Cómo es la vida junto a la mayor papelera del mundo

 
LA NACION, en Finlandia

 
Hay mal olor y agua sucia
 
 

 RAUMA, Finlandia.– El turismo interno alcanza a matizar un poco la monotonía de este pueblo pintoresco que da al mar Báltico. Los visitantes llegan en verano, casi exclusivamente, cuando el municipio organiza algunos festivales culturales. El inevitable mal olor que surge de las factorías –una papelera y una pastera– que desde hace más de 15 años modelan la vida local no alcanza para ahuyentar a los forasteros.

Los locales ya se acostumbraron a todo. Rauma puede tomarse como un reflejo de lo que ocurre en las ciudades o los pueblos que poseen plantas de celulosa. Lleva una vida algo chata, casi enteramente ligada a los vaivenes de la industria forestal.

Para su cultura y esparcimiento recibe una ayuda mínima de las empresas fuertes de la zona, como en este caso Botnia y UPM, firma que instaló aquí la papelera más grande del mundo.

Las sociedades directamente relacionadas con estas fábricas –en Finlandia, al menos– coinciden en un punto: son periféricas o de segundo orden. Esto que sucede en la costa occidental con Rauma también se ve en Äänekoski, un pueblito de 13.000 habitantes en el centro del país, alrededor del lago Päijänne, y en Pory (30.000), a medio camino entre una y otra localidades. La gente admite que las plantas generan mal olor, pero aclara inmediatamente que lo toleran.

"La plata es más importante que el mal olor", opinó Kira Suursoho, vendedora de una tienda de ropa multimarca en Rauma. El marido, Timo, trabaja en UPM.

En la planta de Botnia, Kaija Pehu-Letonen, una de las vicepresidentas de esta empresa que construye una pastera en Fray Bentos, calculó que por cada empleado de las papeleras viven unas 10 personas. Buscó así subrayar la relevancia de la industria forestal en la generación de trabajo.

Botnia suma entre su personal en Rauma unas 160 personas, aunque con sólo 15 operarios la pastera puede ponerse en funcionamiento. El salario promedio es 4000 euros por mes, menos casi el 60 por ciento de impuestos.

Más allá de este cálculo, como aquella relación entre papelera y puestos de trabajo sonó excesiva, Pehu-Letonen agregó inmediatamente: "Hay que tener en cuenta que nosotros tercerizamos muchos servicios, como la limpieza y el mantenimiento. Generamos muchos trabajos indirectos".

En Rauma viven 30.000 personas, 1000 de las cuales trabajan en la papelera de la empresa UPM. La mayoría de los raumenses tiene algún punto de contacto con estas fábricas, con el puerto o con una planta nuclear que se encuentra a 30.000 kilómetros, según pudo constatar LA NACION durante un viaje organizado y financiado por Botnia. El acceso a Internet aquí es de relativa dificultad y la adaptabilidad idiomática es pobre. O sea: la mayor parte de la población local habla sólo finlandés.

Algo similar pasa en Äänekoski, donde Botnia tiene otra pastera, de 230 empleados. Allí, hasta el intendente Hannu Javainen admitió que el mal olor "puede sentirse hasta 10 veces por año" y que "a veces, dependiendo de los vientos, es bastante intenso".

Esto vale para cada pastera. En Fray Bentos, vale recordar, se construirán dos. Por las dudas, el intendente rescató la participación y la relevancia de la industria forestal en la cotidianidad local. "Ayudan como sponsors al equipo de básquet de la ciudad", dijo.

El equipo femenino de basquetbol de Äänekoski obtuvo el subcampeonato en Finlandia. Está compuesto por jugadoras aficionadas, algunas de las cuales trabajan en las plantas. En la camiseta, el equipo tiene dos anunciantes. Uno de ellos es una empresa de servicios públicos de la municipalidad. El otro es alguna de las papeleras. Esto es: en una camiseta aparece Botnia, en otra M-Real y así.

Deporte y cultura

Annikki Rintala, otra de las vicepresidentas de Botnia, consideró que el apoyo de la firma al desarrollo deportivo y cultural de los pueblos en los que la empresa tiene instaladas fábricas de pasta de celulosa es un ejemplo de conciencia social.

"Somos anunciantes de los equipos deportivos y de los festivales culturales", explicó. LA NACION preguntó en qué medida ayudaban estas empresas de facturación multimillonaria. "Bueno, en una escala menor", respondió Rintala. En ningún caso, agregó, alcanza por sí solo para mantener un equipo o para organizar un concierto.

Los hinchas del Rauman Lekko (los Cerrojos de Rauma), el equipo de hockey sobre hielo de este pueblo costero, agradecen las asignaciones presupuestarias que facilitan las fábricas. El conjunto, eso sí, es de poca monta. "Es lo que hay. Nosotros estamos contentos con tener un equipo en la liga finlandesa", confió Pertti, sentado en un bar, mientras almorzaba vestido con un mameluco grisáceo.

Cualquier ayuda para generar algún espacio lúdico vale por aquí. La gente no pide mucho más. Protestan por el mal olor, pero no de manera determinante. Hay, cada vez que se encienden las máquinas, un aroma denso -como a huevo podrido- en los pueblos de las papeleras. El lapso de padecimientos no supera las tres horas en el peor de los casos (depende del viento).

También hay menos empleados que los que podría suponer una maquinaria de semejante capacidad de producción y tamaño. Pero nadie se queja demasiado. La gente por aquí asume su cotidianidad y discute por otras cosas.

Por José Ignacio Lladós
Enviado especial

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