiliado!

-¿Y por qué volvió a la Argentina?

-Inglaterra me dio privilegios que jamás hubiera hallado en la vida. Me trataron lujosamente. Eduqué ahí a tres de mis cuatro hijos, tuve una casa hermosa en Hampstead, en Londres, y me recibieron bien en todos los niveles. Fui afiliado al Partido Laborista durante toda mi residencia en Londres y participé en campañas electorales. Hasta recibí una condecoración de la corona. Con frecuencia me pregunta la gente: "¿Por qué volviste a la Argentina?" Porque nací aquí, pertenezco a este país y me sacaron a las corridas en 1976. Y es obligación volver al lugar de donde uno fue rajado para ver si es aceptado de nuevo.  Creo que lo soy. Es más: uno pertenece a un lugar porque lo quieren y lo entienden, con sus debilidades, depresiones, borracheras y situaciones impredecibles. Algunos fueron duros conmigo. Un colega, a poco de regresar a la Argentina, en 1994, me dijo:  "Vos pensás que todos en Buenos Aires te queremos. Bueno, te aseguro que por lo menos la mitad te detesta".  Igual lo valoré mucho: nunca podría haber encontrado semejante sinceridad en otra parte.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

Un comentario en “Andrew Graham-Yooll: “No hay una política para las Malvinas”

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