20 de noviembre de 1845 – La vuelta de obligado

 El 20 de noviembre de 1845, siendo el general Juan Manuel de Rosas responsable de las Relaciones Exteriores del territorio nacional, tuvo lugar el  enfrentamiento con fuerzas anglofrancesas conocido como la Vuelta de Obligsado, cerca de San Pedro. La escuadra anglofrancesa intentaba obtener la libre navegación del río Paraná para auxiliar a Corrientes, provincia opositora al gobierno de Rosas. Esto permitiría que la sitiada Montevideo pudiera comerciar tanto con Paraguay como con las provincias del litoral. El encargado de la defensa del territorio nacional fue el general Lucio N. Mansilla, quien tendió de costa a costa barcos “acorderados” sujetos por cadenas. La escuadra invasora contaba con fuerzas muy superiores a las locales. A pesar de la heroica resistencia de Mansilla y sus fuerzas, la flota extranjera rompió las cadenas colocadas de costa a costa y se adentró en el Río Paraná.

Fuente: Extracto para El Historiador del libro Los mitos de la historia argentina 2, de Felipe Pigna, Buenos Aires, Planeta. 2004.

Quizás uno de los aspectos más notables e indiscutidamente positivos del régimen de Rosas haya sido el de la defensa de la integridad territorial de lo que hoy es nuestro país. Debió enfrentar conflictos armados con Uruguay, Bolivia, Brasil, Francia e Inglaterra. De todos ellos salió airoso en la convicción –que compartía con su clase social- de que el Estado era su patrimonio y no podía entregarse a ninguna potencia extranjera. No había tanto una actitud nacionalista fanática que se transformar en xenofobia ni mucho menos, sino una política pragmática que entendía como deseable que los ingleses manejasen nuestro comercio exterior, pero que no admitía que se apropiaran de un solo palmo de territorio nacional que les diera ulteriores derechos a copar el Estado, fuente de todos los negocios y privilegios de nuestra burguesía terrateniente.

En el Parlamento británico se debatía en estos términos el pedido brasileño y de algunos comerciantes ingleses para intervenir militarmente en el Plata para proteger sus intereses: “El duque de Richmond presenta una petición de los banqueros, mercaderes y tratantes de Liverpool, solicitando la adopción de medidas para conseguir la libre navegación de el Río de la Plata. También presenta una petición del mismo tenor de los banqueros, tenderos y tratantes de Manchester. El conde de Aberdeen (jefe del gobierno) dijo que se sentiría muy feliz contribuyendo por cualquier medio a su alcance a la libertad de la navegación en el Río de la Plata, o de cualquier otro río del mundo, a fin de facilitar y extender el comercio británico. Pero no era asunto tan fácil abrir lo que allí habían cerrado las autoridades legales. Este país (la Argentina) se encuentra en la actualidad preocupado en el esfuerzo de restaurar la paz en el Río de la Plata, y abrigo la esperanza de que con este resultado se obtendrá un mejoramiento del presente estado de cosas y una gran extensión de nuestro comercio en esas regiones; pero perderíamos más de lo que posiblemente podríamos ganar, si al tratar con este Estado, nos apartáramos de los principios de la justicia. Pueden estar equivocados en su política comercial y pueden obstinarse siguiendo un sistema que nosotros podríamos creer impertinente e injurioso para sus intereses tanto como para los nuestros, pero estamos obligados a respetar los derechos de las naciones independientes, sean débiles, sean fuertes”.

El canciller Arana decía ante la legislatura: “¿Con qué título la Inglaterra y la Francia vienen a imponer restricciones al derecho eminente de la Confederación Argentina de reglamentar la navegación de sus ríos interiores? ¿Y cuál es la ley general de las naciones ante la cual deben callar los derechos del poder soberano del Estado, cuyos territorios cruzan las aguas de estos ríos? ¿Y que la opinión de los abogados de Inglaterra, aunque sean los de la Corona, se sobrepondrá a la voluntad y las prerrogativas de una nación que ha jurado no depender de ningún poder extraño? Pero los argentinos no han de pasar por estas demasías; tienen la conciencia de sus derechos y no ceden a ninguna pretensión indiscreta. El general Rosas les ha enseñado prácticamente que pueden desbaratar las tramas de sus enemigos por más poderosos que sean. Nuestro Código internacional es muy corto. Paz y amistad con los que nos respetan, y la guerra a muerte a los que se atreven a insultarlo”.

Se ve que Su Graciosa Majestad decía una cosa y hacía otra, porque en la mañana del 20 de noviembre de 1845 pudieron divisarse claramente las siluetas de cientos de barcos. El puerto de Buenos Aires fue bloqueado nuevamente, esta vez por las dos flotas más poderosas del mundo, la francesa y la inglesa, históricas enemigas que debutan como aliadas, como no podía ser de otra manera, en estas tierras.

La precaria defensa argentina estaba armada según el ingenio criollo. Tres enormes cadenas atravesaban el imponente Paraná de costa a costa sostenidas en 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de todo el dispositivo, esperaba heroicamente a la flota más poderosa del mundo una goleta nacional.

Aquella mañana el general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas y padre del genial escritor Lucio Víctor, arengó a las tropas: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea”.

Mientras las fanfarrias todavía tocaban las estrofas del himno, desde las barrancas del Paraná nuestras baterías abrieron fuego sobre el enemigo. La lucha, claramente desigual, duró varias horas hasta que por la tarde la flota franco-inglesa desembarcó y se apoderó de las baterías. La escuadra invasora pudo cortar las cadenas y continuar su viaje hacia el norte. En la acción de la Vuelta de Obigado murieron doscientos cincuenta argentinos y medio centenar de invasores europeos.

Al conocer los pormenores del combate, San Martín escribía desde su exilio francés: “Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido, que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero; ello es que la totalidad se le unirán (…). Por otra parte, es menester conocer (como la experiencia lo tiene ya mostrado) que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de América la misma influencia que lo sería en Europa; éste sólo afectará a un corto número de propietarios, pero a la mesa del pueblo que no conoce las necesidades de estos países le será bien diferente su continuación. Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo que con más o menos pérdidas de hombres y gastos se apoderen de Buenos Aires (…) pero aun en ese caso estoy convencido, que no podrán sostenerse por largo tiempo en la capital; el primer alimento o por mejor decir el único del pueblo es la carne, y es sabido con qué facilidad pueden retirarse todos los ganados en muy pocos días a muchas leguas de distancia, igualmente que las caballadas y todo medio de transporte, en una palabra, formar un desierto dilatado, imposible de ser atravesado por una fuerza europea; estoy persuadido será muy corto el número de argentinos que quiera enrolarse con el extranjero, en conclusión, con siete u ocho mil hombres de caballería del país y 25 o 30 piezas de artillería volante, fuerza que con una gran facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires”.

Juan Bautista Alberdi, claro enemigo del Restaurador, comentaba desde su exilio chileno: “En el suelo extranjero en que resido, en el lindo país que me hospeda sin hacer agravio a su bandera, beso con amor los colores argentinos y me siento vano al verlos más ufanos y dignos que nunca. Guarden sus lágrimas los generosos llorones de nuestras desgracias aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo con colores argentinos: Rosas no es un simple tirano a mis ojos; si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos. Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires; sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo pero no más conocido que el de Rosas; sería necesario no ser argentino para desconocer la verdad de estos hechos y no envanecerse de ellos”.

El embajador norteamericano en Buenos Aires, William Harris, le escribió a su gobierno: “Esta lucha entre el débil y el poderoso es ciertamente un espectáculo interesante y sería divertido si no fuese porque (…) se perjudican los negocios de todas las naciones”.

Dice el historiador H. S. Ferns: “Los resultados políticos y económicos de esa acción fueron, por desgracia, insignificantes. Desde el punto de vista comercial la aventura fue un fiasco. Las ventas fueron pobres y algunos barcos volvieron a sus puntos de partida tan cargado como habían salido, pues los sobrecargos no pudieron colocar nada”.

Los ingleses levantaron el bloqueo en 1847, mientras que los franceses lo hicieron un año después. La firme actitud de Rosas durante los bloqueos le valió la felicitación del general San Martín y un apartado especial en su testamento: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

Extracto para El Historiador del libro Los mitos de la historia argentina 2, de Felipe Pigna, Buenos Aires, Planeta. 2004.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

 

 

14 de noviembre de 1909 – El asesinato del coronel Ramón Falcón

El 14 de noviembre de 1909 moría asesinado por el anarquista ruso Simón Radowisky el coronel Ramón Lorenzo Falcón, pocos meses después de que éste dirigiera una brutal represión contra la manifestación obrera del 1º de mayo de 1909. A continuación hemos seleccionado un extracto  del libro Los mitos de la historia argentina 2, para recordar el episodio.

Fuente: Extracto para El Historiador del libro Los mitos de la historia argentina 2, de Felipe Pigna, Buenos Aires, Planeta. 2004.

El 1º de mayo de 1909, los gremios anarquistas y socialistas decidieron conmemorar en reuniones separadas el día de lucha de los trabajadores. Los socialistas lo hicieron en Constitución y los anarquistas en la plaza Lorea, frente al Teatro Liceo, a pocos metros del Congreso.

Desde temprano comenzaron a llegar las familias obreras con sus banderas rojas y negras dispuestas a homenajear a los mártires de Chicago. Protestaban contra la desocupación, los bajos salarios y la indiferencia del gobierno ante los problemas sociales de la mayoría de la población. Durante el acto se sucedieron en el uso de la palabra encendidos oradores, hombres y mujeres que invitaban a la rebelión y a organizarse para cambiar la sociedad.

El coronel Ramón Falcón, jefe de la Policía, desde su auto, observaba atentamente la reunión. Muchos manifestantes lo insultaron al reconocerlo y volaron algunas piedras. Falcón dirigió personalmente la represión y dio la orden a la policía montada, al mando del comisario Jolly Medrano, jefe del Escuadrón de Seguridad, de dispersar la manifestación a sablazos y balazos.

El reportero del diario La Prensa escribía que Falcón se bajó del auto y dijo: “Hay que concluir, de una vez por todas, con los anarquistas en Buenos Aires”, y recurriendo a la obediencia debida agregó que eran instrucciones del ministerio del Interior. Tras la orden del comisario, comenzó la masacre. El saldo fue de once obreros muertos y ochenta heridos, entre ellos, varios niños. (…)

El 4 de mayo, más de 60.000 personas se concentraron frente a la morgue, esperando la entrega de los cadáveres, para acompañarlos hasta la Chacarita. En un acto de barbarie sin precedentes hasta el momento pero que se tornará una tradición de aquí en adelante, la policía le arrebató los féretros a las familias obreras para impedir que se concretara el multitudinario cortejo fúnebre. Los “cosacos” dispersaron a la mayoría, pero 4.000 aguerridos militantes lograron llegar hasta el cementerio. A la salida, integrantes de la comisaría 21 volvieron a balear a los obreros.

Mientras tanto, en la Casa Rosada, dirigentes de la Bolsa de Comercio le rendían tributo al “heroico” coronel Falcón, que estaba siendo felicitado por el presidente José Figueroa Alcorta.

Inmediatamente las dos centrales sindicales, la UGT socialista y la FORA anarquista, convocaron a la huelga general exigiendo justicia y la expulsión de Falcón de la jefatura de Policía. La respuesta del gobierno fue la confirmación de Falcón con todos los honores. Durante toda esta “Semana Roja”, como se la conoció, la huelga fue total. Entre los presentes en el acto de plaza Lorea se encontraba un joven anarquista ruso de sólo diecisiete años, llamado Simón Radowitzky.

Había nacido en Kiev, Ucrania, en 1891. Con sólo catorce años de edad, Radowitzky participó activamente en las protestas y sublevaciones de 1905, conocidas en la historia como la primera revolución rusa. Huyendo de las persecuciones zaristas, llegó a la Argentina en marzo de 1908 y entró inmediatamente en contacto con los círculos anarquistas locales. Según cuentan los que lo conocieron, quedó profundamente impresionado por la represión de mayo de 1909 desatada por Falcón. Comentaba que la policía montada les recordaba a los cosacos zaristas que con sus sables dejaban un tendal de obreros muertos en las concentraciones anarquistas de Rusia.

Radowitzky asistió a las reuniones que condenaban la acción de Falcón y la actitud del gobierno que le aseguraba impunidad al comisario, acercándose a los grupos que propiciaban “la propaganda por el hecho”, partidarias de la acción directa y de planificar el “ajusticiamiento” del coronel Falcón.

Tras varios meses de preparativos, todo estaba listo la mañana del 14 de noviembre. El joven Simón salió poco antes de las once de su casa de la calle Andes 394. Tomó el tranvía 17 y descendió en la esquina de Callao y Quintana. Caminó por Quintana hacia el cementerio de la Recoleta y esperó unos minutos. De pronto vio salir un coche Milord. En su interior, el coronel Falcón charlaba con su secretario, Juan Lartigau. La conversación lo tenía tan ensimismado que no advirtió la extrema cercanía de aquel joven vestido de negro, que sin mediar palabras le arrojó un paquete que fue a dar al piso del coche entre sus piernas. Falcón no tuvo tiempo de reaccionar, un terrible estruendo rompió el rodado y lo arrojó junto a su acompañante sobre el empedrado de Quintana. Sus piernas quedaron destrozadas al igual que las de Lartigau. Para cuando llegó la asistencia pública, los dos estaban prácticamente desangrados. Fueron trasladados de urgencia al Hospital Fernández, donde morirían horas después.

Tras arrojar la bomba, Simón Radowitzky corrió por Callao hacia el Bajo, pero fue perseguido por policías y civiles que lo arrinconaron contra una obra en construcción. Al verse acorralado, extrajo un revólver y tras gritar con un inconfundible acento ruso “viva la anarquía”, se disparó un tiro sobre la tetilla izquierda. Los nervios le jugaron una buena pasada y sólo se produjo heridas leves. Tras el disparo sus perseguidores se arrojaron sobre él y lo condujeron casi a la rastra hasta la comisaría 15, donde fue salvajemente torturado en sucesivos interrogatorios. Radowitzky se negó a hablar y sólo decía: “tengo una bomba para cada uno de ustedes” y “viva la anarquía”. Nunca dirá el nombre de los compañeros que colaboraron en el atentado. Con el tiempo se supo que fueron al menos cuatro. 

Cuando todo indicaba que iba a ser sumariamente condenado a muerte, un tío de Simón, Moisés Radowitzky, de profesión rabino, aportó su partida de nacimiento que determinaba que era menor de edad, lo que evitó el fusilamiento. Se sustanció un proceso de una rapidez inusitada para los tiempos de la justicia argentina y se dictó una sentencia que no registraba antecedentes: se lo condenó a prisión por tiempo indeterminado y a ser sometido a pan y agua durante veinte días cada año al cumplirse los aniversarios del atentado.

Tras una breve estadía en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras y tras un intento de fuga, fue trasladado al penal de Ushuaia, donde permanecerá por 21 años, transformándose en un símbolo para el movimiento obrero anarquista que no dejará jamás de luchar por su libertad.

Extracto para El Historiador del libro Los mitos de la historia argentina 2, de Felipe Pigna, Buenos Aires, Planeta. 2004.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

 

 

 

 

Anarquistas y socialistas

Autor: Felipe Pigna.

La industrialización en las ciudades y la tecnificación del campo provocan, a mediados del siglo XIX, el traslado de grandes masas de población hacia las zonas urbanas, que se transforman en el hábitat del proletariado europeo.

Se desarrollan las ideologías obreristas que se expresaran orgánicamente en la Primera Asociación Internacional de Trabajadores creada en Londres en 1864.

Allí quedaron expuestas las diferencias entre los socialistas representados por Karl Marx y Federico Engels, y los anarquistas representados por Proudhon y Bakunin.

Las dos corrientes coinciden en la necesidad de derrotar a la burguesía para construir una nueva sociedad.

Los marxistas plantean la creación de partidos obreros y dan tanta importancia a la actividad política como a la sindical. Hablan de un período de transición entre el triunfo revolucionario y la construcción de la nueva sociedad al que llaman “dictadura del proletariado”

Los anarquistas, por su parte, priorizan la actividad sindical oponiéndose a los partidos políticos y a su consecuencia natural, los gobiernos. Ven en la religión un enemigo que justifica el poder terrenal de la burguesía.

Marxistas y anarquistas ejercen una importante influencia en el movimiento obrero y coinciden coyunturalmente en algunos episodios como la Comuna de París de 1871.

Junto con la importante corriente inmigratoria llegan a nuestro país las ideas del movimiento obrero europeo. En 1896 sobre la base de diversos grupos socialistas del país, el Dr. Juan Bautista Justo funda el Partido Socialista.

“Hasta ahora la clase rica o burguesía ha tenido en sus manos el gobierno del país. Roquistas, mitristas y alemistas son todos lo mismo. Si se pelean entre ellos es por apetitos de mando, por motivo de odio o de simpatía personal, por ambiciones mezquinas e inconfesables, no por un programa ni por una idea (…) Todos los partidos de la clase rica son uno solo cuando se trata de aumentar los beneficios del capital a costa del pueblo trabajador, aunque sea estúpidamente y comprometiendo el desarrollo general del país.”

Primer manifiesto electoral del Partido Socialista, 1896

Si bien el Partido se define como obrero, la mayoría de sus cuadros provienen de los sectores medios urbanos. Son médicos, abogados, trabajadores especializados.

Confían en la acción parlamentaria y privilegian la actuación política sobre la sindical. A lo largo de su historia cumplirán un papel fundamental en la lucha por la dignidad de los trabajadores a través de innovadoras propuestas de legislación obrera.

Los socialistas argentinos son moderados. Influidos más por el liberalismo que por el marxismo, apuntan más a la distribución de los ingresos que de la riqueza; propician la creación de cooperativas de consumo y de construcción de viviendas.

En su afán de luchar por la reducción de los precios de los artículos de primera necesidad llegan a defender la libre entrada de productos importados. Apoyan la separación de la Iglesia y el Estado y el reemplazo de un ejército permanente por una milicia civil.

Son pioneros en la defensa del voto femenino. Luchan contra la trata de blancas, a favor de la legalización del divorcio, el aumento del presupuesto educativo y la jornada de ocho horas.

Sin embargo su acción proselitista tiene poca recepción entre la masa inmigratoria imposibilitada de participar en política por su condición de extranjera.

Estos sectores son captados por la corriente anarquista que se expresa a partir de 1897 a través del periódico la Protesta Humana. Se oponen a toda forma de gobierno y de organización partidaria. No reconocen fronteras y ven en el patriotismo una amenaza para la paz. Escribía Rafael Barret “El patriotismo se cree amor y no lo es. Es una extensión del egoísmo; es una apariencia de amor. Sería muy natural amar a los más próximos, a los más semejantes de nuestros hermanos, a la tierra que nos sustenta y al cielo que nos cobija. Pero eso no es patriotismo, es humanidad. El amor irradia hasta el infinito, como la luz, mientras el patriotismo cesa del otro lado de un monte, de un río. De una raya sobre el papel. El amor une; el patriotismo separa. Un patriotismo que no odiara al extranjero sería amor; un amor que se detiene en la frontera, no es más que odio.”

Los anarquistas se enfrentan con los socialistas porque opinan que las reformas graduales y la acción parlamentaria son una traición a la clase obrera. El anarquismo planteaba que no era necesario crear un partido político de la clase obrera para tomar el poder político e instaurar otra sociedad de “productores libres asociados”. Dentro del anarquismo se fueron definiendo dos tendencias que se diferenciaron respecto a cómo impulsar la acción para concretar sus ideales de una sociedad ” sin dios, sin patria y sin amo”. Una se denominó individualista y otra organizadora. Los individualistas consideraban que cualquier tipo de organización de los seres humanos limitaba la libertad individual, por lo que no impulsaban la formación de sindicatos. Pensaban que la lucha por las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores (aumento salarial, limitación de la jornada laboral etc.) implicaba reclamar reformas que pretendían que el obrero viviera mejor dentro del capitalismo y le hacían perder de vista la gran lucha contra el sistema opresor y por la emancipación universal. Los organizadores, en cambio, consideraron que debían participar activamente con los trabajadores en los sindicatos, pues la explotación no era suficiente para que los explotados tomaran conciencia de su situación y se plantearan luchar para salir de esa situación. Propusieron que era necesario organizarlos y ayudarlos a tomar conciencia de esa explotación y que el lugar apropiado para ello era el sindicato. Los individualistas predominaron en el anarquismo hasta mediados de los años 90 y editaron el periódico “El Perseguido” (1890-1897) lo que debilitó la presencia anarquista en los primeros sindicatos, aunque su influencia en el terreno de las ideas fue significativa entre los panaderos y carpinteros.

Los organizadores tuvieron su etapa de influencia desde mediados de la década del 90’, su publicación fue La Protesta Humana, fundada en 1897 e influyeron con sus ideas y también en la organización de los sindicatos de albañiles, cigarreros, carreros, yeseros, ebanistas y marmoleros entre otros.

Sus métodos son la acción directa. La organización sindical, la huelga general. Su consigna era: destruir esta sociedad injusta para construir una nueva sin patrones, sin gobiernos y sin religiones.

La Protesta, 1905

“Cuando veo el amor tan esclavo

de la ley, de los padres y el cura,

del dinero, cadenas tan duras,

con que lo ata esta ruin sociedad,

Yo levanto la fuerte protesta

De mujer que, sintiéndose esclava,

Al amar libremente proclama

Libertad, libertad, libertad.”

En la cultura popular, vestigios de la influencia anarquista perduran hasta hoy. Los panaderos, en su mayoría anarquistas, bautizaron a las facturas con ironía: “cañoncitos”, “bombas de crema”, “sacramentos”, “vigilantes” y las “bolas de fraile”.

Pero la prosperidad no llega a los sectores populares que sufren condiciones de trabajo y vivienda infrahumanas y perciben bajísimos salarios.

Es alarmante la cantidad de niños que trabajan desde muy pequeños en tareas riesgosas como la fabricación del vidrio sin las menores condiciones de seguridad.

Las jornadas se extienden por 12 o 14 horas y al obrero se le imponen penas que iban desde el descuento salarial hasta los castigos físicos.

En obrajes, ingenios y yerbatales los trabajadores cobran sus jornales en vales que sólo pueden canjear en el almacén de la propia empresa.

Esta situación de injusticia y descontento incrementa la acción sindical y conduce a la creación de la primera central obrera.

En Mayo de 1901 anarquistas y socialistas fundan la Federación Obrera Argentina que reunía a los principales gremios del país.

El gobierno de Roca, preocupado por este clima de efervescencia social, sanciona la Ley 4144, llamada de residencia que faculta al poder ejecutivo a expulsar del país a los que pasan de ser los “hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino” a ser “extranjeros indeseables”.

Crece la agitación obrera y en 1902 se produce la primera huelga general propiciada por los gremios anarquistas. Los socialistas, en desacuerdo con esta metodología abandonan la Federación Obrera Argentina y crean su propia central obrera, la Unión General de Trabajadores, U.G.T.

La primera década del siglo estará jalonada por la acción sindical anarquista y la acción política del socialismo. Será notable el crecimiento de la difusión de los periódicos anarcosindicalistas, la fundación de las “Escuelas Modernas” que refutaban los conceptos y los contenidos de la educación oficial y capitalista, las huelgas generales y las grandes movilizaciones obreras. La lucha política del socialismo, obtuvo su primera victoria en 1904 con la elección del primer diputado socialista de toda América, el Dr. Alfredo Palacios. Palacios llevará las ideas socialistas al parlamento y logrará la aprobación de importantes leyes como la del descanso dominical. Tambien durante esta década crecerá notablemente el movimiento cooperativista impulsado por los propios socialistas, destacándose la Cooperativa de Vivienda y Consumo “El Hogar Obrero”, fundada por Juan B. Justo.

En 1907 se produjo un hecho inédito en la historia de las luchas populares argentinas: la huelga de inquilinos.

Los habitantes de los conventillos de Buenos Aires, Rosario, La Plata y Bahía Blanca decidieron no pagar sus alquileres frente al aumento desmedido aplicado por los propietarios La protesta expresó además, el descontento por las pésimas condiciones de vida en los inquilinatos .

Los protagonistas de estas jornadas fueron las mujeres y los niños que organizaron multitudinarias marchas portando escobas con las que se proponían barrer la injusticia .

La represión policial no se hizo esperar y comenzaron los desalojos. En la Capital estuvieron a cargo del jefe de Policía, Coronel Ramón Lorenzo Falcón, quien desalojó a las familias obreras en las madrugadas del crudo invierno de 1907 con la ayuda del cuerpo de bomberos

El gremio de los carreros se puso a disposición de los desalojados para trasladar a las familias a los campamentos organizados por los sindicatos anarquistas.

Si bien los huelguistas no lograron su objetivo de conseguir la rebaja de los alquileres, este movimiento representó un llamado de atención sobre las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de la población.

El 1ero mayo de 1909 los gremios anarquistas y socialistas deciden conmemorar en reuniones separadas el día del trabajo. Los socialistas lo hacen en Constitución y los anarquistas en Plaza Lorea a pocos metros del Congreso.

Desde temprano comenzaron a llegar las familias obreras con sus banderas rojas y negras dispuestas a homenajear a los mártires de Chicago -ahorcados años atrás por luchar por la jornada de ocho horas-

Protestan contra la desocupación, los bajos salarios y la indiferencia del gobierno. Van tomando la palabra encendidos oradores, hombres y mujeres que invitan a la rebelión y organizarse para cambiar la sociedad.

Observa atentamente la reunión el Coronel Ramón Falcón. Muchos manifestantes al reconocerlo lo insultan y vuelan algunas piedras. Falcón dirige personalmente la represión y da la orden de dispersar la manifestación a balazos. El saldo fue de 7 obreros muertos y decenas de heridos, entre ellos varios niños.

Inmediatamente las dos centrales sindicales convocan a la huelga general exigiendo justicia y la expulsión de Falcón de la jefatura de policía. Durante toda esta “Semana Roja” la huelga fue total, pese a lo cual el gobierno ignoró todos los reclamos y confirmó a Falcón en su cargo.

Pocos meses, el 14 de noviembre, Falcón sería asesinado por un anarquista ruso de sólo 17 años: Simón Radowitzky. Radowitzky, fue detenido poco después del atentado, procesado y, tras un intento de fuga de la Penitenciería Nacional, será trasladado a Ushuahía. Simón, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros de ideas, se transformará en un símbolo para el movimiento obrero anarquista y durante 21 años, los pedidos por su libertad estarán incluídos entre las principales reivindicaciones libertarias. En mayo de 1930 recuperó su libertad gracias a un indulto otorgado por el presidente Yrigoyen.

Autor: Felipe Pigna.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

 

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