El Papa pidió perdón por los crímenes nazis

La Nación
Conmovedora visita de Benedicto XVI a Polonia

 
Lo hizo como alemán, en Auschwitz; llamó a cerrar heridas
 

 
AUSCHWITZ-BIRKENAU, Polonia.– Reina el silencio y sopla un viento frío entre los álamos que se alzan cerca de las prolijas construcciones de ladrillo rojo que fueron testigos, entre 1939 y 1944, de un genocidio. Es media tarde y un cielo plomizo anuncia lluvia. Debajo de la gran puerta de hierro adornada con la sarcástica frase Arbeit macht frei (el trabajo libera), que da acceso al campo de concentración más espantoso de la historia, donde el nazismo eliminó a 1,5 millones de personas –en su mayoría, judíos–, un hombre vestido de blanco avanza decidido. Su paso es rápido y el rostro, adusto. Las manos están juntas, recogidas, como pidiendo disculpas.

Así comenzó ayer la histórica visita de Benedicto XVI a los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, donde pidió “perdón y reconciliación”, condenó el nazismo e imploró a Dios que “no permita nunca más una cosa semejante”.

“En este lugar de horror, de crímenes masivos contra Dios y contra el hombre que no tiene comparación en la historia, hablar es casi imposible. Y es especialmente difícil y oprimente para un papa que viene de Alemania", dijo el Pontífice, al comienzo de su esperado discurso en este lugar escalofriante, que fue la última etapa de su viaje a Polonia.

"En un lugar como éste, uno se queda sin palabras, y en el fondo puede haber sólo un silencio aterrador, un silencio que es un grito interior hacia Dios: ¿por qué, Señor, has callado? ¿Por qué has podido tolerar todo esto?", se preguntó Joseph Ratzinger, el primer papa alemán que visita el sitio donde el régimen nazi creó una verdadera fábrica de la muerte.

"Es a esta actitud de silencio a la que nos inclinamos profundamente en nuestro fuero íntimo, frente a la innumerable hilera de los que aquí sufrieron y fueron ejecutados. Este silencio, sin embargo, se convierte luego en una pregunta en voz alta de perdón y de reconciliación; un grito al Dios viviente para que no permita nunca más una cosa semejante", agregó el Papa, en un discurso denso de significados teológicos, evidentemente escrito de su puño y letra, que pronunció en italiano frente al monumento internacional a las víctimas del Holocausto de Birkenau.

En una señal que pareció venir desde el cielo, cuando Benedicto XVI, de 79 años, llegó hasta este lugar ubicado en medio de las ruinas de dos hornos crematorios y la vieja vía de ferrocarril por la que llegaban los deportados, el cielo se puso negro y comenzó a llover. El agua no detuvo la ceremonia. Mientras un ayudante sostenía un paraguas blanco, con rostro sombrío el papa alemán rindió homenaje a cada una de las 22 lápidas que recuerdan al millón y medio de víctimas del exterminio. Poco después, lo que pareció otro mensaje del más allá, un arco iris espectacular se dibujó en el cielo.

Antes, en Auschwitz, el Santo Padre había orado en silencio ante el Muro de la Muerte, el paredón donde fusilaban a los prisioneros; allí dejó un cirio. Como había hecho Juan Pablo II en su visita de 1979, también rezó en la celda donde murió San Maximiliano Kolbe, el sacerdote polaco que le salvó la vida a un padre de familia, en el subsuelo del bloque 11.

Oración en alemán

Ya en Birkenau, el Papa, que en su juventud se vio forzado a enrolarse en la Juventud Hitleriana y que en esta visita jamás había hablado en su idioma para no herir susceptibilidades, pronunció una oración por la paz en alemán. Esta fue precedida por rezos en rom, ruso, polaco, judío e inglés, los idiomas de las víctimas.

Acto seguido, en su largo y cargado discurso destacó que se encontraba aquí "como hijo del pueblo alemán", que "los judíos fueron enviados a morir como corderos de matadero", y que el régimen de Adolf Hitler, "al destruir a los judíos, quería matar a Dios". "El lugar en el cual nos encontramos es un lugar de memoria, que al mismo tiempo es lugar de la Shoah", afirmó también el Pontífice, usando el término judío del Holocausto. Entonces, muchos vaticanistas recordaron que cuando Juan Pablo II vino aquí en 1979 no pronunció la palabra "shoah", algo que generó gran controversia.

"La violencia no crea la paz, sino que sólo provoca más violencia", afirmó también el Santo Padre, que más temprano había celebrado una misa ante más de un millón de personas en el parque de Blonie, en Cracovia.

No hubo aplausos cuando el Papa concluyó su discurso en Auschwitz, sino un silencio impactante, como se merece este lugar. De inmediato, miembros de la comunidad judía con kipá con los colores vaticanos -amarillo y blanco-, y decenas de sobrevivientes saludaron a Benedicto XVI.

"Fue muy valiente lo que hizo este papa alemán", dijo a LA NACION María Kosk, una sobreviviente polaca que, como la mayoría, llevaba un pañuelo a rayas con un dibujo de alambre de púas estampado. "Por entonces tenía 14 años, pero me acuerdo perfectamente del infierno que viví aquí", contó María.

Por Elisabetta Piqué
Enviada especial
 
 
 
 
 
 
 

Un recorrido que revive el horror del Holocausto

El campo de concentración es hoy un museo
 
AUSCHWITZ-BIRKENAU (De una enviada especial).- En cámaras de gas, fusilados, envenenados, agotados por esfuerzo físico, masacrados por hambre, frío y condiciones de vida infrahumanas, aquí fueron asesinados un millón y medio de seres humanos, la mayoría judíos.

Desde 1947, este lugar, símbolo del colapso de la civilización, se ha convertido en uno de los museos más visitados del mundo, donde puede revivirse la historia de uno de los capítulos más negros de la humanidad. Fue en 1939 cuando la ciudad de Oswiecim y sus pueblos cercanos fueron incorporados al III Reich. Entonces, los nazis cambiaron el nombre de Oswiecim por el de Auschwitz. Un cuartel abandonado del ejército polaco pareció el lugar perfecto para el campo de concentración.

Con el crecimiento del número de presos y la decisión de Hitler de eliminar a los judíos de Europa (la "solución final"), en 1941 empezó la construcción de un segundo campo a tres kilómetros de distancia, denominado Auschwitz II, o Birkenau, que hoy también es parte del museo.

Recorrer estos dos sitios, marcados por alambrados de púas y torretas de vigilancia, es una puñalada. Pueden verse las ruinas de cuatro hornos crematorios, de cámaras de gas y de piras; la lúgubre plataforma ferroviaria donde se realizaba la selección de los deportados; un estanque con cenizas humanas; barracas de madera donde vivían amontonados en camastros de tres pisos cientos de prisioneros; las letrinas; los lavabos.

Como cuenta la guía, según la declaración de Rudolf Hoss, el comandante del campo, entre el 70 y el 75% de los deportados pasaba directamente a la cámara de gas. A las víctimas se les hacía creer de que iban a bañarse y se les ordenaba quitarse la ropa en un vestuario subterráneo. Acto seguido, pasaban a otra sala que imitaba un cuarto de baño. Debajo del techo colgaban unas duchas por las cuales nunca fluía el agua.

En esta cámara de gas -de 210 metros cuadrados de superficie- entraban alrededor de 2000 víctimas. Después de cerrar herméticamente las puertas, los SS echaban, por unos agujeros especiales en el techo, el gas ciclón B. La gente encerrada moría en 15 o 20 minutos. Luego, los cadáveres eran despojados de dientes de oro, anillos y aros; se les cortaba el pelo, para llevarlo luego a los hornos crematorios o, cuando estos no daban abasto, a los fosos de incineración.

En Auschwitz, liberado por las tropas soviéticas en enero de 1945, la suerte de los niños no era diferente de la de los adultos. La mayoría moría en las cámaras de gas después de su llegada. Otros, por ejemplo, los mellizos, servían para experimentos médicos criminales. Fotos de niños demacrados, desnudos, antes de entrar a la ducha de la muerte, o con sus trajes de presos a rayas, pueden verse colgadas en una de las salas del museo.

 
 
 
 
 
 

2 comentarios en “El Papa pidió perdón por los crímenes nazis

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